DOM COLUMBA MARMION
La Trinidad en nuestra vida espiritual
CONSAGRACIÓN A LA SANTÍSIMA TRINIDAD
¡Oh eterno Padre! humildemente postrado a tus pies, consagro todo mi ser a gloria de tu Hijo Jesús, Verbo Encarnado.
Le has constituido rey de nuestras almas; sométele nuestras almas, nuestros corazones y nuestros cuerpos; en nosotros nada se mueva sin tu imperio, sin tu inspiración; unidos a Él vayamos a tu seno, consumados en la unidad de tu amor.
¡Oh Jesús! únenos a Ti en tu vida santísima, consagrada toda a tu Padre y a las almas. Sé nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestra santificación, nuestra redención, nuestro todo. Santifícanos en la verdad
¡Oh Espíritu Santo! amor del Padre y del Hijo, asiéntate cual llama de amor, en medio de nuestros corazones y lleva en todo tiempo, como ardientes brasas, nuestros pensamientos, nuestros actos, nuestros afectos hacia lo alto, hasta el seno del Padre. Nuestra vida entera sea un gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
¡Oh María, Madre de Jesús, Madre del amor santo! formadnos vos misma según el Corazón de vuestro Hijo.
Lovaina, fiesta de Navidad de 1908.
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II. EL PADRE
Según el orden indicado por Jesucristo mismo en la fórmula del bautismo, el acto de la consagración empieza por la invocación al Padre, la primera Persona de la Trinidad.
La perfección divina que Dom Marmion pone de relieve en el Padre es la eternidad; así lo hace también la Iglesia en su liturgia solemne: Te Deum laudamus… Te æternum Patrem…
Esta profesión de la divinidad del Padre desde el principio, da al alma la actitud en que debe situarse: de humildad adoradora.
Don Marmion nos descubre a continuación el «gran pensamiento» del Padre, con el fin de que hagamos de él el objeto mismo de nuestra consagración: glorificar a su Hijo, encarnado por nosotros y constituido rey de nuestras almas.
El alma realiza en sí misma esta glorificación por medio de una sumisión total al Hijo de las complacencias de Dios.
Entregada por entero a Jesucristo y permaneciéndole unida, se verá introducida por Él en el santuario de la divinidad: de este modo se conseguirá el objeto final del acto de su consagración.
Llena de sentido doctrinal, esta invocación encierra en pocas palabras todo el plan que Dios se propone sobre nosotros desde el momento de nuestra creación y adopción, hasta que volvamos a su Seno por la unión con su Hijo.
Comienza con un movimiento de profunda adoración y se acaba con un sentimiento de confianza y de amor ante el esplendor de la bienaventuranza que espera a los elegidos de Dios en la eternidad.
¡OH PADRE ETERNO!
1) Paternidad divina de naturaleza
La fe nos revela el misterio de la Santísima Trinidad, dejándonos admirados de la fecundidad divina.
Es Dios, la plenitud del ser, el océano sin riberas de toda perfección, de todo lo que es vida. Las imágenes groseras de que nos valemos con frecuencia para describirla, las ideas que aplicamos por analogía al hablar de lo que hay de más perfecto en las criaturas, son incapaces de representarla.
No es rebajar, por mucho que lo hagamos, los límites de la criatura, no es negar positivamente esos límites para poder concebir algo que no desdiga de la infinitud de Dios; Dios es el Ser mismo, el Ser necesario, subsistente por sí mismo, poseedor de toda perfección.
Pero veamos lo maravilloso que la revelación descubre ante nuestros ojos: Dios es fecundo; en Él hay una paternidad enteramente espiritual e inefable; y es Padre, principio de toda vida divina en la Trinidad.
Dios, inteligencia infinita, se comprende perfectamente; en un solo acto ve todo lo que es y lo que hay en Él; abarca, por decirlo así, de una mirada, la plenitud de todas sus perfecciones, y en un solo pensamiento, en una sola palabra que agota todos sus conocimientos, se expresa a sí mismo esos mismos pensamientos y conocimientos infinitos.
Esta idea concebida por la inteligencia eterna, esta palabra por la cual Dios expresa todo lo que hay en sí mismo, es el Verbo. Nos enseña la fe que este Verbo es Dios: Et Deus erat Verbum, porque tiene (o mejor Él es) con el Padre una misma naturaleza divina.
