LA FORMACIÓN DEL CORAZÓN
LA VIDA SOCIAL
Continuación…
Preparación para la constitución de un nuevo hogar
En los primeros años de la juventud, recién rebasada la pubertad, los muchachos y las muchachas se agrupan separadamente, como por una especie de instinto de segregación y hasta repulsión colectiva.
Ellos, al sentirse más fuertes y de cualidades superiores, desprecian a ellas; ellas, al notar cómo choca con su fina sensibilidad la brusquedad masculina, se sienten separadas de ellos como por un abismo.
De esta manera, unos y otras, viviendo separada y aisladamente, se desarrollan y desenvuelven más perfectamente según los caracteres específicos del sexo, con sus peculiaridades.
Ir contra esta ley es antihumano y antipedagógico: las muchachas que en su adolescencia han vivido demasiado entre chicos, pierden gran parte de su sensibilidad delicada y de su femineidad, se vuelven ásperas, bruscas, poco recatadas; los muchachos que en su juventud han convivido excesivamente pronto con las chicas, se afeminan y pierden gran parte de la severa manera de ser de la psicología masculina.
Los padres deben procurar retener a sus hijos e hijas lo más que puedan en esta primera fase de la juventud: de esta manera los hijos llegarán más pronto y mejor al desarrollo perfecto de su masculinidad, y las hijas al de su femineidad; ellos serán tanto mejor y más pronto hombres, ellas serán mejor y tanto más pronto mujeres cuanto más aislados pasen los primeros años de la juventud.
No es que se pretenda aplazar lo inevitable; lo que se intenta es no precipitar indebidamente los acontecimientos y dar tiempo al tiempo para la perfecta maduración fisiológica y psicológica de la masculinidad y la femineidad.
No es antinatural esta actitud de prolongar este aislamiento colectivo inicial; lo antinatural es intentar forzar los plazos puestos por el Creador, con desagradables consecuencias fisiológicas, psicológicas y morales que ello trae consigo.
Las relaciones sexuales entre la juventud moderna son demasiado prematuras, adelantando el desarrollo de la sexualidad más las influencias ambientales que las hormonales.
Los padres deben, pues, procurar frenar esas influencias ambientales para que la naturaleza siga normalmente su curso. Para ello no deben recurrir a imposiciones o prohibiciones violentas: fomenten las reuniones de sus hijos y sus hijas separadamente con sus amigos y amigas, alienten esas peñas de amigos, procuren ofrecerles estímulos y cauces limpios, ejerzan una discreta e inadvertida vigilancia.
Dad cada vez a los hijos mayor libertad para salir de casa, a horas convenientes. Mantener a los hijos como en prisión hasta el último momento es contraproducente: sólo sirve para que cuando llegue el momento deseado de la libertad, se lance con ímpetu más irresistible.
Lo hábil y prudente es, no oponerse, sino mostrarse gradualmente magnánimo y hasta orientar, sin imponer, esas mismas salidas. Si el hijo acepta la indicación, bien; si no, no tratéis de violentarle.
Pero, sin duda alguna, esas sugerencias vuestras, que al parecer fueron desatendidas, influirán sobre él, y el día menos pensado orientará su salida o su excursión por las rutas que les habíais indicado, creyendo que es él el que toma la iniciativa.
Procurad que esas peñas o tertulias de que forman parte vuestros hijos tengan, además, objetivos más elevados que el divertirse: disquisiciones literarias o científicas, si son estudiantes; orientaciones profesionales, si van por el camino del trabajo manual; temas de arte e historia que a todos interesan… Eso elevará el ambiente y acostumbrará a vuestro hijo al trabajo en equipo, le orientará hacia un aprovechamiento cada vez mayor de esa primera fuente de energía social que es la amistad de los años mozos.
Mucho más se obtendrán todos esos buenos efectos si los padres consiguen orientar a su hijo hacia una institución juvenil que ejercite a los jóvenes en el apostolado, además de darles una sólida formación religiosa y hasta cultural.
Hemos hablado antes de la libertad progresiva que hay que dar a los hijos; en una cosa, no obstante, los padres se han de demostrar inexorables, si no quieren derramar muchas lágrimas; y aquí sí que no valen razones de conveniencias sociales, ni libertad, ni desahogo que requiere la edad, ni otras que suelen darse, pero que a nadie convencen. El hijo ha de acostarse a la hora que se acuestan los padres; y, cerrada la puerta, la casa ha de albergar en su recinto todos los miembros de la familia, sin que, por ningún concepto, quede ésta dislocada.
