ANÁLISIS DE LA DECLARACIÓN DOCTRINAL (III)
Fuente:
http://catholique-refractaire.blogspot.fr/2012/06/analyse-de-la-declaration-doctrinale.html
«Toda la Tradición de la fe católica debe ser el criterio y la guía de comprensión de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, el cual, a su vez, ilumina algunos aspectos de la vida y de la doctrina de la Iglesia, presente implícitamente en ella, no formulados todavía. Las afirmaciones del Concilio Vaticano II y del Magisterio Pontificio posterior relativos a la relación entre la Iglesia Católica y las confesiones cristianas no católicas deben ser entendidas a la luz de toda la Tradición.»
Nuestros dos análisis anteriores han demostrado los lineamentos que sigue la única muestra actualmente conocida de la Declaración Doctrinal elaborada en abril por la FSSPX.
Todas las afirmaciones conciliares están consideradas allí como enseñanzas de la Iglesia; esta Declaración sostiene la iluminación recíproca de la Tradición y del Concilio Vaticano II; dicho con otras palabras, hace suya la hermenéutica de la continuidad, tan querida por Benedicto XVI.
Queda por evaluar el realismo de esta posición.
La tercera propuesta de este extracto va a ayudar para ello, especialmente porque el mismo se refiere a un punto delicado entre Roma y Menzingen, es decir, el ecumenismo: «Las afirmaciones del Concilio Vaticano II y del Magisterio Pontificio posterior relativos a la relación entre la Iglesia Católica y las confesiones cristianas no católicas deben ser entendidas a la luz de toda la Tradición».
La simple lectura de esta última frase, genera una primera pregunta: ¿por qué la cuestión ecuménica es la única que ha sido mencionada?
Las afirmaciones conciliares sobre la libertad religiosa, la transmisión de la jurisdicción episcopal, la situación actual del judaísmo (beneficiado o no de la Alianza de Dios, a pesar de su rechazo del Salvador); más profundamente, la nueva deletérea eclesiología, fundamento de estas desviaciones conciliares…
Todas estas novedades y muchas más, ¿no serían ya puntos no negociables para la Fraternidad San Pío X? No negociables, puesto que son pertinentes a la fe misma de la Iglesia.
Que la benevolencia nos haga admitir otra tesis, aunque no aparezca en esas líneas… Supongamos que la cuestión ecuménica se da aquí a título de ejemplo.
En estas materias en que la divergencia ha comprometido la fe, la Declaración reclama aceptar las «enseñanzas» del Vaticano II para «ser entendidas a la luz de toda la Tradición».
Con textos como fundamento, no podemos sino destacar la utopía:
¿Cómo admitir que las Iglesias y comunidades separadas no están desprovistas de sentido y de valor en el misterio de la salvación, porque el Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas como medios de salvación (Vaticano II, Unitatis redintegratio, nº 3, § 3), si uno adhiere al dogma católico definido repetidamente por el Magisterio de la Iglesia: fuera de la Iglesia no hay salvación?
Porque estas dos proposiciones son contradictorias, se excluyen mutuamente; y no podemos pretender sostener las dos, excepto despojando a las palabras su significado, lo que hace imposible cualquier profesión de fe.
¿Cómo admitir la enseñanza del Magisterio pontifical posterior, cuando afirma que todos los bautizados, sean católicos o no, están vivificados por el mismo e indivisible Espíritu de Dios (Juan Pablo II, en la Sede del Consejo Ecuménico de Iglesias), sin poner directamente en cuestión la verdad más establecida según la cual todo pecado mortal —¿y cuál es el pecado más mortal contra la fe que el pecado de herejía?— hace perder esta vida según el Espíritu Santo (gracia santificante)?
Una vez más, el alma católica se enfrenta a proposiciones contradictorias en materia de fe; proposiciones contradictorias y, por lo tanto, irreconciliables.
¿Cómo admitir que los obispos ortodoxos ejercen una jurisdicción sobre sus fieles —enseñanza común por parte de los que detentan el Magisterio desde el Concilio Vaticano II— sin poner directamente en cuestión la fe de la Iglesia según la cual toda jurisdicción surge del Sumo Pontífice, de la cual él solo goza en plenitud?
En este único dominio del ecumenismo, los ejemplos de este tipo se podrían multiplicar.
La lista debería alargarse mucho más si tuviéramos que abordar todas las cuestiones planteadas por las afirmaciones habituales de los detentores del Magisterio desde el Concilio Vaticano II.
¿Cómo, por ejemplo, admitir con Benedicto XVI (discurso en la sinagoga de Roma) que la Antigua Alianza permanece salvífica, cuando al mismo tiempo San Pablo en sus Epístolas a los Romanos y a los Gálatas, afirma exactamente lo contrario?
Estos pocos ejemplos manifiestan la gravedad real de la Declaración Doctrinal enviada a Roma en abril.
Ella excluye la posibilidad de toda contradicción entre estas afirmaciones, para encerrarse en el camino de una imposible hermenéutica de la continuidad: no puede haber desarrollo homogéneo entre dos contradictorias.
Encerrarse en esta lógica, no es perjudicial sólo para la Fraternidad San Pío X.
Es especialmente perjudicial para el bien de la fe y, por lo tanto, de toda la Iglesia.
