P. GARRIGOU-LAGRANGE: LA PROVIDENCIA Y LA CARIDAD FRATERNA – 4º PARTE

LA PROVIDENCIA Y LA CONFIANZA EN DIOS

R. P. Réginald Garrigou-Lagrange, O. P.

LA PROVIDENCIA, LA JUSTICIA

Y LA MISERICORDIA

CAPITULO IV

LA PROVIDENCIA Y LA CARIDAD FRATERNA

Como vimos en el capítulo anterior, uno de los principales medios por los cuales se ejerce la Providencia es la caridad fraterna, que debe unir a todos los hombres para que se ayuden mutuamente a caminar hacia el mismo fin, que es la vida eterna.

Siempre es de sumo interés el tema de la caridad, y conviene insistir a menudo en él, mayormente en nuestra época, cuando la caridad fraterna es negada por todo género de individualismos, y completamente falseada, por el humanitarismo de los comunistas e internacionalistas.

El individualismo pone la mira únicamente en el bien útil y deleitable del individuo o, a lo sumo, del grupo relativamente reducido a que pertenece el individuo. De ahí procede la violencia de la lucha, a veces entre miembros de una misma familia, pero sobre todo entre las clases y entre los pueblos. De ahí la rivalidad, la envidia, la discordia, el odio, las disensiones más profundas. El individualismo desconoce el bien común en sus diversos grados e insiste casi exclusivamente en los derechos individuales o particulares

Por el contrario, el humanitarismo de los comunistas e internacionalistas afirma de tal manera los derechos de la humanidad en general, más o menos identificada con Dios en forma panteísta, que desaparecen los derechos del individuo, de la familia y de los pueblos; y, con pretexto de unidad, de armonía y de paz, se prepara una confusión espantosa y un desorden sin precedentes, como lo vemos en Rusia desde la revolución. Pretender que todas las partes de un organismo sean tan perfectas como la cabeza, o suprimir ésta porque es más perfecta que los miembros, es destruir el organismo entero.

Es evidente que la verdad se halla entre estos dos errores extremos y por encima de ellos. Colocada a igual distancia del individualismo y del comunismo, afirma la verdad los derechos del individuo, de la familia y de los pueblos, como también las exigencias del bien común, superior a todo bien particular.

El concepto justo de las cosas salvaguarda el bien individual mediante la justicia conmutativa, que regula las transacciones entre los particulares, y mediante la justicia distributiva, que reparte equitativamente los bienes y las cargas; salvaguarda también el bien común por medio de la justicia legal, que dicta y hace cumplir las leyes justas, y por medio de la equidad, que se rige por el espíritu de las leyes en circunstancias excepcionales en que la letra resulta inaplicable.

Estas cuatro especies de justicia, admirablemente señaladas por Aristóteles y explicadas por Santo Tomás en su tratado de Justicia (IIa-IIæ, q. 58, 61, 120), bastan en cierto sentido para guardar el justo medio entre los errores contrarios del individualismo y del comunismo humanitario.

No es, por cierto, bastante conocida la doctrina de Santo Tomás sobre la justicia; podría ser objeto de muy interesantes y útiles trabajos.

Pero estas cuatro clases de justicia: conmutativa, distributiva, legal o social y equitativa, por muy perfectas que sean, aun esclarecidas por la fe cristiana, nunca podrán llegar a la perfección de la caridad o amor de Dios y del prójimo, cuyo objeto formal es incomparablemente superior.

Examinemos primero cuál sea el objeto primario de la caridad y cuál el secundario. Veremos luego cómo ha de ejercerse, y cómo por medio de ella se cumple el plan de la Providencia.

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Cuál sea el objeto primario y el motivo formal de la caridad

El objeto primario de la caridad está muy por encima del bien del individuo, de la familia, de la patria y aun de la humanidad. Debemos amar a Dios sobre todas las cosas, más que a nosotros mismos, por ser infinitamente mejor que nosotros. Es el primer mandamiento: «Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente» (Luc. 10, 27).

Este precepto supremo, al que están subordinados todos los demás preceptos y consejos, es de orden sobrenatural; pero está conforme también con la inclinación natural, más aún, con la inclinación primordial de nuestra naturaleza y, en cierto modo, de toda naturaleza creada.