¿Habéis de salir de noche para asistir a una reunión, a un espectáculo o función, a un paseo? Id juntos, si puede ser, y juntos regresad; seréis unos para otros ángeles de la guarda y os haréis invulnerables.
Si ésta es la norma de prudencia para los hijos, mucho más lo es para las hijas. Es inconcebible que padres y madres se acuesten tranquilos, mientras los hijos de sus entrañas, los que son carne de su carne y sangre de su sangre, están envenenando su alma y acaso, además, su organismo.
Claro está que exigir esta austeridad a los hijos supone que los padres dan ejemplo de ella. Que un padre trasnochador imponga a su hijo un horario razonable, es muy poco razonable por muy moralizador que sea. Al padre le faltará autoridad moral para ello, por más que le sobre autoridad física.
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La aventura roja
Así califica un autor al deseo de los jóvenes y las jóvenes de lanzarse por el camino de la moda, de los cines, de las novelas y del baile.
¿Qué actitud han de adoptar los padres ante esta aventura? Los padres, más que con prohibiciones draconianas, han de actuar formando la conciencia de sus hijos y procurando que éstos escuchen la voz de aquella.
Pueden decir a su hijo que lo es lícito ir a una película, leer una novela, seguir una moda, si tiene seguridad de estas cuatro condiciones:
a) Que su vida espiritual es abundante.
b) Que no pecará.
c) Que no contribuirá al pecado de otra persona.
d) Que no escandalizará.
En cuanto al cine deben hacer notar a sus hijos y a sus hijas que han de considerar no sólo la película que se proyecta, sino el ambiente de la sala, para juzgar si se cumplen las cuatro condiciones arriba Indicadas.
Por lo que se refiere al baile, fundamentalmente basta con que se apliquen también esas cuatro condiciones, pero siempre en el supuesto de que el baile sea bueno y sano; si no se parte de ese supuesto, que rara vez se cumple en los bailes modernos, no hay lugar a esas aplicaciones.
Los padres deberán adoptar una actitud en que aparezca claro que no se oponen directamente a ninguna de esas cosas en sí mismas, sino que buscan que se den en ellas las debidas garantías morales.
Por eso, harán muy bien en acompañar o enviar a sus hijos algunas veces al año a ciertas películas de reconocida categoría artística y moral, de poner algunas de esas novelas morales, moralizadoras e instructivas en manos de sus hijos, mientras les recomiendan por otra parte, no entregarse en demasía a esos espectáculos, diversiones y lecturas, porque, a su edad, excitan más de lo conveniente su imaginación, ya de por sí soñadora, y su sensualidad, todavía en parte dormida.
A las hijas podrán y deberán frenarlas más para que se abstengan de lo peligroso; a los hijos no les presionen más de lo prudente para que no se den resultados contraproducentes.
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El primer amor y los primeros amores
Normalmente, tratándose de jóvenes no llamados por Dios a una vida superior, llegará un momento en que al muchacho, de entre el conjunto de muchachas, le impresione una que levanta en él una llamarada de cariño que tiene más de sentimental que de sexual. Entonces el joven se acerca a ella de una manera más o menos directa, le deja entrever su afecto y se enciende en el alma de la chica una llamarada semejante. Ha empezado el primer idilio: probablemente no es todavía el primer amor; pero sí que son los primeros amores.
Los padres procurarán seguir de cerca la evolución afectiva de sus hijos y que este primer ensueño amoroso no les pase inadvertido.
Aunque tiene sus riesgos, son riesgos normales en la vida del joven. Si procuran que su hijo rodee estos primeros ensayos amorosos de las debidas condiciones y cautelas, incluso puede ser psicológica y moralmente beneficiosa.
Procurarán dar a entender a sus hijos que ni se disgustan ni se alarman de esas nuevas experiencias; más todavía, que las ven cosa natural y que les satisface. Se guardarán mucho de tomarlas a broma y de ironizar y satirizar esas aventuras afectivas. Procurarán que los hijos tengan su corazón abierto a ellos, para no ocultarles lo que en él va sucediendo, y les dirán que aunque creen en la sinceridad de ese afecto y en que acaso a ellos les parece que ha de ser eterno, se guarden mucho de considerarlo definitivo; que, posiblemente, más que del encuentro decisivo de la persona que Dios les destina por compañero o compañera para toda la vida, se trata del primer despertar amoroso; que el hombre y la mujer se complementan mutuamente fisiológica y psicológicamente, pero no el chico y la chica.
De aquí han de deducir que ni el hijo ni la hija en esos diecisiete o dieciocho abriles deben tomar la cosa demasiado en serio, ni entablar relaciones formales.
