QUINTO DOMINGO DE EPIFANÍA
El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: «Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?» El les contestó: «Algún enemigo ha hecho esto.» Dícenle los siervos: «¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?» Díceles: «No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero.»
Hace tres meses, el 7 de noviembre pasado, tuve que comentar este mismo Evangelio; y lo hice siguiendo a los Padres de la Iglesia.
Me parece oportuno, hoy, hacer una aplicación práctica a nuestros días, teniendo como perspectiva los veinte siglos que han pasado desde que Nuestro Señor pronunciara esta parábola, y diese personalmente su explicación (cfr. San Mateo, 13: 24-30 y 36-43).
¿Cómo se verifica, hoy, esta parábola? ¿En qué punto concreto nos encontramos de esta mezcla perversa de buen trigo y cizaña? ¿Prevalece el trigo? ¿La cizaña está asfixiando casi por completo al buen grano?
El misterio de la iniquidad está en marcha desde ahora, le escribía San Pablo a la joven cristiandad de Tesalónica, hace ya veinte siglos, dando el significado y la aplicación de la parábola de la mala hierba: Porque el ministerio de la iniquidad ya está actuando. Tan sólo con que sea quitado de en medio el que ahora le retiene, entonces se manifestará el Impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la Manifestación de su Venida.
Santo Tomás, comentando estas palabras dice así: «El Apóstol explica la causa de la demora del Anticristo. Y este texto tiene muchas interpretaciones, porque misterio puede estar en nominativo o en acusativo.
En el primer caso, el sentido es éste: digo que a su tiempo se dará a conocer, porque incluso el misterio, esto es, figuradamente ocultado, ya está obrando en los hipócritas, que parecen buenos y, en realidad son malos, y están haciendo el oficio del Anticristo, «mostrando, sí, apariencia de piedad, pero renunciando a su espíritu» (2Tm 3,5).
En el segundo caso, o en acusativo, se interpreta así: porque el diablo, con cuyo poder vendrá el Anticristo, ya empezó ocultamente a perpetrar sus iniquidades, por medio de los tiranos y engañadores; porque las persecuciones a la Iglesia de este tiempo presente son figura de esa última persecución contra todos los buenos; y, en comparación con aquélla, son como una copia imperfecta respecto del original.»
Es evidente que, al comprobar el poder de la apostasía, universalmente invasora, que se aplica por tantos medios a corromper las instituciones, y finalmente ha penetrado hasta en el seno mismo de la Iglesia de Dios, es fácil desanimarse, perder el equilibrio y dejarse abatir.
Sea que consideremos el misterio de iniquidad como obrando ya en los hipócritas, que están haciendo el oficio del Anticristo…, sea que atendamos a las persecuciones a la Iglesia de este tiempo presente como figura de aquella última persecución…, hay motivos de preocupación…
¿Qué podemos hacer para no caer en el desánimo, para permanecer de pie y poder hacer frente a la acción del cizañero?
Debemos meditar los datos que nos proporcionan la Sagrada Escritura y la Tradición; así como también las enseñanzas de la Teología respecto de la historia de la Iglesia, dejándonos esclarecer y fortalecer por esa viva luz.
Ahora bien, esta doctrina de la Revelación y de la Teología nos suministra datos claros y precisos.
Un primer punto se refiere a las realidades que se encuentran comprometidas, las sociedades que entran en juego.
Primero, la Ciudad de Dios, tal como Jesús la ha instituido para siempre: santa, inmaculada, invencible; pero destinada a serle configurada por la Cruz; destinada a llevar la Cruz todo el tiempo que dure su peregrinación; y, por lo mismo, igualmente segura de su victoria.
Por otro lado, su enemiga irreductible, la ciudad de Satanás, con sus falsas doctrinas y su prestigio mundano y sus complicidades eclesiásticas. Ella se ensaña contra la Ciudad de Dios, pero sus tentativas siempre terminan en fracasos.
La explicación de la parábola, hecha por Nuestro Señor a sus Apóstoles, nos descubre esta realidad: el que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo.
Si aceptamos esta realidad, si reconocemos el estado de hecho de la Iglesia, con esa mezcla de trigo y cizaña hasta el fin, estaremos inmunizados contra la ilusión que espera un tiempo en que la Iglesia no contará más con pecadores, al abrigo de los traidores, sin tener que cargar con la Cruz junto con su divino Esposo.
