SAN JOSÉ ESTUDIA Y CONOCE A JESÚS
Desconocer a Jesucristo es ignorar toda la religión, que está fundada en la relación íntima y esencial que todo cristiano debe tener con Él, pues que, recibiendo el Bautismo —dice San Pablo—, somos revestidos al mismo tiempo de Jesucristo.
El Salvador mismo dice que Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Sin el camino no se puede andar bien, sin la verdad no puede haber conocimiento, y sin la vida no se puede vivir. Jesucristo es el Camino seguro, la Verdad que no engaña y la Vida que no tendrá fin. Por El vamos al Padre y llegamos a la vida eterna.
No podemos progresar en el amor de Dios sino en proporción al conocimiento y amor que tengamos a Jesucristo, pues el Padre mide el amor que le tenemos por la medida del que nosotros tenemos por Jesús.
San Ambrosio nos asegura que trabaja inútilmente por conquistar la virtud el que olvida que no puede adquirirse si no es estudiando a Jesucristo. Llegar a conocer a Jesucristo es la perfección más alta y la más eximia.
San José llegó a una perfección tan sublime, porque pasó la mayor parte de su vida ocupado en estudiar y conocer a Jesucristo.
Desde el momento que lo vio nacer en Belén, hasta el último suspiro de su vida, ese Padre ternísimo no perdió de vista un solo momento a aquel que quería pasar por hijo suyo delante de los hombres.
Su espíritu y su corazón estaban de continuo ocupados en esto. Sabía que el Salvador se había hecho Hombre para ser nuestro modelo, y se consideraba muy afortunado de tener constantemente ante sus ojos sus divinos ejemplos, de conversar con Él frecuente y familiarmente, de ser testigo de su conducta y objeto de su cariño.
Su espíritu vivía en una ininterrumpida contemplación, aun durante el trabajo, y su Corazón estaba inflamado del más puro amor.
San José prestaba atención a todos los movimientos y a todas las palabras de Jesús, y las conservaba y las meditaba secretamente en su Corazón. El mismo interés tenía por cuanto María le decía de su divino Hijo, objeto habitual de sus conversaciones más íntimas; escuchaba con el mayor recogimiento cuanto decían de Él las personas inspiradas por el Espíritu Santo, como Isabel, el anciano Simeón y otras, y esculpía profundamente en su alma todo cuanto tenía relación con Jesús.
Para imitar a San José, nuestro principal empeño ha de ser el de estudiar y conocer a Jesucristo, no superficialmente y al vuelo, sino con toda la atención de que somos capaces con la gracia. Nunca meditaremos suficientemente sobre tan excelso argumento. Adentrándonos en él, descubriremos siempre algo nuevo, y cuanta más luz consigamos, encontraremos nuevos tesoros.
Todo otro estudio, toda otra ocupación que nos alejen de estos, son inútiles y peligrosos. Los demás estudios de nada nos servirán para la eternidad, si no son mandados, dirigidos y santificados hacia este fin. Todo me parece pérdida —dice San Pablo—, fuera del conocimiento de Jesucristo.
Pero no nos debemos contentar con estudiar a Cristo exteriormente. Aun cuando conociéramos las más íntimas particularidades de su vida, todo lo que dijo e hizo en el curso de los años que pasó en la casa de Nazaret con María y con José, si no conocemos el espíritu que animó sus palabras, todos y cada uno de sus padecimientos y todas y cada una de sus acciones, no tendremos la ciencia de Jesucristo.
Pocos son los cristianos que saben lo que Jesucristo hizo por nosotros y lo que es por sí mismo: la mayor parte se contentan con lo que alcanzan a ver exteriormente en ese Hombre-Dios, sin preocuparse de estudiar a fondo su alma y el principio interior de sus maravillosas virtudes.
¿Cuántas son las personas que, al meditar o contemplar el nacimiento del Salvador, no van más allá de lo que se ofrece ante sus ojos: el estado humilde y penoso en que nació, el pesebre, los pobres lienzos en que fue envuelto, y se conmueven ante las lágrimas y vagidos de aquel pequeño Niño?
San José no se detenía en la parte exterior de este misterio: penetraba en lo más hondo del mismo, y pensaba que este Niño, que así había querido nacer, era el Unigénito de Dios, el Rey del Cielo y de la tierra, a quien se debe todo honor, toda gloria y toda riqueza; que así había venido al mundo por su propia voluntad, a fin de honrar a su Padre celestial con su propio abajamiento, y darnos la paz con el entero don de sí mismo, y que mientras lloraba y gemía como un niño común, era la sabiduría eterna, la fuerza, la omnipotencia, y se ofrecía al eterno Padre, pronto a cualquier sacrificio.
