SERMÓN DE LA SOLEDAD DE MARÍA SANTÍSIMA
En los misterios de la Pasión de Jesucristo debemos considerar también los dolores y pesares de la Virgen Nuestra Señora.
Y esto por dos causas: para compadecernos de Ella, por lo mucho que padeció; y para compadecernos de lo mucho que por esta causa padeció su Hijo, sintiendo lo que padecía su dolorosa Madre.
Y porque nuestros pecados son causa de sus aflicciones, justo es sentirlas y alentarnos también a imitar las excelentes virtudes que practicó en ellas.
Ahora bien, la grandeza de estos dolores se ha de sacar de dos raíces principales:
– la primera, el gran amor que tenía a Cristo Nuestro Señor.
– la segunda, el vivo conocimiento que tenía de los sufrimientos de su Hijo.
La primera raíz fue, pues, el gran amor que tenía a Cristo Nuestro Señor; porque la medida del amor establece la del dolor que se siente por los males que padece el amado… A mayor amor, mayor dolor…
Ahora bien, este amor y dolor fueron vehementísimos en la Virgen Santísima, por muchos títulos.
a) El primero, porque Cristo Nuestro Señor era su Hijo natural, a quien amaba con amor más tierno y puro que todas las madres y padres del mundo amaron y aman a sus hijos, por cuanto Ella sola fue madre sin padre, en quien se recogió todo el amor de padre y madre; y como la concepción de este Hijo fue singular, por obra del Espíritu Santo, que es amor, así el amor fue singular, y, por consiguiente, fue sin igual el dolor que padeció en su pasión y muerte.
b) Con esto se juntaba que este Hijo era primogénito y único, cuya vida suele ser más amada y su muerte más sentida.
c) En tercer lugar, creció más el amor de la Virgen por su Hijo por la gran semejanza que tenían los dos. Y la semejanza es causa del amor, como dice el Eclesiástico.
Pues como la Virgen y su Hijo fuesen muy semejantes tanto en la complexión y condición, como en las costumbres y virtudes, eran como una cosa en todo, y el dolor que traspasaba el Corazón del Hijo, penetraba también el Corazón de la madre.
d) El cuarto título de amarle fue la grandeza de santidad y sabiduría de su Hijo; porque la caridad, cuando está bien ordenada, ama más a los mejores (que están más cercanos a Dios); y, si con esto se junta que están más cercanos a nosotros por la sangre, crece mucho el amor, uniéndose gracia y naturaleza para su perfección.
e) El quinto título de amarle fue porque, siendo Hijo suyo, era también Hijo de Dios vivo, y Dios infinito, dignísimo de ser amado con infinito amor, por su infinita bondad y hermosura.
Y como la Virgen, con gran luz conocía esta infinita excelencia de su Hijo, le amaba con todo su corazón, mente, espíritu y fuerzas.
f) Finalmente, el Espíritu Santo había derramado en su Corazón la caridad de Dios, uniéndola consigo por el amor unitivo, de modo que fuese un espíritu con Dios y con su Hijo; de donde procedía tener por propias todas sus adversidades, y dolerse de los trabajos del Hijo mucho más que si fueran suyos, porque le amaba más que a sí.
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Con la grandeza de este amor se juntaba la segunda raíz del dolor, que fue el vivo conocimiento que tenía de los padecimientos de su Hijo, con todas las circunstancias; porque había leído las divinas Escrituras que los profetizaban; y de todo formaba representación tan viva, que se transformaba en la imagen de lo que el Hijo padecía.
Este fue el cuchillo de dos filos, aguzado con conocimiento y amor, que traspasó, como anunció el anciano Simeón, no el cuerpo, sino el alma de esta Virgen Purísima.
Y de esta manera también bebió el cáliz de la Pasión, que Cristo ofreció a los hijos del Zebedeo; y fue bautizada con el bautismo de penas y sumergida en el mar amargo de las tribulaciones.
De estas consideraciones hemos de sacar que la mejor disposición para sentir los dolores de la Pasión de Cristo Nuestro Señor es el amor para con Él y para con su Santísima Madre.