Se impone la espera y la prudencia: el tiempo depurará el amor, si es verdadero y definitivo, y lo eliminará si carece de esos requisitos.
Sobre todo hay que frenar a ellas para que no se entreguen, no sólo con condescendencias pecaminosas, sino ni siquiera con compromisos afectivos formales. Nada de recibir obsequios, ni de contestar cartas: si lo que en el joven brilla es oro, en esa espera y prueba se aquilatará y depurará; si era simplemente oropel, se deshará como espuma al viento.
Por otra parte, a esa edad no hay que prohibir ni el trato colectivo de los jóvenes con las muchachas, ni siquiera en absoluto el trato en particular con alguna de ellas. Pero sí que deben exigir los padres que este trato se haga en condiciones externas en que no encuentren un escollo para la virtud.
Indudablemente, la vida moderna ha ido demasiado lejos en ese terreno y se han introducido libertades de las que, aun entre los novios próximos a contraer matrimonio, ningún bien puede salir y que pueden, por el contrario, dar origen a muchos males; mucho es lo que hay que rectificar en esta materia.
Pero aún hay que exigir mayor severidad en estas relaciones primerizas entre jóvenes, cuando no hay todavía relaciones formales y no hay más que una remota posibilidad o probabilidad de matrimonio.
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Hacia el paso definitivo
Han pasado algunos años. El hijo tiene, con su profesión o su trabajo, resuelto el problema de la vida económica; la hija es ya una mujer.
Aquellos primeros amores acaso se han disipado por el viento, acaso se han depurado y acendrado por la espera. Él o ella os han dicho que la cosa va en serio; tal vez vosotros mismos lo habéis adivinado. ¿Qué hacer en estos momentos decisivos de la vida de vuestros hijos?
Ante todo, alegraros. Aunque se trate de un hijo o hija únicos. Aunque preveáis que ello llevará consigo el que se separen de vuestro lado. Aunque os parezca que con ello le perdéis. ¡Alegraos! Vuestra obra maestra, el dar al mundo, a la Iglesia, a la Patria un hijo, llega a su fin. Es un nuevo alumbramiento para el mundo: va a nacer una familia.
Es natural que ello tenga algo de dolores invisibles de un parto también invisible.
Pero, además de alegraros, podéis y debéis hacer algo positivo. Ha llegado el momento de hablar más despacio y en serio can el hijo o la hija de la grandeza del matrimonio cristiano y de la hermosura de los planes de Dios. Lo que les dijisteis cuando entraban en la adolescencia hay que ampliarlo y, sobre todo, profundizarlo ahora. No se trata de una aventura amorosa simplemente; menos se trata de encontrar un desahogo para la pasión; tampoco directamente de resolver el problema personal de la propia felicidad: ésta vendrá o no, según se acierte el camino y se acepten los planes de Dios.
Se trata de una entrega mutua para prepararse a ser, si Él quiere, instrumentos de Dios, para encender sobre la tierra nuevas llamas de vida; se trata de prepararse para educar y formar esos hijos futuros; se trata de recibir el gran sacramento que sobrenaturaliza y empapa de gracia divina el amor humano; se trata de encontrar una compañía para toda la vida que sea ángel de la guarda, apoyo y sostén mutuo, ayuda y estímulo para la santidad y acaso paño de lágrimas en los infortunios de la existencia.
Los padres podrán completar estas instrucciones y orientaciones verbales poniendo en manos de sus hijos libros que derramen más luz en su mente y susciten más energías en su corazón.
Llegado ese momento, ¿pueden los padres influir en los hijos acerca de la persona que han elegido en vistas al matrimonio?
Los padres pueden aconsejar, pero no pueden imponer. La Iglesia salvaguarda la libertad de los contrayentes en la elección de la persona de tal forma que el matrimonio contraído por coacción es nulo, carece de todo valor.
Y en ese mismo aconsejar, los padres deben guiarse, no teniendo presente sus propios gustos, intereses o conveniencias, sino única y exclusivamente el bien espiritual del hijo.
Las razones de diferencia social, económica, étnica, tienen algún valor, pero relativo. Más peso tienen las de tipo ideológico y, sobre todo, religioso: estas últimas cuando los contrayentes pertenecen a religiones diferentes constituyen impedimento para el matrimonio, que la Iglesia nunca dispensa con gusto.
Mucho hay que considerar también las de orden moral.
Pero tengan una cosa presente los padres, y es, que si no han demostrado hasta la evidencia que en este asunto no tienen otro punto de mira que el bien de los hijos, que proceden en este particular con el máximo desinterés, todos sus avisos, consejos e insinuaciones serán inútiles o contraproducentes.
