CARDENAL HENRY NEWMAN:POR UNA RELIGIÓN INTELIGENTE

Al llegar a la puerta de la ciudad,
he ahí que era llevado fuera un difunto,
hijo único de su madre, la cual era viuda.

Lc. VII:12


En la fiesta de Santa Mónica

En este día celebramos una de las más notables fiestas del calendario litúrgico. En efecto, conmemoramos a una santa que conquistó la corona celestial mediante muchas oraciones y lágrimas, noches blancas y muchos fatigosos lances, mas no por desempeñar algún alto oficio en la Iglesia, ciertamente que no por llevar a cabo alguna gran determinación o especial consejo; no como predicadora, maestra, evangelista, reformadora o campeona de la fe; no como pastora del rebaño ni como gobernadora temporal; no la celebramos por su elocuencia, ni por su sabiduría, ni su triunfo en materia difícil; no por caso alguno parecido a los de los demás santos que recordamos durante el ciclo litúrgico. No, la recordamos sólo como madre, una madre buscando y obteniendo con sus penurias la conversión de su hijo. No fue para un hijo cualquiera que rezó, ni tampoco fue común la súplica que le ganó. Cuando un santo hombre constató su vehemencia, antes de que resultara exitosa, le dijo: “Vete en paz; un hijo de tantas oraciones no puede perecer.” La predicción se cumplió con creces; no sólo aquel joven se convirtió, sino que se convirtió en un santo; no sólo en un santo, sino también en un doctor, “instruyendo a muchos en la justicia”. San Agustín fue el hijo por el que rezó; y si desde entonces ha sido una luminaria para todas las edades de la Iglesia, mucho le debemos a su madre, Santa Mónica, que, habiéndolo concebido en carne, tanto trabajó por su espíritu.

En su elección de un evangelio para esta fiesta, la Iglesia analoga Santa Mónica a la viuda desolada que Nuestro Señor encontró a las puertas de la ciudad cuando se aprestaba a enterrar a su hijo único. Le dijo, “No llores”; y tocó el féretro, y el muerto resucitó. Santa Mónica pidió y obtuvo un milagro mayor. Muchas madres, ansiosas por el bienestar corporal de sus hijos, desatienden su alma. No la santa que nos ocupa en el día de hoy; por más que su hijo fuera muy preparado, elocuente, talentoso y distinguido; todo eso la tenía sin cuidado en la medida en que estaba muerto ante la mirada de Dios, mientras era esclavo del pecado, mientras era presa de la herejía. Deseaba para él su vida verdadera. Fatigó los cielos con su oración, y se gastó rezando; no se impuso de buenas a primeras.

Su hijo dejó la casa arrastrado por cuatro portadores: la ignorancia, el orgullo, el apetito y la ambición; fue trasladado a una tierra extranjera, cruzó del África hasta Italia. Ella lo siguió, siguió al cuerpo, la principal, la única enlutada, la única que hacía duelo por él; lo siguió donde él fue, de ciudad en ciudad. No le importó nada dejar su querida casa y su patria; no tenía país aquí abajo; su único descanso, su único reposo, su Nunc dimittis, era el nuevo nacimiento de su hijo muerto. De modo que mientras aún caminaba envuelta en profunda angustia y soledad y silentes rezos, finalmente resultó recompensada por el milagro tan largamente ansiado. La gracia fundió el orgulloso corazón y purificó el corrompido pecho de Agustín, además de restaurar y consolar a su madre―de dónde en la colecta de hoy, nos dirigimos al Dador Todopoderoso como “Moerentium consolator et in Te speratium Salus”, el consolador de los que llevan luto y la salud de los que esperan.

Y así Mónica, como la viuda del Evangelio, se convierte en imagen de la Santa Iglesia, que siempre está lamentándose por sus hijos perdidos, y siempre está recuperándolos de la tumba del pecado a fuerza de oraciones oportunas e inoportunas; y a Mónica, como representante de la Iglesia, se le pueden dirigir aquellas palabras del profeta: “Desecha, oh Jerusalén, las vestiduras de tu luto y aflicción; levántate y mira hacia Oriente y contempla a tus hijos; pues de ti partieron a pie, conducidos por sus enemigos; pero el Señor te los traerá exaltados con honor, como hijos del reino”.

