ESTUDIOS DOCTRINALES: LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: LA FORMACIÓN DEL CORAZÓN

LA FORMACIÓN DEL CORAZÓN

LA VIDA SOCIAL

Educar el corazón, símbolo y expresión de la facultad de amar que tiene el hombre, es educar para la vida social.

El corazón empuja al hombre, en un plano natural, a amar a una mujer y constituir con ella una nueva familia, primera célula de vida social.

El corazón, ennoblecido y elevado por los secretos impulsos de la gracia y del misterioso llamamiento de Dios, inclina al hombre a renunciar a la constitución de una familia natural para entregarse a la perfección y al apostolado en el sacerdocio o como miembro de una congregación religiosa, formando así parte de una familia sobrenatural.

El corazón es el que hace que el hombre vibre de amor patrio y esté dispuesto a los más grandes sacrificios para defender esa gran síntesis de todas las familias y regiones, que es la Patria.

El corazón es el que impulsa al mismo hombre para superar todo lo que de barrera tienen las nacionalidades, llegando por encima de todas ellas al deseo de concordia entre todos los miembros de esa que el Papa Pío XII ha llamado «gran familia de naciones».

El corazón hace al hombre artífice de la vida social, al impulsarle interiormente a unirse con otros seres humanos para constituir comunidad con ellos y a darse y sacrificarse por ellos.

Por eso, así como lo más social del hombre es el amor, lo más antisocial que puede haber en él es el egoísmo, antítesis y negación del amor. El egoísmo tiende a destruir la vida social, toda vez que impulsa al hombre a negarse al prójimo para buscarse a sí mismo; a no sacrificarse por los demás, sino a procurar que los otros se sacrifiquen por él.

Por eso, cuando aparece en el hombre la facultad de engendrar y, por consiguiente, de constituir la primera célula social, la familia, se intensifica en él la vida afectiva que le empuja interiormente por caminos que, ordinariamente, terminan en el matrimonio indisoluble.

Hasta ese momento el niño era un elemento pasivo de vida social: era atraído por el imán de los padres y retenido dentro del ámbito de la vida familiar; desde la pubertad, empieza a ser y a sentirse, cada vez de una manera más consciente, elemento activo de vida social, tiende a constituirse en centro de una nueva familia y a alejarse del ámbito e influencia del primitivo eje en torno al cual giraba.

Y esa misma vida afectiva irá impulsándole hacia círculos cada vez más amplios de vida social.

La pubertad viene acompañada de un cambio total. Este es quizá tan completo como el que convierte la crisálida en mariposa. La afectividad, que se acelera en el niño, le enriquece, hasta que, sintiéndose demasiado rico, el adolescente se da, y para él, darse es engrandecerse en aquellos sobre los cuales se vierte la abundancia de la propia bondad.

Por eso, después de tratar de la educación de la castidad, se impone hablar de la educación de la afectividad o del corazón, de la educación del sentido social.

Si no se hiciera así, la educación quedaría truncada. Lo afirma tajante y taxativamente Pío XII:

La educación sería incompleta si no consiguiese sino una parte de su fin, es decir, si se limitase a procurar el bien personal, físico y moral, temporal y eterno de los jóvenes. Debe, además, formarlos y prepararlos para ejercitar sobre su tiempo y sobre su generación —y aun sobre las generaciones futuras— una acción saludable, de tal manera que atraviesen el mundo, dejándolo mejor detrás de sí, más dulce y más bello que el que habían encontrado (Discurso a los Hermanos de las Escuelas Cristianas, el 24-11-51).

Lo que aquí dice el Sumo Pontífice a los religiosos educadores, han de tomarlo como dicho para sí los padres en su tarea nobilísima de educar a sus hijos.

Se ha dicho muchas veces, con frase poética y exacta, que la Patria se forma sobre las rodillas de las madres. Ello equivale a confesar que en el seno del hogar han de recibir los hijos de los padres la formación social mediante la recta educación de su vida afectiva.

Plinio, el escritor romano, señalando a los niños, decía: Este es el pueblo futuro, éste es el futuro Senado. De una manera semejante, señalando a los padres educadores de sus hijos, podemos decir: estos son los que forjan y forman al futuro pueblo y a la futura sociedad.

