DOM COLUMBA MARMION
La Trinidad en nuestra vida espiritual
X. Y CONSUMADOS EN LA UNIDAD DE TU AMOR
Esta invocación termina la plegaria al Padre y se refiere al fin último que Dios se propone sobre nosotros; empezada aquí en la fe confiada y el amor desinteresado, nuestra unión se consuma para siempre en la bienaventuranza del Cielo, en el seno del Padre, donde Dios será todo para todos.
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1. El plan divino de nuestra bienaventuranza en la gloria
Padre, te he glorificado sobre la tierra; he llevado a cabo la obra que tú me habías ordenado realizar. Y ahora, tú, Padre mío, glorifícame en ti, dándome la gloria que tenía en ti antes que el mundo existiese… Padre, los que me diste, quiero que estén donde estoy yo, que estén conmigo, para que vean mi gloria, la gloria que tú me diste…
Estas palabras constituyen el comienzo y el fin de la inefable oración que dirigió Jesús a su Padre en la Última Cena, en momento de coronar, con el sacrificio redentor, su misión salvadora en la tierra.
Pide Jesús, en primer lugar, que su humanidad santísima entre a participar de la gloria, que desde toda eternidad, posee el Verbo. Después, como que Jesucristo no se separa nunca de su Cuerpo Místico, implora para sus apóstoles y para cuantos crean en Él, que les asocie a esa gloria suya.
Quiere que estemos, «donde Él está». ¿Y dónde está?: «en la gloria de Dios Padre». Allí está el término final de nuestra predestinación, la consumación de nuestra adopción, el supremo complemento de nuestra perfección, la plenitud de nuestra vida.
Oigamos al Apóstol explicar esta verdad. Después de haber dicho que Dios quiere que seamos santos, que nos ha predestinado para que nos conformemos a la imagen de su divino Hijo, para que sea su Hijo el primogénito de la muchedumbre de hermanos, añade a renglón seguido: «Y a los que Él ha predestinado, también los ha llamado; a los que ha llamado, también los ha justificado; a los que ha justificado, los ha glorificado».
Estas palabras señalan las fases sucesivas de la obra de nuestra santificación; nuestra predestinación y nuestra vocación en Jesucristo, nuestra justificación por la gracia que nos hace hijos de Dios, nuestra suprema glorificación que nos asegura la vida eterna.
El Cielo es la herencia divina que nos compete en calidad de hijos de Dios: Si filii et heredes, heredes Dei; la herencia que Jesucristo nos ha merecido que se nos devuelva, la herencia en cuya posesión está Él, la que quiere partir con nosotros: coheredes autem Christi. Es la herencia propia de Jesucristo que es también la nuestra: la vida, la gloria y la bienaventuranza eternas en la posesión de Dios. El término de la vida divina en nosotros no se halla en este mundo; como dice Jesús está en el Padre, apud Patrem, en la gloria del Padre, in gloria Patris.
Por la gracia la vida de Jesucristo en nosotros, acá en la tierra, es sólo una aurora; no llega al pleno día, pero a un cénit sin ocaso, en los esplendores de la gloria; el Bautismo es la fuente de donde mana el río divino, el término de ese río, que alegra la ciudad de las almas, es el océano de la eternidad.
No ignoráis los términos que emplea San Pablo para pedir para los fieles de Éfeso el conocimiento del misterio de Cristo: «me postraba, dice el Apóstol, delante del eterno Padre, con el fin de que les fuese dado el comprender la sublimidad y profundidad de este misterio»; pero el Apóstol tiene buen cuidado de demostrarles que el misterio no se les descubrirá abiertamente, sino en la eternidad, y he aquí el por qué desea con todas ansias que este pensamiento sea la preocupación de sus amados cristianos de Éfeso.
«No ceso, les escribe, de acordarme de vosotros en mis oraciones; para que el Dios de Nuestro Señor Jesucristo, Padre de la gloria, alumbre los ojos de vuestro corazón, con el fin de que sepáis cuál es la esperanza a que os ha llamado, cuáles son las riquezas de la gloria de su herencia, reservada a los santos: Ut sciatis quæ sit spes vocationis ejus et quæ divitiæ gloriæ hereditatis ejus in sanctis» (Jesucristo vida del alma, capítulo IV, 4.)
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2. Esta consumación eterna en el seno del Padre es el fruto de una promesa de Jesús
Nuestro Padre sabe lo que habemos menester; si nos llama a sí, también nos da los medios para llegar hasta Él. Nos da a su Hijo, para que sea su Hijo nuestro camino, nos hace partícipes de la verdad y nos comunica la vida. Basta con que permanezcamos unidos a ese Hijo por la gracia y nuestras virtudes para que un día seamos copartícipes de su gloria in sinu Patris.