Porque el Padre comunica al Verbo su naturaleza; la Sagrada Escritura nos dice que le engendra y le llama el Verbo, el Hijo. Los libros inspirados nos refieren la exclamación inexplicable de Dios que contempla a su Hijo y pregona la bienaventuranza de su eterna fecundidad: «Del seno de la divinidad, antes de crear la luz, yo te comuniqué la Vida»: «Ex utero, ante luciferum, genui te. «Tú eres mi Hijo, mi Hijo muy amado, el objeto de todas mis complacencias»: Tu es Filius meus dilectus, in te complacui mihi.
En verdad que este Hijo es perfecto: posee con el Padre todas las perfecciones divinas, a excepción de la «de ser Padre»; tan perfecto es, que es igual a su Padre por la unidad de naturaleza.
La criatura no puede comunicar a otra criatura más que una naturaleza semejante a la suya: simile sibi; pero Dios engendra a Dios y le da su propia naturaleza; gloria de Dios es el engendrar al infinito y contemplarse en otro que es su igual; tan igual, que es el Único, porque no existe en Él más que una sola naturaleza divina y este Hijo agota la fecundidad eterna: Unigenitus Dei Filius. Por eso es una misma cosa con su Padre: Ego et Pater unum sumus. (Jesucristo en sus misterios, cap. III, 20).
La vida entera, del Padre en la Santísima Trinidad es un «pronunciar» su Verbo; engendrar, por un acto único, sencillo, eterno, a un Hijo semejante a Sí; al que comunica la plenitud de su ser y de sus perfecciones. En esta Palabra infinita como Él, en este Verbo único y eterno, el Padre no cesa de reconocer a su Hijo, su propia imagen «el esplendor de su gloria».
Y todo lo que nos dice y testimonia Dios exteriormente sobre la divinidad de Jesucristo, el testimonio que dio en el bautismo de Jesús: «Este es mi Hijo muy amado» no es más que el eco, en este mundo sensible, del testimonio que el Padre se da a sí mismo en el santuario de la divinidad, el que expresa en una palabra en que se retrata a Él mismo es su vida íntima: Filius meus, es tu, ego hodie genui te.
Así cuando aceptamos este testimonio del Padre eterno, cuando decimos a Dios: «Este niñito, reclinado en el pesebre, es tu Hijo, le adoro y me entrego a Él; este jovencito que trabaja en el taller de Nazaret, es tu Hijo, yo le adoro; este hombre crucificado en el Calvario, es tu Hijo, yo le adoro; esto trozo, que parece pan, es el Sacramento que oculta a tu Hijo, en Él te adoro»; cuando decimos al mismo Jesús: «Tú eres el Cristo, Hijo de Dios vivo» y caemos de hinojos ante Él, haciéndole entrega de nuestras fuerzas, para emplearlas en su servicio; cuando todo cuanto hacemos está en consonancia con esta fe y brota de la caridad que transforma esta fe, haciéndola perfecta, entonces toda nuestra vida es el eco de la vida del Padre, que expresa eternamente a su Hijo en una palabra infinita; y por este acto de la vida de Dios, no cesando nunca, abrazando todos los tiempos, siendo un presente eterno, nos asociamos de ese modo a la vida misma de Dios. Se realiza lo que escribe San Juan: «El que cree que Jesús es el Hijo de Dios, ese tiene el testimonio de Dios en sí», el testimonio que da el Padre a su Hijo. (Jesucristo vida del alma, cap. I, 3)
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«Este es mi Hijo muy amado en quien tengo mis complacencias». Hic est Filius meus dilectus in quo mihi bene complacui. Estas palabras —pronunciadas en el Tabor en el momento de la Transfiguración— son la mayor revelación que ha hecho Dios al mundo, son como el eco mismo de la vida del Padre.
El Padre, en cuanto tal, vive engendrando a su Hijo; esta generación, que no ha comenzado ni tendrá fin, constituye la propiedad de Padre.
En la eternidad veremos asombrados, admirados y deshechos en amor, esta procesión del Hijo engendrado en el seno del Padre. Esta procesión es eterna: Filius meus es tu, ego hodie genui te. Este «hoy», este hodie, es el presente de la eternidad.
Al decirnos que Jesús es su Hijo muy amado, nos revela el Padre su vida; y cuando nosotros damos asentimiento a esta revelación, participamos del conocimiento de Dios mismo. El Padre conoce al Hijo en los esplendores eternos; nosotros le conocemos en las sombras de la fe, esperando las luces deslumbrantes de la eternidad. El Padre declara que el niño de Belén, el joven de Nazaret, el predicador de Judea, el ajusticiado en el Calvario, es su Hijo, su Hijo muy amado; nuestra fe consiste en creer esta verdad.
Excelente cosa es, en la vida espiritual, el vivir de continuo, con los ojos interiores de nuestra alma, del pensamiento de este testimonio que da el Padre: No hay cosa que sostenga más nuestra fe.