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Consideremos ahora las heroicas virtudes que la Virgen Nuestra Señora ejercitó en esta Pasión.
Las principales fueron cuatro, en que se encierran otras muchas.
La primera fue altísima conformidad con la divina voluntad, negando la suya natural para acomodarla con la de Dios Padre, diciéndole como su Hijo: No se haga según mi voluntad, sino la tuya.
La segunda fue profundísima humildad, no huyendo los desprecios, sino acometiéndolos y abrazándolos, gustando de manifestarse por Madre del que tantos desprecios padecía, y tomando la mucha parte que le cabía en ellos.
Y con esta humildad asistía a la cruz de su Hijo, haciéndose cargo de su Pasión y muerte; porque, aunque Ella no tuvo pecados por los cuales muriese Cristo, sin embargo, murió para preservarla de ellos.
La tercera fue gran fortaleza y magnanimidad, con gran paciencia, acercándose a la Cruz de su Hijo; y estando en pie junto a ella, sin que pudiesen desviarla de su presencia ni la crueldad de los perseguidores, ni la terribilidad de los dolores que por esta causa padecía, deseando se le ofreciese ocasión de padecer y morir por quien tanto padecía por Ella.
La cuarta fue encendida caridad por los hombres, y por los mismos enemigos de su Hijo; sin que sus blasfemias y crueldades la moviesen a indignación, sino antes a compasión, doliéndose de los pecados que hacían y de los daños en que incurrían, rogando a Dios por ellos y excusándolos al modo que lo hizo su mismo Hijo.
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Habiendo terminado los judíos de torturar a Jesucristo con tantos tormentos y reproches, se le ofreció un nuevo dolor, más cruel que todos los demás; fue la visión de su Santísima Madre, primero en la Vía Dolorosa y luego de pie, frente a la Cruz.
Oída la triste noticia de la condenación de su Hijo a muerte de cruz, la Virgen santísima salió con San Juan y con la Magdalena y las otras devotas mujeres en su búsqueda, siguiéndole con excesivo dolor por el rastro de la sangre que iba derramando por el camino.
En un recodo, Cristo Nuestro Señor levantó los ojos para ver a su Madre; y la Madre levantó los suyos para ver al Hijo; y encontrándose los ojos de los dos se penetraron los Corazones, y cada uno quedó traspasado de dolor con la vista del otro…
¡Oh qué cuchillo de dos filos tan agudo penetró el alma de la Virgen cuando vio a su Hijo amado con aquella corona de espinas que su madrastra la sinagoga le había puesto!
Y cuando vio su Divino Rostro tan desfigurado, su cuerpo tan encorvado con la carga de aquel pesado madero, en medio de dos ladrones y rodeado de innumerables sayones que por todas partes la atormentaban.
Si las hijas de Jerusalén lloraron y sintieron las penas de Cristo, no teniéndolo más que por Santo…, ¿cómo no lloraría y sentiría el dolor la que le tiene por su Hijo y por su Dios?
Alzó luego los ojos del alma al Eterno Padre, y le vio en espíritu, que estaba allí con el cuchillo y con el fuego, como Abraham dispuesto a sacrificar a Isaac, pero en este caso para sacrificar a su Hijo… Y con grandes gemidos de corazón le diría:
¡Oh fuego del Amor divino!, que nunca dices basta; di esta vez es suficiente, pues sobra lo que mi Hijo ha padecido para que el mundo quede redimido y remediado…
¡Oh cuchillo de la divina Justicia!, entra en tu vaina, pues excede ya la sangre que has derramado por paga de las injurias que te han hecho…
¡Oh Padre eterno!, cese el rigor de vuestra justicia contra vuestro Hijo y mío, pues es más que suficiente lo que ha pagado para que quede satisfecha…; o, si no es posible, dirige también el cuchillo contra mí para que yo muera juntamente con Él por los pecadores… Porque vivir sin Él es para mi muerte, y morir con Él será vida… Pero no se haga mi voluntad, sino la vuestra…
¡Oh Padre de misericordia!, pues por vuestra orden Abraham fue a ofrecer el sacrificio de su hijo Isaac sin que su madre lo supiese, ¿por qué queréis que vuestro Hijo sea sacrificado sabiéndolo su madre y asistiendo ella al sacrificio?
