DOM COLUMBA MARMION: La Trinidad en nuestra vida espiritual – XIII. EN TODA TU VIDA SANTÍSIMA

DOM COLUMBA MARMION

La Trinidad en nuestra vida espiritual

XIII. EN TODA TU VIDA SANTÍSIMA

Pedimos vivir unidos con Jesús en su vida santísima, porque Jesús es el modelo de toda santidad, y el Padre nos ha predestinado para que nos conformemos a la imagen de su amantísimo Hijo. Nuestro primer cuidado ha de ser, por tanto, contemplar su vida.

1. …tal como nos la revela el Evangelio

En Jesús todo es santo. En primer lugar es el Santo por excelencia: Tu solus Sanctus, cantamos en el Gloria de la misa.

Todos sus misterios, son santos. «Su nacimiento es santo.» «Quod nascetur ex te Sanctum». Su vida entera es santa: «siempre ha hecho lo que era grato a su Padre»; y sabéis que nadie le pudo argüir de pecado.

Su pasión es santa; es cierto que muere por los pecados de los hombres, pero la víctima es inmaculada, la víctima es el cordero sin mancilla; el pontífice que se inmola a sí mismo es «santo, inocente, justo, separado de los pecadores.» Y la Iglesia llama «santa» a su resurrección: per sanctam resurrectionem tuam (Jesucristo en sus misterios, cap. XVII, 1).

Ahora bien, ¿cómo podremos conocer la vida santa de Jesús? En primer lugar por el Evangelio.

Las páginas evangélicas, inspiradas por el Espíritu Santo, describen lo que hizo y enseñó en la tierra Jesús. Estas páginas tan sencillas y tan sublimes a la vez, bastan con leerlas, pero leerlas con fe, para ver y comprender al mismo Cristo.

El alma piadosa, que orando lee frecuentemente este libro único, llega poco a poco a conocer a Jesús y sus misterios, a penetrar los secretos de su Sacratísimo Corazón, a comprender esta magnífica revelación de Dios al mundo, a Jesús: «Qui videt me, videt et Patrem meum, quien me ve, ve al Padre.» Este es un libro inspirado; una luz y un poder que dimanan de él, luz y poder que alumbran y fortifican a los corazones rectos y sinceros. ¡Dichosa el alma que abre cada día ese libro! Esa alma bebe en la fuente misma de las aguas vivas. (Jesucristo en sus misterios, cap. II, 1).

Jesucristo es perfecto Dios, el Hijo único de Dios: Deum de Deo; es también hombre perfecto, pertenece auténticamente a nuestro linaje. No ignoráis que de su doble naturaleza deriva una doble actividad; divina la una y humana la otra, pero que ambas a dos son inconfundibles, como tampoco se mezclan las dos naturalezas, unidas, no obstante, inefablemente en una misma Persona, Jesucristo es la revelación de Dios adaptada a nuestra flaqueza; es la manifestación de Dios bajo una forma humana. «El que a mí me ve, ve a mi Padre», ha dicho Él.

Es Dios, viviendo entre nosotros y mostrándonos con esta vida humana, tangible, cómo hemos de vivir para agradar a nuestro Padre celestial.

Cuanto Jesús ha hecho, ha sido obra perfecta, no sólo por el amor con que lo ha realizado, sino por el modo como lo ha ejecutado; lo que Jesús ha hecho, sus acciones las más insignificantes, eran acciones de un Dios y agradaban infinitamente a su Padre; son, pues, para nosotros ejemplos que debemos seguir, y modelos de perfección: Exemplum dedi vobis ut quemadmodum ego feci el vos faciatis«.

Imitando a Jesucristo estamos seguros de ser como Él, aunque con título bien diferente, gratos al Padre, y seguros de obtener de Padre los más preciosos dones. Examinemos atentamente en el Evangelio los ejemplos de Jesús; son la norma de toda santidad para el hombre. Si permanecemos unidos a Jesús por la fe en su doctrina, por la imitación de sus virtudes, principalmente de sus virtudes religiosas, llegaremos a buen seguro a Dios.

Cierto que existe una distancia infinita entre Dios y nosotros: Dios es el Creador, nosotros criaturas en el grado inferior de las criaturas inteligentes; Dios es espíritu, nosotros, espíritu y materia; Dios es inmutable, nosotros estamos siempre sujetos a la mutación.