Cuando leamos las páginas del Evangelio, o alguna biografía de Nuestro Señor, cuando celebremos sus misterios, cuando visitemos, el Sagrario, cuando nos preparemos para recibir la Sagrada Comunión o le adoremos reverentemente en nuestro pecho después de recibido, en todos los momentos de nuestra vida tratemos de conservar habitualmente en nuestros oídos la frase: «Este es mi Hijo muy amado era quien tengo todas mis complacencias».
Y digamos: «Sí, Padre, lo creo y lo repito contigo: este Jesús que está en mí por la fe y por la gracia y la presencia real de la comunión, este es tu Hijo; y porque Tú lo has dicho, yo lo creo, y porque lo creo, adoro a tu Hijo, y le rindo mis alabanzas y por Él y en Él también a Ti, oh Padre celestial, en unión con tu Espíritu le doy todo honor y gloria.»
Esta oración es muy grata a Nuestro Padre que está en los cielos, y cuando sale verdaderamente del corazón, cuando es pura y frecuente, nos convierte en objeto del amor del Padre; Dios nos envuelve en las complacencias que tiene en su propio Hijo Jesús. Lo dice Nuestro Señor mismo: «El Padre os ama, porque habéis creído que yo he salido de él», que soy su Hijo. Y ¡qué dicha para un alma el ser objeto del amor del Padre, de ese Padre «del que desciende todo don perfecto» que alegra los corazones! (Jesucristo en sus misterios, capítulo XIV, 1.)
2) Paternidad divina de adopción
A la filiación divina, necesaria y eterna, de su único Hijo, el Padre ha querido añadir, por un acto de amor libérrimo, una filiación de gracia; nos adopta como hijos suyos, de tal modo que un día participaremos de la bienaventuranza de su vida íntima.
Es este un misterio inexplicable; mas nos dice la fe que cuando un alma recibe la gracia santificante en el Bautismo, se hace participante de la naturaleza divina: Divinæ consortes naturæ; el alma se trueca de verdad en hija de Dios: Dii estis et filii excelsi omnes.
San Juan habla de «un nacimiento divino»: Ex Deo nati sunt, no en el sentido propio de la palabra, por naturaleza, como el Verbo que es engendrado en el seno del Padre, sino por modo de analogía: Voluntarie genuit nos verbo veritatis.
En un sentido muy real, muy verdadero, somos engendrados por la gracia de un modo divino. Con el Verbo, podemos decir: «Oh Padre, soy tu hijo, he sido engendrado de Ti».
El Verbo lo dice necesariamente, por derecho, pues esencialmente es el propio Hijo de Dios; nosotros, no lo decimos más que por gracia, como hijos adoptivos.
El Verbo lo dice desde toda eternidad; nosotros sólo en el tiempo, aunque el decreto de la predestinación sea eterno.
Para el Verbo estas palabras no tienen con el Padre más que una relación de origen; en nosotros añaden una relación de dependencia.
Pero tanto en nosotros como en Él, existe una verdadera filiación; somos, por la gracia, los hijos de Dios. El Padre quiere, a pesar de nuestra indignidad, que le demos el nombre de «Padre»: Quoniam estis filii, misit Spiritum Filii sui in corda nostra clamantem: Abba, Pater. Para eso «envía al Espíritu de su Hijo». Esta oración agrada a nuestro Padre celestial. Esto es inefable, pero es la verdad.
«Mirad, exclama San Juan, qué amor nos mostró Dios al permitirnos llamarnos y ser sus hijos.» Videte qualem caritatem dedit nobis Pater ut filii Dei nominemur et simus. (Jesucristo en sus misterios, cap. III, 4.)
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Realizado en Adán en los primeros albores de la creación, frustrado después por el pecado del padre del género humano, que arrastra tras sí a toda su descendencia en la desgracia, el decreto amoroso de Dios le restaura con una maravillosa invención de su justicia, misericordia, sabiduría y bondad.
El Hijo único que vive por los siglos de los siglos en el seno del Padre, se une en el tiempo a una naturaleza humana, mas con trabazón tan estrecha que esta naturaleza, perfectísima en sí misma, pertenece enteramente a la Persona divina a la cual está unida.
La vida divina comunicada plenamente a esta humanidad hace de ella la propia humanidad del Hijo de Dios. Es la obra admirable de la Encarnación. A este hombre que se llama Jesús, el Cristo, el Ungido, hay que llamarlo con verdad el propio Hijo de Dios.