Esta no es, digo, una historia meramente del pasado, sino de cada edad. Generación se sigue tras generación y de una parte siempre nos encontramos con el mismo lastimoso espectáculo, los monótonos vagabundeos, la misma afiebrada inquietud, las mismas pasajeras diversiones, la misma permanente y desesperada miseria; y de otra, el mismo corazón latiendo ansiosamente a fuerza de impotente afecto. Edad tras edad, y todavía Agustín se precipita una y otra vez, con su joven ambición y energía intelectual y turbulentos apetitos; educado, y sin embargo ignorante; con talentos afilados, agudizados a fuerza de ejercicio, mas deslucido y falto de sabiduría―allí va hacia el mundo, ardiente, siguiendo su propia voluntad, desaprensivo, testarudo, inexperimentado, para caer en manos de los que quieren su vida, para convertirse en víctima de la herejía y del pecado. Y con todo, una y otra vez, la impotente Mónica que llora; llora por aquel querido hijo que creció con ella desde el seno materno y que le ha sido robado; al que ha perdido de vista; lo persigue en sus andanzas, con su imaginación sigue sus pasos, atesorando su imagen en su corazón, en sus labios conserva su nombre que repite una y otra vez, y con todo eso acompañada por la sensación constante de que, como mujer, no puede con la violencia y los artificios del mundo. Y sin embargo, una y otra vez la Santa Iglesia toma partido por ella y ocupa su lugar con un corazón tan tierno como vigoroso, con un brazo y un ojo y una inteligencia más poderosos que los de ella, con una influencia sobre-humana, con una sagacidad superior a la del mundo, con una religiosidad que puede más que la de aquellos cuya pasión, o ejemplo, o sofismas lo inducen hacia la destrucción.

Mis hermanos, resulta feliz la coincidencia de que el primer domingo de nuestro culto académico caiga en la fiesta de Santa Mónica. Pues ¿acaso no es este uno de los aspectos principales de una universidad, y un aspecto especialmente apropiado en este sagrado lugar, esto de proveer aquello que esta memorable santa tanto deseó y que intentó suministrar a fuerza de oraciones? ¿O no constituye parte de nuestra especial incumbencia esto de recibir a aquellos que sus padres y madres ya no pueden retener? Y así, mientras enseña todas las ciencias y habla por boca de filósofos y sabios, al mismo tiempo la universidad se complace en su bien conocida apelación de “Alma mater”. Es una madre que, según el ejemplo de la más grande y más celestial de las madres, es, de una parte, “Mater amabilis” y “Causa nostrae laetitiae”, y de otra, también “Sedes sapientiae”. Se trata de una madre, viviendo, no al abrigo de una familia, y bajo la sombra de un jardín, sino en el ancho mundo, en la poblada y ocupada ciudad, reclamando, como nuestra gran Madre, la mansa y tierna María, su alabanza, pues ella sola “recorrió los cielos y penetró los insondables abismos y caminó sobre las olas del mar”, y en todos los departamentos del saber humano es capaz de refutar y corregir a quienes querrían postular al saber contra sí mismo, que querrían hacer que la verdad contradiga a la verdad y hacernos creer que ser religioso equivale a ser ignorante, y que para ser intelectual es menester ser incrédulo.

Seré más claro, si vuelvo a la naturaleza y condición de la mente humana. Como saben, mis hermanos, la mente humana puede ser considerada desde dos puntos de vista, intelectual y moralmente. Como intelectual, aprehende la verdad; como moral, aprehende su deber. La perfección del intelecto es llamada habilidad y talento; la perfección de nuestra naturaleza moral es la virtud. Y aquí nuestra gran desgracia y prueba, que tal como están las cosas en el mundo, los dos se hallan separados y son independientes entre sí: que donde se encuentra potencia del intelecto, no hace falta que haya virtud; y que allí donde una encuentra justicia y bien y grandeza moral, no hace falta que haya talento. No fue así al principio; no que nuestra naturaleza sea esencialmente diferente de lo que era cuando fue creada al principio, sino que el Creador, ni bien la creó la levantó sobre sí misma con una gracia sobrenatural que armonizó todas sus facultades para que convergieran y actuaran de consuno hacia un fin. De tal manera que si nuestra raza hubiera continuado en aquel bendito estado de privilegio, nunca habría aparecido esta distancia, rivalidad, hostilidad, entre una facultad y otra.

