DOM COLUMBA MARMION: La Trinidad en nuestra vida espiritual: 9º PARTE

DOM COLUMBA MARMION

La Trinidad en nuestra vida espiritual

IX EN UNIÓN CON ÉL,

SEAMOS TRANSPORTADOS A TU SENO

1. Jesucristo puede introducirnos en el seno del Padre

Dice Santiago que «todo don y toda gracia descienden de lo alto, de Nuestro Padre celestial» y añade a continuación «voluntariamente nos ha engendrado por la palabra de la verdad»: Voluntarie genuit nos verbo veritatis. La adopción divina que por la gracia nos hace hijos de Dios se realiza por el Hijo, por el Verbo.

Esta verdad es una de las que trata frecuentemente el Apóstol. Como Santiago, también él propugna que todas las bendiciones vienen del Padre y emanan del decreto de nuestra adopción en Jesucristo, su Hijo muy amado. En el plan divino nos hacemos hijos adoptivos de Dios sólo en Jesucristo, en el Verbo encarnado: Elegit nos in ipso. No nos reconocerá el Padre como hijos más que si reproducimos en nosotros los rasgos de su Hijo Jesucristo: Prædestinavit (nos)… conformes fieri imaginis Filii sui; de modo que sólo en calidad de coherederos de Cristo entraremos un día «en el seno del Padre, in sinu Patris«.

Este es el decreto divino.

Veamos ahora su realización, en el tiempo, o más bien cómo ha sido restaurado este plan divino, que trastornó el pecado de Adán.

El Verbo se encarna; el Salmista dice de este Verbo que «se lanzó como un gigante a realizar su cometido; salió desde lo más encumbrado de los cielos y por eso se remonta a lo más excelso».

Esta salida del cielo no es sino el eterno nacimiento del Padre: exivi a Patre; su retorno es la ascensión al Padre: relinquo mudum et vado ad Patrem.

Mas no sube Él solo. Este gigante se ha empeñado en la búsqueda y conquista de la humanidad perdida; la ha encontrado y ganado y en un lance amoroso la arrastra consigo en su carrera para colocarla junto a sí en el seno del Padre: «Me subo a mi Padre, que es también vuestro Padre… Me voy a prepararos un lugar en la casa de mi Padre.»

No es otra la hazaña de este Jayán divino, la de volver al Padre, al seno del Padre, al origen divino de toda bienaventuranza, a la humanidad caída, dándole, con su vida y el sacrificio de sí mismo, la gracia de adopción. (Jesucristo en sus misterios, cap. XVI, 3).

Bien sabéis que entre Dios y nosotros, entre el Creador y la criatura, existe un abismo infinito.

Sólo Dios puedo decir: «Soy el Ser subsistente por mi mismo: Ego sum qui sum. Todos los demás, seres han sido creados de la nada. ¿Quién será capaz de tender un puente en este abismo? Jesucristo. Es por excelencia el mediador, el pontífice. Únicamente por Jesucristo podemos levantarnos hasta Dios; la palabra del Verbo encarnado es clarísima: «Nemo venit ad Patrem nisi per me, nadie va al Padre sino por mí», como quien dice: «No llegaréis a la divinidad más que pasando por mi humanidad».

No lo olvidéis nunca que es el camino, el único camino. Jesucristo solo, Jesucristo Dios y Hombre, nos sublima hasta el Padre. De aquí lo que importa el tener una fe vivísima en Él. Si tenemos este convencimiento del poder de la humanidad de Jesucristo, por la humanidad de un Dios, estaremos seguros de que Él nos puede poner en contacto con Dios; al unirse el Verbo a la naturaleza humana, en principio nos unió a todos a Él; nos lleva unidos por la gracia, al santuario de la divinidad donde, como Verbo, está desde toda eternidad: Et Verbum erat apud Deum; nos introduce con Él «ln sancta en el santo de los santos», como se lee en el Apóstol (Jesucristo vida del alma).

