
INTERIOR DE LA SANTA CASA DE NAZARET
Nazaret no era en absoluto una ciudad famosa, era más bien un pueblo insignificante; antiguo, sin duda, pero sin historia. Un proverbio de la época ridiculizaba su pequeñez. Está distribuido en anfiteatro en la ladera de una colina, rodeado de trigales, de huertos y de viñas y un tanto apartado de las vías de comunicación que discurrían a sus pies, como desdeñándolo.
La etimología más probable de Nazaret es En-Nazira, que quiere decir guardián, pero una tradición que parece tener su origen en San Jerónimo dice que significa «ciudad de las flores».
Ciertamente, el espectáculo que ofrece en primavera, le hace merecedor de este nombre.
Sus calles eran más bien callejuelas que trepaban estrechas y sinuosas. Muchas de sus casas se adosaban a la ladera.
En una de esas casas vivía la Sagrada Familia, que no se distinguiría en nada de las demás. La fachada sería de mampostería, pero la mayor parte del resto estaría horadada en la roca calcárea. La habitación más grande, a la que daría acceso la puerta de entrada, serviría de comedor y cuarto de estar. En el interior, habría alguna más.
La zona de la casa construida de mampostería estaría cubierta por una terraza, a la que se subiría por una escalera exterior.
Nada de lujo ni de confort. Sobre el suelo, de tierra batida, unas alfombras de esparto. El mobiliario, semejante al de las gentes de su clase: unas camas, unos arcones para la ropa, los utensilios de cocina, un ánfora, una rueda de molino, algunos tapices y cojines para los visitantes…
En esta humilde morada no hay más que tres personas que se aman y van a cambiar la faz del mundo. Son sólo tres, pero el mutuo amor que las anima, nunca desmentido, cada vez más íntimo, más tierno y más fuerte, las une en una unidad maravillosa que nos hace pensar en la Trinidad eterna, de la que diría San Juan: y los tres sólo son uno. El amor une sus almas en una sola y su corazón en un solo corazón. Su comunión es constante.
Jesús, María y José nos representan —dice San Francisco de Sales— el misterio de la santa y adorabilísima Trinidad, no porque haya comparación posible, sino en lo que respecta a Nuestro Señor, pues María y José son criaturas; pero podemos decir que son una trinidad sobre la tierra que representan en cierto modo la Santísima Trinidad: Jesús, María y José, Trinidad maravillosamente digna de veneración y de honor. Jesús era como el vínculo que unía a estos dos esposos purísimos, que vivían tan estrecha e íntimamente unidos.
Los tres tienen distinta dignidad, pero el orden querido por Dios es perfectamente observado. José se somete a la voluntad divina, María está subordinada a José, y Jesús obedece a ambos. La precedencia, pues, es inversa a su excelencia. El último de los tres en dignidad y grandeza es el primero en autoridad.
Se trata de un orden conforme a la ley evangélica que quiere que los primeros sean los últimos y los últimos los primeros… Una lección de Dios que nos dice que el poder es más un servicio que un privilegio.
José representa la autoridad divina. Se sabe muy por debajo de su Hijo y de su Esposa, y pensando en la distancia que le separa de Dios y de la más pura de las criaturas, su espíritu zozobra. Con todo, cuando llega la hora de ejercer su autoridad, no se inquieta ni vacila.
Con la misma espontaneidad, Jesús y María vuelven sus ojos hacia él como hacia el que ha sido designado por Dios para comunicarles sus consignas, y, lejos de sentirse frustrados al obrar así, comprenden que es para ellos el único medio de compenetrarse más y más con la voluntad de Dios.
Pero aunque mandan sobre Jesús y éste les obedece, María y José le consideran su Maestro y su modelo. Hay en Él tal santidad, que sienten un impulso irresistible de imitarle. Es el espejo de su ideal y tratan de grabar en ellos el sello de su perfección, como él mismo dirá más tarde que es la marca, la señal del Padre.