Verdad es que existe en nosotros el instinto de conservación individual, como también el de conservación de la especie, y una inclinación que nos lleva a defender nuestra familia y nuestra patria, y a amar también a todos nuestros semejantes; pero es todavía más profunda, como demuestra Santo Tomás (I, q. 60, a. 5), la inclinación de nuestra naturaleza a amar a Dios, que nos creó, más que a nosotros mismos.

¿Por qué? Porque lo que de su misma naturaleza pertenece a otro, como la parte al todo, la mano al cuerpo, está naturalmente inclinado a amar a ese otro más que a sí mismo.

Por esto se sacrifica la mano de un modo espontáneo para salvar el cuerpo. Ahora bien, toda criatura, en todo cuanto es, depende necesariamente de Dios, creador y conservador de nuestro ser, y por consiguiente, toda criatura está naturalmente inclinada a amar a su manera, al Creador más que a sí misma.

Y así, la piedra tiende al centro de la tierra, siguiendo la ley de cohesión del universo y buscando el bien del mismo, que es la manifestación de la bondad de Dios; y la gallina, como lo dice Nuestro Señor, recoge sus polluelos bajo las alas, para defenderlos del milano, y sacrifica, si es preciso, la propia vida por el bien de la especie, que forma parte del bien universal.

Esta inclinación primordial de la naturaleza está en el hombre y en el ángel iluminada por la luz de la inteligencia, y nos mueve de una manera más o menos consciente a amar a Dios, autor de nuestra naturaleza, más que a nosotros mismos.

Es indudable que el pecado original ha debilitado esta inclinación natural, pero, a pesar de ello, subsiste en nosotros, como subsiste la voluntad, facultad espiritual imperecedera.

Esta misma inclinación natural ha sido elevada por la virtud sobrenatural o infusa de la caridad, que es de orden infinitamente superior a la naturaleza humana y aun a la angélica.

A la luz de la fe infusa, la caridad nos hace amar a Dios más que a nosotros mismos y sobre todas las cosas, no sólo como autor de nuestra naturaleza, sino también como autor de la gracia; nos hace amar a Dios, «que primero nos amó a nosotros» dándonos la existencia, la vida, la inteligencia, y lo que es más, la gracia santificante, principio de la vida eterna, germen cuya plena floración será la visión inmediata de la esencia divina y del amor sobrenatural y santísimo que nada podrá destruir ni aminorar.

Tal es el objeto primario de la caridad: Dios, que nos amó primero y nos hizo partícipes de su vida íntima, de donde la caridad es amistad entre Dios y el hombre.

El motivo formal de nuestra caridad es ser Dios infinitamente bueno en sí mismo, infinitamente mejor que nosotros y que todos sus dones.

Si no meditamos continuamente en este objeto primero y en el motivo formal de la caridad, no podremos entender cómo se haya de amar el objeto secundario.

Realmente no hay dos virtudes de caridad, una que mira a Dios y otra que se refiere al prójimo. Es una misma y única virtud teologal, principio de estos dos amores esencialmente subordinados.

Nada puede querer la caridad sino con relación a Dios mismo, por amor de Dios, como nada puede ver la vista sino por medio del color y con relación a él, ni el oído percibir otra cosa que el sonido y lo que es sonoro. Mas por amor de Dios debemos amar todo cuanto con Él se relaciona.

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Cuál sea el objeto secundario de la caridad

Nos lo dice el segundo mandamiento de la Ley: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo por amor de Dios.»

El objeto secundario de la caridad somos ante todo nosotros mismos, que debemos amarnos santamente, deseando nuestra salvación para glorificar eternamente a Dios; lo es en segundo lugar el prójimo, a quien por amor de Dios hemos de amar como a nosotros mismos, deseándole la salvación y los medios conducentes a ella, a fin de que juntamente con nosotros glorifique eternamente a Dios.

Nuestro Señor nos presenta el amor del prójimo como consecuencia necesaria, irradiación y señal cierta, del amor de Dios: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros» (loann. 13, 35.). Y dice en otro lugar San Juan: «Si alguno dice: sí, yo amo a Dios; pero aborrece a su hermano, es un mentiroso» (I loann. 4, 20).

