ESTRATEGIA Y TÁCTICAS PARA EL COMBATE FINAL
SEGÚN LO REVELADO POR NUESTRA SEÑORA
Y CONFIRMADO POR MONSEÑOR LEFEBVRE
MONSEÑOR LEFEBVRE Y EL FIN DE LOS TIEMPOS
ESPECIAL GRABADO EN LOS ESTUDIOS DE RADIO CRISTIANDAD EL DÍA 22 DE DICIEMBRE DE 2011
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a) Roma está en tinieblas.
Homilía del 29 de junio de 1987.
El liberalismo se convirtió en el ídolo de nuestro tiempo moderno, un ídolo que ahora se adora en la mayoría de los países del mundo, incluso en los países católicos.
Es esta libertad del hombre frente a Dios, que desafía a Dios, que quiere hacer su propia religión, de los derechos humanos sus propios mandamientos, con sus asociaciones laicas, con sus Estados laicos, con una enseñanza laica, sin Dios, he aquí el liberalismo.
¿Cómo es posible que las autoridades romanas fomenten y profesen este liberalismo en la declaración de Vaticano II sobre la Libertad Religiosa? Porque no se trata de otra cosa, lo cual, a mi juicio, es muy grave.
Roma está en tinieblas, en las tinieblas del error. Nos es imposible negarlo.
No es un combate humano.
Estamos en la lucha con Satanás.
Debemos ser conscientes de este combate dramático, apocalíptico en el cual vivimos y no minimizarlo.
En la medida en que lo minimizamos, nuestro ardor para el combate disminuye.
Nos volvemos más débiles y no nos atrevemos a declarar más la Verdad.
La apostasía anunciada por la Escritura llega. La llegada del Anticristo se acerca. Es de una evidente claridad. Ante esta situación totalmente excepcional, debemos tomar medidas excepcionales.
b) Tiempo de tinieblas.
Le temps des ténèbres et de la fermeté dans la foi
Fideliter N° 59, septiembre-octubre de 1987.
Hemos llegado, yo pienso, al tiempo de las tinieblas.
Debemos releer la segunda epístola de San Pablo a los tesalonicenses, que nos anuncia y nos describe, sin indicación de duración, la llegada de la apostasía y de una cierta destrucción
Es necesario que un obstáculo desparezca. Los Padres de la Iglesia han pensado que el obstáculo era el imperio romano. Ahora bien, el imperio romano ha sido disuelto y el Anticristo no ha venido.
No se trata, pues, del poder temporal de Roma, sino del poder romano espiritual, el que ha sucedido al poder romano temporal.
Para Santo Tomás de Aquino se trata del poder romano espiritual, que no es otro que el poder del Papa.
Yo pienso que verdaderamente vivimos el tiempo de la preparación a la venida del Anticristo. Es la apostasía, es el desmoronamiento de Nuestro Señor Jesucristo, la nivelación de la Iglesia en igualdad con las falsas religiones.
La Iglesia no es más la Esposa de Cristo, que es el único Dios.
c) Las dos Bestias – Dos Congresos.
Homilía del 19 de noviembre de 1989.
Ahora os diré algunas palabras sobre la situación internacional. Me parece que tenemos que reflexionar y sacar una conclusión ante los acontecimientos que vivimos actualmente, que tienen bastante de apocalípticos.
Es algo sorprendente esos movimientos que no siempre comprendemos bien; esas cosas extraordinarias que suceden detrás, y ahora a través, de la cortina de acero.
No debemos olvidar, con ocasión de estos acontecimientos las previsiones que han hecho las sectas masónicas y que han sido publicadas por el Papa Pío IX. Ellas hacen alusión a un gobierno mundial y al sometimiento de Roma a los ideales masónicos; esto hace ya más de cien años.
¿Qué quiere decir ésto? Sabemos muy bien que el objetivo de las sectas masónicas es la creación un gobierno mundial con los ideales masónicos, es decir los derechos del hombre, la igualdad, la fraternidad y la libertad, comprendidas en un sentido anticristiano, contra Nuestro Señor.
Esos ideales serían defendidos por un gobierno mundial que establecería una especie de socialismo para uso de todos los países y, a continuación, un congreso de las religiones, que las abarcaría a todas, incluida la católica, y que estaría al servicio del gobierno mundial, como los ortodoxos rusos están al servicio del gobierno de los Soviets.