Tampoco podemos esperar una época en que la sociedad temporal se transforme en un nuevo y renovado paraíso terrenal…
Siempre, de una u otra manera, la Iglesia y la Sociedad estarán inficionadas por los venenos diabólicos, la cizaña, a pesar de que la Iglesia, incansablemente, se esfuerce por contrarrestarlos, no cesando de inspirar su restauración en Cristo y por Cristo.
La lucha entre el demonio y la Ciudad Santa durará hasta la Parusía… No podemos soslayarlo ni olvidarlo…
Esta lucha no se aplacará ni endulzará progresivamente… No hay reconciliación posible…
Siempre la cizaña intentará sofocar y oprimir al trigo, aunque se organicen muchos Congresos Interreligiosos de Asís y muchas Jornadas Internacionales por la Paz…, menos aún si la estructura y disposición de estos es irreverente, sacrílega y blasfema…, simple y pura cizaña…
En cuanto a la Iglesia en sí misma, el Evangelio nos enseña que, lejos de encontrar un trigo de calidad superior, que iría mejorando de siglo en siglo, por el contrario, siempre se encontrará mezclada con el buen grano la cizaña, la cual, a medida que nos vayamos acercando del fin, crecerá en poder y malignidad, a punto de sofocar completamente al trigo…
Del mismo modo que el Evangelio, el Apocalipsis no nos descubre una domesticación progresiva de las famosas Bestias…
Resulta gracioso, pero al mismo tiempo grotesco, observar a ciertos clérigos y seglares arrojando cacahuetes a los orangutanes apocalípticos con la intención de aplacarlos, incluso civilizarlos…
El Diablo, la Bestia y su Falso Profeta, a medida que nos acercamos del fin de los tiempos, perfeccionan sus métodos, mejoran su cizaña y organizan más inteligente y eficazmente su terrible contra-Iglesia…
El Diablo ataca la Iglesia desde fuera y desde el interior. San Pablo lo dice: peligro de bandidos y peligro de compatriotas…, peligro de los paganos y peligro de los falsos hermanos…
La lucha que se lleva a cabo desde afuera consiste especialmente en pervertir la Sociedad temporal para organizar la contra-Iglesia.
La lucha desde el interior radica en la autodestrucción de la Iglesia.
Esto es lo que nos enseñan la Revelación y la Teología… lo que la simple experiencia y observación atenta de la realidad nos muestra…
Algunos encuentran decepcionante, pesimista y negativa esta prédica…
Nosotros, incluso en ese período en que todo se fundirá ante el avance irresistible de las fuerzas del mal, debemos recordar que el Señor estará presente, a pesar de las apariencias… Tal vez durmiendo, como en la baraca en medio de la tormenta…
Lo que Él nos pide es que permanezcamos unidos a Él, para hacer todo lo posible para ayudar a la perseverancia o a la conversión de nuestros compañeros de lucha y de infortunio.
Cuando la soldadesca de Caifás y Pilato conducía a Nuestro Señor al Calvario, a la Cruz, a la muerte…, no les fue pedido a los Apóstoles ni a las Santas mujeres impedir un suplicio en ese momento inevitable, ni oponerse a la apostasía de un pueblo sumido en la anarquía…
Pero sí se le pidió a los fieles del rebañito no temer, conservar la fe, perseverar en la caridad, sostenerse mutuamente, confesar la misión divina del crucificado…
Debemos continuar nuestro pequeño servicio, por muy limitado que sea.
Santa Verónica no se encerró en su casa; ella se escurrió entre la multitud y los soldados, para enjugar el divino Rostro. Tal vez, este sea el único gesto que pueda llevar a cabo el cristiano en ciertos períodos de la historia…
¡Que lo realice, pues, cuando su vocación sea la de avanzar audazmente y dar testimonio!
Esta actitud, este estado de alma, es posible, si tenemos en cuenta que la historia dura propter electos; si la consideramos en relación a Jesucristo y a la eternidad, y no en primer lugar en relación a este mundo; si comprendemos que, incluso en la gran apostasía del fin de los tiempos, el Señor viene, y nada ni nadie puede impedirle que reúna a sus elegidos.
En efecto, ¿por qué la duración de los tiempos? ¿Por qué la sucesión de los siglos? ¿Por qué la continuación de la historia, de las pruebas y de las victorias de la Iglesia, de los esfuerzos de la cristiandad y de las traiciones cizañeras?
La respuesta es simple, pero tan profunda como difícil de digerir: en vista del perfeccionamiento del Cuerpo Místico, para el bien de los elegidos, propter electos.