Hagan los padrea que, por medio de una recta educación del corazón, el sentido cristiano del amor y del matrimonio, de la Patria y de la justicia, de la paz y del orden internacional se apoderen de sus hijos, y habremos conseguido que la familia, la justicia, la Patria y la paz entre las naciones se hallen firme y definitivamente asentadas sobre la más sólida base: la conciencia cristiana de la humanidad.

Por eso trataremos en este capítulo, en sucesivos apartados, de la vida afectiva de los adolescentes y sus características; de la postura de los padres ante la elección de estado de sus hijos, tanto si se inclinan al matrimonio como a la vida sacerdotal o religiosa; de la educación del sentido social de los hijos; de la educación del amor a la Patria y del amor que han de infundirles de la paz internacional.

***

Pero antes debemos responder a una cuestión previa. Al llegar los hijos a esa edad que sigue a la pubertad, ¿no es hora ya de que cese la labor educativa de los padres y que los hijos empiecen a vivir a expensas de sus reservas de formación?

¡Rotundamente, no! La educación debe prolongarse hasta que el niño llegue a ser hombre, y, aun entonces, es mejor rodearlo, de influencias moralizadoras. Abandonar al joven en el tiempo más peligroso, es perderlo.

No ha de terminar la labor educativa de los padres; pero, podemos preguntar de nuevo, ¿no habrá de cambiar la manera de actuar de los padres en su acción educativa?

¡Decididamente, sí! Al adolescente que se va haciendo mayor, que se siente ya casi hombre, pocas cosas hay que le humillen e irriten más que verse tratado como un niño. Si los padres, y singularmente la madre, no se sobreponen a sí mismos, a su tendencia natural de pretender conservar a su hijo en su fase vital de niño y a tratarle como tal, pueden dar por descontado que fracasarán en este último periodo de la educación.

Para evitar este resultado, los padres tienen un solo medio: estudiar la psicología del adolescente y adaptarse a ella.

***

La psicología del adolescente

No es cosa fácil definir al adolescente, por el mismo hecho de que su ser no es más que una rápida evolución del niño hacia la meta de varón maduro. Un joven adolescente es un cuerpo que camina rápidamente hacia la madurez, una personalidad que al formarse perfila con enérgicos trazos su propio contorno, un impulso vital inicial y vago, pero fuerte, hacia la paternidad y un corazón rebosante de afectividad que proyecta al joven hacia la vida social.

No ofrece mayor dificultad comprender lo referente al rápido y a veces brusco desarrollo del cuerpo del adolescente. Sólo hay que añadir que es consecuencia de eso la tendencia de la juventud hacia los deportes, tendencia que los padres no deben reprimir, sino más bien fomentar, si bien encauzándola para evitar los excesos.

Ya Horacio decía, al describir al joven, hace dos mil años, que éste «se regocija con caballos y perros y con el césped del campo abrigado». Cámbiese caballos y perros por bicicletas y balones, cámbiese campo abrigado de Marte por campo de deportes y tendremos lo que podríamos llamar el «eterno adolescente» actualizado en nuestros días.

Los padres deben mirar con gusto ese aire atlético y deportivo de su hijo, y hasta debieran estimularlo, si no se manifestara en él: esos deportes harán bien a su cuerpo y a su alma. No les importe que en él gaste energías y que realice esfuerzos, siempre que éstos no resulten agotadores. Esos deportes y esos esfuerzos son algo necesario para su completo desarrollo y para llegar a la fortaleza de la madurez varonil.

No debe extrañar a los padres que su hijo adolescente se una con otros muchachos para formar clubs, equipos o peñas deportivas: ello no es sino la combinación de su tendencia social con su necesidad de ejercicio físico. No se opongan a esas bulliciosas asociaciones juveniles; demuestren que las ven con gusto, y de esta manera tendrán autoridad moral para frenar y orientar a su hijo, si vieren alguna exageración o desviación en esta materia.

Procuren que su hijo seleccione bien sus compañeros, apartando de su amistad a los que vean viciosos, vigilen discreta y prudentemente sus andanzas deportivas o alpinistas, impónganle un horario amplio dentro del cual pueda él sentirse libre, pero no cometan el error de enfrentarse con estas tendencias naturales y sanas de su hijo.

