P. CERIANI: ANACRONISMO CÓMPLICE Y MALICIOSO (SOBRE EL EDITORIAL 136 DEL P. BOUCHACOURT EN LA REVISTA IESUS CHRISTUS)

ANACRONISMO CÓMPLICE Y MALICIOSO

En el Editorial de la revista del Distrito de América del Sur, Iesus Christus 136, de julio-agosto de 2011 (¡publicado el 23 de noviembre!), el Padre Bouchacourt cita un texto importante de Monseñor Lefebvre e involucra al Padre Juan Carlos Ceriani.

Allí podemos leer:

Animado de este mismo espíritu, un hijo eminente de la Iglesia y digno sucesor de los Apóstoles, Monseñor Marcel Lefebvre, viajó incesantemente de Ecône a Roma y viceversa para intentar convencer al Papa y a la Curia de que volviesen a la Tradición, sin querer jamás romper con la Sede de Pedro. He aquí lo que predicaba el 26 de febrero de 1983 en el Seminario de Zaitzkofen antes del ordenar al Padre Ceriani y a algunos otros diáconos:

«(…) Algunos miembros de la Fraternidad, desgraciadamente, pensaron que no había por qué ir a Roma, que ya no tenía que haber más contactos con los que hoy marchan hacia el error, sino que había que abandonar a todos los que han adherido al Concilio Vaticano II y sus consecuencias. Y por eso mismo, porque la Fraternidad siguió manteniendo contactos con Roma y con el Papa, prefirieron abandonar la Fraternidad.

«Eso nunca ha sido lo que la Fraternidad hizo, ni ha sido nunca el ejemplo que he creído deber dar. Por el contrario: no dejo de ir a Roma. Sigo manteniendo contactos con el Cardenal Ratzinger, a quien ya conocéis, con el propósito de que Roma vuelva a la Tradición. Si creyese que el Papa ya no existe, que ya no hay Papa, ¿para qué ir a Roma? Y entonces, ¿cómo esperar que Roma vuelva a la Tradición? Porque es el Papa el que debe hacer que la Iglesia retorne a la Tradición. A él le toca esa responsabilidad. Si hoy en día por desgracia se deja arrastrar por los errores del Vaticano II, esa no es razón para abandonarlo. Muy por el contrario: debemos poner todo nuestro esfuerzo en hacerlo reflexionar sobre la gravedad de la situación, hacer que regrese a la Tradición y pedirle que haga volver a la Iglesia al camino seguido durante veinte siglos.

«Sin duda algunos me dirán (como dicen los que se han alejado de nosotros): «¡Es inútil, perdéis el tiempo!». Lo que sucede es que no tienen confianza en Dios. ¡Dios todo lo puede! Desde el punto de vista humano, realmente es decepcionante, pero debemos orar, orar doblemente por el Papa, para que Dios lo ilumine, para que finalmente abra los ojos, para que vea los desastres que se expanden en la Iglesia. Debemos orar para que los seminarios se llenen como están los nuestros, para formar nuevamente sacerdotes que celebren la verdadera Misa y canten las glorias de Dios, como lo hizo Cristo en la cruz, y para que continúen el Sacrificio de la Cruz.

«¡He ahí porqué voy a Roma! Así es la Fraternidad».

Tengamos en cuenta la fecha de dicha homilía, 26 de febrero de 1983.

Citar este texto como punto de referencia para justificar el accionar de las actuales autoridades de la FSSPX es un anacronismo cómplice y malicioso.

Anacronismo, porque el 5 de mayo de 1988 marca un antes y un después en la historia de la relaciones de la FSSPX con Roma. Después de haber salido, milagrosamente, de la trampa que le tendiera el Cardenal Ratzinger, Monseñor Lefebvre puso condiciones para un posible futuro nuevo intercambio de negociaciones con Roma.

Dichas condiciones no han sido respetadas desde el año 2000 por las nuevas autoridades de la FSSPX.

El texto de la homilía del 26 de febrero de 1983 se refiere a algo que no corresponde con lo sucedido en julio de 2007 (no haber rechazado del Motu proprio) y en enero de 2009 (haber aceptado el humillante levantamiento de las pretendidas excomuniones).