Los tres llevan una vida oculta. A ojos de sus compatriotas, no son más que unos israelitas piadosos, fervientes, fieles, observantes de la Ley. Su conducta es edificante, pero sus prácticas religiosas, aunque llaman la atención, no tienen nada de espectacular, de insólito, de especial. Nada hace transparentar -as riquezas que desbordan sus almas. Nada da a conocer del secreto divino, hasta tal punto que los parientes próximos de Jesús no sabrán descubrir en Él al Verbo hecho carne.
Viven discretamente, sin tratar de prevalecerse de sus privilegios y de sus títulos. En apariencia, su vida es tan ordinaria, tan sin historia, tan sin brillo, que el Evangelio nada tiene que decirnos de ella. Se diría que se trata de una especie de acuerdo tácito el que los Evangelistas silencien la vida que llevaba la Sagrada Familia en Nazaret.
La hora de la revelación llegará un día. Mientras tanto, antes de predicar, hay que dar ejemplo. Antes de enseñar a los demás a guardar silencio, a desaparecer, a ser abnegados, humildes, es preciso que Jesús y los que sigan su camino comiencen por ofrecer a los hombres el espectáculo de todas esas virtudes.
Es preciso que el mundo sepa que lo más provechoso, lo más útil, lo más evangélico, es lo que no tiene oropel, lo que se consume en el cumplimiento silencioso del deber cotidiano.
El ritmo de las jornadas de los tres miembros de la Sagrada Familia es, pues, el mismo de las demás familias de Nazaret.
El Libro de la Sabiduría, al describir a la «mujer fuerte», dice que se levanta antes de que amanezca para preparar la comida de los suyos. Así obraría María. Presentaría a Jesús y a José sus asientos, les serviría la comida, se preocuparía por su trabajo.
Y José, en la mesa, bendeciría los alimentos y, según la costumbre, sería el primero en partir el pan y beber el vino. Luego, mientras María pone orden en la casa, barre, da de comer a las gallinas, va a la fuente y al mercado, amasa el pan, enciende el horno y hace un bizcocho, los dos carpinteros trabajan en el taller. Cuando vuelvan a mediodía, todo estará a punto.
Por la tarde, María les esperaría sentada a la puerta y saldría a su encuentro al verles venir. Les mostraría su alegría y contemplaría con amor su rostro cubierto de polvo y sudor. Tomaría entre las suyas sus manos callosas, fatigadas para Ella.
En cuanto a ellos, le entregarían las ganancias del día. Escasas, sin duda. Pero María sonríe y les dice que es más que suficiente; incluso les sugiere dar una parte a alguna familia del pueblo que pasa necesidad.
Las horas que siguen, a la caída de la tarde, son para ellos de descanso y de intimidad familiar. Todos y cada uno se sienten felices de estar juntos y elevan al Señor sus alabanzas y acciones de gracias.
Son momentos de conversaciones piadosas, de efusiones ávidamente esperadas, en los que Jesús, antes de enseñar la Buena Nueva del Evangelio, ofrece las primicias a los que humanamente es tributario.
Y cuando llegara el momento de irse a dormir, María y José se preguntarían, como más tarde los discípulos de Emaús: ¿No arde acaso nuestro corazón cuando nos habla y nos explica las Escrituras?
Había en aquel tiempo célebres conquistadores, que llenaban el mundo con el estrépito de sus gestas. Se hablaba de sus proyectos, de sus empresas y de sus hechos heroicos; pero Dios, a quien le place humillar a los soberbios y exaltar a los humildes, no miraba a estos hábiles políticos, pues sus ojos estaban sobre Nazaret, ciudad tan despreciada, de la que se decía: ¿Puede salir algo bueno de Nazaret?
