DOM COLUMBA MARMIÓN: LA TRINIDAD EN NUESTRA VIDA ESPIRITUAL: 7º ENTREGA

DOM COLUMBA MARMION

La Trinidad en nuestra vida espiritual

VII SUJETÉMOSLE NUESTRAS ALMAS, NUESTROS

CORAZONES Y NUESTROS CUERPOS

Estas palabras son la consecuencia lógica de la fe en la realeza de Jesús, Hijo de Dios. Si Jesucristo ha sido constituido por el Padre Rey de las almas es para que las rija y gobierne.

La realeza de Jesús no se establece prácticamente en nosotros más que por la sujeción de nuestras voluntades a sus deseos, que son, por lo demás, los del Padre. No sólo hay que proclamar esta realeza con los labios, mas es preciso reconocerla con las obras.

Esta oración resume en sí misma la tercera petición del Padrenuestro: Santificado sea el tu nombre por el establecimiento de su reino en nosotros, y su reino no se establece en nuestras almas sino por la sumisión de todo nuestro ser a su voluntad.

En los extractos que siguen Dom Marmion cita el texto del salmo VIII, 8, aplicado por San Pablo a Jesucristo: «El Padre lo ha puesto todo a los pies de Cristo» (Hebr. II, 8 y Efesios I, 22).

Estas palabras están continuamente en la predicación del Abad de Maredsous durante su estancia en Lovaina; son el tema de varias conferencias, tan familiarizado estaba con ellas, tanto, le habían impresionado (Cfr. 10 de Dic. 1906; 24 de Oc. 1907; 2 de Enero y 23 de Julio 1908 y Abril 1909); se las vuelve a encontrar en sus notas espirituales escritas en la misma temporada y en una carta de 2 de diciembre de 1908, algunas semanas antes de escribir esta Consagración.

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1. Sumisión personal a Jesucristo por la fe y el amor

Es preciso que reine Jesucristo en nuestros corazones, y que en nosotros todo le esté sujeto.

¿Qué hace Jesús después que ha subido a los cielos? Vivir y reinar glorioso en Dios, en el seno del Padre; Vivit et regnat Deus. Jesucristo vive únicamente donde reina, no vive en nosotros más que en el grado en que reina en nuestra alma.

Es Rey como es también Pontífice. Cuando Pilatos lo interrogó si era rey. Nuestro divino Salvador lo contestó: Tu dicis quia rex sum ego. Lo soy, pero mi reino no es de este mundo. «El reino de Dios está en vosotros».

Es necesario que este dominio de Jesucristo se realice cada vez más por completo; eso le pedimos cuando rezamos: Adveniat regnum tuum. ¡Oh! que venga, Señor, que llegue el día en que de verdad reines en nosotros por tu enviado Jesucristo.

Y ¿por qué no sucede así? Porque hay en nosotros muchas cosas, la voluntad propia, el amor propio, nuestra actividad natural que no están sometidas a Jesucristo, y porque aún no hemos hecho lo que el Padre quiere: «Omnia subjecisti sub pedibus ejus», todavía no lo hemos puesto todo a los pies de Cristo.

He aquí una parte de la gloria que el Padre quiere dar a su Hijo ya desde ahora: Exaltavit illum, ut in nomine Jesu omne genu flectatur. Quiere el Padre glorificar a Jesucristo, por ser Jesucristo su Hijo, por haberse humillado; quiere que toda rodilla se doble al nombre de Jesús; todo en la creación le debe estar sujeto: en el cielo, en la tierra, en los infiernos, y todo en cada uno de nosotros; en nuestra voluntad, inteligencia, imaginación y potencias.

El día de nuestro bautismo vino a nosotros como rey; pero el pecado le ha disputado su dominio sobre nosotros. Cuando destruimos el pecado, las infidelidades, el apego a las criaturas; cuando vivimos de fe creyendo en su palabra, en sus méritos; cuando tratamos de agradarle en todo; entonces Jesucristo es el dueño, entonces reina en nosotros, como reina en el seno del Padre, también vive en nosotros; puede decir a su Padre: Mira a esta alma; yo vivo en ella y reino en ella, Padre, para que en ella sea tu nombre santificado. (Jesucristo en sus misterios, cap. XIV, 1).

La fe nos dice que Jesucristo es verdadero Dios lo mismo que verdadero hombre, igual al Padre y al Espíritu Santo en majestad, en poder, en sabiduría y en amor. Y cuando esta convicción ha penetrado en nuestra alma, cristaliza en un acto de profunda adoración y de abandono total en la voluntad del que siendo hombre y permaneciendo hombre, es el Omnipotente y la suma perfección.