Aunque la persona elegida por el hijo no les sea grata o no les parezca conveniente, si después de las oportunas insinuaciones o consejos nada consiguen, y si la intervención de alguna otra persona discreta y prudente ha sido inútil, rara vez será aconsejable otro recurso que la oración y el sacrificio ofrecido a Dios por el ser querido. Negar el consejo o el permiso obstinadamente hasta el fin, mucho más amenazar al hijo o hija con desheredarle, de ordinario no conduce a otro resultado que abrir entre padres e hijos un abismo que no se volverá a cerrar jamás.
En estos casos hay que recoger el agua mucho más arriba. Si los padres en los momentos difíciles de la juventud se ganaron la confianza de los hijos y éstos se acostumbraron a ser para sus progenitores un libro abierto, al iniciarse las relaciones y darse las primeras muestras de afecto es cuando la intervención de los padres puede ser más eficaz y orientadora.
Pero aun en este supuesto no hay que olvidar nunca que a los padres les ha de guiar únicamente el bien espiritual y temporal de su hijo y que deben prescindir totalmente de los puntos de vista y conveniencias personales.
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Ante las hijas casaderas
La Sagrada Escritura tiene un interesante pasaje sobre este tema.
Una hija es para el padre un tesoro que hay que guardar, un cuidado que quita el sueño. Porque en su juventud no sea violada y no sea aborrecida después de casada. En su doncellez no sea deshonrada y se vea encinta en la casa de su padre; que no sea infiel al marido, y bien casada sea estéril.
Hijo mío, sobre la hija atrevida redobla la vigilancia, no te haga escarnio de tus enemigos, fábula de la ciudad, objeto de burla entre el pueblo, y te avergüence en medio de la muchedumbre.
Que su habitación no tenga ventana, ni en la alcoba donde por la noche duerme haya entrada que dé a ella. Que no muestre su belleza a ninguno, ni tenga trato íntimo con mujeres. Porque de los vestidos sale la polilla, y de la mujer la maldad femenina (Eclesiástico 42, 9-14).
Es claro que este interesante pasaje está condicionado por las costumbres de las familias orientales, a las cuales se dirigía inmediatamente el autor; pero no os menos claro que, aun quitando la parte no pequeña debida a esta circunstancia, quedan fuera de duda dos cosas: que el Espíritu Santo recomienda a los padres una cuidadosa vigilancia sobre las hijas que han llegado a la edad núbil, y que esta vigilancia ha de apartar de ellas no sólo el trato peligroso con varones, sino también con mujeres casadas de conversación sospechosa, las cuales constituyen un peligro todavía mayor que el de los hombres.
En este pasaje tienen mucho que aprender algunas madres impacientes que en su deseo de encontrar esposo para sus hijas las empujan por el camino de un exhibicionismo tan fatuo como peligroso.
Las flores se han de abrir —escribe muy hermosamente Salcedo—, pero no al primer soplo de la brisa ni al primer rayo de sol. Vuestras hijas se han de casar, no os lo negaré; sois vosotras las primeras que tenéis en ello empeñada vuestra vanidad y pundonor; pero no a voz de pregonero ni con los apremios de quien teme quedarse con la mercancía averiada por falta de comprador. ¿No sabéis que la ley de la oferta y la demanda es la encargada de valuar las cosas? Estad tranquilas, que valiendo vuestras hijas lo que en vuestro concepto valen, no faltará quien venga a sacarlas de la oscuridad, donde las tiene depositada su modestia y la conciencia de su propio valer; desde el momento en que precipitáis los acontecimientos, hasta los ignorantes caerán en la cuenta de que han desmerecido y de que ha perdido el oro sus subidos quilates, quedando convertido en oropel.
¿A qué conduce la vanidad de esas madres, que se creen, dichosas porque sus hijas, desde sus primeros años, cuentan por docenas los pretendientes que se disputan su compañía? A educarlas en una atmósfera de vanidad, que las hace intolerables y las despoja de su natural atractivo; que las inutiliza para todo trabajo serio, en un mundo de ilusiones tontas y cavilaciones pueriles, que acaba por trastornar su cabeza, por hipertrofiar su corazón, exaltar su imaginación calenturienta empapada en cuentos y en novelas atrevidas, hasta dejarlas neurasténicas e histéricas, capaces de inspirar pánico a cualquier hombre.
A la reja y al balcón sólo son dignas de salir las que tengan que descansar de las largas horas de cocina y de labor.