Pero con Jesucristo podemos franquear esta distancia, colocarnos en el inmutable, porque en Jesucristo se encuentran Dios y la criatura en una unión inefable e indisoluble. En Jesucristo hallamos a Dios.

Al Padre nos lleva, en efecto, Jesús. Oíd lo que dice en el momento de dejar a sus discípulos: «Me voy a aquel que me ha enviado, a mi Padre, que es también vuestro Padre, a mi Dios, que es también vuestro Dios»; el Verbo bajó del cielo para tomar carne y redimirnos; cumplida su obra, subió al cielo, pero no subió solo; llevó virtualmente con Él a cuantos creen en Él. ¿Y por qué? Para que se realice, también en Él, la unión de todos con el Padre: Ego in eis et tu in me. ¿No fue esta la última oración de Jesús a su Padre? «Que yo esté con ellos, Padre, por mi gracia, y Vos en mí, para que ellos contemplen, en la divinidad, la gloria que tú me has dado (Jesucristo ideal del monje, cap. I, 2).

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2. …tal como la Iglesia, Esposa de Cristo, nos la representa en su liturgia

Jesucristo es la gran Revelación de Dios; es Dios descubierto a nuestras almas. Jesucristo primero nos descubre los secretos divinos y después nos muestra cómo un Dios vive entre los hombres para enseñarlos a vivir bien; es la más pura manifestación, es la manifestación viviente de las perfecciones divinas.

Cuando el apóstol San Felipe pide a Nuestro Señor que le enseñe al Padre, ¿qué le responde Jesús? «Quien me ve a mí, ve a mi Padre», porque «no es más que uno conmigo»: Ego et pater unum sumus, Jesucristo es la imagen del Dios invisible. De tal modo que para «llenarnos de la ciencia de Dios», no tenemos más que mirar a la Persona de Nuestro Señor, escuchar sus palabras, contemplar sus misterios.

Ahora bien, ¿dónde encontrar la exposición de lo que dice y hace Jesucristo? Ya os lo he dicho: en el Evangelio.

Pero el Evangelio está admirablemente encuadrado y comentado en la liturgia. Desde el Adviento a Pentecostés la Iglesia pone ante nuestros ojos la vida entera de su divino Esposo, no sólo tal como se lee en el Evangelio, sino aclarada, por decirlo así, con las profecías, las epístolas de San Pablo y los comentarios de los santos doctores.

La vida toda de nuestro Salvador pasa ante nuestra vista, en su integridad, en su vitalidad; la Iglesia nos permite contemplar uno a uno, en su luz esplendorosa y propia, en sus relieves característicos y en su concatenación, cada uno de los misterios de Jesús; todo cuanto ha dicho, ha hecho, ha realizado en su persona, todo lo que ha querido para nuestro bien, todo está en la liturgia, todo lo presenta la Iglesia en su lugar y marco apropiados.

En ninguna otra parte podemos conocer mejor los gestos de Jesús, las palabras que brotaron de sus labios, los sentimientos que abrigó su Corazón divino; el Evangelio revivido en todas y cada una de las etapas de la vida terrestre de Cristo, Hombre Dios, Salvador del mundo, cabeza de su Cuerpo Místico, está en la liturgia y da a nuestras almas la virtud y la gracia que contienen todos sus misterios.

En ninguna otra parte más que en la liturgia existe comentario más completo y más sencillo, y también más metódico y profundo de todas las maravillas que Dios ha obrado para santificarnos y salvarnos; en la liturgia tenemos la Revelación en lo que hay más perfecto y más apropiado a nuestras almas, una exposición que habla a los sentidos y a la imaginación y que penetra hasta en lo más secreto el alma devota.

El ciclo litúrgico es fuente incomparable de luz sobrenatural. Más aún —y es una verdad capital para nuestra santificación—, en él podemos sacar el fruto especial que Nuestro Señor ha querido depositar en cada uno de sus misterios viviéndoles en la tierra para nosotros, como Cabeza de nuestra humanidad.