***

Personalidad del joven adolescente

Entre los elementos que integran al adolescente hemos indicado su personalidad, que al formarse perfila con enérgicos trazos su propio contorno.

Los padres no lo pueden olvidar; precisamente porque la personalidad del joven es incipiente, él se esfuerza en afirmarla y en hacerla sentir a los demás; precisamente porque los demás no le prestan atención, al menos la que a su juicio merece, el muchacho se siente celoso de que se le tenga en cuenta y respete por las personas mayores.

Otra razón, acaso más profunda, hay todavía de esa personalidad celosamente defendida. Antes de adaptarse, antes de darse, el joven debe esforzarse en ser plenamente él mismo. La entrega de uno mismo exige, como primera condición, la afirmación de sí propio. Ponerse tiene como corolario inevitable el oponerse.

No nos extrañemos, pues, de ver al adolescente manifestando hostilidad, a veces envidiosa y excesiva, contra toda influencia que amenace con absorberlo. En vez de tratar de reprimir ese impulso instintivo y exponerse a provocar la rebelión y la rebeldía, los padres prudentes la explotarán y tomarán como punto de apoyo con miras a una formación superior.

Su verdadera labor es ilustrar al joven y mostrarle en qué consiste el verdadero ideal de la virilidad que debe realizar, si quiere llegar a ser un hombre, un carácter, en el sentido total de la palabra.

Los padres, por esta razón, en vez de abrumar al hijo adolescente con recomendaciones y prohibiciones, con advertencias y reprensiones, serán sumamente circunspectos en la forma de tratarle.

Muchas mamás, con el pretexto de querer perfeccionar la educación de sus hijos en este período, los agobian con un torrente de recomendaciones, órdenes, censuras, que terminan por exasperar a los muchachos. La multiplicación de observaciones hace que pierdan la sensibilidad en relación con ellas, se acostumbran, dejan pasar las tormentas y se refugian en una sordera psíquica.

Por el contrario, en vez de tratar al hijo como a un niño, le tratarán con consideración a su psicología, haciendo frecuentes llamamientos a su responsabilidad, dándole pruebas de confianza, ampliando la esfera de su libertad, aunque sin dejar de ejercer sobre él una discreta vigilancia sin que él se sienta oprimido. En una palabra: el adolescente ha de gozar durante este período, no de una libertad absoluta, pero sí de una libertad vigilada.

El adolescente, ni es ya niño, ni ha llegado todavía a hombre.

Tratarle como a niño, es humillarle y exasperarle; tratarle como a hombre, es ponerle en peligro de perderse. El justo camino es darle a entender que se le empieza a tratar como a un hombre, y que se le dará tanta mayor libertad cuanto más acredite merecerla, pero mientras tanto, no dejar de vigilarle discretamente como a un hijo querido. Y este vigilarle no ha de ser para echarle en seguida en cara cualquier extravagancia juvenil o cualquier impetuosidad suya.

En esta edad es cuando más aplicación tiene el antiguo aforismo pedagógico que aconseja: Verlo todo, disimular muchas cosas, corregir pocas.

Si no se trata de desviaciones peligrosas, disimulen y toleren muchas cosas los padres; tengan paciencia, sepan aguardar: al cabo de poco tiempo el joven se dará cuenta de sus exageraciones y vehemencias y será él mismo el que rectifique, sin que se haya gastado la autoridad de los padres ni se haya sentido herido el amor propio del hijo.

Esto es lo que quieren indicar algunos autores al afirmar que este tiempo más que de educación es de autoeducación. Quieren decir que, como el uso de la libertad sólo puede aprenderse en libertad, hay que dejar al joven la libertad necesaria, y, no obstante, conservar las riendas en la mano, sujetando a tiempo, aconsejando, dirigiendo, alentando, previniendo, conteniendo y limitando cuando a la propia voluntad le falta fuerza y luz, siendo en vez de regente del muchacho, como un amigo mayor, más experimentado y benévolo.