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Puros hasta el altar, fieles hasta el sepulcro
Por más formales que sean las relaciones, por más virtuosos que sean los futuros esposos, aunque parezcan ambos unos ángeles, aunque él sea un segundo San Luis y ella una segunda Santa Inés, deben los padres procurar que el trato prematrimonial de sus hijos se desarrolle en medio de un ambiente de sana austeridad, de mutuo respeto, de pureza incontaminada.
Esta es una manera de hacer desear más la vida de matrimonio, de reservar para esta vida goces más profundos, y es también la única manera de llegar al día de las bodas sin hacer mentiroso, ni aun brevemente, el color inmaculado del vestido nupcial.
Ello no significa que deben los padres asumir el papel de confesor o de director espiritual. Todas las cuestiones referentes a la conciencia y a sus intimidados deben dejarlas los padres para los ministros del Sacramento de la penitencia. Intentar penetrar en el interior del alma de sus hijos es una injusticia y una necedad.
En cambio, sí que significa lo dicho anteriormente que pueden y deben los padres procurar que el marco externo en que se desenvuelvan las relaciones de los hijos sea no un peligro para ellos, sino una garantía de su pureza. Ni la oscuridad, ni la soledad son buenos consejeros para los futuros esposos. Las costumbres paganizadas modernas no hacen cambiar nuestra naturaleza ni quitan los efectos del pecado original. ¡Qué triste es ver que muchas parejas llegan al altar con ramos de azahar en las manos, con blancos velos sobre la cabeza… pero con el corazón ajado y el alma sin ilusión!
Exhortad a vuestros hijos que han entrado en el noviazgo a que sean conscientes de la importancia del paso que han de dar y de la dignidad del Sacramento para el que se preparan, a que mutuamente se respeten y se hagan respetar, a que eviten familiaridades.
Consecuentes con estas normas no los dejéis solos: el ácido nítrico es inofensivo encerrado en su frasco; la glicerina, mas inofensiva aún; pero guardaos de tener demasiado juntas las botellas de esos dos productos, porque podrían daros el mejor día un serio disgusto.
Puros hasta el altar, fieles hasta el sepulcro. ¿Queréis, padres, que vuestros hijos cumplan en su vida de casados la segunda parte de esta consigna, fundamento intangible de la felicidad conyugal futura? Procurad que ellos cumplan la primera parte en el presente.
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El otro camino: sacerdocio o consagración a Dios
Una de las mejores bendiciones que Dios concede a los hogares auténticamente cristianos es llamar a alguno de sus hijos por un camino diferente del matrimonio, diferente y superior, en sí mismo considerado.
Ha escrito Pío XI, acerca de las vocaciones sacerdotales:
El jardín primero y más natural donde deben germinar y abrirse como espontáneamente las flores del santuario, será siempre la familia verdadera y profundamente cristiana. La mayor parte de los obispos y sacerdotes cuyas alabanzas pregona la Iglesia han debido el principio de su vocación y santidad a los ejemplos y lecciones de un padre lleno de fe y virtud varonil, de una madre casta y piadosa, de una familia en la que reinaba soberano, junto con la pureza de costumbres, el amor de Dios y del prójimo (Encíclica Ad Catholici Sacerdotii).
En parecidos términos se expresa Pío XII en su Radiomensaje al II Congreso Eucarístico Bolivariano, del 16-XII-1956:
Del tronco familiar, consolidado, vivificado, robustecido y santificado por la vida eucarística es de donde han de brotar luego esas ramas, esas flores y esos frutos que serán finalmente las vocaciones sacerdotales.
Y lo mismo cabría afirmar de las vocaciones religiosas.
¿Qué actitud han de adoptar los padres, como educadores de sus hijos, ante este otro camino que se abre a la mirada de los jóvenes en la encrucijada de la vida?
Ante todo, la fe.
En esta materia lo primero que deben hacer los padres es… tener, fe. Pero fe práctica, que aprecia y estima como la más excelsa de las dignidades y como la suprema entre las grandezas, la del Sacerdocio católico, y al mismo tiempo, reconoce que el estado religioso y la virginidad consagrada a Dios es un estado en sí mismo más elevado y perfecto que el de los casados.
A la luz que brota de la Sagrada Escritura y de la doctrina de la Iglesia, la cosa es tan clara que no admite la menor duda.
Si se mirasen las cosas a la luz de la fe, ¿qué dignidad más alta podrían los padres cristianos desear para sus hijos que la de aquel que es digno de la veneración de los ángeles y de los hombres, el sacerdote?, se pregunta el Papa Pío XI en su encíclica sobre el sacerdocio.
Ello no implica ni desprecio del Sacramento del Matrimonio, ni mucho menos inferioridad ante Dios de los que siguen la vida conyugal: a cada alma llama Dios por un camino especial, y el más perfecto para cada uno en concreto es aquel que Dios le señala.