En lo alto de los cielos decía Dios a sus Ángeles: Mirad a mi Hijo predilecto, en quien he puesto todas mis complacencias; mirad cómo obedece, se humilla, se anonada por mi gloria y por mí amor; mirad cómo María y José justifican la confianza que en ellos deposité, confiándole mi único Hijo…
Unámonos a los ángeles bajados del Cielo, para contemplar el sublime espectáculo que ofrece el humilde retiro de Nazaret; entremos con respeto en aquella casa bendita entre todas las casas, y observemos cómo se gobierna la más santa de las familias que pueda existir sobre la tierra.
Está compuesta por tres personas: el Hijo de Dios, la Madre de Dios y José, el casto Esposo de una, y tenido por Padre del otro.
Su pobreza era grande; no tenían sino lo estrictamente necesario, que ganaban con el trabajo de sus manos, y aun cuando a veces llegaba a faltarles, estaban contentos y bendecían a Dios.
Vivían en la oscuridad, ignorados por el mundo, y sin mostrar deseo alguno de hacerse conocer. En Nazaret nadie sabía ni quién era Jesús por su naturaleza divina, ni cuál era la dignidad de María, hecha Madre de Dios sin dejar de ser Virgen.
Eran tenidos por piadosos israelitas y fieles observantes de la Ley, cuya conducta era de edificación para el prójimo; su piedad no tenía nada de extraordinario que la distinguiera de la común; su exterior no dejaba sospechar ni remotamente lo que eran en realidad; no dejaban trasparentar en nada el secreto de Dios, y los parientes más próximos ignoraban absolutamente el gran misterio del Verbo hecho carne. José y María esperaban que Dios mismo revelara la verdad, o que Jesús se mostrara al mundo.
La humilde casa de Nazaret era una imagen del Cielo, por el orden, la calma y la regularidad que en ella reinaban. ¡Qué feliz y acertada distribución del tiempo y de los oficios! ¡Qué paz, qué recogimiento, qué armonía en aquella Sagrada Familia, qué sublimes ejemplos de todas las virtudes!…
La humildad les hace preferir a las obras brillantes de celo, la oscuridad, el retiro, una vida escondida en el taller de un pobre artesano.
El desasimiento les hacía soportar las más penosas privaciones en la habitación, en el vestido, en los alimentos.
En sus coloquios, en el trabajo, en los momentos de descanso, su alma estaba siempre elevada y unida a Dios.
¡Qué consuelo y qué dulzura siento, oh augusto jefe de la Sagrada Familia, considerando el edificante espectáculo que me ofrece vuestra pobre casa de Nazaret, más hermosa a mis ojos que el más bello palacio de los reyes…
La oración, el silencio, el trabajo reinan allí incesantemente, y forman la demora de la santidad y de la paz.
¡Oh, Santa Familia, yo quiero imitaros en vuestra unión, en vuestro recogimiento y en vuestro trabajo! Quiero vivir pobre como vosotros, y por vuestro amor, olvidado de todos, a fin de llegar, como vosotros, al reposo eterno.
¡Felices las familias cristianas en las cuales todo está bien regulado; donde todo, como, en Nazaret, respira; la paz, la caridad, la verdadera felicidad! ¡Felices las familias donde se manda con respeto y humildad, como San José, y donde se obedece con alegría y con amor, como Jesús y María! ¡Felices los hogares cuyos miembros no forman sino un solo corazón y un alma sola!… Esos son los que reciben las bendiciones prometidas por el Profeta a la concordia y unión entre hermanos…
Felices, particularmente, porque merecen vivir, como San José, en compañía de María y bajo el mismo techo que Jesús.
¡Qué correspondencia interior y continua entre Jesús y María, entre María y José!… Jesús era la fuente de las gracias, que El derramaba, constantemente en el corazón de su Madre con toda la profusión de que era capaz un Hijo semejante; María hacía partícipe de su abundancia a José, y Dios era perfectamente glorificado por la pureza y la generosidad de sus disposiciones.
Los Corazones de Jesús, María y José eran como tres anillos de una cadena en la que todas las cosas partían de Dios y a Dios volvían.