Habría dos congresos: el político universal, que dirigiría el mundo; y el congreso de las religiones, que iría en socorro de este gobierno mundial, y que estaría, evidentemente, a sueldo de este gobierno.
Corremos el riesgo de ver llegar estas cosas. Debemos siempre prepararnos para ello.
MONSEÑOR LEFEBVRE Y ROMA
a) La Roma Anticristo.
Carta a los futuros Obispos, del 29 de agosto 1987.
A los Padres Williamson, Tissier de Mallerais, Fellay y de Galarreta.
Estando ocupados la Sede de Pedro y los puestos de autoridad de Roma por anticristos, la destrucción del Reino de Nuestro Señor continúa rápidamente en el interior mismo de su Cuerpo Místico aquí abajo…
Esto nos ha valido la persecución de la Roma anticristo. Esta Roma, modernista y liberal, continúa con su obra destructiva del Reino de Nuestro Señor como lo demuestran Asís y la confirmación las tesis liberales del Concilio Vaticano II sobre la libertad religiosa…
b) Roma ha perdido la fe y está en la apostasía.
Conferencia en el Retiro Sacerdotal, el 4 de septiembre de 1987.
Le Sel de la Terre N° 31, Hiver 1999-2000.
Es necesario que sostengamos, absolutamente sostener, mantener contra viento y marea.
Yo digo: Roma ha perdido la fe, mis queridos amigos. Roma está en la apostasía. Estas no son simples palabras, no son palabras vacías las que digo. Es la verdad. Roma está en apostasía. Ya no podemos tener confianza en ese mundo, salió de la Iglesia, salieron de la Iglesia, salen de la Iglesia. Es seguro, seguro, seguro.
c) Roma sede de la iniquidad… etc.
Homilía del 30 de junio de 1988 (del minuto 21:07 al minuto 26:41).
Saben bien, queridos hermanos –seguro que se lo han dicho–, cómo León XIII en una visión profética que tuvo, dijo que un día la Sede de Pedro sería la sede de la iniquidad. Lo dijo en uno de sus exorcismos, en el «exorcismo de León XIII». ¿Es hoy? ¿Mañana? No sé. En todo caso ha sido anunciado.
No solamente el Papa León XIII ha profetizado estas cosas, sino Nuestra Señora.
Las apariciones de Nuestra Señora del Buen Suceso.
Esta Virgen milagrosa profetizó para el siglo XX. Dijo a esta religiosa claramente: «Durante el siglo XIX y la mayor parte del siglo XX, los errores se propagarán cada vez con más fuerza en la Santa Iglesia, y llevarán a la Iglesia a una situación de catástrofe total, ¡de catástrofe! Las costumbres se corromperán y la Fe desaparecerá».
Nuestra impresión es que no podemos dejar de constatarlo.
Además ustedes conocen las apariciones de la Salette, donde Nuestra Señora dijo que Roma perderá la Fe, que habrá un eclipse en Roma; eclipse, adviertan lo que eso puede significar viniendo de parte de la Santísima Virgen.
Y finalmente el secreto de Fátima, más cercano a nosotros. Sin duda que el tercer secreto de Fátima debía hacer alusión a estas tinieblas que han invadido Roma, estas tinieblas que invaden el mundo desde el Concilio.
Estos son hechos sobre los que, me parece, podemos también apoyarnos.
PUNTOS PRINCIPALES DEL ANÁLISIS
DE LA SITUACIÓN ACTUAL
1º)
Las profecías bíblicas que se refieren al triunfo de la Iglesia en la presente edad señalan un crecimiento de la iniquidad que culminará con la apostasía. Y vemos que la historia va confirmando esta visión profética.
Estamos muy lejos, después de veinte siglos de cristianismo, de ver algún país en el cual el Reino de Cristo sea efectivo, y ni siquiera se vislumbra en el futuro una semejante realización, sino más bien lo contrario.
El enfriamiento de la caridad y la creciente apostasía son las señales que nos avisan que tenemos que levantar la cabeza y avivar nuestras esperanzas en la pronta intervención de Cristo.