Pues, aun cuando siempre sea el mismo Salvador, el mismo Jesús, el que trabaja en la obra de nuestra santificación, cada misterio constituye para nuestras almas una manifestación nueva de Jesús; cada misterio tiene su encanto especial, su esplendor especial, como tiene también su gracia propia. La gracia que derrama en nuestras almas el misterio de Navidad no tiene el mismo carácter que la gracia que nos trae la celebración de su Pasión; en Navidad tenemos que alegrarnos; nuestros pecados deberán contristarnos cuando contemplamos los dolores indecibles con que Cristo expió nuestras culpas; así también la alegría interior, que inunda nuestras almas en Pascua de Resurrección brota de distinto surtidor y posee distinta luz que la que nos hace estremecer cuando cantamos la venida terrestre del Salvador.

Se dice que cuando Jesús vivía en la tierra «un poder salía de su persona que curaba las enfermedades».

Jesucristo es siempre el mismo; si contemplamos con fe sus misterios, sea en el Evangelio, sea en la liturgia que nos presenta la Iglesia, Jesucristo produce en nosotros la gracia que nos mereció cuando los vivía.

En esta contemplación llegamos a ver cómo Jesús, nuestro modelo, practicó las virtudes; entramos a participar los sentimientos particulares que embargaron su divino Corazón en cada uno de sus estados; pero más que nada participamos en Él las gracias especiales que nos mereció entonces el Señor.

Los misterios de Jesús son estados de su santísima humanidad; todas, las gracias que tuvo, las recibió de su divinidad para comunicarlas a su humanidad, y, por su humanidad, a cada uno de los miembros de su Cuerpo Místico: Secundum mensuram donationis Christi.

Cuando el Verbo asumió una naturaleza humana, agotó, para expresarme así, toda La humanidad, y todas las participan en una medida que Dios conoce y proporcionada al grado de nuestra fe, por lo que a nosotros respecta, a la gracia que inunda el Alma santísima de Jesús.

Siguiendo, pues, así a Jesucristo en todos sus misterios, uniéndonos a Él, participamos, poco a poco, pero con certeza, y cada vez en mayor y más profunda intensidad, de su divinidad, de su vida divina.

Según una bellísima expresión de San Agustín, lo que antes tuvo lugar en una realidad divina, se renueva espiritualmente en las almas piadosas con la celebración repetida de los misterios: Quod semel factum in rebus veritas indicat, hoc sæpius celebrandum in cordibus piis solemnitas renovat.

Mientras con los ojos de la fe, mientras con el corazón amante que anhela entregarse, contemplamos los misterios de Cristo, el Espíritu Santo, que es el Espíritu de Cristo, opera en el interior de nuestras almas, y, con sus toques soberanamente eficaces, las moldea de modo que se reproduzcan en ellas, como por una virtud sacramental, los trazos del modelo divino.

Por eso es tan fecunda en sí la contemplación de los misterios de Jesús; por eso el contacto esencialmente sobrenatural, que la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, nos pone en su liturgia con los estados de su Esposo, es para nosotros de tanta vitalidad. No hay camino ni medio más infalible para asimilarnos a Cristo (Jesucristo en sus misterios, cap. I, 2 y 3).

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3. …de la cual nos hace entrega total la comunión eucarística

La contemplación piadosa de los misterios de Jesús constituye uno de los elementos de nuestra transfiguración en Jesús. Cuando, con una fe viva, nos ponemos en contacto con Él, Jesucristo produce en nosotros, por la virtud siempre eficaz de su santísima humanidad, unida al Verbo, esa semejanza que es señal de nuestra predestinación.

Si esto es cierto tratándose de la simple contemplación de los misterios de Jesús, ¡cuánto más profunda y más amplia será en este aspecto la acción de Nuestro Salvador cuando habita en las almas por la comunión sacramental! Es esta unión la mayor y más íntima que podemos conseguir con Jesucristo en este mundo: la unión tiene lugar entre el alimento y el que lo toma. Jesucristo se entrega para ser nuestra comida; pero, al revés de lo que pasa con el alimento corporal, nosotros somos los asimilados a Él: Cristo se hace nuestra vida.

La gracia propia de la Eucaristía es sustentar la vida divina en el alma, haciéndonos participar de la vida de Cristo.