Lo mismo hay que decir cerca de las opiniones extremistas que los jóvenes se complacen a veces en sostener con un aplomo y tenacidad que están en proporción directa de su inexperiencia: déjeseles hablar y desfogarse; óigaseles con serenidad y comprensión, y cuando ya hayan terminado, sin refutarles directamente, háganseles las observaciones oportunas sin tratar de imponérselas, en la seguridad de que, pasado el primer ímpetu de su acaloramiento, rumiarán las razones en contra que les hayan sido expuestas y se inclinarán hacia la verdad, creyendo haberla descubierto por sí mismos.

En una palabra: esa celosa y suspicaz afirmación de la propia personalidad, que con tanta energía hace el joven, exige del educador delicadeza, tacto, comprensión y paciencia en dosis masivas.

***

El fuerte impulso vital hacia la paternidad

Así como para conservar al individuo ha puesto Dios en cada hombre el instinto de conservación, que, por medio del hambre, le avisa de la necesidad de alimentarse y, por medio del horror instintivo a la muerte, le aparta de los lugares y acciones donde peligra la vida, de una manera semejante, para conservar la especie humana, ha puesto Dios en el hombre el instinto de reproducción.

Este instinto empieza a manifestarse de una manera vehemente en el joven adolescente una vez ha pasado la pubertad, y tiene como contenido una triple tendencia: espiritual, sexual y natural.

La espiritual es un impulso de acercamiento hacia la bondad y belleza de otra alma conocida a través del rostro.

La tendencia sexual no es más que el instinto de reproducción, que más tarde se transformará en el noble y elevado anhelo de paternidad.

La tendencia natural va tras ese placer que sabiamente ha puesto Dios en la unión corporal del matrimonio.

Como todas esas tendencias, siguiendo su curso natural, han de desembocar un día en la paternidad, y esta exige del padre sacrificio, espíritu de empresa para ganar el sustento de la familia, actividad productora, el joven se prepara para esa misión con sus esfuerzos y sus sueños. No solamente se ejercita en deportes y trabajos corporales, gusta de soñar con hazañas nobles y gloriosas. El riesgo y el peligro son para él, no pocas veces, un atractivo y un estímulo en vez de ser un freno. En la aventura ven un medio de abrirse paso en la vida y asegurarse un porvenir.

Los padres no deben perder esto de vista. Por una parte, han de procurar que esa triple tendencia, cuya satisfacción no se podrá realizar sino tras una espera de años, no sea prematura ni excesivamente avivada por estimulantes externos, que procurarán apartar prudentemente de la vida de su hijo. Por otra parte, mediante las oportunas instrucciones de que se ha hablado antes, se esforzarán por orientar, encauzar y elevar esos impulsos vitales.

Pero, además, procurarán aprovechar la inclinación al esfuerzo y a las proezas orientando a su hijo y estimulándole hacia la preparación, técnica y profesional, mediante la cual han de ser el sostén de una familia el día de mañana.

De ese mismo amor del joven a lo difícil y a lo arduo tratarán de aprovecharse los padres para excitar a su hijo a que supere las dificultades no pequeñas que trae su edad y las que la vida le irá presentando en el transcurso de los años.

***

La afectividad del corazón

Tres nuevos sentimientos señalan en el adolescente los vuelos del corazón: la abnegación, la amistad y el amor.

En su aspiración a superarse, comienza el joven a comprender esa subordinación del individuo a la especie y al grupo social, del hecho a la idea, de la materia al espíritu que se manifiesta en la abnegación.

La abnegación es la renuncia de uno mismo por un provecho y favor de los demás, la pasión por las causas nobles, el entusiasmo por los hombres grandes; son las privaciones secretas o confesadas en el alimento, el vestir, el dinero, las diversiones que se impone uno para servir o agradar.

No hay que creer, a pesar de lo dicho, que todo sea así en los adolescentes; consecuentes con esa movilidad de sus años, y esas actitudes contradictorias tan propias de su edad, no pocas veces, después de actos modelo de desinterés y abnegación, caen en actitudes mezquinas y de egoísmo. Los padres, en no pocas ocasiones, habrán de frenar suavemente las primeras y ayudar a salir de las segundas.

La amistad es la segunda característica de la juventud. El corazón del joven suele sintonizar a veces maravillosamente con otro de su misma edad, naciendo esa gran compenetración de espíritus y voluntades que es la amistad.