2º)
La palabra Ecclesia (del griego ekkaleo = elegir, apartar) significa una congregación de hombres apartados, entresacados de entre la gran muchedumbre. De ahí que se llama a los fieles de la Iglesia «los elegidos».
Una iglesia que recibe y abarca a todos los hombres es una contradicción «in terminis».
3º)
La Iglesia no ha de reinar ahora sobre el mundo puesto que es entresacada del mundo. No ha sido encargada de conquistar al mundo. La conversión de todas las naciones no es la tarea de la Iglesia en la presente edad; sino que debe congregar a la Esposa de Jesús de entre las naciones.
No hay ningún texto en las Escrituras que demuestre que la Iglesia ha sido encargada de conquistar al mundo, o que en la presente edad obtendrá un dominio espiritual que abarcaría a todas las naciones. La Iglesia jamás convertirá al mundo, como tampoco puede convertir a Satanás, el príncipe de este mundo.
Lejos de encargar a su Iglesia la conquista del mundo, Cristo le manda predicar la Buena Nueva del Reino en testimonio a las naciones, para que aquel que creyere y recibiere el Bautismo, sea apartado del mundo.
La tarea de la Iglesia no está en llevar todo el mundo a Cristo, sino indudablemente en hacer conocer a Cristo a todo el mundo. Desde su fundación, la Iglesia ha recibido el mandato no de conquistar al mundo, sino de evangelizarlo.
Por lo tanto, la Iglesia no desea la redención del mundo para que Jesús venga otra vez, sino que la Iglesia desea ardientemente la Venida de Jesús para que el mundo sea redimido.
Resulta pues:
a) que no nos ha sido encargada la conquista del mundo
b) que Jesús nos avisa, expresamente, que tal cosa no acontecerá en la presente edad
c) que Jesús nos manda, repetidamente y del modo más solemne, que no esperemos la realización del Reino Mesiánico, sino la vuelta del Señor para que realice este Reino.
4º)
No se trata de cruzarse de brazos en una espera estéril de la Venida del Señor, sino de ser dóciles instrumentos en las manos del Espíritu Santo con el fin de apresurar la congregación y presentación de la Esposa.
Querer redimir al mundo y querer fundar en la presente edad el Reino espiritual que abarque todas las naciones, es usurpar la tarea que el Padre tiene reservada para su Hijo.
5º)
¿Cómo es posible afirmar que la Iglesia es la llamada a conquistar el mundo, llegando a una dominación espiritual que abarque a todas las naciones, si el mismo Jesús nos enseña explícitamente, y sin lugar a dudas, lo contrario en la parábola de la cizaña?
¿Qué otra enseñanza se puede sacar de esta parábola, sino la de que la pequeña grey de verdaderos fieles ha de estar mortificada, acrisolada por la continua y creciente infiltración de los hijos del maligno entre la colectividad cristiana?
Aunque es doloroso decirlo, el completo olvido de esta enseñanza entre la gran mayoría de los cristianos es una de las pruebas más palpables de la verdad que Cristo anunció.
6º)
Terminantemente se nos enseña no sólo que el mundo no mejorará poco a poco, sino que, por el contrario, irá obrando el misterio de iniquidad en el seno de la Cristiandad.
El misterio de iniquidad va en aumento. Presenciamos tiempos peligrosos, y vendrán aún mayores.
7º)
En la presente edad, no será la Iglesia mediante un triunfo del Espíritu del Evangelio, sino Satanás mediante un triunfo del espíritu de apostasía, el que ha de llegar a un reino que abarcará a todas las naciones. Pues el Reino Mesiánico de Cristo será precedido del reino apóstata del Anticristo.
8º)
El estado normal de la Iglesia en la presente edad es la persecución y no el dominio del mundo. Esta persecución no es su muerte, sino su vida; y el peligro mortal que amenaza a la Iglesia consiste en la fornicación con los reyes de la tierra con que Satanás la tienta constantemente.
9º)
Se ha objetado que esta doctrina presenta una sombría perspectiva del futuro; que es la filosofía de la desesperación; que está opuesta a la idea popular de que el mundo va progresando en el bien. Muchos agregan, sarcásticamente: «si todo esto es verdad, podemos cruzarnos de brazos y esperar la Venida de Cristo».