Pero, en general y considerados en sí mismos objetivamente, es indiscutible que el Sacerdocio, el estado religioso y la virginidad consagrada a Dios, son más perfectos que el estado matrimonial.
Hacía falta el oscurecimiento de la luz de la fe que ha habido en los tiempos modernos, gracias al materialismo que todo lo invade, para que estas verdades tan claras perdieran ante los ojos de los fieles su luminoso resplandor. Por eso Pío XII hubo de salir por los fueros de la verdad y proclamarla a voz en grito en su encíclica Sacra virginitas en la que se propuso desenmascarar y condenar esos errores que con frecuencia se presentaban cubiertos con apariencia de verdad.
Esta fe tendrá como consecuencia que los padres cristianos no sólo piensen así, sino que hablen de acuerdo con sus convicciones en el ambiente familiar y transmitan ese mismo sentir a sus hijos, más que con lecciones de palabras, con ese imperceptible, pero eficaz, irradiar constante de una mentalidad integralmente cristiana.
La veneración y respeto al sacerdote, dentro del ambiente familiar, sobre todo, será para los hijos la mejor lección.
Además, si son consecuentes con esa fe, lo lógico será que no sólo veneren la dignidad sacerdotal y del estado religioso, sino que además la miren como una bendición de Dios especialísima, la mejor que podría enviar a alguno o algunos de sus hijos, y que la hagan objeto de sus fervorosas oraciones ante el Señor.
¡Triste muestra de su fe y de su piedad dan las familias que proceden de otra manera!
Tal conducta solo puede nacer de una fe falta de hondura, de lógica y de fervor.
Ni imponerse ni oponerse
En este asunto no es raro encontrarse con posturas censurables, unas por carta de más y otras por carta de menos. La recta postura de los padres en este importante y delicado asunto, supuesta la fe y el aprecio de que se acaba de hablar, es la que indican estas breves palabras: no imponerse ni oponerse.
Hay padres a veces —madres sobre todo— que llevados de su fe ardiente, no se contentan con hablar a sus hijos de la sublimidad de esos derroteros luminosos, ni con pedir al Cielo que lleve por ellos a alguno de sus hijos, ni siquiera con hacer alguna ligera y discreta indicación o sondeo en este sentido. Con más celo que discreción tratan de imponérseles, empujándolos con diversas y apremiantes insinuaciones por uno de esos senderos. Sobre todo cuando algún hijo emprendió el camino del sacerdocio y, después de varios años de estudio, da muestras de no estar muy firme en su vocación o de dudar de ella, recurren a los más diversos procedimientos que no, por ser indirectos, dejan de resultar para el hijo una coacción moral.
La Iglesia reprueba tal proceder, hasta el punto de que castiga con excomunión a los que «de cualquier manera que sea» coaccionan a alguien para que abrace el estado sacerdotal o religioso (canon 2352).
Muy bien que el padre o la madre hagan al hijo las oportunas y caritativas reflexiones para que no se deje ofuscar por las vanidades del mundo, ni abatir por las dificultades o cansancio; pero al mismo tiempo que le manifiesten con palabras y con hechos que la resolución de este asunto es de la exclusiva incumbencia de su libre voluntad, y que, cualquiera que sea la decisión que adopte, puede contar con su apoyo decidido para abrirse paso en la vida.
Más vale que se frustre alguna vocación por excesiva benignidad de los padres en esta materia, que no que se dé un solo caso de alguien que llegue al sacerdocio o la religión víctima de presiones interesadas o indiscretas.
Por otra parte, la vocación es una entrega generosa en manos de Dios; si falta esa generosidad en la decisión de entregarse, no está muy clara la vocación.
No obstante, no es éste el caso más frecuente. Más que por exceso de fe, suelen pecar los padres hoy en día por exceso de egoísmo y de materialismo. Especialmente en las clases más altas y más cultas de la sociedad, parece que no aciertan a conformarse con la vocación sacerdotal o religiosa de sus hijos, y no tienen escrúpulo de combatir esas divinas llamadas con toda suerte de argumentos, aun valiéndose de medios capaces de poner en peligro no sólo la vocación a un estado más perfecto, pero aun la conciencia misma y la salvación eterna de aquellas almas que deberían serles tan queridas, dice el Papa Pío XI en la Encíclica ya citada.
No es conducta cristiana en los padres, ni disgustarse por la vocación de sus hijos, ni menos oponerse. Y si esta oposición es duramente censurable cuando se limita a recriminaciones o a amenazas, se convierte en diabólica cuando, como indica el Papa, llega a tender asechanzas a la virtud y a la conciencia cristiana de los hijos.