La caridad fraterna, como se ve, difiere infinitamente de la inclinación natural que nos mueve a hacer el bien al prójimo por agradarle, o nos lleva a amar a los bienhechores, a aborrecer a los que nos hacen mal y a ser indiferentes con los demás. El amor natural nos hace amar al prójimo por sus buenas cualidades naturales y per los beneficios que de él recibimos. Pero el motivo de la caridad es muy distinto; la prueba, de ello es que debemos «amar aún a nuestros enemigos, hacer el bien a los que nos aborrecen y orar por los que nos persiguen» (Matth. 44; Luc. 6, 27-35).

La caridad es también superior a la Justicia, no solamente a la conmutativa y a la distributiva, mas también a la justicia legal y a la equidad, que nos mandan respetar los derechos del prójimo por amor del bien común de la sociedad.

La caridad nos hace amar a nuestro prójimo, y aun a nuestros enemigos, por amor de Dios, y con el mismo amor sobrenatural y teologal con que amamos a Dios.

Pero, ¿cómo es posible amar con amor divino a los hombres, que por lo general son imperfectos y aun a veces malvados?

La Teología responde con un ejemplo muy sencillo que comenta Santo Tomás de esta manera: «El que mucho ama a un amigo suyo, ama con el mismo amor a los hijos de este amigo; les ama porque ama a su padre, y en consideración a su padre les desea todo bien; si necesario fuese, iría en socorro de ellos por amor a su padre y aun les perdonaría las ofensas. Si los hombres, pues, son hijos de Dios, o al menos están llamados a serlo, debemos amar a todos, aun a nuestros enemigos, y amarlos en la medida con que amamos a su Padre común» (Cf. Santo Tomás, IIa-IIæ, las dos grandes cuestiones 25 y 26 sobre la extensión y el orden, de la candad. Las resumimos en las páginas siguientes del texto).

Para amar de esta manera sobrenatural a nuestro prójimo, preciso es contemplarle con los ojos de la fe, diciendo: Esta persona de temperamento y de carácter tal vez opuestos a los míos, «no ha nacido sólo de la carne y de la sangre o de la voluntad del hombre»; como yo, ha «nacido de Dios» o ha sido llamada a nacer de Dios, a participar de la misma vida divina, de la misma bienaventuranza.

Con estos ojos deben mirarse todos los miembros de una misma familia; y no sólo éstos, mas también los de una misma asociación y de una misma patria, y mucho más los de la Iglesia entera, que sin desconocer la natural y necesaria variedad de patrias, las comprende todas para dar entrada a todos sus miembros en el reino de Dios.

Y así, podemos y debemos decir de las almas con quienes vivimos y aun de aquellas que naturalmente nos son antipáticas: Esta alma, aun cuando no estuviera en gracia de Dios, está ciertamente llamada a ser o a volver a ser hija de Dios, templo del Espíritu Santo, miembro del Cuerpo Místico de Cristo; quizá esté más cerca que yo del Corazón de Nuestro Señor, y sea una piedra viva trabajada más que otras muchas por la mano de Dios, para ocupar un puesto en la Jerusalén celestial.

¿Cómo, pues, no amarla, si amo a Dios de verdad? Y si no amo a esa persona, si no deseo su bien y su salvación, mi amor a Dios es una mentira. Si, por el contrario, la amo, no obstante la diferencia de temperamento, de carácter y de educación, señal es de que amo a Dios.

Puedo realmente amar a esta persona con el mismo amor esencialmente sobrenatural y teologal con que amo a las tres Personas divinas; porque en ella amo la participación de la vida íntima de Dios que ha recibido ya o está destinada a recibir, amo la realización de la idea divina que dirige su destino y la gloria que está llamada a dar a Dios.

Objetan los incrédulos: Pero ¿es eso realmente amar al hombre? ¿No es más bien amar en el hombre sólo a Dios y a Cristo, como se admira un diamante en su precioso estuche?

El hombre quisiera que le amaran por sí mismo; mas no es título éste para exigir amor divino. Para reaccionar contra tan egoísta tendencia decía Pascal, con frase intencionadamente paradójica: «No quiero que me amen.»

Realmente la caridad no ama solamente a Dios en el hombre, sino al hombre en Dios, y al hombre mismo por Dios.

Porque la caridad ama lo que debe ser el hombre, parte imperecedera del Cuerpo Místico de Cristo, y hace todo cuanto está de su parte por que consiga el cielo.

La caridad ama aún lo que el hombre es por la gracia; y si no tiene la gracia, ama en él la naturaleza, no en cuanto caída, lastimada y hostil a la gracia, sino porque es capaz de recibirla.