Anacronismo cómplice, porque coopera a la ejecución del plan trazado por Monseñor Fellay, dándole apariencia de legitimidad al pretender respaldarlo en el mismo Monseñor Lefebvre.

El problema no está en lo que decía Monseñor Lefebvre: porque la Fraternidad siguió manteniendo contactos con Roma y con el Papa, prefirieron abandonar la Fraternidad.

El problema radica, como veremos enseguida, en las consecuencias de esos contactos con Roma… El Padre Ceriani no abandonó la Fraternidad en 1983, ni a fines de 1987, ni a comienzos de 1988, sino en agosto de 2009; y la habría abandonado, si Monseñor Lefebvre hubiese continuado adelante con el Protocolo de Acuerdo firmado el 5 de mayo de 1988.

Anacronismo malicioso
porque se utilizan textos de Monseñor Lefebvre para justificar una conducta que él no hubiese seguido, sin contradecirse, después del
5 de mayo de 1988.

Para ilustrar este anacronismo, imaginemos que en noviembre de 2011 alguien quisiese justificar la asistencia o la celebración de la Nueva Misa basado en textos de Monseñor Lefebvre… No sería difícil encontrarlos…

Por ejemplo en la Biografía del gran Arzobispo, escrita por Monseñor Tissier, podemos leer:

Un problema: la asistencia a la nueva misa (páginas 462-463)

Opuesto como estaba a la nueva misa, Monseñor Lefebvre no la aceptó en el Seminario: en la víspera del primer domingo de Adviento de 1969, cuando el Novus Ordo Missæ iba a ser aplicado en la diócesis de Friburgo, el Prelado dijo simplemente: «Mantendremos la antigua Misa, ¿verdad?» Todos asintieron.

(…)

Es verdad que la prudencia podía sugerirle a tal o cual sacerdote «no rechazar el nuevo Ordo, para no escandalizar a los fieles», que lo verían desobedecer aparentemente a su Obispo (Conferencia espiritual en Friburgo, 9 de noviembre de 1969).

Tal sacerdote debería en ese caso «mantener el Canon romano, que seguía estando autorizado, y pronunciar las palabras de la consagración en voz baja según la antigua fórmula, que también seguía estando autorizada.» (Carta a un joven sacerdote, Sierre, 16 de febrero de 1970.)

El domingo, en ausencia de Monseñor Lefebvre, los seminaristas tenían que asistir juntos a la Misa con los bernardinos de la Maigrauge, donde un religioso ya anciano celebraba la misa nueva en latín.

(…)

El problema de la asistencia a la nueva misa (páginas 514-515)

A los sacerdotes que dudaban, debatiéndose entre la necesidad de mantener la expresión de la fe por medio de la Misa de la Tradición y el deseo de lo que consideraban ser la obediencia, Monseñor Lefebvre les aconsejaba, en los comienzos de la reforma, mantener al menos el ofertorio y el canon tradicionales, y en latín.

Sus consejos, tanto a seminaristas como a fieles, estaban impregnados de una sorprendente moderación, sobre todo viniendo de parte de aquél que había sido el primero en decidirse a rechazar la nueva misa.

«Procuren hacer todo lo posible —los exhortaba— para tener la Misa de San Pío V, pero ante la imposibilidad de encontrarla a cuarenta kilómetros a la redonda, si hay un sacerdote piadoso que diga la misa nueva y la haga lo más tradicional que se pueda, es conveniente que asistan a ella para cumplir con el precepto dominical.»

Se podían paliar los peligros contra la fe con un buen catecismo: «¿Habrá que vaciar todas las iglesias del mundo? No me atrevo a afirmar esto. No quiero empujar al ateísmo.» (COSPEC, 10 de diciembre de 1972).

Así, el Arzobispo se distanció un tanto de los Padres Coache y Barbara que, durante las «marchas a Roma» que organizaron en Pentecostés de los años 1971 y 1973, hicieron que los peregrinos y sus hijos prestaran un «juramento de fidelidad a la Misa de San Pío V.»