Mas así como el maná que comían los israelitas en el desierto se acomodaba a los deseos del que lo tomaba, así también la vida que Cristo nos da con la comunión es la vida entera de Jesús, que pasa a nuestras almas, para ser el dechado y forma de la nuestra, para producir en nosotros los diversos sentimientos del Corazón de Jesús, para hacernos imitadores de las virtudes que Él practicó en los estados de su vida y para derramar las gracias especiales que nos mereció viviendo por nosotros sus misterios.

No lo olvidemos nunca; bajo los velos eucarísticos no hay más que la substancia del Cuerpo glorioso de Jesús, tal y como está ahora en el Cielo, y no como estaba, por ejemplo, en el pesebre de Belén.

Pero cuando el Padre contempla a su Hijo Jesucristo en los esplendores de la gloria, ¿qué ve en Él? Ve al que vivió por nosotros en la tierra durante treinta y tres años; ve todo lo que se contiene en los misterios de esa vida de treinta y tres años, las satisfacciones, los méritos de los cuales esos misterios han sido el origen; ve la gloria que le ha dado su Hijo al vivir esos misterios. En cada uno de ellos ve siempre al Hijo de sus complacencias, aun cuando ahora Jesucristo esté sólo sentado a su diestra en estado glorioso.

Así también el que recibimos es Jesús, nacido de María, que vivió en Nazaret y predicó a los judíos de Palestina; es el buen Samaritano, que curó las enfermedades, libró a Magdalena del demonio y resucitó a Lázaro; es el que, cansado, dormía en la barquichuela; el que agonizaba, destrozado por la angustia, el que fue crucificado en el Calvario. Es el glorioso resucitado del sepulcro, el misterioso peregrino de Emús que se dio a conocer al partir el pan; el que subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre; es el Pontífice eterno, siempre viviente, que no cesa de pedir por nosotros.

La Comunión nos da substancialmente todos estos estados por los que pasó Jesús, con sus propiedades, su espíritu, sus méritos y virtud: bajo los diversos estados y variedad de misterios se perpetúa la identidad de la persona que los ha vivido y al presente vive por los siglos de los siglos en el Cielo.

Así que cuando recibimos a Jesucristo en el banquete eucarístico, podemos contemplarle y tratar con Él en cualquiera de estos misterios:

Podemos, v. gr., unirnos a Jesús como viviendo en el seno del Padre, igual al Padre, Dios como el Padre; al que adoramos en nosotros mismos le adoramos como Verbo coeterno con el Padre, Hijo propio de Dios Padre y objeto de sus complacencias: «Sí, os adoro en mí, Verbo divino; por la unión tan estrecha que tengo en este instante con Vos, concededme la gracia de estar también con Vos en el seno del Padre, ahora por la fe, después en la eternidad real, para vivir de la misma vida de Dios, que es vuestra vida.»

Podemos adorarle como le adoraba María Santísima, cuando el Verbo Encarnado vivía en Ella, antes de mostrarse al mundo. Únicamente en el Cielo conoceremos qué sentimientos de respeto y de amor tenía la Virgen al prosternarse en su interior delante del Hijo de Dios que tomaba en Ella nuestra carne.

Podemos también adorarlo en nosotros mismos, como si le hubiésemos adorado hace diecinueve siglos, en la gruta de Belén, con los pastores y los magos; entonces nos comunica la gracia especial de imitar las virtudes especiales de humildad, pobreza y desapego que contemplamos en Jesús en este estado de su vida oculta.

Si queremos, Jesucristo será en nosotros el agonizante que por su abandono absoluto a la voluntad de su Padre nos obtiene la gracia de soportar las cruces que tenemos que llevar cada día. Será, si queremos, el Divino Resucitado que nos regala con la gracia de despegarnos de todo lo de la tierra, de «vivir para Dios» con mayor generosidad y plenitud.

Sera para nosotros el triunfador que sube a los cielos lleno de gloria y nos arrastra en pos de si para que allí vivamos por la fe, la esperanza y los santos deseos.

Cuando contemplamos y recibimos así a Jesús, entonces vive en nosotros Jesús sus misterios, su vida entera informa la nuestra, sustituye nuestra vida con sus propias bellezas, sus méritos singulares y gracias especialísimas: Deserviens unicujusque voluntati se adapta a la voluntad, a los deseos de cada uno de nosotros (Jesucristo en sus misterios, cap. XVIII, 4 y 5).