La Verdad Divina no es agradable al cristiano mundano. ¿Acaso la predicación de Noé agradaba a los que la oían? Sin embargo, el diluvio vino. ¿Acaso era agradable lo que Jeremías profetizaba al pueblo judío? Sin embargo, sobrevino la terrible suerte de la ciudad y la cautividad de Babilonia. ¿Acaso era agradable lo que anunciaban los profetas al pueblo judío, vaticinando la ceguera y la ruina? Sin embargo, rechazaron a Cristo atrayendo sobre sí la ruina y la dispersión.
10º)
La Iglesia, lejos de vencer la iniquidad que hay en el mundo, será acrisolada por esa misma iniquidad, que va penetrando desde el principio entre los cristianos. De este modo, la iniquidad irá aumentando hasta llegar esos tiempos peligrosos, que las Escrituras anuncian con tanta insistencia. Y agradable o no, tenemos que clamar a voz en cuello para que el trigo no sea sofocado por la cizaña, y los panes ázimos se guarden de la levadura.
Aunque esta doctrina dura desagrada y desespera al cristiano mundano, el verdadero discípulo de Cristo la guarda con fidelidad y amor. Lo confirma no sólo en su fe en Cristo, sino también en su acatamiento a los dogmas de la Iglesia, y lo orienta en los tiempos tormentosos por los que estamos pasando. No se desespera ni pliega los brazos para esperar la Venida de Cristo, durmiendo. Lleno de una «viviente esperanza», la más «bienaventurada esperanza»; se esfuerza por salvar a algunos de esta mundana generación pecadora y adúltera.
FUNDAMENTO EN EL PADRE LEONARDO CASTELLANI
Engañado por las mentiras de teólogos, filósofos, políticos y economistas, el hombre moderno busca una luz que lo oriente. Y no podrá hallarla sino en la Tradición Católica y en las Profecías.
El Apocalipsis del Apóstol San Juan, el último de los Libros que componen las Sagradas Escrituras, es una profecía sobre la Parusía o Segunda Venida de Cristo, con todo cuanto la prepara y anuncia.
Pues bien, también respecto a la interpretación de esta profecía es desorientado el hombre moderno por los pseudoprofetas y los malos doctores. Y precisamente en esta álgida cuestión el Reverendo Padre Leonardo Castellani sobresale como Doctor y Profeta.
Es por eso que consideramos la situación actual y su desenlace a la luz de las enseñanzas de este profeta de los últimos tiempos. Son sus libros y sus artículos los que nos encauzan y nos hacen descubrir los senderos apocalípticos que conducen a la Jerusalén Celestial.
Comienza por plantear la consigna:
¿Qué podemos hacer nosotros, si todo esto depende de una serie de destrucciones sucesivas y forma parte de una destrucción que avanza? «Conserva las cosas que han quedado, las cuales son perecederas», le manda decir Jesucristo al Ángel de la Iglesia de Sardes, la quinta Iglesia del Apokalipsis; lo cual quiere decir «atente a la tradición».
Y se anticipa a la objeción que plantea la humana debilidad y la temerosa postura demasiado terrenal:
Pero esto es inhumano, se nos manda luchar por una cosa que va a perecer, luchar sin esperanza de victoria, lo cual es imposible al hombre. Es imposible al hombre que está en el plano ético, cuyo signo es la lucha y la victoria; pero no al hombre que está en el plano religioso, el cual lucha por Dios, y sabe que la victoria de Dios es segura, y que él ha nacido para ser usado, quizá para ser derrotado, ¿qué importa? ¡Hemos nacido para ser usados! ¿Por quién? ¡No por el Estado, sino por el Padre que está en los cielos! «Porque sabes que no llegarás, por eso eres grande».
Termina por señalar la estrategia querida por Dios:
Tenemos que luchar por todas las cosas buenas que han quedado hasta el último reducto, prescindiendo de si esas cosas serán todas «integradas de nuevo en Cristo», como decía San Pío X, por nuestras propias fuerzas o por la fuerza incontrolable de la Segunda Venida de Cristo. «La Verdad es eterna, y ha de prevalecer, sea que yo la haga prevalecer o no». Por eso debemos oponernos a la ley del divorcio, debemos oponernos a la nueva esclavitud y a la guerra social, y debemos oponernos a la filosofía idealista, y eso sin saber si vamos a vencer o no. «Dios no nos dice que venzamos, Dios nos pide que no seamos vencidos».