No obstante, en 1973 precisaba: «Por supuesto, nuestra actitud se volverá cada vez más radical a medida que pase el tiempo, pues la invalidez se difundirá junto con la herejía.» (COSPEC, 26 de junio de 1973.)

Y, de todos modos, seguía atento a la evolución de la postura del Padre Thomas Calmel, O.P., que primeramente había manifestado, como él, una gran prudencia pastoral, pero luego se volvió categórico e hizo reaccionar al Seminario de Écône, donde predicó el retiro pascual de 1974:

«¡No fuercen a San Pío X a ir a las misas de la nueva religión! No podemos mantener nuestra postura a no ser que tengamos alma de mártires (…) Es algo muy serio, pero el amor a Dios nos exige un testimonio así de difícil y desgastador, con todos los falsos problemas de autoridad y de obediencia. El amor a Dios fue el que hizo a los mártires, a los testigos de la fe. Nuestro testimonio y nuestra lucha es conservar el rito en su fidelidad. Dios nos otorgó el gran honor de ser confesores de la fe en nuestra época. Por muy relegados y desamparados que nos sintamos, ¡perseveremos!» (Conferencia de retiro, Écône, 10 de abril de 1974.)

El Arzobispo revisó poco a poco su postura en el sentido de una mayor firmeza: esa misa o rito ecuménico es gravemente equívoco y ofende a la fe católica, «por lo que no es obligatoria para el cumplimiento del precepto dominical.» (Carta al Sr. Lenoir, 23 de noviembre de 1975)

En 1975 volvió a aceptar una «asistencia ocasional» a la nueva misa cuando hay temor de quedarse mucho tiempo sin comulgar.

En 1977, sin embargo, ya se había vuelto casi absoluto: «Teniendo en cuenta la evolución que se produce, poco a poco, en el espíritu de los sacerdotes, (…) debemos evitar, yo diría incluso de manera radical, toda asistencia a la nueva misa» (COSPEC 42 B, 21 de marzo de 1977).

Hay muchos otros textos en el mismo sentido. Pero, ¿no hubiese sido un anacronismo, en noviembre de 2011, justificar la asistencia o la celebración de la Nueva Misa basado en esos textos de Monseñor Lefebvre de 1969, 1970, 1972, 1975…?

Vengamos ahora a algunos textos, unos pocos, que muestran la posición adoptada por el Arzobispo luego del tristemente famoso 5 de mayo de 1988.

De la Carta a Juan Pablo II del 2 de junio de 1988

Los coloquios y entrevistas con el Cardenal Ratzinger y sus colaboradores, si bien tuvieron lugar en una atmósfera de cortesía y de caridad, nos han convencido de que no ha llegado aún el momento de una colaboración franca y eficaz.

(…) Seguiremos orando para que la Roma moderna, infestada de modernismo, vuelva nuevamente a ser la Roma Católica y encuentre nuevamente su Tradición bimilenaria.

Entonces el problema de la reconciliación no tendrá razón de ser y la Iglesia encontrará una nueva juventud.

Del Sermón durante la Consagración de obispos, 30 de junio de 1988

Excelencia, querido Monseñor de Castro Mayer, mis queridos amigos y hermanos:

Nos reunimos aquí para una ceremonia ciertamente histórica, mas quiero en primer lugar daros algunas informaciones.

La primera de ellas os extrañará quizá un poco, como también me sorprendió a mí. Ayer por la tarde tuvimos una visita, un enviado de la Nunciatura en Berna, con un sobre que contenía una llamada de nuestro Santo Padre el Papa, poniendo a mi disposición un coche que debería conducirme inmediatamente a Roma para evitar que hiciese hoy estas consagraciones. Todo esto sin decirme ni el por qué, ni adónde debía dirigirme en Roma. ¡Juzguen ustedes mismos respecto a la oportunidad y prudencia de esta medida!

He ido a Roma en distintas ocasiones a lo largo de este año, incluso semanas enteras, y el Santo Padre no me ha invitado para que fuera a verlo. Es verdad que me hubiese sentido feliz de hacerlo si hubiera habido acuerdos definitivos.

Hasta aquí esta información. Se la comunico sencillamente y tal como me enteré ayer por una carta de la Nunciatura.