A fin de que la Santa Iglesia alcance su perfección última por el número y el mérito de sus hijos; a fin de que los dones inagotables del Corazón de Jesús sean participados por los Santos hasta el día deseado en que, ante la fidelidad de la Iglesia, consumida en las tribulaciones del fin de los tiempos, el Señor haga cesar la historia, introduciendo a su Esposa en la Jerusalén celestial, encierre al demonio y a sus secuaces en el lago eterno de fuego y de azufre, en el lugar de la segunda muerte… el trigo recogedlo en mi granero…
Así lo enseña Nuestro Señor, al dar la explicación de la parábola: la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.
¡Sí!… El que tenga oídos, que oiga…
La finalidad suprema de la historia, aquella a la cual todo le está subordinado, no es temporal sino eterna: es la manifestación, por la Iglesia, de la gloria de Cristo y del poder de su Cruz en todos los Santos y en todos los espíritus bienaventurados.
Porque el Señor quiso darnos la luz acerca de los últimos días y de las circunstancias extraordinarias que los ponen aparte, no podemos prescindir ni posponer el considerarlas de frente.
Más allá del carácter incomprensible y temible de estos tiempos del ocaso definitivo, lo que debe conmovernos es su carácter común con los siglos que los han precedido hasta el Medioevo y con los que los han preparado desde el siglo XIV.
Estos últimos tiempos se injertar en la plenitud de los tiempos, como todos los demás siglos de la era cristiana desde la Encarnación.
El don que ha sido hecho al mundo por la Encarnación del Verbo no será retirado; el poder con el cual está revestido Cristo no será atenuado; el jinete del Apocalipsis que se lanzó como vencedor montando un corcel blanco seguirá recorriendo la tierra y reportando la victoria.
Es por un designio de amor que el Señor quiere que su Esposa, la Santa Iglesia, sea configurada a su Pasión, que pase, en cierta medida, por la experiencia de las tinieblas y de la agonía del Huerto de Getsemaní.
La Iglesia debe sentir, en su medida, el alcance misterioso de este sinite usque huc que Jesús pronunciara en su Santa Agonía.
Si el Señor quiso para su Esposa, al fin de los tiempos, una experiencia más profunda de la Agonía de Getsemaní, conforme al dejad haced hasta el fin, es también porque quiso darle pruebas todavía más profundas de la eficacia de su poder y de la intensidad de su caridad.
La Iglesia no deja de compartir la Pasión de su Esposo… ¡Ni tampoco de su victoria!
El día del regreso del Señor está cerca. Después de este día, el Diablo no tendrá más la manera de acechar el talón de las murallas de la Ciudad Santa para intentar seducir y corromper.
Cristo obtuvo la victoria por la Cruz, en unión con la Iglesia su Esposa, que es custodiada en oración junto a la Virgen Inmaculada.
En sus luchas, la Santa Iglesia no cesa de ser asistida por la Santísima Virgen, que desde el momento de su Inmaculada Concepción ha aplastado cabeza de la serpiente y por su Compasión ha obtenido la gracia de interceder universalmente por los hombres.
Y en la medida que el demonio, desde hace casi cuatro siglos, redobla su acción y su violencia, la Santísima Virgen nos da pruebas más vivas de su intercesión. Incluso por sus apariciones en Rue du Bac, Lourdes, Fátima… nos da pruebas milagrosas.
Además, estos mensajes se reducen a una sola cosa: reactualizar el mensaje inmutable del Evangelio en las luchas de nuestro tiempo.
Si en lugar de soñar con ilusionadas restauraciones o en quiméricos triunfos temporales de la Iglesia, escuchásemos con plena docilidad las solicitudes de la Virgen Santísima, seríamos mucho más fuertes para aplastar con Ella la cabeza de la serpiente.
Nosotros creemos y confiamos en que la Virgen Inmaculada, Reina de los Mártires, nos rodea con una ternura tanto más fuerte, tanto más atenta, cuanto más y más seamos hostigados por los enemigos.
La Virgen del Huerto y del Calvario, es la misma que la de las grandes visitas milagrosas sobre nuestra tierra miserable… Ella es la Virgen victoriosa de todas las batallas de Dios, como la llamara Pío XII.
Que estas reflexiones sobre la historia humana en presencia de Jesucristo, que es el Soberano Señor de ella, nos persuadan de que somos amados y custodiados por Dios.
Que, a través de todas las contingencias de la vida y las vicisitudes del mundo, nos sea dado el ser vencedores en Jesucristo por su Cruz, junto a su Santísima Madre.