iOh!, exclamemos con San Pablo, bendito sea el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha colmado de toda bendición espiritual por su Hijo y en su Hijo; que nos ha hecho sentarnos con Él en los resplandores de la gloria, donde engendra, en transporte de eterno gozo, al Hijo de su amor! Consedere fecit nos in cœlestibus… ¡Sí, bendito sea! Que lo sea también el Verbo divino, hecho carne por nosotros, el que por haber derramado su Sangre nos ha devuelto la herencia del cielo. ¡Oh Jesús, Hijo muy amado del Padre, a ti toda gloria y honor! (Jesucristo en sus misterios (Jesucristo vida del alma).

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2. Desde ahora, aquí, podemos vivir en el seno del Padre por nuestra unión con Jesucristo, su Hijo

Si el Padre eterno ha decretado que fuésemos sus hijos, pero que lo fuésemos sólo en su Hijo: Prædestinavit nos in adoptionem filiorum per Jesum Christum; si Él ha decidido que tuviésemos parte en la herencia de su bienaventuranza sólo por su Hijo; síguese que no realizaremos en nosotros ese plan de Dios, no aseguraremos nuestra salvación más que permaneciendo unidos al Hijo, al Verbo.

No olvidemos, nunca esta verdad: para nosotros no hay otro camino para ir al Padre: Nemo venit ad Patrem, nisi per me. Nadie, nemo, nadie se puede vanagloriar de llegar al Padre por otro medio que por el Hijo. E ir al Padre, llegar hasta el Padre, ¿no es en resumidas cuentas salvarse, santificarse?

¿Cómo viviremos unidos, al Verbo, al Hijo?

En primer lugar mediante la fe. «En el principio era el Verbo y el Verbo era Dios. Todo ha sido hecho por Él. Vino al mundo hecho por Él y los suyos no le recibieron. Sin embargo, Él ha dado a los que le recibieron el poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre y así nacieron de Dios».

El Padre eterno presenta al mundo a su Verbo cuando dice: «Ved aquí a mi Hijo… escuchadle».

Si lo recibimos creyendo en Él, es decir, confesándolo como Hijo de Dios, el Verbo nos hace participantes de lo que hay de mejor: su filiación divina; reparte con nosotros su cualidad de hijo, nos da la gracia de adopción: Dedit eis potestatem filios Dei fieri, nos concede el derecho de llamar a Dios Padre Nuestro.

Toda nuestra perfección consiste en imitar fielmente al Hijo de Dios. Ahora bien, dice San Pablo que toda paternidad deriva del Padre: Otro tanto cabe afirmarse del hijo. Ex quo omnis filiatio nominatur.

El Hijo, por su Espíritu, es quien nos enseña cómo tenemos que ser hijos: Quoniam estis filii, misit Deus spiritum Filii sui in corda vestra clamantem Abba, Pater: por ser vosotros hijos, envió Dios el espíritu de su Hijo, que en vuestros corazones llama: Abba, Padre.

Tenemos, que recibir al Hijo en persona; ver siempre en Él, en cualquier estado que le contemplemos, al Verbo coeterno con el Padre; tenemos que aceptar sus enseñanzas, su doctrina.

Vive en el seno del Padre y con sus palabras nos revela lo que conoce del Padre: Ipse enarravit. La fe es el conocimiento que tenemos, mediante el Verbo, de los misterios de Dios. Cualquiera que sea la página evangélica que leamos, o la Iglesia nos presente, cuando celebra los misterios de su Esposo, digámonos que son palabras del Verbo: Verba Verbi, del Verbo que expresa los pensamientos, los deseos, la voluntad de nuestro Padre celestial: Ipsum audite. Cantemos el Amén en todo lo que oigamos del Verbo, en todos los pasajes leídos en la liturgia de la Iglesia, para confesar a todo pulmón nuestra fe; digámosle a Dios: «Padre, no te conozco, pues no te he visto nunca; pero acepto todo que tu Hijo divino, tu Verbo, me revela de ti».