Nuevo tormento es este del Hijo y de la Madre, pues, ¿por qué queréis que crezcan los tormentos del uno con la presencia de la otra? Mas ya lo sé, Señor…, vuestra costumbre es atormentar mucho a los que mucho amáis, para que crezcan mucho en vuestro amor o descubran el que os tienen, estimando en más vuestra voluntad que la suya, y ofreciéndose a morir por dar vida a los que aman…
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Si no se comprende lo que sufre María Dolorosa al ver a su Hijo hecho una llaga viva y crucificado, no es posible comprender lo que sufre Jesús cuando ve a la Dolorosa al pie de su Cruz.
María ama a Jesús más de lo que todas las madres pueden amar; Ella sufre en su alma todo lo que Él sufre en su cuerpo, y, además, por la unión de sus Corazones, todo lo que Él sufre en el suyo, y viceversa.
Por eso, penetrando los inmensos dolores de su Madre, la mirada de Jesús lleva a su Sagrado Corazón un dolor mayor.
Sus miradas se encuentran nuevamente en el Calvario…
Aquí, detengámonos… Compartamos sus miradas; observemos al Hijo…; luego contemplemos a la Madre…
¡Qué doloroso debió ser para Ella ver a Jesús, fruto bendito de su vientre, en tanto dolor! ¡Qué doloroso debió ser para Jesús ver a su amada, su Inmaculada Madre, en tanto sufrimiento!
Jesús se convierte en la cruz y el dolor de María; María es la cruz y el dolor de Jesús…
Aquí no busquemos sólo motivos de ternura, sino preguntémonos cuál es la causa de los sufrimientos de este Hijo y de esta Madre.
La razón son nuestros pecados; pues causaron la Pasión de Jesús, causaron también la Compasión de su Madre.
Nuestra fe nos obliga a confesarlo: todas las heridas del Cuerpo de Jesús, y todas las heridas del alma de María, se abrieron por nuestra culpa…
La Santísima Virgen ofreció sus dolores al Padre Eterno, pidiéndole que hiciera eficaces para nosotros los de su Hijo.
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Una particularidad de sus dolores fue la tercera palabra que Cristo Nuestro Señor habló en la Cruz con Ella y con San Juan.
Quiso la Madre hallarse presente a la Pasión de su Hijo, y se puso en pie cerca de la Cruz, con gran constancia y fortaleza, acercándose todo lo más que le fue permitido. Y todo cuanto el Hijo padecía corporalmente, lo padecía la Madre espiritual, pero terriblemente.
Si bien Jesucristo se manifiesta hombre por su ternura filial hacia su Madre, se muestra superior a la humanidad por la admirable tranquilidad que mantiene en lo más alto de su sufrimiento. ¡Con qué serenidad hace su testamento en la Cruz!
Después de legar a sus enemigos el fervor de sus oraciones, y al buen ladrón el Paraíso, lega a María Santísima a su amado Apóstol San Juan como hijo, y al discípulo cede a su amada Madre como Madre.
Jesucristo divide cuidadosamente los deberes de piedad entre su Madre y su discípulo. Encomienda San Juan a María, para que lo considere su hijo; luego recomienda María a San Juan, para que la considere su Madre…
Ponderemos primero la caridad de Cristo Nuestro Señor, que, en medio de tantos dolores y desprecios, atiende a las obras de piedad y de misericordia, así como a las obligaciones familiares, como si no estuviera padeciendo.
Ruega por sus enemigos como Sumo Sacerdote, promete el Paraíso como Redentor, mira por su Madre como Hijo, y por su discípulo como Maestro; enseñándonos con este ejemplo que no hemos de faltar a nuestras obligaciones por vernos rodeados de trabajos.
Mujer, he ahí a tu hijo… Como quien dice: No me olvido de ti, ni de la obligación que te tengo como hijo; mas pues yo me aparto de este mundo, en mi lugar te dejo a Juan por hijo, para que haga contigo oficio de hijo, sirviéndote y haciendo lo que yo había de hacer con tal Madre.