Ahora no es así y tanto peor estamos: ya no contamos con aquella gracia, el alma no puede mantenerse unida―se despatarra y desconcierta, sus componentes luchan entre sí. Y así como sucede cuando una nación ha estado largo tiempo sometida a tumultos, sediciones o rebelión, algunas de sus provincias se separan del conjunto y del gobierno central para erigir su propio reino; así ocurre con el alma del hombre. Y así es, digo, con el alma, desde hace mucho tiempo: han aparecido una cantidad de pequeños reinos independientes los unos de los otros y en guerra entre sí―son tantos que han reducido la soberanía original a un territorio tan reducido que no alcanza a ejercer más influencia que estos mismos reinos rebeldes. Y todos estos pequeños dominios del alma, como bien puedo llamarlos, son, desde luego, uno tras uno, incompletos y defectuosos, con fortalezas en algunos aspectos y débiles en otros. Y porque ninguno es más que parte de un todo, ninguno se basta a sí mismo, siendo que el todo está hecho de la suma de todas y cada una de las partes del alma. Y así, uno se topa con un hombre, o un conjunto de hombres, en el reino, si se me permite decirlo así, de las pasiones o de los apetitos; y luego otros en el confesado reino de la fuerza bruta y de los recursos materiales; algunos se hallan en el reino del intelecto y más allá (¡y cómo uno querría que fueran muchos!), en el más excelente reino de la virtud. Así están las cosas, tal como se nos aparecen, cuando echamos una ojeada sobre el mundo; y todos, cuando llegamos a los años del discernimiento y comenzamos a pensar, notamos que estos distintos dominios luchan entre sí en nuestro corazón: el apetito, la pasión, la ambición secular, el intelecto y la conciencia―cada uno tratando de imponerse y adueñarse de uno. Y cuando contemplamos lo que ocurre en el mundo exterior, advertimos que todos ellos se encuentran encarnados en gran escala, en grandes establecimientos y centros, en el exterior, uno aquí y otro allá, reflejando en aquella desordenada tienda que es el mundo, si así puedo expresarme, lo que sucede en el interior de cada cual. Y así, por lo menos por un tiempo, el hombre se halla en estado de lucha interior, confusión e incertidumbre, atraído al principio en una dirección, luego en otra, sin saber qué elegir, aunque más tarde o más temprano, no le quedará más remedio que hacerlo. O, mejor dicho, no puede sino elegir pronto, y no dejarlo para más luego, ya que no puede dejar de pensar, hablar y actuar; y pensar, hablar y actuar no es sino elegir.