Es necesario que comprendan bien que esta ceremonia no es un cisma. A su disposición están a la venta una serie de libros y folletos que contienen todos los elementos que pueden hacerles comprender por qué esta ceremonia, aparentemente hecha contra la voluntad de Roma, no es en absoluto un cisma. No somos cismáticos. Si se excomulgó a los obispos de China, que están separados de Roma y sometidos al gobierno chino, se comprende muy bien por qué el Papa Pío XII los excomulgó. No se trata en absoluto entre nosotros de separarnos de Roma y someternos a un poder cualquiera extraño a Roma, ni de formar una especie de Iglesia paralela como la han hecho, por ejemplo, los obispos de El Palmar de Troya, en España, nombrando un papa y formando un colegio cardenalicio. No se trata en absoluto de algo semejante. Lejos de nosotros está este pensamiento miserable de alejarnos de Roma.

Por el contrario, realizamos esta ceremonia para manifestar nuestra unión con Roma. Para manifestar nuestra unión con la Iglesia de siempre, con el Papa y con todos los que han precedido a estos Papas que desde el Concilio Vaticano II, desgraciadamente, han creído que debían dar su adhesión a los grandes errores que están en trance de destruir la Iglesia y destruir el sacerdocio católico.

Precisamente encontraréis entre estos folletos, que están a vuestra disposición, un estudio verdaderamente admirable hecho por el profesor Rudolf Kaschenwsky, de «Una voce korrespondenz», de Alemania, en el que explica maravillosamente por qué estamos en el caso de necesidad para venir en socorro de vuestras almas, en socorro vuestro. Pienso que vuestros aplausos de hace unos momentos eran una manifestación espiritual que traducían vuestra alegría por tener al fin obispos y sacerdotes católicos que salven vuestras almas, que den a vuestras almas la vida de Nuestro Señor Jesucristo, mediante la doctrina, los sacramentos, la fe y el Santo Sacrificio de la Misa.

La vida de Nuestro Señor, de la que tenéis necesidad para ir al Cielo, está desapareciendo por todas partes en esta iglesia conciliar. Sigue unos caminos que no son los caminos católicos. Sencillamente conducen a la apostasía. Por eso hacemos esta ceremonia.

Lejos de mí el erigirme en Papa. No soy nada más que un obispo de la Iglesia Católica que continúa transmitiendo la doctrina. Tradidi quod et accepi. Pienso, y sin duda no tardará, que se podrán grabar sobre mi tumba estas palabras de San Pablo: tradidi quod et accepi, «Os he transmitido lo que recibí», sencillamente. Soy el cartero que lleva una carta. No soy yo quien ha escrito esta carta, este mensaje, esta palabra de Dios; es Él, Nuestro Señor Jesucristo. Y lo hemos transmitido, mediante estos queridos sacerdotes aquí presentes y mediante todos aquellos que creyeron un deber el resistir a esta ola de apostasía en la Iglesia, guardando la fe de siempre y transmitiéndola a los fieles. No somos nada más que los portadores de esta noticia, de este Evangelio que Nuestro Señor Jesucristo nos ha dado, así como los medios para santificarnos: la Santa Misa, la verdadera Santa Misa, los verdaderos sacramentos que dan realmente la vida espiritual.

Me parece oír, mis queridos hermanos, las voces de todos estos Papas, desde Gregorio XVI, Pío IX, León XIII, San Pío X, Benedicto XV, Pío XI y Pío XII, decirnos: «Por caridad, por piedad, ¿qué vais a hacer de nuestras enseñanzas, de nuestra predicación, de la fe católica? ¿Vais a abandonarla? ¿Vais a dejar que desaparezca de este mundo? Por caridad, por piedad, seguid guardando este tesoro que os hemos dado. ¡No abandonéis a los fieles, no abandonéis a la Iglesia! ¡Seguid trabajando por la Iglesia! A fin de cuentas, desde el Concilio, lo que hemos condenado es lo que las autoridades romanas adoptan y profesan. ¿Cómo es posible esto? Hemos condenado el liberalismo, el comunismo, el socialismo, el modernismo, Le Sillon. Todos estos errores que hemos condenado resulta que ahora son profesados, adoptados, sostenidos por las autoridades de la Iglesia. ¿Es posible esto? Si no hacéis algo para continuar esta tradición de la Iglesia que os hemos dado, desaparecerá todo. La Iglesia desaparecerá. Todas las almas se perderán».