Esta palabra causó gran sentimiento en el Corazón de la Virgen, así porque entendió que su Hijo se despedía de Ella para morir, como porque consideró el cambio tan desigual que era mudar al Hijo de Dios vivo por el hijo de un pobre pescador, y al Maestro del Cielo por el discípulo de la tierra.
Pero más adelante pasó la caridad de este Señor para con nosotros en estas palabras, y más ahondó la inteligencia de su Madre en ellas; porque no solamente le dio por hijo a Juan, sino en él a todos los demás discípulos que tenía y tendría hasta el fin del mundo, por todos los cuales dijo: Mujer, he ahí a tu hijo; toma por hijo a mi discípulo y a todos los que fueren discípulos míos, porque mi voluntad es que tú seas su Madre y ellos tus hijos, y que mires por ellos como por hijos tuyos, procurando su bien con toda solicitud.
Después dijo al discípulo: He ahí a tu Madre.
Las palabras de Cristo Nuestro Señor son eficaces para hacer lo que dicen, y en la forma que Él quiere hacerlo.
Con esta palabra imprimió en la Virgen el espíritu de Madre para con San Juan y para con los demás discípulos; y en San Juan imprimió el espíritu de hijo para con su Madre; y el mismo espíritu comunica a todos los que son perfectos discípulos suyos.
María se consuela al ver el cuidado que Jesús crucificado le brinda; pero, al mismo tiempo, ¡cuánto dolor le causa este intercambio de un Dios por un hombre, de un Maestro por un discípulo!
De igual manera, es un gran honor para San Juan recibir a la Madre de su Dios como Madre y Maestra; pero ¡cuánto dolor le causa perder tal Padre y Maestro!
¡Oh dulce amargura! ¡Oh amarga dulzura!
Tengamos en cuenta que, por el mismo hecho de que María fue dada como Madre a San Juan, también nos fue dada a nosotros en la misma capacidad, pues fuimos representados en la persona de este Apóstol; y así como San Juan fue dado como hijo a María, también nosotros nos convertimos en hijos de esta Santa Madre. Nuestra verdadera Madre es María; Ella nos dio a luz espiritualmente al pie de la Cruz… Sufrió en el Calvario los dolores del parto, de los que había estado exenta en Belén.
¡Qué maravilla que una Virgen, siendo virgen, se convirtiera en Madre, y de tantos hijos, en un solo parto! ¡Y qué alegría para nosotros tener como Madre a la Madre de nuestro Dios!
La crueldad e hipocresía de los judíos los llevó a rogar a Pilato mandase quebrar las piernas de los crucificados y quitar sus cuerpos de la cruz, porque no estuviesen en ella el día siguiente, que era sábado y fiesta muy solemne.
Se destaca la maldad de estos príncipes de los sacerdotes, los cuales, con título de fingida religión, encubrieron su crueldad y envidia; porque pretendieron se quebrantasen las piernas a Cristo Nuestro Señor para darle este nuevo tormento, si estuviese vivo, o, a lo menos, para que pasase por esta nueva injuria, si estaba muerto.
Y desearon se le retirase de la cruz, porque vieron que la gente se compungía de verle y le confesaba por justo y por Hijo de Dios queriendo quitársele de los ojos para oscurecer su gloria.
En cumplimiento de esta petición, por orden de Pilato vinieron los soldados y quebraron las piernas del uno y del otro que estaban crucificados con Jesús, y como vieron que Éste estaba muerto, no le quebraron las piernas.
Vemos cómo los planes de los hombres nunca pueden prevalecer contra los de Dios, el cual no quiso que se quebrasen las piernas de Cristo Nuestro Señor, en cumplimiento de la Escritura, que dijo del Cordero Pascual, que le representaba: No le quebraréis hueso alguno.
Esto fue para significar que los tormentos de su Pasión, aunque fuesen terribles, no quebrantarían su fortaleza y paciencia, ni menoscabarían su caridad ni las virtudes sólidas, significadas por los huesos, sino que siempre se conservarían enteras y perfectas, por más que los demonios y sus enemigos pretendiesen quebrantarlas.
