Doble virtualidad – Por Mons Richard Williamson

Monseñor Williamson,

Comentario Eleison Nº 101,

13 de Junio de 2009

Doble virtualidad

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La mayoría —si no todos— de ustedes saben que en las primeras horas del 1º de Junio un avión de Air France con 228 almas a bordo cayó del cielo en su camino de Río de Janeiro a París, y se estrelló en el Océano Atlántico. ¿Un acontecimiento extraordinario? ¿O lo extraordinario no es que no todos esos monstruos de 100 a 150 toneladas caigan del cielo? ¿La tecnología humana no ha sido virtualmente dominada, en realidad?

La tecnología de estos Leviatanes aéreos es, en efecto, algo que maravilla. Cada día, en la actualidad, miles de ellos en todo el mundo desafían la gravedad ascendiendo a seis millas de altura, y cientos de pasajeros al mismo tiempo se encuentran volando sobre cadenas montañosas, a través de grandes océanos, de continente a continente; generalmente con total seguridad. Los accidentes siempre ocupan los titulares en los medios de comunicación, pero son muy raros en comparación con el número total de vuelos que los pasajeros pueden recelar —pero nunca creer— que caerán.

Así, con confianza entran las personas en el vientre de esos monstruos en el aeropuerto de partida, despegando de la tierra y pasando del ambiente real al mundo virtual de los sonidos serenos, las comidas chatarra y —la virtualidad dentro de la virtualidad— el “entretenimiento en vuelo”, cada vez mayor y mejor; hasta eligiendo su propia película en su butaca individual. Envuelto en este acogedor capullo de tecnología omnímoda, uno tiene, normalmente, sólo algún estremecimiento ocasional de vuelo, o un cabeceo de los motores, para recordarle que existe afuera, a sólo unos pocos pies de altura, una realidad potencialmente mortal, y no siempre perfectamente dominada…

¿… Como deben haber sido los últimos momentos en el interior de la cabina del Air France 447? ¡Es horrible imaginarlo! Once días más tarde la causa exacta del accidente aún no se conoce. ¿Se bloquearon los sensores de velocidad, confundiendo a las computadoras (piloto automático), causando cambios erráticos de la velocidad, muy peligrosos cuando se vuela en medio de una turbulencia? Afortunadamente para los pasajeros y la tripulación, cuando el avión se partió  en lo alto, la despresurización instantánea les privó de la conciencia durante algunos minutos, en tanto caían a través de la oscuridad a una muerte segura en el momento del impacto con el agua, ¡que se comporta en las circunstancias como hormigón!

¿O fueron desafortunados todos ellos? De las 228 almas en el AF 447, ¿cuántas habrán tenido la necesidad de hacer un acto de contrición perfecta antes de perder la conciencia? De éstas, ¿cuántas habrán tenido la fe necesaria, y la presencia de ánimo no abrumada por el pánico y el terror, para hacerlo? En resumen, ¿cuántos habrán estado en disposición de salvar sus almas? En lo concerniente al momento de la muerte, nuestro Señor nos dice a todos nosotros, “Velad, pues, porque no sabéis cuándo volverá el Señor de la casa… no sea que volviendo de improviso, os encuentre dormidos” (Mc. XIII, 35). Y en lo relativo a lo aparentemente azaroso de los accidentes, nos dice: “Os digo que… todos pereceréis igualmente si no hacéis penitencia” (Lc, XIII, 5). La penitencia suficiente en la actualidad es vivir por nuestra fe. ¿Resulta esto aún demasiado? Mucho menos que ser alcanzado por un AF 447. Kyrie eleison.

Un comentario sobre "Doble virtualidad – Por Mons Richard Williamson"

  1. Vivimos la era de la locura de los vuelos. Cualquier persona, hoy, cruza el océano y los cielos estan llenos de estos inconcebibles pájaros. Los aviones van llenos y para nada. Todos los estados sostienen a las empresas porque todas son deficitarias, y lo serán siempre, porque los costos son imposibles de trasladar al costo del pasaje. Siempre fue así. Todos pagamos estos vuelos con los impuestos. Los retiramos de la obra caritativa y útil, para que en la mayoría de los casos una familia se traslade de un país a otro, para hacer las mismas cosas, tomar las mismas bebidas y comprar la misma ropa, en suma, un traslado que nada aprovecha. Yo me acuerdo de Jesús, que fue hasta donde pudo ir caminando. Y no hizo falta más.

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