Decía cierto día Jesús: «Una vez que yo sea levantado en alto sobre la cruz, será tal mi poder que levantaré hasta mí a los que en mí crean.» Los que miraban la serpiente de bronce en el desierto, quedaban curados; también los que me miren con fe y con amor lo serán, sean cuales fueren sus faltas, sus heridas, su indignidad, yo les atraeré a mí y levantaré hasta el cielo. Yo, que soy Dios, me he dejado, por amor vuestro, suspender en una cruz como un malhechor. En premio de esta humillación, he obtenido el poder de levantar conmigo hasta los esplendores de los cielos de donde bajé, a los que creen en mí. Vengo del cielo y volveré a subir al cielo, pero al subirme me llevo conmigo a los que esperan en mi gracia. Esta os tan poderosa que os puede unir a mí y puede uniros tan indisolublemente que «nadie es capaz de arrancar de mis manos a los que mi Padre me ha dado» y a los que yo, por pura misericordia, rescaté con mi preciosa sangre.
Mirad lo que Jesús dijo a Magdalena, después de resucitado: «Subo a mí Padre»; y lo que añade: «que es también vuestro Padre». ¿Y qué va a hacer allí Jesús? «Prepararnos un lugar: vado parare vobis locum«, pues en la casa de su Padre hay muchas mansiones.
Ha subido al Padre, pero como precursor nuestro: pæcursor pro nobis introivit Jesus. Nos ha precedido, pero para que le sigamos hasta allá, pues la vida aquí en este mundo no es más que un viaje, una prueba, «Pasaréis tribulaciones en este mundo, decía Jesús en el mismo discurso de la cena; tendréis que sufrir contradicciones en vosotros; tendréis que soportar tentaciones por parte del príncipe de este mundo, contrariedades que suscitarán los acontecimientos: porque, el siervo no es mayor que su señor».
Pero añade, «no se turbe vuestro corazón, no decaiga; creed en mí, confiad en mi Padre y en mí»; soy también Dios y «me quedo con vosotros hasta el fin de los siglos»; «vuestra tribulación se trocará un día en gozo; un día, cuando yo mismo venga a buscaros para daros el lugar que yo ocupo en el reino de mi Padre»: Accipiam vos ad meipsum, ut ibi sum ego et vos sitis.
¡Oh promesa de un Dios, dada por la Palabra increada, por la persona del Verbo, por la Verdad infalible! ¡Promesa llena de dulzura: yo mismo vendré! Estaremos en Jesucristo y por Él en el Padre, en el seno de la bienaventuranza.
«Aquel día, dice Jesús, me conoceréis, no en la sombra de la fe in umbra fidei, sino en la plena claridad de la luz eterna: in lumine gloriæ; conoceréis que estoy en el Padre y vosotros en mí y yo en vosotros» y veréis «mi gloria de Hijo unigénito» y esta visión beatífica será para vosotros la fuente perenne de un gozo inamisible (Jesucristo en sus misterios, cap. IV, 3 y 4).
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3. La plena consumación de nuestra vida se realiza en la visión de Dios cara a cara, en el amor inmutable y la bienaventuranza sin término
En el Cielo veremos a Dios. Ver a Dios, como Él se ve, es el primer elemento de la participación de la naturaleza divina que constituye la vida bienaventurada, es el primer acto vital en la gloria. Acá en la tierra, dice San Pablo, no conocemos a Dios más que por la fe, de una manera oscura; mas después, le veremos cara a cara; «hoy, es la expresión misma del Apóstol, no conozco a Dios sino imperfectamente; pero después le conoceré como yo soy conocido de Dios».
Lo que es en sí misma esta visión, ahora nos es imposible saberlo; pero el alma se apoyará en la luz de la gloria, es decir, en la gracia misma que se desarrollará en el Cielo. Veremos a Dios en todas sus perfecciones; o mejor dicho, veremos cómo todas sus perfecciones se concentran en una perfección infinita que es la divinidad; contemplaremos la vida íntima de Dios; nos compenetraremos, según frase de San Juan, en la compañía de la Trinidad beatifica, con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; contemplaremos la plenitud del Ser, la verdad, la santidad, la bondad y la beldad en toda su plenitud.
Contemplaremos, y por siempre, la humanidad del Verbo Encarnado; veremos a Jesucristo, en Quien el Padre ha depositado todas sus complacencias; veremos al que quiso hacerse nuestro «hermano mayor»; contemplaremos los rasgos divinos, ya gloriosos, del que se entregó a la muerte, sufriendo pasión sangrienta, del que nos dio el poder de vivir esta vida inmortal.