¡Qué unión la de José y María! ¿Y qué unión más íntima ha existido jamás que la de María y su Hijo divino? ¡Y qué inefable unión era la de Jesús con su Padre celestial!… Una perfecta correspondencia de sentimientos, una comunión de gracias y una santidad proporcionada al grado de la unión.
Por todo esto, puede decirse que sin pronunciar palabra se hablaban de continuo. Todo allí hablaba de Jesús; todo se dirigía a Jesús, como a centro de las afecciones de María y de José.
¡Qué progreso no hicieron uno y otra en el largo tiempo que les fue dado vivir en la compañía del Santo de los santos!… Nuestro divino Salvador, que no dedicó más que tres años para lograr la santificación del mundo, quiso pasar treinta en la más grande intimidad con María y con José. ¡Y cuántos favores, cuántas gracias particulares y desconocidas para el mundo no habrán recibido ellos de su Hijo divino!…
¿Quién podrá decir sobre qué eran sus coloquios?… Dios y sus beneficios, su misericordia sobre su pueblo y sobre todo el género humano, eran sin duda sus argumentos. Su boca hablaba de la abundancia de sus corazones; y teniéndolo colmado de Dios, todos sus pensamientos se referían a Dios, y toda su conversación estaba en el Cielo.
¡Qué dulzura en esos entretenimientos! ¡Qué dilección, qué éxtasis, oh Dios de bondad, el no hablar de otra cosa más que de Vos!… Su alma estaba siempre en contemplación, aun durante el trabajo y las ocupaciones domésticas; su corazón ardía continuamente en el más puro amor divino.
Y a pesar del homenaje que María y José rendían continuamente en su alma a la divina Persona de Jesús, ejercían exteriormente toda la autoridad que sobre Él había querido darles el Padre Eterno: «Les estuvo sometido». Le mandaban, sí, ¡pero con qué respeto, con qué consideración y con qué humildad!…
José encontraba en la compañía de Jesús y de María el más dulce consuelo. ¡Qué satisfacción para aquel tierno padre, cuando, volviendo por la noche a su humilde habitación, veía correr hacia él a ese divino Niño! ¡Ah, entonces olvidaba todas sus fatigas, todos los dolores de la larga jornada! Ampliamente los hallaba compensados en los dulces momentos que pasaba con Jesús y con María, quienes a porfía le prodigaban los más afectuosos cuidados. ¡Felices nosotros, si como ellos, después de las tristezas y los desengaños, de las distracciones inevitables a nuestra condición, supiéramos llegarnos por la noche a desahogar nuestra alma bajo las miradas tan misericordiosas de María y el Corazón tan compasivo de Jesús!…
Tal es la felicidad de José en Nazaret: es olvidado por las criaturas, pero sobre Él está siempre la mirada de Dios; habla poco con los hombres, pero su conversación con el Cielo no se interrumpe jamás; no posee nada, pero ha hallado la perla evangélica; viste un traje ordinario, pero está revestido de Cristo; está desasido de sus amigos y parientes, pero el Hijo de Dios lo llama Padre, lo llena de su luz, lo inunda con sus gracias, e insensiblemente lo trasforma en su propia imagen y le comunica una belleza invisible a los ojos de los hombres, pero que arrebata a los Ángeles de admiración y respeto.
Y por un afortunado intercambio de todos estos favores y gracias, San José sólo tiene el Corazón para amar a Jesús; no sabe sino hablar de Jesús; no es ya Él quien vive, sino Jesús quien vive en él.
¡Oh Sagrada Familia!, que representáis sobre la tierra la unión de las tres divinas Personas en el cielo, recibid mi humilde homenaje. Permitidme entrar en ese sagrado retiro, en el que vivís en la práctica de todas las virtudes ignoradas por el mundo, pero conocidas por Dios.
Jesús, María, José, objetos dignos de mis más tiernos afectos, dignaos recibirme en vuestra compañía. Que lo olvide yo todo para amaros, serviros y unirme por siempre a vosotros. Así sea.