Nos encontramos ante un caso de necesidad. Lo hemos hecho todo intentando que Roma comprenda que es necesario volver a esta actitud del venerado Pío XII y todos sus predecesores. Hemos escrito, hemos ido a Roma, hemos hablado. Monseñor de Castro Mayer y yo hemos enviado cartas varias veces a Roma. Hemos intentado mediante estas conversaciones, por todos los medios, conseguir que Roma comprenda que desde el Concilio, este aggiornamento, este cambio que se ha producido en la Iglesia no es católico ni conforme a su doctrina de siempre. Este ecumenismo y todos estos errores, esta colegialidad, son contrarios a la fe de la Iglesia y están a punto de destruirla. Por eso estamos convencidos que al hacer esta consagración obedecemos a la llamada de estos Papas y por consiguiente a la llamada de Dios, ya que ellos representan a Nuestro Señor Jesucristo en la Iglesia.

Y ¿por qué, Monseñor, me preguntan, no ha continuado con esas conversaciones que sin embargo daban la impresión de llegar a cierto entendimiento? Precisamente porque al mismo tiempo que estampaba mi firma en el protocolo, en ese instante, el enviado del Cardenal Ratzinger, que me traía este protocolo para firmarlo, me entregaba seguidamente una carta en la que me rogaba que pidiese perdón por los errores que yo profesaba.

Si estoy en el error, si enseño errores, está claro que se me debe traer de nuevo a la verdad, de acuerdo con los que me envían este protocolo para ser firmado reconociendo yo mis errores. Como si me dijesen: si reconoce sus errores, le ayudamos para que vuelva a la verdad. ¿Qué verdad es ésta, según ellos, sino la verdad del Vaticano II, la verdad de esta Iglesia conciliar? Por tanto es cierto que para el Vaticano la única verdad que existe hoy es la verdad conciliar, el espíritu del Concilio, el espíritu de Asís. Esa es la verdad de hoy. Y eso no lo queremos por nada del mundo.

Por esta razón, al constatar la voluntad firme de las actuales autoridades romanas de hacer desaparecer la Tradición y conducir todo el mundo a este espíritu del Vaticano II y a este espíritu de Asís, evidentemente hemos preferido retirarnos y he contestado: no, no podemos. Es imposible. Es imposible someternos a la autoridad del cardenal Ratzinger, presidente de esta comisión romana que debía dirigirnos. Sería ponernos en sus manos y por consiguiente en las manos de los que quieren llevarnos al espíritu del Concilio, al espíritu de Asís. No es posible.

Por esta razón envié una carta al Papa diciéndole muy claramente: no podemos, a pesar de todos los deseos que tenemos de estar en plena comunión con S. S., y dado este espíritu que reina ahora en Roma y que quieren comunicarnos; preferimos continuar en la Tradición, guardar la Tradición, esperando que esta Tradición reencuentre su puesto en Roma, su puesto entre las autoridades romanas y en el espíritu de estas autoridades romanas.

Todo esto durará lo que Dios tenga previsto, no me pertenece el saber cuándo obtendrá de nuevo la Tradición sus derechos en Roma, pero juzgo que es mi deber aportar los medios para llevar a cabo lo que llamaré operación «supervivencia», operación «supervivencia» de la Tradición. Esta jornada de hoy es la operación «supervivencia».

Y si hubiera hecho esa otra operación con Roma siguiendo los acuerdos que habíamos firmado y poniendo en práctica a continuación estos acuerdos, haría la operación «suicidio».

Así pues, no hay elección: ¡debemos sobrevivir! Y por eso hoy, al consagrar a estos obispos, estoy persuadido de continuar, de hacer vivir la Tradición, es decir, la Iglesia Católica.

Del Retiro Sacerdotal, 9 de septiembre de 1988

¿Salir, por lo tanto, de la iglesia oficial?
En cierta medida, sí, por supuesto.