En su honor cantaremos, el himno del reconocimiento: «Tú nos has redimido, Señor, con tu sangre; tú nos has colocado en tu reino; a ti sean dadas la alabanza y la gloria».
Veremos a Dios. ¿Bastará esto? ¡No!; ver a Dios es el primer elemento de la vida eterna; la fuente primera de la bienaventuranza; pero si se sacia en Dios la inteligencia con la Verdad eterna, ¿acaso no ha de saciarse también la voluntad con la Bondad infinita? Amaremos a Dios.
«La caridad, dice San Pablo, no terminará». Amaremos a Dios, y no con un amor tibio, vacilante, que le absorben tan frecuentemente las criaturas, ni expuesto a destruirse, le amaremos con un amor fuerte, puro, perfecto, eterno.
Si en este valle de lágrimas donde, para conservar la vida de Cristo en nosotros, tenemos que derramar muchas lágrimas y tenemos que luchar, el amor es tan vehemente en algunas almas que les arranca gritos, que mueven hasta lo más hondo del corazón: «¿quién me separará del amor de Cristo?, exclamaba San Pablo. Ni la persecución, ni la muerte, ni ninguna criatura podrá separarme de Dios» ¿Qué será aquel amor cuando se abrace, para no desprenderse ya más, con el infinito Bien?
¡Qué transportes, qué arranques del alma hacia Dios, nunca saciada! ¡Qué amorosos abrazos nunca desprendidos! Y serán abrazos y transportes y arranques de amor que traducirán actos de adoración, de complacencia y de acción de gracias.
San Juan nos describe a los Santos como quienes están prosternados ante el Señor, mientras, llenan el Cielo con sus cantos de alabanza: «Gloria a ti, Señor, honor y poderío por los siglos de los siglos.» En estas expresiones tenemos descritos los arranques de amor de los bienaventurados.
En fin, gozaremos de Dios. Habéis leído en el Evangelio cómo Nuestro Señor compara el reino de los cielos a un banquete preparado por el mismo Padre para honrar a su Hijo: «El mismo se ceñirá los lomos y nos servirá después de habernos hecho sentar a su mesa.» ¿Qué significa todo esto? Que Dios mismo será nuestro gozo. «¡Oh, Señor, exclama el Salmista, embriagas a tus elegidos con la abundancia de tu casa y les das a beber del torrente de tus delicias; porque en ti mismo está la fuente misma de la vida!»: quoniam apud te est fons vitæ.
Al alma que le busca le dice Dios: Yo, yo mismo seré tu recompensa grande: ego ero merces tua magna nimis.
Que es como si dijera: «Tanto te he amado que no he querido darte una felicidad y una dicha naturales; he querido introducirte en mi propia casa, adoptarte como hijo mío para que tengas parte en mi bienaventuranza. Quiero que vivas de mi propia vida, que mi propia bienaventuranza sea tu bienaventuranza. En la tierra te di a mi Hijo, que se hizo mortal por tu humanidad, y se entregó para merecerte la gracia de ser y permanecer siempre siendo tú hijo mío; se te dio a sí mismo en la Eucaristía bajo los velos de la fe; ahora, en la gloria, soy yo quien me doy para hacerte partícipe de mi vida, para ser tu bienaventuranza sin fin».
Aquí la gracia, allá la gloria; pero el mismo Dios es quien nos da una y otra; y la gloria es el desenvolvimiento de la gracia: la adopción divina en la tierra, incoada imperfecta, en el Cielo descubierta, consumada. (Jesucristo vida del alma, cap. IX, 5 y 6).
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EL HIJO
¡Oh, Jesús! Basta este título, porque es el nombre que le impuso el mismo Padre Eterno antes de nacer para significar su misión salvadora en el mundo. Unidnos a ti. No nos salvamos ni vamos al seno del Padre más que por nuestra unión con Jesús; por eso esta unión constituye el objeto esencial de nuestra oración al Hijo.
Unión a su vida santísima, porque es el modelo de la nuestra que ha de ser, como la suya, consagrada por entero al Padre y a las almas.
No sólo Jesucristo es el ejemplar de nuestra santidad, es además la fuente santificadora. Según una palabra de San Pablo, Jesucristo, por voluntad del Padre, se ha hecho para nosotros nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestra santificación, nuestra redención, en fin, nuestro todo.
Así se realiza en nosotros el plan divino; así nuestra santificación se fundamenta en la verdad de los eternos pensamientos que Dios tiene sobre nosotros.