Tal actitud es contra el deber sagrado de los padres, contra los derechos no menos sagrados de los hijos y contra el bien de la Iglesia y de la sociedad; y no suele Dios dejarla sin castigo aun en este mundo. Por eso Pío XI termina este punto, en su encíclica, con un párrafo de tono sombrío:
Una larga y dolorosa experiencia demuestra que una vocación traicionada (no se tenga por demasiado severa esta palabra) viene a ser fuente de lágrimas no sólo para los hijos, sino también para los desaconsejados padres. Y quiera Dios que tales lágrimas no sean tardías y no se conviertan en lágrimas eternas.
¿Pueden probar los padres la vocación de sus hijos?
Si por probar se entiende hacer serenas y ponderadas reflexiones para que éstos no procedan a la ligera y lo mediten y consulten bien antes de dar un paso decisivo, evidentemente, los padres no sólo pueden, sino que deben probar esa vocación. Pero no olviden que ellos no son ni confesores ni directores espirituales y que no pueden suplantar ni sustituir al confesor y director, ni, por consiguiente, hacer preguntas delicadas a las que los hijos no pueden contestar sin abrir de par en par las puertas del santuario de su conciencia.
Pueden también inducir y aconsejar a los hijos que consulten, antes de la última decisión, a varones experimentados o a confesores prudentes, e incluso indicarles o sugerirles alguno de ellos.
Más todavía; pueden imponer una espera discreta para asegurarse más de que el hijo no procede con precipitación, aunque harán muy bien en no actuar en este sentido sin aconsejarse antes ellos muy serenamente con un confesor sensato; pero dar un paso más adelante en esta dirección, no pueden hacerlo: supera los derechos de los padres y es contra el bien de los hijos.
Todo lo que sea dilaciones indefinidas o esperas prolongadas; todo lo que sean obstáculos positivos difíciles de vencer; todo lo que sea tentación u ocasión en que peligra la vida de la gracia; todo lo que sea aumentar extraordinariamente el poder fascinador del mundo y sus vanidades; todo lo que sea poner al hijo en trances que requieran actos heroicos para salvar la gracia y la vocación, es imprudente, temerario, insensato… y hasta puede llegar a ser diabólico.
Bastantes dificultades internas tiene el seguir un sendero de elevación constante y de sacrificio para que los padres se complazcan en acumular dificultades externas. A nadie le es lícito poner a otra persona en trances tales en que se necesite el heroísmo para no sucumbir a la tentación: esa actitud entraña en sí misma el, pecado de escándalo y escándalo grave. Bastante interés tiene la Iglesia en que no lleguen a la meta final más que las vocaciones suficientemente probadas: ella tiene una experiencia de siglos y sabe cuáles son las pruebas que, sin entrañar peligro grave, sacan de duda a las almas.
No crean, por otra parte, los padres que una vocación no puede ser completamente cierta sin haber pasado por esas pruebas extraordinarias y heroicas. ¿Qué madre, para estar cierta de la robustez de su hijo, le exigiría llevar pesos aplastantes con peligro de que quebraran su columna vertebral? ¿Qué padre, para ver si el hijo ha aprendido suficientemente a nadar, lo arrojaría entre los remolinos de una corriente fluvial impetuosa y desbordada? ¿Qué médico, para asegurarse de que su paciente está completamente curado del pecho, le expondría a contraer una pulmonía?
Los que quisieran acudir a estos procedimientos han olvidado que hay dos cosas que siempre serán pecado: tentar a Dios y escandalizar a los hombres.
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¿Qué es la vocación?
A veces se encuentra algún padre o alguna madre que dicen que si ellos supieran que era cierta la vocación de su hijo, les permitirían que la siguieran; pero ¿qué es la vocación? ¿Cómo saber si se tiene o no vocación verdadera?, dicen con tono de marcado escepticismo.
Ante todo sepan los padres una cosa: que quien tiene que estar cierto de tener vocación es el hijo o hija que se siente llamado, no sus padres.
Por otra parte, la vocación es algo que no se puede demostrar de una manera matemática, mediante cálculo algebraico, ni tampoco diagnosticar con una certeza de tipo físico, como se diagnostica una enfermedad mediante un análisis o una radiografía.
La vocación pertenece a la esfera de la certeza moral, basada en indicios que pueden llegar a adquirir una firmeza plena, mucho mayor, a veces, de la que se tiene sobre la futura paz y armonía de dos jóvenes que contraen matrimonio.
En la vocación pueden distinguirse dos fases o momentos: el de la decisión del candidato y el del llamamiento o admisión oficial.