La caridad ama al hombre mismo, pero por Dios, por la gloria que está llamado a tributarle, que consiste en la manifestación esplendente de la bondad divina.

Tal es la esencia del amor del prójimo o de la caridad fraterna: extensión de nuestro amor de Dios a todos cuantos son amados por El.

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De aquí nacen las propiedades de la caridad fraterna.

Según lo dicho, debe ser universal, sin fronteras. No puede excluir a nadie, ni en la tierra, ni en el purgatorio, ni en el cielo. Sólo se detiene ante el infierno. Sólo excluimos a los condenados, que no son ya capaces de llegar a ser hijos de Dios, ni hay en ellos la menor veleidad de resurgir; el orgullo y el odio les impiden pensar siquiera en pedir perdón.

Pero fuera del caso cierto de la condenación de un alma —¿y quién podría estar cierto de ello?— la caridad se extiende a todos, sin otros límites que los del amor del Corazón mismo de Dios.

Resplandece aquí una grandeza incomparable, que tanto más resalta, cuanto más divididas, humanamente hablando, están las almas, como sucedió en la guerra pasada, cuando un soldado alemán, moribundo terminaba el Ave María que la muerte había dejado interrumpida en los labios de otro soldado francés. El Señor y la Virgen unían a aquellos dos hermanos, mientras sus respectivas naciones continuaban profundamente divididas. Estos son los grandes triunfos de la caridad.

Para ser universal, no necesita, la caridad ser igual con todos; porque la caridad respeta y eleva el orden dictado por la naturaleza.

Debemos amar primero y sobre todo a Dios, más que a nosotros mismos, por lo menos con amor de estima (appretiative); y si bien no siempre sentimos ese fervor sensible del corazón hacia Él, al menos la intensidad del amor debe ir en constante aumento.

Luego hemos de amar nuestra alma para glorificar eternamente a Dios; después al prójimo y, finalmente, nuestro cuerpo, dispuestos siempre a sacrificarlo por la salvación de un alma, sobre todo cuando es obligación nuestra atenderla.

En lo que toca al prójimo, hemos de amar con preferencia a los mejores, a los que están más cerca de Dios, y también a los que están más cerca de nosotros por la sangre, la afinidad, la vocación o la amistad.

Cuanto más cerca de Dios está un alma, más merece nuestro cariño.

Cuanto más cerca está de nosotros, más íntimo es nuestro amor a ella, y más completa debe ser nuestra abnegación en lo referente a la familia, a la patria, a la vocación y a la amistad (Cf. Santo Tomás, IIa-IIæ, q, 26, a, 8).

Por donde la caridad no destruye el patriotismo, sino que lo eleva, como sucedió con Santa Juana de Arco y San Luis.

Tal es el orden de la caridad: Dios quiere reinar en nuestro corazón, mas sin excluir amor alguno que sea compatible con el suyo; antes bien lo eleva, lo vivifica y lo hace más noble y más generoso.

Aun a los enemigos de la Iglesia hemos de amar, rogando por ellos; pero sería trastornar el orden de la caridad, con pretexto de misericordia, amar más a los enemigos de la Iglesia que a algunos de sus hijos que trabajan a nuestro lado, a quienes quizá tenemos envidia.

Finalmente, la caridad fraterna, como el amor de Dios, no ha de ser sólo afectiva, sino también efectiva y activa, no sólo benévola, mas también bienhechora. Nos lo dijo Nuestro Señor: «Amaos como yo os he amado»; Él nos amó hasta la muerte de cruz; los santos le imitaron, haciendo de su vida un acto continuo de caridad rebosante, fuente de paz y santa alegría.

Tal es la caridad fraterna, extensión o prolongación de nuestro amor de Dios.

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La práctica de la caridad fraterna y los cuidados de la Providencia

Santa Catalina de Sena advierte a menudo en El Diálogo que la Providencia nos ha dado a cada uno cualidades muy diferentes para que nos ayudemos mutuamente y tengamos ocasión de practicar la caridad fraterna.

No faltan, por otra parte, ocasiones de faltar a ella, aun en ambientes muy cristianos, en los cuales, junto a virtudes admirables se manifiestan verdaderas enfermedades morales.

