EL TESTIMONIO DE NUESTRA ESPERANZA P. ANTONIO VAN RIXTEL CAPÍTULO IV

CAPÍTULO IV

REFLEXIONES

Después de haber hecho resaltar bien el punto fundamental de la discusión, entramos en algunas reflexiones que -quiera Dios- puedan servir para su aclaración.

  Artículo 1º : Reflexiones sobre la opinión evolucionista.

 No hay ninguna duda para el observador objetivo, que los militantes en el primer campo, frente a las Escrituras, se ven envueltos en constantes contradicciones y frente a la tradición no pueden presentar ni un documento que remonte a los tiempos apostólicos. Las profecías, que se refieren al tiempo de la Iglesia en la presente edad, señalan un crecimiento de la iniquidad que culminará con la apostasía. Y vemos que la historia va confirmando esta visión profética.

Estamos muy lejos, después de veinte siglos de cristianismo, de ver algún país en el cual el Reino de Cristo sea efectivo, y ni siguiera se vislumbra en el futuro una semejante realización, sino más bien lo contrario. El enfriamiento de la caridad y la creciente apostasía son las señales que nos avisan que tenemos que levantar la cabeza y avivar nuestras esperanzas en la pronta intervención de Cristo.

Esta opinión evolucionista que adquirió cuerpo en el quinto siglo, se mantiene a través de los siglos sólo con cierta uniformidad en su aspecto negativo, por cuanto todos concuerdan en negar que el triunfo de Cristo y de su Iglesia haya de venir después  de la destrucción del Anticristo y la restauración de Israel; pero en lo que se refiere a su argumentación positiva, cuando se trata de probar que la Iglesia en la presente edad es el Reino Mesiánico, en el cual están progresivamente realizándose todas las profecías, no presentan ninguna unidad, sino que (aplicando a la Iglesia las profecías que se refieren según la letra a Israel, Jerusalén y el trono de David), ofrecen las interpretaciones alegóricas más dispares.

Tan es así, que generalmente evitan discutir este tema, eminentemente bíblico, en el terreno de las Escrituras, encastillándose en la opinión de la autoridad de A o B, que muchas veces, muy infundadamente es declarada y proclamada como «de tradición».

Artículo 2º: Ejemplo que da que pensar.

  Algo semejante les pasó a los de la antigua Sinagoga. Interpretaron alegóricamente todas las profecías que anunciaban el aspecto humilde de la Venida del Mesías, y pasaron por alto aquellas que anunciaban la ceguera que amenazaba a Israel, acomodando así las profecías a su «gloriosa tradición». Acomodaron las Escrituras a su tradición, en vez de rectificar y examinar constantemente las tradiciones a la luz de las

Escrituras. Así condujeron al pueblo judío a aquella espantosa impiedad y apostasía, que (según los anuncios de los profetas siempre alegorizados o pasados por alto en la tradición corriente de los rabinos) les llevó a rechazar y levantar en alto a Jesús Nazareno, Rey de los Judíos… El Papa Pío XII, en su hermosa y muy profunda encíclica «Divino Afflante Spiritu», ha juzgado necesario pedir una justa libertad y exigir, no sólo imparcialidad y justicia, sino también suma caridad frente a aquellos que en las difíciles cuestiones exegéticas que están por resolverse, proponen nuevas soluciones, recordando que «en los libros sagrados, legales, históricos, sapienciales y proféticos, hay sólo muy pocas cosas cuyo sentido haya sido declarado por la autoridad de la Iglesia, y no son muchas más aquellas en las que es unánime la sentencia de los Santos

Padres. Al modo de pensar de los que estiman que «todo lo que parece nuevo es por ello mismo rechazable, o por lo menos sospechoso». El mismo Sumo Pontífice lo califica de «menos prudentes” y de digno de «odio».

Cerrando nuestras reflexiones sobre la primera sentencia, y entrando en el examen de las dos restantes, nos parece útil traer a la memoria esas palabras del Papa.