Finalmente, presenta preciosas indicaciones:
1ª) Atenerse al mensaje esencial del cristianismo
2ª) Un pesimismo constructivo
3ª) Cristo vuelve
4ª) Todo esto está previsto y mucho más
5ª) La verdadera consigna:
La unión de las naciones en grandes grupos, primero, y después en un solo Imperio Mundial (sueño potente y gran movimiento del mundo de hoy) no puede hacerse sino por Cristo o contra Cristo. Lo que sólo puede hacer Dios (y que hará al final, según creemos, conforme está prometido), el mundo moderno intenta febrilmente construirlo sin Dios; apostatando de Cristo, abominando del antiguo boceto de unidad que se llamó la Cristiandad y oprimiendo férreamente incluso la naturaleza humana, con la supresión pretendida de la familia y de las patrias. Mas nosotros, defenderemos hasta el final esos parcelamientos naturales de la humanidad, esos núcleos primigenios; con la consigna no de vencer sino de no ser vencidos. Es decir, sabiendo que si somos vencidos en esta lucha, ése es el mayor triunfo; porque si el mundo se acaba, entonces Cristo dijo verdad. Y entonces el acabamiento es prenda de resurrección.
SERMÓN del 1° de enero de 2010
Al comienzo de este nuevo año civil y para consolidar el fundamento de nuestro combate por la defensa de nuestra fe es conveniente que consideremos el Misterio de Jesucristo tal como el Adviento y la Navidad nos lo han mostrado y tal como la fiesta de hoy nos lo resume en su simplicidad y brevedad.
Es muy importante que contemplemos y meditemos el Misterio de Jesucristo, puesto que el Misterio de la Iglesia, y por lo tanto el nuestro, es su continuación y su complemento. De allí resulta que nuestro combate actual es una consecuencia y un suplemento de ese misterio que hemos meditado durante el Adviento y que contemplamos ahora en Navidad.
Tal vez alguien se pregunte: ¿qué relación puede haber entre el Misterio del Hijo de Dios Encarnado, nacido en Belén, circuncidado ocho días más tarde, y el Misterio de la Iglesia, prolongado y actualizado hoy en nuestro combate contra la apostasía de las naciones y el neomodernismo y la protestantización de la Roma Conciliar?
Ahora bien, este Misterio de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, se continúa y se completa en el Misterio de su Iglesia hasta la consumación de los siglos… Se prolonga y se consuma en cada uno de los miembros de su Cuerpo Místico: «Completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia»
Del mismo modo que su divino Fundador, la Santa Iglesia se presenta, a los ojos del creyente, gloriosa y divina, pero bajo un manto de pobreza y de humildad.
Se trata, pues, efectivamente de la aceptación del «misterio del Cristo» en su totalidad. Asentir al misterio de la Encarnación, con todas sus consecuencias: aceptación de Jesús en su Venida en humildad, y aceptación de su Iglesia, que compartirá las humillaciones de su Esposo divino…
¿Hemos comprendido todo lo que hay de sublime, de verdaderamente divino en la respuesta que Jesús dio a los dos enviados de San Juan el Bautista para preguntarle «Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro»?
Los judíos soñaban (y sueñan) con un Mesías triunfador, que restableciese en todo su poder el reino de Israel. Por eso no podían (y no pueden) reconocer como Mesías al humilde hijo de María, que, nacido en un establo, creció en una carpintería.
¡Oh judíos enceguecidos por vuestras ambiciones terrestres!, este Mesías que nace en la pobreza de Belén, no os parece lo suficientemente grande. Era necesario que viniese al mundo en el palacio de Herodes…
Un Mesías rico, honrado, potente, aclamado; un Mesías a la cabeza de ejércitos victoriosos; un Mesías rey o emperador… ¡Y sin embargo!… ¡Cómo todo esto hubiera sido vulgar, además de ser puramente humano y vano!…
Ahora bien, discípulos de Jesús, ¿no somos acaso nosotros un poco como esos judíos, cuya ceguera sin embargo condenamos?