David y Jonatás son, acaso, el ejemplo más típico que nos ofrece la Sagrada Escritura de esta amistad entre jóvenes: a pesar de estar de por medio, la celosa y obstinada malevolencia de Saúl, padre de Jonatás, que persigue a muerte a David, entre estos dos jóvenes habrá una compenetración tal de corazones que no habrá secretos entre los dos ni fuerza alguna que pueda separarlos. Y cuando Jonatás caiga, como un héroe, en los montes de Gelboé, de los labios del .futuro rey salmista brotará la más sentida elegía que ha salido de la boca, de un amigo.

A veces, aun sin salirse del ámbito de los muchachos de su edad, se mezcla con esa amistad un sentimiento de amor sensible, desviado y morboso. Es lo que en todos los internados se conoce con el nombre de amistades particulares, las cuales se manifiestan o caracterizan por un deseo de exclusivismo en la amistad entre dos, por la íntima revelación de muchos secretos en tiernas confidencias, por el trato frecuente, por el intercambio de escritos afectuosos, por la tendencia a estar solos los dos, por las frecuentes miradas mutuas e, incluso, por algunos accesos de celos y hasta caricias sensuales.

No hace falta advertir que tales amistades particulares no solamente son inconvenientes, sino que están llenas de peligros y desembocan frecuentemente en manifestaciones y aberraciones sexuales. Si los padres advierten algo semejante en su hijo, procedan con suavidad en la forma, pero con energía inquebrantable en el fondo para depurar, y si no es posible, romper esa amistad desviada y morbosa. Pero no incurran en el error de oponerse por ello a que su hijo tenga sincera amistad con otros muchachos.

Esa amistad es algo naturalmente bueno y sobrenaturalmente aprovechable, indicio de un alma noble y germen de abnegación en el trato humano y de fecundas relaciones sociales.

Más tarde esa fuerte afectividad del joven encontrará el cauce natural del amor humano y el objetivo concreto de alguna muchacha.

Interesa manifestar aquí que, debido precisamente a esa afectividad del joven, su alma es frecuentemente agitada por sentimientos vehementes y sufre crisis emocionales que remueven profundamente su espíritu. Él es profundamente entusiasta en unos momentos y, en otros, no menos profundamente melancólico; el optimismo le eleva y enardece un día, y el pesimismo le abate y deprime otro. Cuando sueña ideales de belleza, de amor, de empresas heroicas, de acciones generosas, la llama del entusiasmo le eleva a las regiones de la alegría y del optimismo; cuando la cruda realidad de su propia vida o del mundo que le rodea se muestra a su mirada con todas sus miserias, desciende de aquellas alturas de una manera vertiginosa para abatirse en el desaliento y en la sensación de fracaso.

Tras una lectura que le ha impresionado y conmovido, jurará ser un héroe y un santo; cuando el primer tropiezo le haga volver los ojos a la realidad de su flaqueza, creerá que sus propósitos generosos de la semana anterior no eran más que sueños vanos. Al decidirse por una carrera, por una profesión determinada, experimentará la ilusión de alcanzar las más altas metas; cuando tropiece con las primeras dificultades de los largos y difíciles estudios, del áspero y difícil aprendizaje, llegará acaso a desanimarse…

En medio de estas crisis emotivas y sentimentales, los padres han de procurar sostener a su hijo y hacer que éste encuentre en ellos no un juez severo, sino un confidente comprensivo: darse cuenta de ese estado del hijo, hacerse el encontradizo con él, darle ocasión para que se desahogue en una sincera confidencia, escucharle sin cansancio, orientar los afectos que le abaten hacia otras metas… y aguardar que la tormenta se disipe por sí sola, sin recordarle luego con ironía las tempestades de vaso de agua en que se ahogaba.

Al llegar al final de su juventud, estas experiencias varias veces repetidas habrán conseguido que se conozca más a sí mismo, que presuma menos de sí, que sea más equilibrado y ecuánime, que sepa dejarse ilusionar menos por los idealismos y contar más con la realidad y que acierte a ser mejor piloto de sí mismo en esas borrascas interiores. A este final no puede llegar sino a través de todas esas experiencias personales.

***

La psicología de la joven

Más complicada y compleja que la psicología de los muchachos es la de las jóvenes.