Dios Padre, que libra a los justos de muchas tribulaciones y guarda sus huesos sin que se quiebre ninguno, conservó intacta en Nuestra Señora la fortaleza en los trabajos y guardó las virtudes interiores de su alma.
Pero uno de los soldados, al verlo ya muerto, abrió con una lanza su costado.
Aunque el Cuerpo de Nuestro Señor, por estar muerto, no sintió dolor, lo sintió grandísimo el Alma de la Virgen su Madre, la cual, por la grandeza de su amor, más estaba en el Cuerpo de su Hijo que en el suyo.
¡Oh Virgen soberana!, con cuánta verdad pudisteis decir entonces lo que dijo el Apóstol: Cumplo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia…
Faltó a esta lanzada de Cristo el dolor, porque Él no la sintió; pero Vos, Virgen purísima, suplisteis esta falta, padeciendo y sintiendo el dolor que Él había de sentir, ofreciéndole al Eterno Padre por el cuerpo místico de vuestro Hijo, que es su Iglesia.
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La Santísima Virgen Madre temía que los príncipes judíos envíen más soldados para bajar de la Cruz a su amado Hijo y someterlo a nuevos ultrajes.
Pero la Providencia Divina tuvo cuidado del Cuerpo del Señor.
Estaba el Cuerpo de Cristo Nuestro Señor colgado en la cruz con gran infamia de sus conocidos.
Su Madre Santísima y el discípulo Juan, con la Magdalena, estaban cerca, muy afligidos por su muerte, y acongojados por no saber cómo podían bajarle de la cruz con la decencia que tan precioso Cuerpo merecía, temiendo que, si los soldados le bajaban, sería con grande ignominia y desconsideración.
Pero en medio de esta congoja no faltó la Divina Providencia, mirando por la honra del Hijo difunto y de la afligida Madre, proveyendo quien le bajase de la Cruz con gran reverencia y honra; porque es propio de Nuestro Padre celestial consolar a los afligidos y honrar a los humillados; y así, quiso que, como las deshonras de su Hijo durasen hasta la muerte en la Cruz, luego desde la misma Cruz comenzasen sus honras; para que nos animemos a padecer humillaciones, pues tan presto acude Dios con las exaltaciones.
Dios Padre inspiró a un varón llamado José que se encargase de este oficio; era rico y noble, pero juntamente era bueno y justo, deseoso del reino de Dios. No quiso Nuestro Señor servirse de hombre malo, vicioso y de poca caridad, pero tampoco haría caso de su naturaleza y riquezas, si no las acompañara con bondad y justicia.
Este, con haber sido discípulo oculto de Cristo Nuestro Señor, amilanado por temor de los judíos, entonces con grande ánimo se manifestó, y tuvo atrevimiento para entrar a Pilato y pedirle el Cuerpo de su Maestro para darle sepultura.
Siendo ya tarde, vino, pues, José de Arimatea, varón bueno y justo y discípulo de Jesús, aunque oculto por miedo de los judíos, el cual, con gran osadía y ánimo, fue a Pilato y le pidió el Cuerpo del Señor; y Pilato, sabiendo que ya era muerto, mandó que se lo diesen.
En lo cual resplandece la virtud de la Pasión de Cristo y la eficacia de la divina inspiración, que destierra del alma toda cobardía, y cobra atrevimiento para las cosas de las que antes huía.
Consideremos la humildad y obediencia que quiso mostrar Cristo Nuestro Señor después de muerto en pasar por las leyes de los malhechores y crucificados, los cuales no podían ser bajados de la cruz sin licencia de los jueces; porque como subió a la Cruz por obediencia de su Padre celestial, así después de muerto quiso bajar de ella por obediencia de la ley que lo mandaba y del pretor que lo concedió.
Teniendo licencia, compró José una sábana limpia, y vino también con él otro hombre llamado Nicodemo, trayendo consigo una mixtura o ungüento de mirra y áloe, como cien libras, para ungir el Cuerpo de Jesús.
¡Qué felicidad debieron sentir en este privilegio de sostener al Salvador del mundo en sus brazos!