Nosotros también, cediendo a pensamientos demasiado terrestres, querríamos ver a la Iglesia de Cristo establecer aquí abajo sus derechos temporales.
Nos parece que después de veinte siglos todos los pueblos de la tierra deberían aclamar su poder, curvar sus frentes bajo su cetro y, de un polo al otro, entonar el hosanna de su eterno triunfo…
Y hete aquí que, por el contrario, la Iglesia de Jesús, como su Fundador en el tiempo de su vida mortal, es discutida combatida, perseguida, vencida… Su causa, mal servida por los unos, traicionada por los otros, parece siempre a punto de sucumbir…
Por el contrario, sus enemigos triunfan…
Entonces, nosotros también, como los discípulos de San Juan, nos allegamos a Jesús para preguntarle: ¿En verdad eres el Salvador? ¿Es realmente esta tu Iglesia? ¿No debemos esperar a otro o a otra?
¡Ahora bien!… Hoy como ayer, hoy como en los días de su Evangelio, Jesús puede responder: ¡Bienaventurado el que no se escandaliza de Mí! ¡Bienaventurado el que no se escandaliza de mi Iglesia! Hasta el fin de los tiempos permaneceré en medio de vosotros, siempre contrariado, objetado, discutido, negado, rechazado, a menudo perseguido… vencido… en mi Iglesia…
Sería inútil pretender disimular que el Señor permite que su Iglesia sea sometida a una prueba dura. Comprobamos cada día un poco más la terrible exactitud de las expresiones utilizadas por Jacques Maritain, Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI:
«Apostasía inmanente», «Autodemolición», «Humo de Satanás dentro de la Iglesia», «Apostasía silenciosa», «A menudo la Iglesia nos parece una barca a punto de naufragar, una barca que hace agua por todas partes»…
Son innumerables los hechos que hacen tocar con el dedo, sea las carencias de la autoridad jerárquica, sea el poder asombroso de las autoridades paralelas, sea los sacrilegios en el culto, sea las herejías en la enseñanza…
La falsa Iglesia que se presenta entre nosotros desde el curioso concilio Vaticano II como la iglesia oficial se aparta sensiblemente, año tras año, de la Iglesia fundada por Jesucristo.
La falsa Iglesia post-conciliar se opone cada vez más a la Santa Iglesia que salva las almas desde hace veinte siglos.
Por las innovaciones más extrañas, tanto en la constitución jerárquica como en la enseñanza y las costumbres, la pseudo-iglesia-oficializada se opone cada vez más a la Iglesia verdadera, la Iglesia de Cristo, la Iglesia Católica.
Recordemos lo que decía el Cardenal Pie ya en 1859, en su Discurso sobre San Emiliano:
«Esta prueba, ¿está próxima?, ¿está distante?: nadie lo sabe, y no me atrevo a prever nada a este respecto; ya que comparto la impresión de Bossuet, que decía: «Tiemblo poniendo las manos sobre el futuro».
Pero lo que es cierto, es que a medida que el mundo se aproxima de su término, los malvados y los seductores tendrán cada vez más la ventaja.
No se encontrará casi ya la fe sobre la tierra, es decir, casi habrá desaparecido completamente de todas las instituciones terrestres.
Los mismos creyentes apenas se atreverán a hacer una profesión pública y social de sus creencias.
La escisión, la separación, el divorcio de las sociedades con Dios, dada por San Pablo como una señal precursora del final, irán consumándose de día en día.
La Iglesia, sociedad ciertamente siempre visible, será llevada cada vez más a proporciones simplemente individuales y domésticas.
Ella que decía en sus comienzos: «El lugar me es estrecho, hacedme lugar donde pueda vivir», se verá disputar el terreno paso a paso; será sitiada, estrechada por todas partes; así como los siglos la hicieron grande, del mismo modo se aplicarán a restringirla.
Finalmente, habrá para la Iglesia de la tierra como una verdadera derrota: «se dará a la Bestia el poder de hacer la guerra a los santos y vencerlos».
La insolencia del mal llegará a su cima.»
Y aquí se plantea la conocida pregunta: ¿Qué hacer?