El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre…

Padre: ¿Dónde dice o de donde sacó esto: «a punto de sofocar completamente al trigo…»?
Me parece que en el campo de la Iglesia habrá trigo hasta la cosecha última; eso sí mezclado con la cizaña… nunca será sofocado competamente… «las puertas del Infierno no prevalecerán»
Tu mismo lo escribis y preguntas? ! » A PUNTO DE….» quiere decir que casi pero NO!!
Creo que el que no quiere ver,no ve, y algunos quieren ver lo que se les ocurre…
Señor Ramón:
¿De dónde saca que yo haya escrito “el trigo será sofocado completamente”?
Yo no he escrito esto.
Incluso usted me pregunta: ¿Dónde dice o de dónde sacó esto: “a punto de sofocar completamente al trigo…”?
Convengamos en que “a punto de sofocar”, no es lo mismo que “será sofocado”.
Si en cinco renglones que tiene su comentario, usted mismo se pierde…, comprendo que no se encuentre en las siete largas páginas de mi sermón.
Por otra parte, sofocar tiene varios significados o acepciones:
1. Ahogar, impedir la respiración.
2. Apagar, oprimir, dominar, extinguir.
3. Acosar, importunar demasiado a alguien.
Le ruego que relea detenidamente lo que publiqué.
Allí encontrará estas frases:
“(…) Debemos meditar los datos que nos proporcionan la Sagrada Escritura y la Tradición; así como también las enseñanzas de la Teología respecto de la historia de la Iglesia, dejándonos esclarecer y fortalecer por esa viva luz.
Ahora bien, esta doctrina de la Revelación y de la Teología nos suministra datos claros y precisos.”
“(…) Si aceptamos esta realidad, si reconocemos el estado de hecho de la Iglesia, con esa mezcla de trigo y cizaña hasta el fin…”
“(…) Siempre la cizaña intentará sofocar y oprimir al trigo, aunque se organicen muchos Congresos Interreligiosos de Asís y muchas Jornadas Internacionales por la Paz…, menos aún si la estructura y disposición de estos es irreverente, sacrílega y blasfema…, simple y pura cizaña…
En cuanto a la Iglesia en sí misma, el Evangelio nos enseña que, lejos de encontrar un trigo de calidad superior, que iría mejorando de siglo en siglo, por el contrario, siempre se encontrará mezclada con el buen grano la cizaña, la cual, a medida que nos vayamos acercando del fin, crecerá en poder y malignidad, a punto de sofocar completamente al trigo…
Del mismo modo que el Evangelio, el Apocalipsis no nos descubre una domesticación progresiva de las famosas Bestias…”
“(…) Esto es lo que nos enseñan la Revelación y la Teología… lo que la simple experiencia y observación atenta de la realidad nos muestra…”
“(…) En efecto, ¿por qué la duración de los tiempos? ¿Por qué la sucesión de los siglos? ¿Por qué la continuación de la historia, de las pruebas y de las victorias de la Iglesia, de los esfuerzos de la cristiandad y de las traiciones cizañeras?
La respuesta es simple, pero tan profunda como difícil de digerir: en vista del perfeccionamiento del Cuerpo Místico, para el bien de los elegidos, propter electos.
A fin de que la Santa Iglesia alcance su perfección última por el número y el mérito de sus hijos; a fin de que los dones inagotables del Corazón de Jesús sean participados por los Santos hasta el día deseado en que, ante la fidelidad de la Iglesia, consumida en las tribulaciones del fin de los tiempos, el Señor haga cesar la historia, introduciendo a su Esposa en la Jerusalén celestial, encierre al demonio y a sus secuaces en el lago eterno de fuego y de azufre, en el lugar de la segunda muerte… el trigo recogedlo en mi granero…”
“(…) La Iglesia no deja de compartir la Pasión de su Esposo… ¡Ni tampoco de su victoria!
El día del regreso del Señor está cerca. Después de este día, el Diablo no tendrá más la manera de acechar el talón de las murallas de la Ciudad Santa para intentar seducir y corromper.
Cristo obtuvo la victoria por la Cruz, en unión con la Iglesia su Esposa, que es custodiada en oración junto a la Virgen Inmaculada.
En sus luchas, la Santa Iglesia no cesa de ser asistida por la Santísima Virgen, que desde el momento de su Inmaculada Concepción ha aplastado cabeza de la serpiente y por su Compasión ha obtenido la gracia de interceder universalmente por los hombres.”