En la descripción de los muchachos que acabamos de hacer hemos hablado de un fuerte impulso vital hacia la paternidad que late en el fondo de toda vida joven. Al tratarse de las muchachas hay que cambiar la frase precedente por un suave y misterioso pero irresistible impulso hacia la maternidad, física o espiritual.

Porque está llamada a ser madre, la joven es más tierna, menos brusca y violenta, menos amante del esfuerzo físico y de las estridencias explosivas en las manifestaciones de su alegría.

Porque en la constitución del futuro matrimonio la iniciativa ha de estar a cargo del varón, el impulso sexual es más suave, sabe esperar mucho más y se traduce, no en la actitud del joven, que es conquistar, sino en la típicamente femenina, que es agradar.

Por esa misma razón, está más desarrollado en la joven el sentimiento del pudor, el cual, a su vez, le impone no los procedimientos directos, sino los indirectos; ataca, no como el joven, en línea recta, sino en línea curva envolvente.

En virtud de ese mismo destino maternal, la muchacha es más capaz que el joven para el amor y sacrificio.

El elemento afectivo en la vida de la joven hay que subrayarlo mucho más todavía que en los chicos: Dios ha hecho a la joven para amar, entregarse y sacrificarse.

Las reservas de ese amor, entrega y sacrificio en el alma juvenil femenina son incalculables, pero susceptibles de ser elevadas a planos sobrenaturales y espirituales.

Precisamente porque ama más que los jóvenes, raciocina y discurre menos que ellos, aunque les supera en intuición. Para las jóvenes valen mucho menos que para los muchachos los argumentos y los silogismos, pero pesan mucho más las emociones y los sentimientos.

La vida sentimental de las muchachas es mucho mayor y por eso sus sueños juveniles son de signo distinto de los de aquéllos: el joven sueña aventuras de fuerza, de bravura y de heroísmo; la joven sueña novelas rosa, mezcla de amor, de dificultades y de sacrificio que culminan pronto en la solución anhelada.

Por esta misma razón las tempestades sentimentales son mucho mayores en ellas que un ellos.

Pío XII, en un discurso dirigido a muchachas, describe maravillosamente esos altibajos de la psicología juvenil femenina: No es de maravillar que a vuestra edad la fantasía corra a veces en pos de sueños y la voluntad aparezca especialmente mudable, mientras el corazón, a menudo agitado, se convierte en fácil presa tanto del repentino entusiasmo como del profundo abatimiento. Esta vuestra manera de ser hace que en el sucederse de los días seáis, ya acariciadas por el sol, ya abatidas por la furia de las tempestades, y que mientras estáis gozando del encanto de la esplendorosa aurora os encontréis inesperadamente tristes, como por el tedio de melancólicos atardeceres (Disc. a las juveniles de A. C. italiana, 2-X-1955).

A pesar de ésta su compleja manera de ser, que las hacen especialmente difíciles de tratar en esta edad, las muchachas merecen toda la atención y afecto de los padres y singularmente de la madre. Hay que rodearlas de cuidado, solicitud y afecto para que acierten a evitar los escollos en que naufragan tantas jóvenes: esa sensualidad que impregna la vida moderna y las empuja a exagerar y exponer constantemente todos sus encantos por medio de una moda amoral y procaz; esa masculinidad que pretende desviarlas de su órbita propia al empujarlas a imitar a los muchachos en sus juegos, gustos y actitudes, poniéndolas en el inevitable despeñadero de ser, como alguien ha dicho, unos muchachos frustrados; ese modernismo exagerado y desquiciado que las quiere esclavizar, atándolas al carro desbocado y triunfador de unos caprichos y unas exigencias cada día más excéntricas y exorbitantes.

***

La tarea educadora de los padres en este último período de los hijos es realmente difícil y ardua. Frecuentemente los padres y los hijos en esta edad se acusan mutuamente de incomprensión.