Oración excelente; muchas veces, repetida con fe y humildad, hace que descienda sobre nosotros un rayo de luz celestial, la cual esclarece los textos que leemos, y nos permite penetrar todo su sentido para en ellos encontrar los principios que informen nuestra vida.

Convenzámonos bien; el Verbo no es sólo la expresión de las perfecciones de su Padre, sino de todos sus deseos. Cuanto nos manda el Verbo y nos prescribe en el Evangelio o por boca de la Iglesia, todo es expresión de la voluntad adorable y celestial del Padre. Y si, por amor a Jesús, ponemos en práctica los mandamientos que Él nos impone, vivimos y permanecemos unidos a Él y por Él, unidos al Padre: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor… y quien me ama, el Padre le amará».

En estas palabras está condensada toda la santidad: unirse al Verbo, aceptar su doctrina, sus preceptos y por el Verbo unirse a su Padre. ¿Qué dice Jesús? «Padre, quiero que donde yo estoy, estén también mis discípulos: Pater, volo ut ubi sum ego, et illi sint mecum. Pero, ¿dónde está Jesucristo? «En el seno del Padre».

Cuando nuestra fe es ardiente, y nos entregamos por entero a Jesús, entonces Jesús nos arrastra tras sí, nos hace penetrar también en el seno del Padre, in sinu Patris; pues Jesús es a la vez el camino y la meta; camino por su humanidad via qua imus; la meta por su divinidad, patria qua imus. Aquí se basa en cimientos sólidos este camino; es camino perfecto y en él se halla la meta.

Excelente cosa es el que en la oración hagamos actos de fe en el poder omnipotente que tiene Jesús, para llevarnos al Padre.

¡Oh Jesús, creo quo eres verdadero Dios y hombre verdadero, que eres un camino divino, de eficacia divina para hacer que pase a través del abismo que me separa de Dios; creo que tu santa humanidad es perfecta y tan poderosa que es capaz, a pesar de mis miserias, deficiencias y debilidades, para llevarme donde Tú moras, al seno del Padre! Dame la gracia de escuchar tus palabras con atención, la gracia de seguir tus ejemplos y de no separarme de Ti (Jesucristo en sus misterios, cap. III, 3; cap. XVII, 5).

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Lovaina, febrero de 1906

La palabra de Nuestro Señor: «Esto es lo que Dios quiere de vosotros, que creáis en aquel que me ha enviado», me hace ver con mayor claridad todavía que lo tenemos todo en Jesucristo.

Quien se ha entregado sin reserva a Jesucristo por la fe, cumple perfectamente con Él, en Él y por Él todos los deberes que tiene para con el Padre: «El Padre y yo somos uno», Jesucristo está «en el seno del Padre» y quien está unido con Él, por la fe, en la unidad, hace lo que Jesucristo hace por su Padre. A su manera el miembro opera al modo que la persona entera: «Sois el cuerpo de Cristo y miembros los unos de los otros».

Cuando estamos unidos por la fe a Jesucristo, y en las tinieblas de la fe, ponemos nuestra inteligencia a los pies de Cristo, aceptando con amor todo cuanto Jesús hace en nuestro nombre en la plena visión de su Padre, nuestra oración es muy fervorosa y es oración hecha en espíritu y en verdad.

En estos momentos, a veces el Espíritu de Jesús nos mueve a quedarnos en silencio y adoración amorosa postrados a sus pies; otras veces nos incita a unirnos a su oblación, a su sumisión al Padre. Es necesario que sigamos esos movimientos. (Un maestro de la vida espiritual, cap., VIII, 10 y 11.)

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3.
Por nuestra unión con Jesucristo en la Eucaristía vivimos ya, en el mundo, en esta disposición

La comunión, en primer lugar, nos une a la humanidad de Jesucristo, y esta unión la realiza la fe.