Si no lo hemos hecho, debemos arrojarnos a los pies de Jesús y decirle: Jesucristo, Señor Nuestro, Verbo Encarnado, creo que sois Dios; verdadero Dios engendrado del verdadero Dios: Deum verum de Deo vero; no veo vuestra divinidad, pero porque vuestro Padre me ha dicho: «Este es mi Hijo muy amado» lo creo, y porque lo creo me quiero someter a Vos enteramente en cuerpo, en alma, el juicio, la voluntad, el corazón, la sensibilidad, la imaginación, todas mis potencias; quiero que en mí se realice la palabra del Salmista: Que todo esté sujeto a tus pies como homenaje debido. Quiero que Vos seáis mi cabeza, quiero que vuestro Evangelio sea mi luz, quiero que vuestra voluntad sea mi guía. No quiero ni pensar de otro modo que Vos, porque sois la verdad infalible, no quiero obrar de otro modo que Vos, porque Vos sois el único camino para ir al Padre, no quiero buscar otro gozo fuera de vuestro querer, porque sois la fuente misma de la vida. Posesionaos enteramente de mí, por Vuestro Espíritu, para gloria de vuestro Padre.

Este acto de fe viene a ser como el fundamento que ponemos como base de nuestra vida espiritual: Fundamentum aliud nemo potest ponere, præter id quod positum est, quod est Christus Jesus.

Y si renovamos con frecuencia este acto, entonces Jesucristo, como dice el Apóstol, «habita en nuestros corazones», reina de un modo permanente, como dueño, como rey, en nuestras almas y es, por su Espíritu, el principio de la vida divina en nosotros.

En el Evangelio vemos con frecuencia que la adoración acompaña al acto de fe. Adoran los magos, Pedro después del milagro de la pesca, los discípulos que vieron a Jesús andar sobre las aguas, el ciego de nacimiento después de su curación; Credo Domine. Et procidens adoravit eum.

Por este acto de adoración se entrega el alma por entero al Verbo; cuando Nuestro Señor mora en nuestro corazón, sobre todo después de la comunión, hemos de poner a sus pies todas las facultades de nuestro ser, para que le escuchen, hagan suyos los intereses de Jesús, participen de sus sentimientos, obedezcan sus mandamientos y trabajen por su gloria. (Jesucristo en sus misterios, cap, V, 2 y 3)

En efecto, cuando recibimos a Jesucristo en la sagrada comunión le recibimos todo entero: su cuerpo, su alma, su sangre, su divinidad. Jesucristo nos hace entonces partícipes de sus pensamientos, de sus sentimientos; nos comunica sus virtudes, pero sobre todo «enciende en nosotros el fuego que vino a traer a la tierra», el fuego del amor, de la caridad; no es otro el efecto de la trasformación que la Eucaristía produce en las almas.

La venida de Jesús al alma tiende, naturalmente, a establecer entre sus pensamientos y los nuestros, entre sus sentimientos y los nuestros, entre su voluntad y la nuestra tal intercambio, correspondencia y semejanza que nosotros no tengamos otros pensamientos, ni sentimientos, ni quereres que los de Jesús: Hoc enim sentite in vobis, quod et in Christo Jesu. Y esto lo obra el amor; el amor hace entrega de la voluntad a Jesucristo, y con la voluntad le damos todo nuestro ser, todas nuestras facultades y potencias. De tal suerte que en verdad, por la fe que tenemos en Jesucristo y por el amor que le profesamos, su vida sea la nuestra y no nuestro «yo», el principio de nuestro obrar.

Lo expresa muy bien una oración que la Iglesia nos manda rezar después de la comunión: Haz, Señor, que nuestra alma y nuestro cuerpo estén totalmente sometidos a la operación de este don celestial, de tal modo que ya no sea nuestro parecer, sino el efecto de este sacramento el que domine siempre en nosotros. (Jesucristo vida del alma, cap. V, 3, 4 y 5)

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Lovaina, 28 de octubre 1902

Cada día me siento más movido a dejarme perder y ocultar en Jesucristo: Vivens Deo in Christo Jesu.

Mi alma ya no ve más que por Jesús, así me parece, y mi voluntad se confunde con la suya. Me siento arrastrado a no desear nada que no sea Jesús, para descansar en Él.

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Lovaina, 26 de diciembre 1902

Creo que mi vida interior se va simplificando cada día más; tiende a unificar mi voluntad con la del Padre eterno por Jesucristo, e interiormente no tengo otras ansias que las de hacer la voluntad que Dios me manifieste, con toda la fuerza de mi alma; y por agradar a Dios también lo que yo no conozco; siento ansias de darme, sin planes ni ambiciones por mi parle, a su sabiduría y a su bondad.

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Lovaina, 3 de agosto 1903

Cuando uno ha llegado a persuadirse de que la voluntad de Dios es la misma cosa que Dios, ve claro que tiene que preferir esta adorable voluntad a cualquiera otra cosa y seguirla en lo que hace, ordena y permite, como única norma de la propia voluntad. Mirar siempre a esta santa voluntad y no a lo que nos haga sufrir o nos perturbe. (Un maestro de la vida espiritual, cap. VIII, 10).

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2. De Jesucristo, nuestra sumisión ha de extenderse hasta la Iglesia, su Esposa

Dios, nos dice San Pablo, ha puesto todo a los pies de Cristo y a Cristo le ha puesto como cabeza de toda la Iglesia, que es su cuerpo y su complemento: Omnia subjecisti sub pedibus ejus (Christi), et ipsum dedit caput supra omnem Ecclesiam, quæ est corpus ipsius et plenitudo ejus.