Y más aún, pues estas consideraciones no son suficientes, sino que aplicándose este misterio de amor, se decía: Es por mí que Jesús quiso nacer así, para enseñarme a despreciar las riquezas; a estimar la pobreza, las penas y las humillaciones, que son su secuela; para iniciarme en la escuela del anonadamiento de mí mismo, en esa vida interior, de la que me ofrece desde su nacimiento tan perfecto modelo. ¿Qué semejanza hallo entre mis disposiciones actuales y las de este Niño; entre mis penas, mis pensamientos, mis afectos y los suyos? ¿Qué debo hacer para volverme semejante a Él?
Así estudiaba San José los misterios de la vida de Jesús, meditaba sus divinas palabras y sus menores acciones; y así también debemos hacer nosotros, si queremos Ser almas verdaderamente interiores, aplicándolo a nosotros mismos y sintiendo en nosotros —como nos exhorta San Pablo— los sentimientos que tenía Jesucristo; revistiéndonos de Jesucristo; pensando y obrando como Él, con los mismos principios y por el mismo fin, para asemejarnos a Él en todo.
¿Y no es este, acaso, el objeto del Evangelio, de las Epístolas de los Apóstoles, y particularmente de las de San Pablo? ¿Puede haber piedad verdadera más grata a Dios, más útil a nuestra alma, pues que la vida interior no tiene otro fin que la contemplación afectuosa y la imitación de Jesucristo?
¿A quién iremos nosotros, Señor? —debemos decir con San Pedro—. Tú solo tienes palabras de vida eterna.
¿No nos ha dicho Nuestro Señor Jesucristo: Ninguno va al Padre sino por mí? Ahora bien; si no se conoce a Dios Padre sino por cuanto se conoce a Jesucristo, así también no puede ser conocido para ser amado sino en cuanto se conoce su Corazón, es decir, cuánto hay en Él de más interior. ¿No es, pues, evidente que el conocimiento del Corazón de Jesús supera el conocimiento y la práctica de la vida interior y la encierra toda entera?
Si queréis penetrar como San José en aquel santuario augusto, entregad vuestro corazón a Jesús; abandonadlo a su inspiración y a su gracia, y Él os descubrirá todos sus secretos, os comunicará el amor de que está inflamado, y con el amor os dará todas las virtudes que forman su cortejo. Con la entrega del propio corazón se conquista el corazón de un amigo: Jesús os ha dado el suyo, y por lo tanto tiene derecho al vuestro. Si se lo rehusáis, perderéis el derecho que tenéis sobre el suyo, y ya no tendréis libre acceso a Él.
Esta feliz disposición de estudiar las virtudes de Cristo, de conocer sus perfecciones, de meditar todas sus acciones y palabras, es una de las señales de predestinación más ciertas que podamos tener en este mundo.
El Espíritu Santo, después de haber dicho que el conocimiento de Jesucristo es la justicia más perfecta, agrega estas notables palabras: Este conocimiento es una señal de inmortalidad, es decir, señal de predestinación; y esto es lo que hacía decir a San Pablo que no tienen que temer la condenación los que están en Cristo.
En la meditación de las epístolas de San Pablo podremos beber las más sublimes ideas que puedan tenerse de Jesucristo. Puede decirse que cada página de ese santo libro está dedicada a la continua repetición del adorable nombre del Salvador; y es verdad que ese grande Apóstol se gloriaba con razón de haber recibido del Cielo el don admirable de anunciar a todos los pueblos las incomprensibles riquezas encerradas en la persona de Jesucristo.
Si queremos ser interiores, debemos crecer cada día —según la recomendación de San Pedro— en el amor y el conocimiento de Jesucristo. Es un estudio consolador, que derrama una unción divina en nuestras almas, y le inspira insensiblemente un amor tan tierno y reverente hacia este amable Salvador, que cualquier cosa que aleje de nuestro espíritu el recuerdo de su adorable Persona, nos resultará insípida e importuna.
No he hecho profesión —dice San Pablo— de saber otra cosa fuera de Jesús, y Jesús Crucificado. Y por eso desea vivamente que Jesucristo permanezca en nosotros y esté siempre presente por una fe viva y afectuosa.
¡Oh, bienaventurado José, qué felicidad sería la mía, si como vos, supiera, dejar de lado tantas curiosidades frívolas e inútiles, para, a vuestro ejemplo, ocuparme únicamente en estudiar a Jesús, y este crucificado!…
¡Oh, serafín de amor, glorioso Patriarca! Vos sois admirable en todas las virtudes, pero me place especialmente admirar vuestra íntima unión con Jesús. ¡Afortunadas vuestras manos, que cargaron al Dios de majestad y que no trabajaron sino por El! ¡Felices vuestros ojos, que no cesaron de contemplarle! ¡Pero todavía más bienaventurado vuestro Corazón virginal, que le amó siempre, y no amó jamás a nadie más que a Él!