Cuando creéis que su humanidad es la del Hijo de Dios, la humanidad propia del Verbo y que en Él no hay más que una Persona, la divina; cuando, con toda la fuerza y plenitud de vuestra fe, adoráis a esa santísima humanidad, os ponéis en contacto con el Verbo; es el camino que os conduce a la divinidad.

Pues no sólo nos unimos a Jesucristo; Jesucristo no hace más que uno con el Padre: Ego et Pater unum sumus, uno en la unidad del Espíritu Santo.

La comunión nos une a la vez con el Padre y el Espíritu Santo. Jesucristo, el Verbo encarnado, pertenece todo al Padre; cuando comulgamos se posesiona de nosotros, nos une a su Padre, como Él está unido con su Padre: Te pido, Padre, decía Jesús en la última cena, te pido no sólo por mis apóstoles, sino también por los que, por su palabra, han de creer en mí, para que todos sean uno, como tú, mi Padre, eres uno en mí y yo en ti, para que también ellos sean uno en nosotros…. que sean uno como somos uno, yo en ellos y tú en mí: Ego in eis et tu in me.

¡Misterio sublime! El que recibo en la comunión es el Hijo engendrado desde toda eternidad (en el seno del Padre), el Hijo muy amado a quien el Padre comunica su vida, su vida divina, la plenitud de su ser y su bienaventuranza infinita. Con qué razón decía Nuestro Señor: «El Padre me ha dado la vida; como yo vivo en el Padre, del mismo modo quien me come vivirá por mi… mora en mí y yo en él».

Si pedimos a Nuestro Señor qué podemos hacer como más grato a su Corazón, indudablemente que nos dirá, ante todo, que seamos como Él, hijos de Dios. Por tanto, si deseamos agradarle recibámosle en la comunión y digámosle: «Jesús, eres el Hijo de Dios, imagen perfecta de tu Padre, conoces a tu Padre, le perteneces por entero, le ves cara a cara, acrecienta en mí la gracia de adopción, que me hace hijo de Dios; enséñame a ser, con tu gracia y tus virtudes, como Tú y en Ti, hijo digno del Padre celestial.» Sin duda ninguna si pedimos esta gracia con fe, el Verbo nos la otorgará.

Nos ha dicho Él mismo: «El Hijo no quiere más que lo que quiere el Padre». Por tanto, el Hijo se compenetra enteramente con el modo de ser del Padre; y cuando se entrega es para establecer, conservar y aumentar en nosotros, la gracia de adopción.

Su vida toda personal consiste en ser para el Padre, ad Patrem; al dársenos, se nos comunica tal cual es: sólo para el Padre, sólo con miras a aumentar la gloria del Padre; y por eso al recibirle nosotros con fe, confianza y amor, realiza en nosotros nuestra orientación o finalidad de dar gloria al Padre. Esto y no otra cosa hemos de pedir y procurar siempre: que todos nuestros pensamientos, aspiraciones, deseos y actividad vayan por la gracia de la filiación y el amor enderezados a Nuestro Padre celestial en su Hijo; vivientes Deo in Christo Jesu; vivamos para Dios en Jesucristo. (Jesucristo en sus misterios, cap. XXI, 6 y cap. III, 4).

Después de comulgar me gusta pensar que el Verbo eterno, que está en el seno del Padre, in sinu Patris, está también en mí, en el pecho de un pecador, in sinu peccatoris. Este pensamiento me sumerge en la adoración y acción de gracias.

Cuando tengo a Jesús en mi pecho después de celebrar, estoy unido a Jesús. La fe me dice que mora en mí y yo en Él. Jesús en el seno del Padre y yo, pobre pecador, estoy allí con Él. En esos momentos digo al Padre: Soy el Amén de Jesús.