En estas palabras en que nos habla de la Iglesia, nos revela el Apóstol una verdad principalísima del misterio de Jesucristo. Efectivamente no podemos concebir a Jesucristo sin la Iglesia: en toda su vida, en todos los actos de su vida, Jesús no tuvo más miras que la gloria de su Padre, y la obra por excelencia que realiza para glorificarle es la fundación de la Iglesia; para crear, para constituir la Iglesia viene al mundo, y en la Iglesia termina su existencia en el mundo y a la Iglesia la consolida con su pasión y su muerte.

El amor a su Padre llevó a Jesús al Calvario; pero era para allí formar a la Iglesia y hacer de ella, purificándola, por puro amor en su sangre divina, una esposa sin mancha e inmaculada: Dilexil Ecclesiam et seipsum tradidit pro ea, ut illam sanctificaret.

Después que Jesucristo vino al mundo, el único medio de ir al Padre es someterse enteramente a su Hijo: Hic est Filius meus dilectus, ipsum audite. Al comenzar la vida pública del Salvador, el Padre eterno presentaba su Hijo a los judíos y les decía: Escuchadle que es mi Hijo unigénito; os le envío para revelaros los secretos de mi vida divina y mis deseos.

Después de su Ascensión Jesucristo ha dejado en la tierra a su Iglesia, que es como la continuación de su encarnación en el mundo. La Iglesia nos habla, la Iglesia, o sea, el Sumo Pontífice y los Obispos, con los pastores que están en comunión con ellos, nos hablan con toda la autoridad infalible del mismo Jesucristo.

Mientras Jesucristo vivía en la tierra, Él concentraba en sí la infalibilidad: Ego sum veritas. Yo soy la verdad, la luz y quien me sigue no anda en tinieblas, sino que llega a luz eterna. Antes de abandonarnos, entregó estos sus poderes a la Iglesia: Como el Padre me envió, yo os envío a vosotros; el que os escucha a vosotros, a mí escucha y el que os desprecie a vosotros, a mí me desprecia y desprecia al que me envió. Del mismo modo que yo recibo la doctrina de mi Padre, así también la doctrina que vosotros enseñáis la habéis recibido de mí; el que recibe esta doctrina vuestra, repite la mía, que es la del Padre.

Mirad, pues, esta Iglesia, que tiene todos los poderes, la infalibilidad omnímoda de Jesús; persuadíos bien de que la absoluta sumisión de todo vuestro ser, de vuestra inteligencia, voluntad y potencias a la Iglesia, es el único medio para ir al Padre. No hay cristianismo, absolutamente hablando, más que cuando existe esta sumisión sin límites a la doctrina y leyes de la Iglesia.

Es este un camino que no yerra, pues Nuestro Señor está con sus Apóstolos hasta la consumación de los siglos y ha rogado por Pedro y sus sucesores, para que su fe no desfallezca.

Tengamos, por tanto, gran confianza en esta Iglesia que nos ha legado Jesucristo: es un don de sí mismo. Tenemos la dicha, de pertenecer a Cristo al formar parte de esta sociedad, una, santa, católica, apostólica y romana. Alegrémonos mucho y demos infinitas gracias a Dios, de habernos, hecho entrar en el reino de su Hijo muy amado: ¿habrá acaso seguridad más firme que el poder, mediante nuestra incorporación a la Iglesia, beber la gracia y la vida en las fuentes auténticas, y oficiales?

Por otra parte obedezcamos a todos los que tienen sobre nosotros jurisdicción porque Jesucristo nos lo pide, y obedezcámosles sometiendo nuestra inteligencia y nuestra voluntad dándolas a Jesucristo en sus personas; de otro modo no las acepta Dios.

Demos a los que gobiernan, y ante todo al Sumo Pontífice, Vicario de Cristo, a los obispos que están en comunicación con él, y que tienen, para guiarnos, las luces del Espíritu Santo, esta sumisión interior, esta reverencia filial; esta obediencia práctica nos hacen verdaderos hijos de la Iglesia.

La Iglesia es la Esposa de Cristo; es nuestra Madre; tenemos que amarla, porque nos lleva a Jesucristo y nos une a Él; amar y respetar su doctrina, porque es la doctrina de Jesucristo; amar su oración y asociarnos a ella, porque es la oración misma de la Esposa de Jesucristo: no hay cosa más segura para nosotros y nada tan grato a Nuestro Señor. En una palabra hemos de unirnos a la Iglesia, aceptar todo cuanto viene de Ella, lo mismo que nos uniríamos a la persona de Jesús, aceptaríamos todo lo que vendría del mismo Jesús, si hubiésemos podido seguirle durante los días de su vida mortal.

San Pablo compara la Iglesia a un edificio fundado sobre los Apóstoles y cuya piedra clave es el mismo Jesucristo: Ipso summo angulari lapide Christo Jesu. Vivimos dentro de esta casa de Dios, «no como extranjeros o huéspedes de paso, sino como ciudadanos de los santos, miembros de la familia de Dios».

«Sobre Jesucristo se levanta todo el edificio bien ordenado, para formar un templo santo en el Señor» (Jesucristo vida del alma, cap. IV, 3).