Hasta aquí algunas citas de mi texto.
Tal vez sea útil transcribir algunos textos de la Sagrada Escritura:
San Lucas 18, 8: «Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?»
Apocalipsis 13, 7-9: «Se le concedió hacer la guerra a los santos y vencerlos; se le concedió poderío sobre toda raza, pueblo, lengua y nación. Y la adorarán todos los habitantes de la tierra cuyo nombre no está inscrito, desde la creación del mundo, en el libro de la vida del Cordero degollado. El que tenga oídos, oiga.»
Estos textos, si bien no permiten afirmar que “las puertas del Infierno prevalecerán”, sin embargo indican un estado crítico de la Iglesia.
Además, tenga en cuenta que la Iglesia consta de tres partes: Iglesia Triunfante, Iglesia Purgante, Iglesia Militante.
Hacia el fin de los tiempos, cuando esté por completarse el número de los elegidos, cuando la mayoría del buen trigo ya esté almacenado en los graneros de la Iglesia Triunfante o, al menos, en los de la Purgante, la Iglesia Militante contará con pocos granos.
Para terminar, en cuanto a los autores que fundamentan mi pensamiento, figuran, entre otros, el Cardenal Pie; los Padres Meinvielle, Castellani, Emmanuel, Calmel; el filósofo Pieper…
Confío en haber satisfecho su inquietud.
Con mis oraciones y mi bendición,
Padre Juan Carlos Ceriani
Felicitaciones Padre, por el Sermón y por la respuesta a Ramon!! Pobre, no entiende nada…
R. P. Ceriani
Una pregunta, que viene al caso.
¿Por qué dicen, las Sagradas Escrituras, que el trigo y la cizaña estarán mezclados, y también dicen que no es el tiempo de separar la cizaña del trigo sino hasta la ciega?
según he escuchado en el sermón, de este domingo pasado, San Agustín dice, que para bien de los malos porque al estar cerca del trigo podrán ser convertidos, y para bien de los buenos, porque al ser oprimidos por los malos, serán probados por su medio.
¿Entonces, como podemos estar divididos si el Evangelio dice que estaremos mezclados hasta el tiempo de la ciega.?
Cuál es la razón de que en este momento apocaliptico, debamos estar separados, si las Sagradas Escrituras dicen lo contrario? o me equivoco?
No pregunto por malicia, sino por que me importa su respuesta.
Apocalipsis?
Usted me pregunta:
¿Por qué dicen, las Sagradas Escrituras, que el trigo y la cizaña estarán mezclados, y también dicen que no es el tiempo de separar la cizaña del trigo sino hasta la siega?
Entonces, ¿cómo podemos estar divididos si el Evangelio dice que estaremos mezclados hasta el tiempo de la siega?
¿Cuál es la razón de que en este momento apocaliptico, debamos estar separados, si las Sagradas Escrituras dicen lo contrario?
Le respondo:
Primero: Aclaro que en ningún lugar de mi sermón yo expresé que el trigo y la cizaña han de ser separados antes de la siega.
Expresé todo lo contario; he aquí algunos ejemplos:
Si aceptamos esta realidad, si reconocemos el estado de hecho de la Iglesia, con esa mezcla de trigo y cizaña hasta el fin, estaremos inmunizados contra la ilusión que espera un tiempo en que la Iglesia no contará más con pecadores, al abrigo de los traidores, sin tener que cargar con la Cruz junto con su divino Esposo.
Siempre, de una u otra manera, la Iglesia y la Sociedad estarán inficionadas por los venenos diabólicos, la cizaña, a pesar de que la Iglesia, incansablemente, se esfuerce por contrarrestarlos, no cesando de inspirar su restauración en Cristo y por Cristo.
La lucha entre el demonio y la Ciudad Santa durará hasta la Parusía… No podemos soslayarlo ni olvidarlo…
Segundo: Aclarada la posible confusión, le hago notar que comencé el sermón diciendo:
Hace tres meses, el 7 de noviembre pasado, tuve que comentar este mismo Evangelio; y lo hice siguiendo a los Padres de la Iglesia.
Allí encuentra la respuesta a su pregunta. Veamos:
El padre de familia prohíbe se arranque la cizaña diciendo: No sea que arranquéis juntamente el trigo.
Con dos razones mueve a los discípulos a que se abstengan de tal cosa: la primera para que no vayan a dañar al trigo; la segunda, porque al fin los herejes, enfermos de enfermedad incurable, serán castigados.