Se trata de un grave estado de cosas; y para peor, hace tanto tiempo que estas diferentes facultades y potestades de la mente humana se encuentran separadas entre sí, hace tanto que se han cultivado y desarrollado independientemente que resulta que damos por sentado que no pueden armonizarse. Y resulta común creer que porque algunos siguen su deber, otros persiguen el placer, otros buscan su gloria y los de más allá el conocimiento, que en consecuencia cada uno de estos fines excluye al otro: que el deber no puede ser placentero, que la virtud no puede ser inteligente, que el bien no puede ser grandioso, que actuar a conciencia no puede resultar heroico. Pero no puedo menos que conceder que, de hecho, existe una separación, por mucho que niegue su necesidad. En efecto, concedo que, a raíz del desorden y confusión en que ha caído la mente humana, son demasiadas las veces en que los hombres buenos no resultan atractivos mientras que los malos a menudo lo son; demasiadas veces la habilidad, o la gracia, o la facundia de imaginación, o la agudeza del intelecto, o la profundidad, o el conocimiento, o la personalidad agradable se encuentran asociados al error y no en el bando de los virtuosos. Tal como están las cosas, la excelencia se encuentra en más de una dirección, y siempre es más fácil destacarse en una sola cosa que no en dos. Si por tanto un hombre tiene mucho talento, existe la seria posibilidad de que no se destaque por su bondad; si es escrupuloso en materia de deberes religiosos, bien puede ser que carezca de cultura general; y de hecho, a veces uno se topa con tipos correctos y virtuosos que a la vez son pesados, estrechos de mira y faltos de inteligencia, mientras que también se encuentra con gente brillante y divertida, pero sin principios. Y así ven como aparece, mis hermanos, esta particular tentación de la que hablo, cuando pasó la niñez y comienza la juventud: no sólo el alma se encuentra apestada y atormentada por mil tentaciones que despiertan en su seno, sino que además se encuentra expuesta a los sofismas del Malo que nos susurra que el deber y la religión están muy bien, claro que sí, como que son cosas admirables y sobrenaturales, pero que, por alguna razón u otra, habitualmente la gente religiosa es muy aburrida y tediosa: y más aún, que la religión misma es cosa más apropiada para mujeres y niños que viven en su casa, y no tanto para hombres hechos y derechos.

Hermanos míos, ¿no reconocerán que hay mucha verdad en esto que he estado diciendo? ¿Acaso no es cierto que ni bien empezó a despertar vuestra inteligencia, en el mismo momento y merced a ese despertar, comenzaron a concebir una rebelión contra lo que sabíais era vuestro deber? De hecho, ¿por ventura no se alió vuestra inteligencia con la desobediencia? En lugar de juntar el conocimiento con vuestra religión, como bien podríais haberlo hecho, ¿acaso no contrapusieron el uno contra el otro? Por caso, ¿no fue uno de vuestros primero ejercicios voluntarios de la mente, esto de consentir a una curiosidad malsana?―la curiosidad por una cosa que reconocíais como mala, que vuestra conciencia os recriminaba, mientras os dejábais conducir por ella. Deseaban conocer una cantidad de cosas sabiendo perfectamente que de su conocimiento no se seguiría ningún bien. Así es como comienzan los chicos; ni bien su mente comienza a andar, ya toma el rumbo equivocado y corre hacia lo que es malo. Este constituye el primer paso erróneo; y el siguiente consiste en formular el mal con palabras, el segundo paso equivocado. Forman imágenes y entretienen pensamientos que deberían estar lejos de ellos, y las estampan sobre sí mismos y los demás expresándolas. Y luego, el mal que le hacen a otros repercute malamente sobre sí mismos. Un discurso malo conduce a otro; y así desde la más temprana adolescencia se va imponiendo un tono de conversación miserable―sugiriendo maldades, embromando con el tema del pecado, suministrando combustible para la inflamable imaginación―que luego permanece durante toda la vida, que se encuentra a cada paso allí donde está el mundo, que constituye el hálito mismo del mundo, del que el mundo no puede prescindir, de lo que el mundo habla como que habla “de la abundancia de su corazón”, y que pueden dar por descontado que prevalecerá en cualquiera asamblea ordinaria de hombres, ni bien se sientan cómodos y comiencen a hablar libremente―una especie de culto vocal al Maligno, que el Maligno escucha con especial satisfacción, puesto que lo ve como preparación para pecados peores; pues de los malos pensamientos y malas palabras proceden las malas acciones.