¡Amén! Que tu Hijo muy amado, el Verbo, diga por mí lo que sea necesario; Él me conoce, conoce mis miserias, mis necesidades, mis aspiraciones, mis deseos. ¡Qué confianza me inspira este pensamiento! (Un maestro de la vida espiritual, cap. XVI, 7).

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19 de noviembre 1910

Dios derramó todos los tesoros de su Sabiduría y de su Ciencia en la Humanidad sacratísima de Jesucristo por estar unida con el Verbo, y la medida de los dones que nos concede consiste en el grado en que estamos unidos con el Verbo. Ahora bien, esta unión con el Verbo la realizan el poder y la virtud de la sacratísima Humanidad, principalmente en la comunión. A nosotros nos toca mantenernos, por medio de la Humanidad de Jesús, en un estado habitual de adoración y sumisión al Verbo, que mora en nosotros. Nuestra vida ha de ser un Amén perpetuo, ininterrumpido. Cuando el alma ha llegado a este estado, entonces Dios la llena de todos sus más preciados dones y gracias (Cartas de dirección, cap. II, 4).

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4. Condiciones que Dios pide al alma que, desde este mundo, quiere vivir con Jesús en el seno del Padre

Las páginas que siguen son extracto de notas personales de Dom Marmion escritas durante su permanencia en Lovaina, y algunos textos de sus libros que se refieren a aquella época y a tiempos posteriores; esta aspiración de «vivir y reposar en el seno del Padre» continúa siempre actual. Los requisitos necesarios para esta vida íntima del alma en Dios por medio de Jesús se relacionan lógica e íntimamente al objeto de lo que antes pedía: «Sometedle nuestras almas y nuestros corazones», y esta otra «nada en nosotros se mueva sin que Dios lo ordena, sin inspiración de Dios».

22 de abril 1906, Domingo después de Pascua

Tras una semana de sequedad e impotencia, he tenido un momento de unión con Jesús.

Nos ha dejado escrito San Pablo: «Jesucristo nos ha resucitado con Él y con Él nos hace sentarnos en los cielos».

Cada uno de los estados de Nuestro Señor, a modo de sacramento, obra en nosotros según nuestra fe y produce los mismos efectos que corresponden a ese estado. Pero hay un estado fundamental de Jesús que se halla en el fondo de todos los demás: «El Hijo unigénito que está en el seno del Padre». He aquí el santuario que el Hijo no abandona un solo momento. En el pesebre, en Nazaret, en la Cruz, en el instante mismo en que lanzó aquel grito: «Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado», continuaba viviendo en el seno del Padre.

Unidos a Jesús, estamos en el seno del Padre.

Esto es vivir de puro amor y supone el continuo esfuerzo de hacer en todo lo que es del agrado de Dios Padre. «No me ha dejado solo, porque en todo momento hago lo que a Él le place».

Nuestras debilidades, nuestras miserias, no son obstáculo para estar en el seno del Padre, pues, es el seno del amor y de la misericordia infinitos, pero esas debilidades suponen un profundo anonadamiento y desprecio de nosotros, tanto mayores cuanto más cerca nos sentimos de la infinita santidad de Dios. Suponen también que nuestra confianza está toda en Jesús, «hecho por Dios nuestra sabiduría, nuestra justicia y santificación y redención». Todo lo que hacemos en el seno del Padre, con el espíritu filial de adopción, tiene un valor inmenso. Mas este estado presupone la ausencia en nosotros de toda falta deliberada y repulsa a dejarnos guiar por las inspiraciones del Espíritu Santo.

Pues si Jesús toma sobre sí «nuestras enfermedades y nuestras miserias», no acepta el menor pecado deliberado: «¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?»

Puede ser que el pensamiento de nuestra flaqueza, de nuestras caídas, de nuestra indignidad, nos asuste. Este pensamiento que nos humille, nos anonade ante Dios, pero que no nos atemorice, pues si estamos en el seno del Padre, estamos con Jesús y en Él estamos y cuanto más grandes son nuestras miserias, más gloria le dan nuestra fe y nuestra confianza.