Esta primera sentencia es propugnada con tenacidad por muchos oradores de congresos y mítines, y por directores de organizaciones que, bajo el impulso de la emoción sentimental del momento, proclaman que ahora estamos en pleno Reino de Cristo. Esta primera sentencia olvida, que hasta en el seno de los pueblos «cristianos» se levanta cada día con mayor fuerza el misterio de una iniquidad que trae a la memoria, no las profecías del Reino Mesiánico de grandísima paz y justicia, sino los tan olvidados vaticinios que anuncian el enfriamiento de !a caridad y la aparición de una apostasía general, que ha de preparar el camino del Anticristo.

Esta opinión, que no se fundamenta en las Escrituras como tampoco en la tradición, ni en la historia, y afirma que el cristianismo evoluciona hacia un triunfo universal, que seguramente dará a la Iglesia un imperio espiritual que abarcará al mundo entero, es ciertamente la más divulgada entre las muchedumbres de los fieles, y se presenta con una arrogancia y autosuficiencia que no permite ninguna contradicción.

Esta opinión evolucionista, que se caracteriza por un antimilenarismo acérrimo y sostiene que la Iglesia en la presente edad es el reino mesiánico, en el cual se han cumplido y se cumplirán totalmente las profecías antes que venga o intervenga Cristo, no permite que nadie presente una opinión contraria, por más fundada que sea. No pocas veces da la impresión que se quiere quitar fa falta de argumentación con violentas afirmaciones gratuitas.

Nos parece útil recordar aquí las palabras del Papa, para llevar los ánimos al conocimiento de la verdad tras una detenida reflexión, y un maduro examen de las opiniones opuestas; porque “sólo muy pocas cosas hay cuyo sentido haya sido declarado por la autoridad de la Iglesia, y no son muchas más aquellas en las que sea unánime la sentencia de los Santos Padres».

Introducción.

 Artículo 3º: Reflexiones sobre la sentencia intervencionista.

 Reflexiones sobre la sentencia del campo opuesto. Allí encontramos a los así llamados «milenaristas» y los «no-milenaristas» (lo que no es lo mismo que Anti-milenaristas).

Les llamamos «no-milenaristas» y no «anti-milenaristas», porque aunque difieren en los pormenores de la doctrina del Reino de Cristo y su Iglesia, concuerdan con los milenaristas en el punto fundamental y decisivo de la discusión, afirmando que el Reino de Cristo y su Iglesia, anunciado en las Profecías como un Reino Mesiánico de extensión universal y esplendorosa perfección interna, ha de realizarse después de la destrucción del Anticristo, y de la conversión y restauración de Israel. Dos importantísimos acontecimientos que exigen la intervención providencial, directa y personal de Cristo.

A- Conexión histórica entre los milenaristas y los no-milenaristas.

En primer lugar, es preciso observar que entre la sentencia de los «no-milenaristas» y la de los así llamados «milenaristas», no solamente no hay ninguna oposición intrínseca, sino más bien una fuerte conexión histórica y una cohesión íntima. Porque consta que del choque entre milenaristas y antimilenarístas que surgió en el siglo tercero y culminó en el siglo quinto, nació aquella opinión de los «no-milenaristas», que esperaban la realización de las profecías del Reino Mesiánico para un tiempo futuro, cuando se salve todo Israel y con él la plenitud de las naciones. Opinión que el mismo San Jerónimo no estimaba en manera alguna reprobable.

Con esta sentencia la interpretación de las profecías que anuncian la restauración de Israel, y los acontecimientos que la acompañarán, abre un nuevo rumbo, preparando el camino para la renovación del Milenarismo en tos siglos modernos. Porque esta renovación hubiera sido imposible sin antes aclarar un punto importante, a saber: la restauración de las doce tribus de la casa de Jacob; punto que en el milenarismo de los primeros siglos siempre había quedado muy confuso Y oscuro.