Las malas compañías crean un disgusto por lo que es bueno y así ocurre que cuando un joven ha recorrido el camino que acabo de describir, siente repulsión, producto de aquel mal gusto adquirido, por aquellos lugares y escenarios que le habrían hecho bien. Su casa comienza a perder el encanto que antes tenía para él y demora su regreso. Poco a poco comienza a perder el gozo que antes le producían los rostros agradables y las sonrisas distendidas y los suaves modos del aquel círculo familiar que aún le resulta tan querido. Al principio se dice a sí mismo que no es digno de ellos, y por tanto se mantiene alejado; pero a la larga la rutina de su casa le empieza a cansar. Cuenta con aspiraciones y ambiciones insatisfechas en su hogar. Quiere más de lo que los suyos le pueden dar. Su curiosidad entonces toma un nuevo rumbo; escucha los puntos de vista y las discusiones que son inconsistentes con la santidad de la fe religiosa. Y al principio no siente ninguna tentación de adherir a ellos; sólo quiere saber que es lo que “se dice”. Y así, durante un tiempo convive con compañeros carentes de principios y que, si acaso no se muestran contrarios a las verdades más elementales, por lo menos no las dan por sentadas. O peor aun, a fuerza de oír o leer acerca de los que se opone directamente a la religión, a la larga, inconscientemente, su inteligencia comienza a adquirir cierto escepticismo. No lo sabe, no lo reconoce, pero así es; y antes de que lo reconozca, eso lo conduce a hablar de un modo inquieto e impaciente respecto de personas, conductas, conceptos y medidas de gente religiosa o que detenta alguna autoridad. Este es el modo en que alivia su mente de la carga que día tras días se vuelve más y más pesada. Y así continúa, aproximándose más y más a los escépticos e infieles, sintiendo cada vez mayor simpatía por sus maneras de ver las cosas hasta que de repente un día, como por accidente, el hecho se le revela claramente y de pronto ve claramente que él mismo también es un incrédulo.

Ya no puede ocultar que ya no cree, y eso le produce una aguda angustia, y durante un tiempo se siente miserable; pero luego, por cierto que lamenta haber perdido aquella fe cierta de otrora, que ahora le parece como un agradable ensueño―un sueño, que por mucho que fuera agradable, no deja de ser eso y del cual ha despertado, y que, al dejarlo, no puede sino considerarlo como que no había sido sino un sueño. Y en la siguiente etapa comienza a experimentar una gran expansión y elevación de la mente; pues ocurre que las perspectivas que tiene ante la vista están ahora limpias de todo aquello que llenaba su infancia y ahora puede edificar en su lugar lo que le venga en gana. De modo que comienza a formar sus propias ideas acerca de las cosas, y por un tiempo estas nociones le agradan y satisfacen; luego se acostumbra a ellas, y lo cansan, y adopta nuevas ideas: entonces es cuando comienza la interminable ronda de buscar y nunca encontrar… y a la larga, después de varias pruebas, abandona completamente la búsqueda y decide que no se puede saber nada, que no hay tal cosa como la verdad, y que si alguna cosa hay que profesar es que una idea es tan buena como otra, que el credo que profesó al principio vale tanto como cualquier otro y que conlleva más exigencias… pero que, al fin, en realidad no hay nada verdadero, nada es indiscutiblemente cierto. O, si está dotado de un temperamento más ardiente, o si, como Agustín, resulta objeto de una especial merced de Dios, entonces no puede abandonar la búsqueda, por mucho que no cuenta con la menor posibilidad de resolverlo, y entonces anda vagabundeando por aquí y por allí, “caminando por sendas resecas, a la búsqueda de descanso y sin hallar ninguno”.

Mientras tanto, la pobre Mónica advierte estos cambios en sus efectos, y aunque no sabe calibrarlos en sí mismos, y aunque no sabe exactamente de qué se tratan ni cómo vinieron a ocurrir y ni siquiera los puede comprender por mucho que se le explique, ni tampoco puede entender cómo alguien que quiere tanto podría haber caído en semejantes enredos. Pero no hay duda de que se ha producido una horrible metamorfosis para él y para ella, se ha erigido un muro entre ellos que los separa: no puede voltearlo; pero puede volverse a su Dios, y llorar y rezar.

Ahora bien, mis hermanos, observad la fuerza de este espejismo, que no carece de una especie de verdad. Los jóvenes adquieren conciencia de ciertas facultades que piden ejercicio, aspiraciones e inquietudes a las que deben hallar respuesta y que por lo general no encuentran en los círculos religiosos. Esta falencia no constituye ninguna excusa para ellos si piensan, dicen o hacen alguna cosa contra la fe y la moral: pero en cualquier caso, es cierto que constituye una ocasión para pecar. Pues es un hecho indiscutible que no son sólo seres morales, sino también inteligentes―sólo que, desde la caída del hombre, la religión está aquí y la filosofía allá; cada cual cuenta con sus propios centros de influencia, separados el uno del otro; los de temperamento intelectual echan de menos ciertas cosas que no encuentran en los dominios de la religión y los de temperamento religioso añoran cosas que se encuentran en las escuelas de la ciencia.