Mas este Hijo que, por naturaleza, es el Hijo único del Padre eterno: Unigenitus Dei Filius, no viene a este mundo sino para ser el primogénito de todos los que le reciban, después de ser rescatados por Él: Primogenitus in multis fratribus, El unigénito del Padre en los esplendores eternos, el único Hijo por derecho, ha sido constituido cabeza de muchos hermanos, a los que, por obra de su redención, dará la gracia de la vida divina.
De suerte que la vida misma divina que se comunica del Padre al Hijo, que se comunica del Hijo a la humanidad de Jesús, circulará, por Jesucristo, en todos los que quieran aceptarla; les meterá dentro del seno beatificador del Padre, donde Jesucristo nos ha precedido, después de saldar por nosotros, acá en la tierra, con su sangre el precio de tal don.
La santidad consistirá desde aquel momento en recibir de Jesucristo y por Jesucristo, que posee toda su plenitud y ha sido constituido el único Mediador, la vida divina; en conservarla, en aumentarla sin cesar, por una unión siempre más perfecta; siempre más estrecha con Él que es su verdadero origen.
La santidad es por tanto un misterio de la vida divina comunicada y recibida: comunicada, en Dios, del Padre al Hijo, por una «inenarrable generación»; comunicada, extrínsecamente, por medio del Hijo a la humanidad que Él se unió personalmente en la Encarnación; después, por Jesús, dada a las almas y recibida por cada una de ellas en la medida prefijada en particular desde toda eternidad: secundum mensuram donationis; de suerte que Jesucristo es verdaderamente la vida del alma, ya que es su origen y dispensador.
Esta vida se comunicará a los hombres en la Iglesia hasta el día fijado en los decretos eternos de Dios para terminar la obra divina sobre la tierra. En aquel día, el número de los hijos de Dios, de los hermanos de Jesús, habrá llegado a su colmo; presentada por Jesucristo a su Padre, la muchedumbre incontable de los predestinados rodeará el trono de Dios, para beber las aguas vivas de la bienaventuranza sin mezclas, sin fin, para cantar las magnificencias de la bondad y de la gloria de Dios. La unión se consumará por los siglos de los siglos y «Dios vivirá entero en todos». (Jesucristo vida del alma, cap. I, 4.)
Nos da a conocer el Padre eterno que Jesús es su Hijo; mas debemos saber que Jesús es también «el primogénito de una muchedumbre de hermanos». Por el hecho de haber asumido la naturaleza humana, nos hace por la gracia particioneros de su filiación divina. Si Él es Hijo propio de Dios por naturaleza, nosotros lo somos por gracia.
Jesucristo es de los nuestros por su Encamación; nos hace semejantes a Él al darnos una participación en su ser, de tal suerte que no formamos más que un solo cuerpo místico. En esto consiste la adopción divina: Ut filii Dei nominemur et simus.
Al decir el Padre que Jesús es su Hijo, declara ipso facto que los que participan, por la gracia, su divinidad, son igualmente, aunque con otro título, sus hijos. Esta adopción nos ha sido dada por Jesucristo, el Verbo encarnado: Genuit nos verbo veritatis.
Y al adoptarnos como hijos suyos, el Padre nos da derecho a participar un día su vida divina y de su gloria. Esto es la adopción perfecta. Adoptio perfecta.
Por parte de Dios la adopción es perfecta: pues «todas sus obras están marcadas con el sello de una sabiduría infinita»: Domine, omnia in sapientia fecisti. Mirad si no con cuántas riquezas colma a sus adoptados para hacer este don incomparable: la gracia santificante, las virtudes infusas, los dones del Espíritu Santo, los socorros que cada día nos otorga; todo este caudal constituye para nosotros en la tierra el orden sobrenatural, y para asegurarnos todas estas riquezas, la Encarnación de su Hijo, los méritos infinitos de Jesucristo que se nos aplican por medio de los Sacramentos, y la Iglesia con todos sus privilegios que le confiere su titulo de Esposa de Cristo. Sí, por parte de Dios, la adopción es perfecta.
Y ¿por nuestra parte? En este destierro no lo puede ser. Todos los días, desde el momento en que se nos dio el Bautismo, se va perfeccionando: es un germen que tiene que ir desarrollándose, un esbozo que tiene que contornearse y precisarse, una aurora que llegará al pleno mediodía. Será perfecta, así lo esperamos, cuando, después de haber sido constantemente fieles, nuestra adopción se abra en los esplendores de la gloria: Si filii et heredes, heredes quiden Dei, coheredes autem Christi: Si somos hijos y herederos, herederos sí de Dios y coherederos de Cristo. (Jesucristo en sus misterios, cap. XIV, 1 y 4).