Y aun suprimidos todos los defectos, no faltarían motivos de choque y de rozamiento por la variedad de temperamentos, de caracteres y de aptitudes intelectuales que orientan a uno hacia la ciencia especulativa, a otro hacia la técnica, a éste a la síntesis, a aquél al análisis.

Otras veces se originan las disensiones porque hay quienes se complacen en dividir para estorbar la obra de Dios, para impedir sobre todo las obras más elevadas, más divinas y más bellas.

Solamente en el cielo desaparecerá todo motivo de conflicto, porque allá todos los bienaventurados, a la luz divina, ven en el Verbo cuanto deben desear y querer.

En medio de todo este cúmulo de dificultades, ¿cómo se ha de practicar la caridad fraterna?

De dos maneras.

Primero por la benevolencia, considerando al prójimo a la luz de la fe, para descubrir en él la vida de la gracia o al menos las aspiraciones a esa vida.

Luego por la beneficencia, sirviendo al prójimo, soportando los defectos de los demás, volviendo bien por mal, evitando la envidia y pidiendo a menudo a Dios la unión de los espíritus y de los corazones.

Primero la benevolencia. Hemos de tener ojos puros y atentos para ver en el prójimo, a veces bajo apariencia ruda y sombría, la vida divina o las aspiraciones latentes de ella, fruto de las gracias actuales prevenientes que todos los hombres un día u otro reciben.

Para ver el alma del prójimo, debe uno desasirse de sí mismo.

Lo que muchas veces nos impacienta e irrita en el prójimo no son las faltas graves a los ojos de Dios, sino los defectos de temperamento o las inclinaciones torcidas de carácter, compatibles con la virtud real.

Soportaríamos quizá con más facilidad a pecadores muy alejados de Dios, pero de condición amable, que a ciertas almas que, aun siendo virtuosas, ponen a veces a prueba nuestra paciencia.

Debemos, pues, considerar a la luz de la fe a aquellos con quienes convivimos, para descubrir en ellos lo que es grato a Dios y amarlos como Él los ama.

Ahora bien, es muy opuesto a la benevolencia el juicio temerario que no es una simple impresión acerca del prójimo, sino que consiste en afirmar el mal por leves indicios. Se ven dos, y se dice que son cuatro, generalmente por orgullo.

Cuando el juicio es plenamente deliberado y consentido en materia grave, es falta grave contra la caridad y la justicia. Contra la justicia, porque el prójimo tiene derecho a su buena fama, que, después del derecho de cumplir con el deber, es uno de los más sagrados, mucho más que el derecho de propiedad.

Personas que jamás robarían veinte francos, roban al prójimo la reputación con juicios temerarios sin fundamento alguno. La mayor, parte de las veces el juicio temerario es falso; ¿cómo es posible juzgar con verdad las intenciones íntimas de una persona cuyas dudas, errores, dificultades, tentaciones, buenos deseos, y arrepentimientos ignoramos?

Y aunque el juicio temerario sea verdadero, siempre es falta contra la justicia, por cuanto al emitirlo se arroga uno la jurisdicción que no le corresponde: sólo Dios puede juzgar las intenciones de los corazones, en tanto no sean suficientemente manifiestas.

Es también falta contra la caridad, por provenir de espíritu malévolo, que so color de benevolencia deja escapar algunos elogios superficiales, que terminan en un pero característico.

En lugar de considerar en el prójimo al hermano, se ve en él al adversario o al rival, a quien es menester suplantar.

Por San Mateo nos dice Jesucristo (7, 1): «No juzguéis para que no seáis juzgados. Porque con el mismo juicio con que juzgareis habéis de ser juzgados, y con la misma medida con que midiereis seréis medidos. Más tú, ¿cómo te pones a mirar la mota en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que está en el tuyo?»

Pero si el mal es evidente, ¿nos manda Dios por ventura que nos engañemos? No, mas nos prohíbe murmurar con orgullo; a veces nos impone, en nombre de la caridad, la corrección fraterna realizada con benevolencia, humildad, dulzura y discreción; y si es imposible o inútil la corrección fraterna particular, se debe acudir a veces humildemente al superior encargado de velar por el bien común.

Finalmente, como dice Santa Catalina de Sena, cuando el mal es evidente, lo más perfecto sería no murmurar, sino compadecernos y cargar nosotros ante Dios con el mal, al menos en parte, a ejemplo de Nuestro Señor que cargó con todas nuestras faltas y nos dijo: «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado» (loann. 13, 34). Esta es una de las maravillas del plan de la divina Providencia.