De tal modo se identifica con nosotros Jesús, que enferma y se debilita y llega a asumir nuestras miserias en nosotros, y cuando nuestra fe es ardiente y nos presentamos ante Dios en el Nombre de Jesús, entonces a su Hijo muy amado le ve pobre, débil, miserable, como lo estuvo en la Pasión y le contempla en nosotros (Un maestro de la vida espiritual).

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Lovaina, 21 de octubre de 1908

(cuatro días antes de escribir el texto de la Consagración)

Pidan para que sea humilde y fiel servidor de Jesucristo, y todo en mí le esté sometido: Omnia subjecisti sub pedibus ejus; para que me lleve a donde Él está, al seno del Padre. (Un maestro de la vida espiritual, cap. VII, 12 y 13).

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Lovaina, 31 de agosto de 1909

El Verbo Encarnado lo ha hecho todo para su Padre y dice: Mea omnia tua sunt; todo lo mío es tuyo, oh Padre. Por eso si os dejáis por entero a Él, si os postráis a sus pies, Él os conducirá a Él, al seno del Padre. «Padre, quiero que los que Tú me has dado estén allí donde yo estoy.» Pues bien, Jesús siempre está en el seno del Padre. Para vivir en el seno del Padre es necesaria una grande y continua abnegación, para que Jesús sea quien sólo dirija toda nuestra actividad: Vivo ego, jam non ego, vivit, vero in me Christus. En esto consiste la unión perfecta, unión a que os destina, si le sois fiel. Entonces nos constituimos en el objeto de un amor de predilección por parte de Dios Padre «del que desciende todo don perfecto» (Cartas de dirección, cap. V, 2).

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19 de febrero de 1911

Siento un atractivo especialísimo de Jesús que me mueve a morar con Él en el seno del Padre, pero esto exige grandísima fidelidad y abnegación (Cartas de dirección, cap. V, 2).

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Diciembre 1913

Quiera Jesús adueñarse de su corazón, y entonces les enseñará todos los secretos, de su amor. Él ha dicho: «Nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquellos a quienes se lo revela Él». Pensad bien esta sentencia, porque Nuestro Padre celestial es el término y el objeto supremo de la vida espiritual (Cartas de dirección, cap. II, 4).

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20 de julio de 1914

…Cuando estamos unidos a Jesús entramos con pleno derecho en el santuario de la audición: in sanctuarium exauditionis, en el que son atendidos todos los ruegos.

El santuario donde son atendidas todas las peticiones, el «seno del Padre», es una expresión que no hallamos en la Escritura; es una paráfrasis de la idea expuesta por San Pablo, en Hebreos V, 6-7; VI, 19-20; VII, 25 y IX, 11-12. Era un pensamiento que enamoraba a Dom Marmion.

Cuando estáis débil, cuando os halláis enfermo, estáis con Jesús en el seno del Padre, pero en la Cruz. Jesús clavado en la cruz, agonizando en la Cruz, desfallecido, abandonado de su Padre, estaba siempre en el seno del Padre, y en ningún momento era más acepto al Padre, nunca estaba más cerca del Padre» (Un maestro de la vida espiritual, cap. X, 3).

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5 de junio (sin año)

Es usted rica en enfermedades; y si confiase en Él y únicamente en Él, haciéndolo todo, sufriéndolo unida en todo a Él, Él le hará cada día más grata a su Padre, le llevará con Él a ese santuario que se llama el seno del Padre, Sinus Patris.

Y entonces bajo la mirada de Dios, haría lo posible por contentarlo en todo momento, realizando lo que comprendería ser de su mayor agrado. Únicamente los que confían en su paternal bondad y larga e infinita misericordia, son los que moran en el seno del Padre; y viven también en el seno del Padre los que se esfuerzan en lo posible por agradarle en todo (Cartas de dirección, cap., IV, 1).