¿Estamos condenados a la impotencia en medio del caos, y a menudo de un caos sacrílego y blasfemo?
¡No! Por el hecho de ser de Jesucristo, la Iglesia está garantizada, con una certeza absoluta, de conservar hasta el fin de los tiempos, suficiente jerarquía personal auténtica como para que se mantengan los siete Sacramentos y como para que se predique y se enseñe la doctrina de salvación.
Es cierto que en presencia de esta prueba, un gran número de sacerdotes y de fieles tomaron partido por lo que llama erróneamente «la obediencia». Realmente no obedecen de verdad, porque no se promulgan legítimas órdenes o leyes, que ofrezcan plena garantía jurídica.
La desdicha, la gran desdicha, es que, incluso sin que lo quieran, su conducta hace el juego a la subversión. Se plegaron, en efecto, a las innovaciones desastrosas, que no tienen otro objetivo efectivo que enervar la tradición auténtica y sólida; debilitarla y, finalmente, llegar a cambiar, poco a poco, la religión.
Es cierto también que en medio de esta crisis, ya anunciada, otro gran número de clérigos y fieles, pretenden «domesticar a la Bestia de la Tierra» con discusiones y conversaciones doctrinales… Y entran en el campo de la Bestia, allí donde ella es poderosa para engañar y vencer…
Todo esto forma parte también de la hora presente; aquella en la cual debemos dar testimonio de nuestra fe con fortaleza y de humildad, que deben renovarse sin cesar, ya que nuestra confesión no es ante una persecución violenta (lo que precipitaría y simplificaría mucho las cosas), sino ante la revolución modernista, inspirada por demonios hábiles y por demás confusos, que se presentan bonachones y cándidos…benditos, capaces de engañar incluso a los elegidos…
Tal es la hora presente. Es, pues, en esta hora que tenemos que santificarnos y dar testimonio.
Todos nosotros, sacerdotes y laicos, cada uno por su cuenta y en su medida, tenemos una pequeña participación de autoridad auténtica.
Los sacerdotes tenemos los poderes para rezar la verdadera Santa Misa, para bautizar, para absolver, para predicar…
Los padres y madres de familia, a pesar del totalitarismo oficial y de la descomposición de la sociedad, no perdieron todavía del todo el poder para formar y educar a los hijos que han traído al mundo… por ahora conservan cierta autonomía respecto de la Bestia del Mar…
Que el sacerdote fiel llegue, pues, hasta el límite de su poder y de su gracia sacerdotal… sacrificando, rezando, bautizando, predicando, sosteniendo, animando…
Que cada padre y cada madre vayan hasta el límite de la gracia y del poder que le da el Sacramento del matrimonio para formar y a educar a sus hijos… darles convicciones claras y firmes… inspirarles el espíritu del martirio…
Que el educador llegue hasta el límite de su gracia y de su poder de formar los niños, los muchachos y las jóvenes en la fe, las buenas costumbres, la pureza, la belleza, las letras, la música, la pintura…
Que cada sacerdote, cada laico, cada pequeño grupo de laicos y de sacerdotes, teniendo autoridad y poderes auténticos sobre un pequeño fortín y bastión de la Iglesia y de la cristiandad lleguen hasta el límite de sus posibilidades y de su poder… para formar una barrera de pies de gallo con espíritu de katexon, de obstáculo…
Que los jefes de cada fortín y los ocupantes de cada bastión no se ignoren, sino que se comuniquen los unos con los otros. Que cada uno de estos fortines protegido, defendido, dirigido por una autoridad real auténtica, se convierta, en la medida de lo posible, en un bastión de santidad… para obstaculizar la llegada del Inicuo…
He aquí lo que garantizará la continuidad de la verdadera Iglesia y preparará eficazmente el renacimiento para el día que agrade al Señor, si es que un reflorecimiento ha de darse, cosa que yo personalmente no creo, salvo si se trata del último y definitivo, meta-histórico…
Lo que sigue siendo posible en la Iglesia, lo que la Iglesia garantizará siempre, en cualquier caso, sean cuales fuesen las pruebas diabólicas de la nueva iglesia post-vaticanezca, es esto: tender realmente a la santidad, poder formarse por la inmutable y sobrenatural doctrina en un grupo real (incluso muy reducido), bajo una autoridad real y legítima, teniendo la certeza de que permanecerán siempre verdaderos sacerdotes fieles que no pactarán con la Iglesia conciliar oficial.