El libro del señor Madiran, «La Herejía del siglo XX» es la historia de la herejía de los obispos.

Si uno no quiere perder su alma, es necesario salir de este medio de los obispos.

Pero no es suficiente, porque es en Roma que está instalada la herejía.

Si los obispos son herejes (incluso sin tomar este término en el sentido y con las consecuencias canónicas), no es sin la influencia de Roma.

Si nos alejamos de estas personas, es absolutamente como con las personas que tienen SIDA.

No hay ningún deseo de contagiárselo.

Ahora bien, tienen SIDA espiritual, enfermedades contagiosas transmisibles.

Si uno quiere mantener la salud, es necesario no ir con ellos.

De la Entrevista de Fideliter, Nº 66, noviembre-diciembre de 1988

No tenemos la misma manera de concebir la reconciliación. El cardenal Ratzinger la ve en el sentido de reducirnos, de traernos al Vaticano II. Nosotros la vemos como un retorno de Roma a la Tradición. No nos entendemos. Es un diálogo de sordos.

No puedo hablar mucho del futuro, ya que el mío está detrás de mí. Pero si vivo un poco aún y suponiendo que de aquí a un determinado tiempo Roma haga un llamado, que quiera volver a vernos, reanudar el diálogo, en ese momento sería yo quien impondría las condiciones.

No aceptaré más estar en la situación en la que nos encontramos durante los coloquios. Esto se terminó.

Plantearía la cuestión a nivel doctrinal: «¿Están de acuerdo con las grandes encíclicas de todos los papas que los precedieron? ¿Están de acuerdo con Quanta Cura de Pío IX, Immortale Dei, Libertas de León XIII, Pascendi de Pío X, Quas Primas de Pío XI, Humani Generis de Pío XII? ¿Están en plena comunión con estos papas y con sus afirmaciones? ¿Aceptan aún el juramento antimodernista? ¿Están a favor del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo?»

Si no aceptan la doctrina de sus antecesores, es inútil hablar. Mientras no hayan aceptado reformar el Concilio considerando la doctrina de estos papas que los precedieron, no hay diálogo posible. Es inútil.

Las posiciones quedarían así más claras.

No es una pequeña cosa la que nos opone. No basta que se nos diga: pueden rezar la misa antigua, pero es necesario aceptar esto. No, no es solamente eso lo que nos opone, es la doctrina. Queda claro.

Del Prólogo al libro Itinerario Espiritual,
29 de enero de 1990

No hay que tener miedo de afirmar que las autoridades romanas actuales, desde Juan XXIII y Pablo VI, se han hecho colaboradoras activas de la Masonería judía internacional y del socialismo mundial.

Juan Pablo II es ante todo un político filo-comunista al servicio de un comunismo mundial con tinte religioso. Ataca abiertamente a todos los gobiernos anticomunistas y no aporta con sus viajes ninguna renovación católica.

Se entiende, pues, que las autoridades romanas conciliares se opongan feroz y violentamente a toda reafirmación del Magisterio tradicional. Los errores del Concilio y sus reformas siguen siendo la norma oficial consagrada por la profesión de fe del Cardenal Ratzinger, de marzo de 1989.

(…)

Tal vez alguien me diga: «¡Usted exagera! Cada vez hay más obispos buenos que rezan, que tienen fe, que son edificantes…». Aunque fuesen santos, desde el momento en que aceptan la falsa libertad religiosa, y por consiguiente el Estado laico, el falso ecumenismo (y con ello la existencia de varias vías de salvación), la reforma litúrgica (y con ello la negación práctica del sacrificio de la Misa), los nuevos catecismos con todos sus errores y herejías, contribuyen oficialmente a la revolución en la Iglesia y a su destrucción.

El Papa actual y estos obispos ya no trasmiten a Nuestro Señor Jesucristo, sino una religiosidad sentimental, superficial, carismática, por la cual ya no pasa la verdadera gracia del Espíritu Santo en su conjunto.

Esta nueva religión no es la religión católica; es estéril, incapaz de santificar la sociedad y la familia.