Esta acusación — dice Pío XII— no es nueva; se verifica en todas las generaciones y es recíproca: entre la edad madura y la juventud, entre los padres y los hijos. Hace siglo y medio, y algo más, también, a menudo constituía una cuestión de delicado sentimentalismo; gustaba creerse y decirse «incomprendido» e «incomprendida». Hoy esta lamentación consiste más bien en una postura intelectual y no está exenta de un cierto orgullo. Tiene, como consecuencia, de un lado, una tendencia a repeler toda novedad o apariencia de novedad, una sospecha exagerada de rebelión contra todas las tradiciones; de otro, una falta de confianza que aleja de toda la autoridad y que impele a buscar al margen de todo juicio competente, soluciones y consejos con una especie de fatuidad más ingenua que razonada. A pesar de esta dificultad de siempre, agravada por las circunstancias de los tiempos presentes —hoy la juventud es irreverente hacia muchas cosas que antes, desde la infancia y normalmente, eran tenidas en el más alto respeto; se ha vuelto desconfiada y esquiva-—, no es posible abandonar la juventud a su suerte. La actitud que deben adoptar los padres ante la juventud de hoy, no es reformarla y convencerla sometiéndola, persuadirla forzándola. Ello sería inútil y no siempre justo. La fórmula verdadera es esforzarse por comprenderla y por hacerse comprender de ella, dejando a salvo siempre aquellas verdades y aquellos valores inmutables que no admiten ningún cambio en el pensamiento ni en el corazón humano.

El Papa no sólo nos da la fórmula exacta, sino que, además, la explana: Comprender a la juventud no significa aprobarlo todo ni admitir enteramente sus ideas, ni sus gustos, ni sus extravagantes caprichos, ni sus ficticios entusiasmos, sino que consiste, ante todo, en discernir lealmente lo que ello encierra de fundamentado y de conveniente, sin lamentaciones ni reproches, en buscar el origen de las desviaciones y de los errores, los cuales no son a menudo sino desdichadas tentativas de resolver problemas reales y difíciles; finalmente, en seguir con atención las vicisitudes y las circunstancias de la época actual. Hacerse comprender no es admitir los abusos, las imprecisiones, las confusiones, los neologismos equívocos del vocabulario y de la sintaxis, sino expresar claramente, pero en forma variada y siempre exacta, el propio pensamiento, tratando de adivinar el de los demás y teniendo presentes sus dificultades y sus ignorancias o inexperiencia. (Disc. al Congreso Internac. de Religiosas educadoras, del 14-IX-1951).

Ármense, pues, los padres de serenidad y de sosiego, de comprensión y de amor, y acérquense a sus hijos jóvenes con una actitud que, sin ser una abdicación de sus prerrogativas sagradas, dé a sus hijos la impresión de que se les acerca el mejor amigo y confidente.

No imponerse por la autoridad sino en casos extremos y graves. Como norma ordinaria, justificar y razonar las normas que se les dé para que el convencimiento penetre suavemente en su corazón y se decidan a actuar como conviene sin sentirse violentados.

Si a pesar de todo no consiguen plenamente su objetivo y no palpan un éxito total en la obra educativa de sus hijos en esta última fase, no se abatan ni desalienten: es un sacrificio más que ofrecer al Señor en esta postrera etapa del alumbramiento moral de los hijos, que no quedará sin fruto ni sin la debida recompensa.

***

De todo lo dicho se desprende fácilmente que, al llegar este período de la vida juvenil, los padres deben prepararse para realizar un sacrificio doloroso, que será tanto menos amargo y tanto más provechoso cuanto se acepte de una manera más consciente y generosa.

Por un lado, es posible que, a pesar de su mejor voluntad de adaptarse a la nueva manera de ser de los hijos y conservar su confianza, fracasen con desilusión en su empeño; por otro, verán que a partir de este momento los hijos se irán alejando cada vez más de la familia en que nacieron para constituir una nueva familia natural o integrarse en otra familia sobrenatural.

Es ley inexorable de la vida, que los padres deben aceptar, en vez de obstinarse inútilmente en contrariar.

El taller o la Universidad, el servicio militar, el noviazgo, el matrimonio son otros tantos pasos que normalmente han de dar los hijos —en las hijas son un poco diferentes en la forma, pero semejantes en el fondo— hasta salirse de la órbita de los padres y constituirse en centros de otro sistema planetario: una nueva familia.

Es inútil, y además antinatural y cruel, tratar, más o menos conscientemente, de detener el curso de la naturaleza. A los ríos no se les puede detener, pero sí encauzar. Los padres, ante ese chorro de vida cada vez más caudaloso que es el hijo, deben tener presente ese pensamiento: no se opongan al curso de la vida de sus hijos; déjenles seguir su camino con ilusión, sin intentar oponerse… y traten de evitar por amor y con amor las posibles salidas de cauce de ese torrente impetuoso.