Para no caer, pues, en los juicios temerarios, acostumbrémonos a mirar al prójimo a la luz de la fe.

Debemos también amarle de veras, eficaz y prácticamente con amor de caridad benévola y benéfica. ¿De qué manera?

Haciéndole favores siempre que nos lo pida y nos sea posible. Soportando sus defectos, que es una manera de hacerle favor y de conseguir poco a poco su corrección.

Recordemos a este propósito que no son las faltas graves lo que más nos impacienta a veces en el prójimo, sino ciertos defectos de temperamento, como la nerviosidad que le hace ser brusco al cerrar las puertas, la estrechez de juicio, la falta de oportunidad, la manía de presumir, y otros defectos semejantes.

Seamos tolerantes unos con otros, sin irritarnos por un mal permitido por Dios para humillar a unos y probar a otros; no degenere nuestro celo en dureza, y al quejarnos de los demás, no creamos haber realizado el ideal. No hagamos la oración del fariseo.

Sepamos decir una palabra buena en el momento oportuno; éste es un medio que la Providencia pone en nuestras manos para ayudarnos mutuamente. Un religioso abrumado de dificultades se reanima a veces con una simple palabra del superior que le desea muchos consuelos en el desempeño del ministerio y también tribulaciones que le sirvan de purgatorio en la tierra.

A fin de que nuestro amor al prójimo sea efectivo, se ha de evitar la envidia, para lo cual, como lo advierte Bossuet, hemos de alegrarnos santamente de las cualidades que Dios ha dispensado a los demos y que no resplandecen en nosotros. Lo mismo cabe decir de la distribución del trabajo y de los oficios eclesiásticos, que contribuyen al esplendor de la Iglesia y de las Comunidades religiosas. Como dice San Pablo, la mano, lejos de envidiar al ojo, se aprovecha de la luz que de éste recibe; así también, lejos de envidiarnos unos a otros, gocemos de las cualidades que vemos en el prójimo; son también nuestras, por ser todos miembros de un mismo Cuerpo Místico, en el que todo debe concurrir a la gloria de Dios y a la salud eterna de las almas.

No sólo hemos de tolerarnos y evitar la envidia, mas es también preciso devolver bien por mal por medio de la oración, del buen ejemplo y la ayuda mutua.

Cuéntase de Santa Teresa que uno de los medios de conquistar su amistad era ocasionarle disgustos. La Santa practicaba el consejo de Nuestro Señor: «Si alguno quiere quitarte la túnica, dale también el manto«.

Es particularmente eficaz la oración por el prójimo en el momento mismo en que nos está haciendo sufrir en alguna forma, como lo fue la oración de San Esteban Protomártir por sus verdugos, y la de San Pedro Mártir por quien le dio muerte.

Finalmente, para practicar debidamente la caridad fraterna debemos pedir a menudo la unión de espíritus y de corazones. En la Iglesia naciente los primeros cristianos formaban «un solo corazón y una sola alma», y de ellos se decía: «Mirad cómo se aman»; ya lo dijo Nuestro Señor: «En esto conocerán que sois mis discípulos.»

Toda familia cristiana y toda familia religiosa debe ser, a la luz de la fe, un trasunto de la íntima unión de los cristianos de la Iglesia naciente. De esta manera seguirá cumpliéndose la oración de Jesucristo (loann, 17, 20): «No ruego solamente por éstos (los Apóstoles), sino también por aquellos que han de Creer en mí por medio de su predicación, para que todos sean uno; y como tú, ¡oh Padre!, estás en mí, y yo en ti, así sean ellos una misma cosa en nosotros, para que crea el mundo que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como lo somos nosotros.»

Así se realiza por manera fuerte y suave a la vez el plan providencial, así se ayudan mutuamente los hombres para caminar hacia la vida eterna.

Y aquí descubrimos una prueba del origen divino del Cristianismo; porque el mundo, que edifica sobre el egoísmo, sobre el amor propio y los intereses que dividen, no puede producir esta caridad; las asociaciones mundanas no tardan en disolverse, porque en las palabras altisonantes de solidaridad y fraternidad se ocultan muchas envidias y odios profundos.

Sólo el Salvador puede libertarnos, que para ello vino al mundo. «Qui propter nos homines et propter nostram salutem descendit de cælis… et homo factus est»