Último reportaje, enero de 1991, Fideliter N° 79

Periodista: ¿qué puede decir a los fieles que esperan siempre en la posibilidad de un acuerdo con Roma?

Monseñor Lefebvre respondió con estas palabras que deberán servir de reflexión a aquellos aún capaces de recapacitar:

Nuestros verdaderos fieles, aquellos que han comprendido el problema y que justamente nos han ayudado a seguir la línea recta y firme de la Tradición y de la fe, temían las tratativas que hice en Roma. Me han dicho que era peligroso y que perdía el tiempo.

Sí, por supuesto, yo esperé hasta el último minuto que en Roma testimoniaran un poco de lealtad. No se me puede reprochar de no haber hecho el máximo.

Por eso, ahora, a los que vienen a decirme: es necesario que usted se entienda con Roma, creo poder decirles que yo he ido más lejos de lo que tendría que haber ido.

Para terminar, recordemos un texto que, si bien no pertenece a Monseñor Lefebvre, fue firmado por TODOS los Superiores de la FSSPX el 6 de julio de 1988. Se trata de su Carta Abierta al cardenal Gantin:

Eminencia, reunidos en torno a su Superior general, los Superiores de los distritos, seminarios y casas autónomas de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, piensan conveniente expresarle respetuosamente las reflexiones siguientes. Usted creyó deber suyo, por su carta del 1º de julio último, hacer saber su excomunión latae sententiae a Su Excelencia Monseñor Marcel Lefebvre, a Su Excelencia Monseñor Antonio de Castro Mayer y a los cuatro obispos que ellos consagraron el 30 de junio último en Ecône. Quiera usted mismo juzgar sobre el valor de tal declaración que viene de una autoridad que, en su ejercicio, rompe con la de todos sus antecesores hasta el papa Pío XII, en el culto, enseñanzas y el Gobierno de la Iglesia.

En cuanto a nosotros, estamos en plena comunión con todos los Papas y todos los Obispos que han precedido el Concilio Vaticano II, celebrando exactamente la Misa que ellos codificaron y celebraron, enseñando al Catecismo que ellos compusieron, oponiéndonos contra los errores que ellos condenaron muchas veces en sus encíclicas y cartas pastorales. Quiera usted entonces juzgar de qué lado se encuentra la ruptura. Estamos extremadamente apenados por la ceguera de espíritu y el endurecimiento de corazón de las autoridades romanas.

En cambio, nosotros jamás quisimos pertenecer a ese sistema que se califica a sí mismo de Iglesia Conciliar y se define por el Novus Ordo Missæ, el ecumenismo indiferentista y la laicización de toda la sociedad. Sí, nosotros no tenemos ninguna parte, nullam partem habemus, con el panteón de las religiones de Asís; nuestra propia excomunión por un decreto de Vuestra Eminencia o de otro dicasterio no sería más que la prueba irrefutable. No pedimos nada mejor que el ser declarados ex communione del espíritu adúltero que sopla en la Iglesia desde hace veinticinco años; excluidos de la comunión impía con los infieles.

Creemos en un solo Dios, Nuestro Señor Jesucristo, con el Padre y el Espíritu Santo, y seremos siempre fieles a su única Esposa, la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana. El ser asociados públicamente a la sanción que fulmina a los seis obispos católicos, defensores de la fe en su integridad y en su totalidad, sería para nosotros una distinción de honor y un signo de ortodoxia delante de los fieles. Estos, en efecto, tienen absoluto derecho de saber que los sacerdotes a los cuales se dirigen no están en comunión con una iglesia falsificada, evolutiva, pentecostal y sincretista (…).

¿Qué ha cambiado en la FSSPX para pretender mantener contactos con la Roma anticristo y modernista, con ese sistema que se califica a sí mismo de Iglesia Conciliar?

¿Desea una comunión con el espíritu adúltero que sopla en la Iglesia?

¿Ya no desea ser excluida de la comunión impía con los infieles?

Mientras tanto, los verdaderos fieles, siguen teniendo absoluto derecho de saber que los sacerdotes a los cuales se dirigen no están en comunión con una iglesia falsificada, evolutiva, pentecostal y sincretista…

Padre Juan Carlos Ceriani