En efecto llama la atención que los propugnadores católicos de la doctrina del Reino de tos primeros siglos no hablen de una restauración de Israel en el sentido literal, es decir: aplicando las profecías al pueblo judío, hijos de Abrahán según la sangre, y esto a pesar de las claras revelaciones de San Pablo, en sus Epístolas a los Romanos (11) Y Hebreos (9 y 1 O). Posiblemente se explica eso, por la dura lucha que la

Iglesia tuvo que sostener en aquellos tiempos contra ras herejías judaizantes

B- La restauración de Israel y los no-milenaristas

El entendimiento y la interpretación literal de los textos proféticos, referentes a este acontecimiento futuro, sólo empiezan a desarrollarse con mayor claridad en los exégetas no-milenaristas posteriores al quinto siglo. Hoy día es generalmente reconocida. La mayoría de los intérpretes católicos afirman:

1º las profecías con las promesas hechas a Israel no se cumplieron en la primera Venida de Cristo en lo que se refiere a la restaurac1ón del pueblo elegido.

2º Esas profecías no se refieren por lo tanto a los que deben aplicarse literalmente al pueblo israelita, y a la futura reun1ón de las doce tribus (de Israel y Judá); reunión nunca efectuada hasta el presente.

3º Esta reunión tendrá lugar en la tierra de sus padres, Y comportara la conversión total de dicho pueblo al Mesías.

4º Este admirable misterio se cumplirá “al fin de los tiempos”. Será la realización de todo cuanto enseñaron acerca de este acontecimiento «Jeremías en Jerusalén» y «Ezequiel en Babilonia».

5º Esto será un milagro de la gracia gratuita de Dios. Porque “la ceguera y dureza del pueblo judío, en no querer reconocer al Mesías, es de suyo incurable; -dice el Padre Réboli- se necesita un m1lagro de la gracia, el cual obrará Dios a su tiempo». (Nota a Jer.30, 13).

¿Cuándo será esto?

El Cardenal Billot, sintetizando admirablemente la exégesis más autorizada, contesta: Cuando se haya cumplido lo que dice el Señor en Mat.24,14: «Entre tanto se predicará este Evangelio del Reino en todo el mundo, en testimonio para todas las naciones; y entonces vendrá el fin» (No se dice que todos los hombres aceptarán el Evangelio, sino tan sólo que les será predicado).

Cuando ocurra la apostasía de las masas en casi todos los pueblos cristianos. Esta llaga, la más grande que jamás sufrió la Iglesia, este desastre espiritual más atroz que todas las herejías juntas, será la segunda señal del acercamiento de los últimos tiempos. (Ver Mat.24, 11- 13; II Tes.2,2-4).

Cuando el mundo esté, pues, a punto de iniciar la gran rebelión del Anticristo contra Dios, de la que hablan San Pablo y San Juan; la rebelión de aquel inicuo, a quien Jesús matará con el aliento de su boca y destruirá con el resplandor de su Venida (II Tes.2,8-11 ; Dan.7,25 sgs; Apoc.13,5; 19,11 sgs.).

Entonces, y sólo entonces, vendrá la renovación y la conversión de Israel, que será la coronación de la Nueva Alianza. Este será el momento en que veremos el cumplimiento de todos aquellos vaticinios de los Profetas sobre la salvación de Israel, que ahora tan difícilmente comprendemos. (Ver Card. Billot en su libro: «La Parusía»).

C- Los Milenarista modernos aceptan la corrección no-milenarista.

Nada extraña, pues, que los que propugnaron la doctrina del Reino Mesiánico, (Reino que ahora está en medio de nosotros mediante la gracia, que nos hace ciudadanos del Reino de los cielos en el misterio de la fe y de la esperanza, pero que han de manifestarse en el mundo entero en los tiempos de la Parusía, después de destruido el Anticristo, y restaurado Israel) hayan enriquecido mucho su exposición doctrinaria con los escudriñamientos exegéticos posteriores al quinto siglo.

De esta manera se ha aclarado mucho la visión así llamada «milenarista” de los padres y escritores de los primeros siglos. Hoy en día no hay diferencia de opinión, entre no-milenaristas y milenaristas, acerca de este acontecimiento de la restauración de Israel, llave de muchísimas profecías mesiánicas. Ambos aceptan que estas profecías han de realizarse según la letra, después que Cristo en su Advenimiento haya destruido al Anticristo.