De manera que si quieres castigarlos sin daño del trigo, espera el tiempo oportuno.
No es, pues, que vede reprimir a los herejes, cerrarles la boca, quitarles la libertad de hablar, combatir sus reuniones, rechazar sus componendas: lo que veda es matarlos.
Mientras están juntos el trigo y la cizaña, es necesario dejarla, pues puede suceder que se convierta en trigo. Pero cuando sin haberse aprovechado de nada, se aparten y sean separados, entonces les espera un inevitable castigo.
Donde manifiesta claramente, que cuando no hay ese peligro y hay completa seguridad de la permanencia de la simiente (esto es, cuando el crimen es tan conocido y detestado de todos, que no hay absolutamente nadie, o si hay alguno que se atreva a defenderlo, es tan poco notable que no puede dar lugar al cisma), no debe descuidarse la severidad de la disciplina, en la que es tanto más eficaz la corrección del mal cuanto más se respetan las leyes de la caridad.
Pero, cuando el mal ha gangrenado a la multitud, no queda más remedio que el sentir y gemir.
De ahí es que debe el hombre corregir con amor aquello que pueda, y lo que no pueda, sufrirlo con paciencia y gemir y llorar hasta que la corrección venga de lo alto, y esperar hasta la siega el arrancar la cizaña y el aventar la paja.
Cuando se puede levantar la voz en medio de un pueblo, debe hacerse la corrección de las desmoralizadas turbas con expresiones generales, principalmente si nos ofrece la ocasión y la oportunidad algún castigo del cielo enviado por Dios, de hacerles ver que son castigados cual merecen; porque las calamidades públicas vuelven dóciles los oídos de aquellos que escuchan las palabras del que los corrige y excitan más fácilmente a los corazones afligidos a confesarse gimiendo que a resistirse murmurando.
Y aunque no exista calamidad pública, se puede, siempre que se habla en público, corregir a la multitud en medio de la multitud. Porque así como se enfurece cuando se habla en particular, así también suele gemir cuando se la reprende en general.
Espero haber satisfecho su inquietud
R. P. Ceriani
En primer lugar le agradezco su respuesta.
Desgraciadamente quiza no supe expresar mi inquietud, pues esta deriva de que por mis quiza escasos conocimientos, entiendo que el campo donde se sembró la buena semilla es la Iglesia, donde el diablo al dormir los pastores sembró la cizaña, por lo que deduzco a lo mejor erróneamente, que dentro de la Iglesia es donde está esa mezcla de buen trigo con cizaña, y si nosotros nos separamos voluntariamente quedamos fuera del campo donde se hará la siega.
Sé que hemos sido advertidos por Nuestra Santísima Madre en La Salette de que Roma perdería la fe.
Igualmente en Fátima muchos dicen que el tercer secreto es que Satanás alcanzaría los más altos puestos de la jerarquía.
Por ello entiendo también que ese gemir es dentro del mismo campo (la Iglesia) es donde estaremos MEZCLADOS con la cizaña, que ahora nos sofoca hasta el cuasi exterminio, pero si estamos fuera del campo donde se hará la siega, por no querer ser sofocados o infectados por la cizaña, ¿estamos en lo correcto?.
Pero, cuando el mal ha gangrenado a la multitud, no queda más remedio que el sentir y gemir.
De ahí es que debe el hombre corregir con amor aquello que pueda, y lo que no pueda, sufrirlo con paciencia y gemir y llorar hasta que la corrección venga de lo alto, y esperar hasta la siega el arrancar la cizaña y el aventar la paja.
Ahora bien, si yo estoy en el mismo campo, (la Iglesia), donde se ha distorciona la fe, se cambia la liturgia al gusto del sacerdote en turno, se les dan palmaditas en la espalda como reprimenda a los pseudo teólogos y malos pastores que propagan sus errores, y se excomulga a los que defienden la fe, y a los que no pueden excomulgarlos se los condena al ostrasismo y al silencio, pero donde todavía queda un resquicio por donde contagiar con la VERDAD a los que han sido envenenados o ahogados por la cizaña, estoy por así decirlo participando por mi sola presencia (aunque mucho gima y mucho llore) en sus traiciones, y debo salirme de ahí para no ser contaminada?
O debo asumir el ser mezclada y por lo mismo soslayada por mis hoy «enemigos» que quizá puedan convertirse en defensores de la Verdad una vez conociendo esta lucha de la que muchos ni siquiera se han dado cuenta.
Esta es una traición a Cristo?
o una quimera?