Decíamos al comienzo que es muy importante que contemplemos y meditemos el Misterio de Jesucristo, puesto que el Misterio de la Iglesia es su continuación y complemento; y que, por lo tanto, nuestro combate actual es consecuencia y suplemento de ese misterio.
De la misma manera que no se puede decir que Jesucristo ha sido vencido, tampoco se puede decir que la Iglesia, perseguida por fuera y traicionada por dentro, sufre una derrota y corre a su ruina.
La Iglesia es victoriosa… Es la Esposa de Cristo victorioso. Porque la propiedad de obtener la victoria es una prerrogativa incuestionable del Señor, también es un privilegio necesario de su Esposa.
Entonces, profesar la fe en la Iglesia frente al modernismo, ser feliz de tener algo que sufrir para dar un hermoso testimonio de la Iglesia traicionada por todas partes, es velar con Ella en su agonía, es velar con Jesús que continua en su Esposa, afligida y traicionada, su agonía en el Jardín de los Olivos.
En la medida en que permanezcamos fieles en la oración y la vigilia, inaccesibles al temor mundano y al desaliento, en la misma magnitud conoceremos por experiencia que la Santa Iglesia es un misterio de fortaleza sobrenatural y de paz divina.
Concluyamos con el Cardenal Pie, en el discurso ya citado:
«Ahora bien, llegados en este extremo de cosas, en este estado desesperado, sobre este globo librado al triunfo del mal y que será pronto invadido por las llamas, ¿qué deberán hacer aún todos los verdaderos cristianos, todos los buenos, todos los santos, todos los hombres de fe y de valor?
Enfrentándose a una imposibilidad más palpable que nunca, con un redoblamiento de energía, y por el ardor de sus rezos, y por la actividad de sus obras, y por la intrepidez de sus luchas, dirán:
¡Oh Dios! ¡Oh nuestro Padre!, que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre así en la tierra como en Cielo; venga a nosotros tu Reino así en la tierra como en el Cielo; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo…
¡Así en la tierra como en el Cielo! Murmurarán aún estas palabras, y la tierra se ocultará bajo sus pies.
Y como otra vez, tras un horrible desastre, se vio al senado de Roma y todas las instituciones del Estado avanzarse al encuentro del cónsul vencido, y felicitarlo por no haber desesperado de la República; del mismo modo el senado de los Cielos, todos los coros de los Ángeles, todos los órdenes de los bienaventurados, vendrán delante de los generosos atletas que habrán sostenido el combate hasta el final, esperando contra la esperanza misma…
Y entonces, este ideal imposible que todos los elegidos de todos los siglos habían proseguido obstinadamente, se volverá por fin una realidad.
En su segunda y última Venida, el Hijo entregará el Reino de este mundo a Dios su Padre; el poder del mal se habrá evacuado para siempre en el fondo de los abismos; todo el que no haya querido asimilarse, incorporarse a Dios por Jesucristo, por la fe, por el amor, por la observancia de la ley, será relegado en la cloaca de los desperdicios eternos.
Y Dios vivirá, y reinará plena y eternamente, no solamente en la unidad de su naturaleza y la sociedad de las Tres Personas divinas, sino también en la plenitud del Cuerpo Místico de su Hijo encarnado, y en la consumación de sus Santos».
Tenemos un año menos para contemplar esta divina realidad… Falta menos…
Tenemos un año más para merecerla… Aprovechemos este tiempo para suplicar en nuestro Getsemaní: ¡Oh Dios! ¡Oh nuestro Padre!, que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre así en la tierra como en Cielo; venga a nosotros tu Reino así en la tierra como en el Cielo; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo…
Entonces, después de haber trabajado aquí abajo en la medida de nuestras fuerzas por la glorificación del Nombre de Dios sobre la tierra, por la venida del Reino de Dios sobre la tierra, por la realización de la Voluntad de Dios sobre la tierra, eternamente liberados del mal, diremos en el Cielo el eterno Sanctus, Sanctus, Sanctus: Que así sea…