Pío XII dio hace ya tiempo ese consejo a los padres con frase orientadora: Lo más corriente es que cuando los hijos llegan a la edad adulta dejen su familia, se vayan alejando para responder a las necesidades de la vida o para responder a las llamadas de una vocación más alta. El pensamiento de este desprendimiento normal, por costoso que sea para ellos, debe ayudar a los padres a elevarse hacia una concepción más noble de su misión, hacia una visión más pura del significado de sus esfuerzos. So pena de un fracaso, por lo menos parcial, las familias están llamadas a integrarse en la sociedad, a ampliar el círculo de afectos y de intereses, a orientar a sus miembros hacia horizontes más dilatados para tender no solamente a ellos mimos, sino a las tareas de un servicio social (Disc. al II Congreso Mundial de Fertilidad y Esterilidad, 19-V-1956).

Aleccionadoras para los padres son estas palabras; pero acaso lo sean más todavía las que las preceden inmediatamente: Los profundos intercambios que se operan entre las padres y los hijos, con toda la seriedad, la delicadeza, el olvido de sí que ello requiere, obligan inmediatamente a los padres a sobrepasar el estadio de posesión afectiva para pensar en el destino personal de aquellos que les han sido confiados.

El signo de los padres es ser para los hijos; pero toda la razón de ser de los hijos es… llegar a formar un nuevo hogar o seguir una vocación superior.

Los padres —las madres sobre todo— no deben retenerlos para sí, con un egoísmo maternal, que no por ser maternal deja de ser egoísmo. Deben saberse desprender de ellos desinteresadamente, saber que el verdadero amor paterno o materno es sacrificado, y que ha llegado la hora de iniciar ese sacrificio cambiando de táctica en esta última fase de la educación familiar y orientando sus hijos a que sigan su camino, aunque ese camino los aleje del hogar.

Así como al nacer debe cortarse el cordón umbilical entre la madre y el niño, para hacer posible la vida independiente de éste, lo mismo deben aprender muy pronto las madres a cortar progresivamente, cuando llegue el tiempo oportuno, el cordón invisible, pero mucho más resistente, que las une en lo afectivo de una manera especial con sus hijos.

La misión que Dios encomienda a los padres no es retener los hijos para sí, sino ofrecerlos a la sociedad y a la Iglesia con noble desinterés. En justa recompensa, Dios hace gravitar sobre los hijos con todo su peso el cuarto mandamiento: cuanto más conscientes sean del elevado desinterés de los padres, tanto mejor cumplirán luego los hijos los deberes de este mandato de Dios.

Al ingresar los hijos en el taller, empresa o Universidad; al formar luego parte de la milicia; al constituir ellos un nuevo hogar, los padres no pierden los hijos, sino que ven culminar su misión de padres. Lejos de entristecerse cuando llegue la hora, deben vivirla anticipadamente preparando esos mismos hijos para esa entrega suya a la sociedad y orientando la vida afectiva de los mismos por los derroteros naturales o sobrenaturales que Dios ha trazado para la vida humana, Y eso no lo conseguirán si no cambian poco a poco de proceder en la educación de los adolescentes.

Fíjense, por otra parte, los padres en que esa tendencia cada vez mayor del niño hacia la sociedad es una ley constante en la vida de los hijos.

En el curso de sus primeros años el niño es un gran solitario: los brazos y el regazo de su madre constituyen su mundo exclusivo; completamente solo emprende sus pequeñas experiencias, se forma y se instruye. A partir de los siete años, la soledad llega a ser una carga y una esclavitud. Los padres, aun los más afectuosos y bastante jóvenes para tomar parte en sus juegos, no le bastan. Siente vehemente deseo de alternar con compañeros de su edad.

Pues bien, esa fuerza centrífuga que ya en la infancia empieza a empujar al niño hacia fuera del centro de gravedad de sus padres, al llegar la adolescencia, y con ella el mayor desarrollo del corazón y de la vida afectiva del muchacho, no solamente no debe ser detenida por los padres, sino ayudada, orientada y hasta encauzada e impulsada.

Continuará…