Aquí pues, según entiendo, está el objeto de la Santa Sede y de la Iglesia Católica al fundar las universidades: se trata de reunir cosas que al principio se hallaban unidas por Dios, y que el hombre ha separado. Algunos dirán que tengo la intención de estrechar, distorsionar e impedir la maduración del intelecto a fuerza de supervisión eclesiástica. No es así, en absoluto. Ni tampoco tengo para mí que habría que llegar a una suerte de compromiso, como si la religión tuviese que ceder alguna cosa y la ciencia otro tanto. No; deseo que el intelecto se mueva con la máxima libertad y que la religión disponga de otro tanto: pero lo que sí postulo es que se puedan hallar en un mismo lugar y ejemplificado por las mismas personas. Querría destruir aquella diversidad de centros de enseñanza que crea tanta confusión a fuerza de influencias contrarias. Deseo que los mismos lugares y los mismos individuos sean a la vez oráculos de filosofía y santuarios de devoción. Jamás me veré satisfecho, como advierto que satisface a tantos, con que existan dos sistemas independientes, uno intelectual y el otro religioso, conviviendo simultáneamente, pero separados por una suerte de división del trabajo y sólo accidentalmente juntos. No me veré satisfecho mientras la religión se encuentra aquí y la ciencia allá, que los jóvenes hablen de ciencia durante el día y se alojen en casas religiosas durante la noche. ¿Acaso no constituye una iniquidad que denuncio con estas palabras, el que los jóvenes coman, y beban y duerman en un lugar, mientras piensan en otro? Por mi parte, quiero que el mismo techo albergue tanto la disciplina intelectual cuanto la moral. La devoción no es una especie de terminación dada a las ciencias; ni tampoco la ciencia una especie de condecoración, si se me permite decirlo así, como si fuese un ornamento y decoración de la devoción. Quiero que el laico intelectual sea religioso y que el eclesiástico devoto trabaje con su intelecto.

Aquí no se trata de juegos de palabra o de distinciones sutiles. La santidad dispone de una influencia; el intelecto tiene la suya; a la larga, la influencia de la santidad es mayor, a la corta, la influencia intelectual se hace sentir más. Por tanto, en el caso de los jóvenes cuya educación perdura durante algunos años en un ámbito intelectual, están bajo una influencia. En verdad, sus maestros literarios y científicos, realmente tienen mano en su formación. Si dejamos que ambas influencias actúen libremente, quédense tranquilos que ningún sistema de conservación de la religión en detrimento de la razón podrá tener éxito contra las escuelas. Los jóvenes requieren de una religión viril, si esta ha de cautivar sus inquietas imaginaciones y sus locos intelectos, además de tocar sus susceptibles corazones.

Míranos, pues, desde el cielo, oh bendita Mónica, pues estamos comprometidos en la tarea de cubrir precisamente esa necesidad que tanto pedías en tus oraciones y que te ganaron tu corona. Tú que obtuviste la conversión de tu hijo por los méritos de tu intercesión, continúa intercediendo por nosotros para que seamos bendecidos, como instrumentos humanos, al recurrir a los medios con los que ordinariamente la Santa Cruz resulta erigida en lo alto, y la religión manda en el mundo. Y en primer lugar, gana para nosotros el intenso sentimiento de que la gracia de Dios es todo en todo, y que nosotros no somos nada; luego, que, para su mayor gloria, y para la honra de su Santa Iglesia, y por el bien de los hombres, seamos celosos, “procurando todos los dones mejores” (I Cor. XIV:12) y que podamos destacarnos tanto en la tarea intelectual cuanto en la virtud.

Fuente : Devoción Católica