ANÁLISIS DE LA DECLARACIÓN DOCTRINAL (II)
Continuación…
Fuente:
http://catholique-refractaire.blogspot.fr/2012/06/suite-de-analyse-de-la-declaration.html
El extracto de la Declaración Doctrinal que Menzigen propuso a Roma el pasado 15 de abril ya ha retenido nuestra atención ayer.
En su primera proposición, admite como «enseñanzas» de la Iglesia las afirmaciones del Concilio Vaticano II tomadas en su conjunto; «enseñanzas» que, sin embargo, reclaman una «comprensión» justa, hecha posible gracias al criterio de la Tradición.
Equivale a decir que, de acuerdo con la Declaración, el problema no es tanto el mismo Concilio, sino ciertas interpretaciones erróneas que se le han dado.
Si Benedicto XVI nos había acostumbrado a estos argumentos manidos y dignos del método de la autosugestión de Coué, los encontramos por primera vez —¡oh desgracia!— en una Declaración oficial de la Fraternidad San Pío X.
La novedad del discurso explota aún más en la siguiente afirmación: el cual [el Concilio] a su vez ilumina algunos aspectos de la vida y de la doctrina de la Iglesia, presentes implícitamente en ella, no formulados todavía.
Supongo que los hijos espirituales de Monseñor Lefebvre, siempre que tengan un poco de memoria, no pueden sino estar consternados ante semejante fórmula. Porque, en su momento, el fundador de la Fraternidad tuvo un discurso totalmente diferente, cuando estampaba oficialmente sobre el papel su juicio sobre el Concilio, también dirigido a un Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el Cardenal Ottaviani.
Era el 20 de diciembre de 1966. La carta debería ser leída por completo, pero no citamos más que un pasaje:
«Mientras el Concilio se preparaba para ser una nube de luz en el mundo de hoy, si se hubieran utilizado los textos pre-conciliares en los que se encontraba una solemne profesión de la doctrina segura respecto de los problemas modernos, podemos y debemos por desgracia afirmar que: de una manera casi general, cuando el Concilio ha innovado, ha desestabilizado la certeza de las verdades enseñadas por el Magisterio auténtico de la Iglesia como pertenecientes definitivamente al tesoro de la Tradición.»
Y Monseñor Lefebvre entraba en los detalles:
«Ya sea que se trate de la transmisión de la jurisdicción de los obispos, de las dos fuentes de la Revelación, de la inspiración de la Escritura, de la necesidad de la gracia para la justificación, de la necesidad del bautismo católico, de la vida de la gracia en los herejes, cismáticos y paganos, de los fines del matrimonio, de la libertad religiosa, de los novísimos, etc…. Sobre estos puntos fundamentales, la doctrina tradicional era clara y unánimemente enseña en las universidades católicas. Sin embargo, muchos textos del Concilio permiten ahora sembrar la duda sobre estas verdades.»
Después de tal enumeración, ¿qué queda de las grandes tesis conciliares? ¿Cuáles son esos «aspectos de la vida y de la doctrina de la Iglesia» supuestamente iluminados por el Concilio Vaticano II?
Estuve dispuesto a armarme de buena voluntad para tratar de descubrirlos, pero confieso que no los he encontrado.
Ciertamente, la sacramentalidad del episcopado ha sido declarada por primera vez. Pero incluso esta afirmación, que ya estaba ampliamente aceptada, se ve gravemente ensombrecida por el Concilio. Si la menciona, es para avanzar en su nueva doctrina sobre la transmisión de la jurisdicción episcopal, en contra de la enseñanza explícita de Pío XII.
¿«Iluminación», has dicho?
Este lenguaje no es el de la Verdad.
No puede ser el de la Fraternidad.
Si se escucha una vez más a Monseñor Lefebvre en su declaración de 1966, suponer la iluminación recíproca de la Tradición y del Vaticano II no es más que un disparate, resultado de la ceguera:
«Sería negar la evidencia, sería cerrar los ojos no afirmar audazmente que el Concilio ha permitido a aquellos que profesan los errores y las tendencias condenados por los Papas, creer legítimamente que sus doctrinas están ahora aprobadas.»
Continuará…