En el primero, para poder aprobar una vocación, basta que el candidato tenga rectitud de intención en aspirar a tal estado, moviéndose a ello sólo por motivos de gloria de Dios, de santificación de su alma y de salvación de los demás; y, por otra parte, la necesaria aptitud física (salud y robustez proporcionada al género de vida), intelectual (capacidad para llevar a cabo los estudios necesarios) y moral (virtud suficiente para el cumplimiento de las obligaciones inherentes al cargo o género de vida).
Si se encuentra en el candidato esta doble condición, aunque no haya ni inspiración de ninguna clase, ni emoción especial o atractivo interior, ni mucho menos revelación de Dios, puede decirse que hay verdadera vocación.
Esta vocación no es firme hasta que llega la segunda fase o momento, que es el llamamiento oficial, o sea, la admisión del candidato a las órdenes por el Obispo propio, o a la emisión de los votos religiosos por el superior competente de la congregación religiosa.
En ninguna de las dos fases los padres tienen competencia para dictaminar sobre la vocación de sus hijos. En la primera, es el propio hijo el que asesorado por un experto director espiritual ha de llegar a la convicción de ser llamado; en la segunda, es la Iglesia, que por medio de los superiores competentes que hacen las debidas y diligentes averiguaciones, la que tiene que decir la última palabra.
La misión educativa de los padres en esta delicada materia, puede, por consiguiente, resumirse en estas palabras: tener criterio cristiano acerca de este particular, juzgando según los principios de la fe; considerar como una bendición de Dios, no como una carga pesada, el que Dios llame a alguno de los hijos para su servicio; hablar en este sentido en la presencia de los hijos y… en la presencia de Dios, por la oración; observar a sus hijos por si advierten en ellos señales de vocación para fomentarla y cultivarla; crear un ambiente familiar donde una vocación no encuentre tropiezos ni obstáculos; manifestar a los hijos que en esta cuestión son ellos los que tienen que decidir libremente y mantener este clima de libertad sin coaccionar en lo más mínimo su voluntad ni para emprender- un camino, ni para abandonarlo, ni para proseguirlo hasta el fin; alentar y sostener a sus hijos, para no proceder con ligereza ni precipitación en las decisiones que tomen.
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Una salvedad
Misión de los padres en materia de vocación es, según se ha dicho, no suplantar ni coaccionar la libertad del hijo, sino salvaguardarla. Ello no obsta, con todo, a que, en determinados momentos, la serenidad y sensatez de los padres sea el sostén momentáneo de la vocación de los hijos.
Así como antes se ha dicho que los padres pueden someter a los hijos a una espera discreta para cerciorarse mejor de su firme vocación, también en casos de crisis, emocionales que impelen al hijo, sobre todo antes de llegar a una edad de cierta madurez, a un cambio repentino, pueden y hasta deben, con la debida prudencia, inducirle a un breve compás de espera para evitar la precipitación.
En los primeros años, sobre todo, es frecuente que al regresar de vacaciones o con motivo de algún acontecimiento familiar sufran los muchachos fuertes crisis de tipo más bien sentimental. La añoranza y nostalgia del hogar paterno se manifiesta, en ocasiones, tan violentas que el muchacho afectado ni raciocina, ni discurre, ni entiende, ofuscado con una única obsesión: volver al hogar paterno.
En estos y semejantes casos los padres están llamados a desempeñar un difícil e importante papel: ser el sostén del hijo hasta que se disipe el nubarrón y renazca la serenidad. Si, recobrada ésta, quiere el hijo mudar de camino, hágalo en hora buena; pero tomar semejante decisión en medio de esa crisis en que no obra racionalmente, sino presionado por un violento sentimiento que anula su personalidad, es una actitud descabellada.
Los superiores y directores no pueden frenarle más que hasta cierto punto, pues fácilmente cree el muchacho que obran por miras interesadas. Los padres, pueden actuar mucho mejor de poder moderador con eficacia.
Muchas veces, alumnos excelentes y de vocación indudable naufragaban en una de esas crisis por no encontrar en sus padres la prudencia y sensatez que a ellos en aquella tempestad les faltaba. Por el contrario, hermosas vocaciones en trances no menos apurados salen a flote cuando el padre está a la altura de las circunstancias.
Hay que advertir, no obstante, que si esos períodos tormentosos se prolongaran demasiado o se repitieran con frecuencia, serían indicio claro de que el alumno que los sufre carece del equilibrio nervioso necesario para proseguir el camino emprendido y de que es peligroso prolongar demasiado la espera. En esos casos la solución es sencillamente un cambio de ruta.
Continuará…