Estos dos varones bajaron el Cuerpo de Cristo Nuestro Señor de la Cruz con gran reverencia y devoción, mezclada con gran compasión y lágrimas.
Desclavaron los sagrados pies y manos, besándoselos con gran ternura; le quitaron la corona de espinas de la cabeza, adorándola con grande reverencia, y cuando le desclavaron, se abrazaron con el sagrado Cuerpo para sustentar al que antes sustentaban los clavos, cuya divina Persona sustenta con su sola palabra Cielos y tierra y todo cuanto está dentro de ellos.
Apenas bajado el Cuerpo de la Cruz, lo recibió la Virgen en los brazos, y lo abrazó con ellos, y mucho más con los de su alma, toda traspasada de dolor.
¡Oh Virgen soberana, qué diferente abrazo es éste de los que le dabas en el portal de Belén y cuando caminabas a Egipto!
Miraba esta Virgen todo el Cuerpo de su Hijo en cada uno de sus miembros…, atormentados.
Contemplaba los huesos desencajados, besando las llagas de las manos y enderezando los dedos encogidos.
Luego miraba las llagas del costado y de los pies, quedando su espíritu herido con la vista de tantas llagas y aturdido con tantas amarguras.
Sentada, al pie de la Cruz, María Dolorosa sostiene el cuerpo de su Hijo muerto, tendido sobre sus rodillas.
Aquí, por muchos esfuerzos que hagamos, resulta imposible comprender la inmensidad de su dolor; sólo podemos decir que es lo que puede ser en tal Madre y en la Madre de tal Hijo.
Así como María supera a todas las criaturas en gracia, santidad y mérito, así también es superior a ellas en su inmensa Pasión. Cualquiera que pudiera penetrar en su Corazón vería allí, como en un espejo, todas las llagas de Jesús y, además, una imagen perfecta de su muerte.
Consideremos a esta Madre afligidísima: un dardo de amor y de dolor atraviesa su Corazón virginal.
Ella contempla y baña con sus lágrimas la cabeza, las manos, los pies, el costado y los miembros desgarrados de su Hijo amado; aprieta sus labios contra su frente, contra sus mejillas; limpia la suciedad y la saliva con un paño; lo estrecha amorosamente contra su pecho; su dolor y su compasión se exhalan en gemidos.
Su único consuelo es saber que su Hijo murió por nuestra salvación; su dolor se convertirá en alegría cuando seamos verdaderamente salvados.
¿Qué haremos? María no espera de nosotros hermosas palabras de condolencia, sino obras dignas de la vida eterna.
¿Qué le responderemos?
¿Necesitamos la ayuda de la gracia? Recurramos a esta Madre; Ella nos concederá, no sólo la gracia, sino también al Autor de la gracia, que es su Hijo.
¡Cuánto debemos a la caridad y bondad de esta Virgen amabilísima y bondadosa! Cuando vemos a Jesús en sus brazos, nos parece ver al Rey de la gloria en el trono que le ha sido preparado, el trono de la misericordia… ¡Qué fuente de esperanza!
Que nuestra alma dirija otra mirada a Jesús, muerto y tendido sobre las rodillas de su dolorida Madre.
Habiendo comprendido plenamente la enormidad del pecado mortal, cuyo horror sólo podría ser cubierto por la muerte de un Dios; habiendo apreciado el precio de nuestra alma, cuya salvación cuesta la vida de un Dios, consideremos más a fondo esto: Jesucristo quiso morir para librarnos de las penas del infierno y merecer para nosotros la gloria del paraíso.
Después que la Virgen Santísima hubo tenido un rato el Cuerpo de su Hijo en su regazo, lo dio a José y Nicodemo para que hiciesen su ministerio, quedándose Ella con la corona de espinas y con los clavos, como con prendas y joyas muy preciosas.
Estos santos varones tomaron el santo Cuerpo y lo ungieron con la mirra. Hecha esta unción, lo envolvieron en la sabana limpia, y la sagrada Cabeza en un sudario, atándole como era costumbre.
¡Oh Virgen sacratísima, qué dolor sentiría vuestro Corazón viendo cubierto el rostro sagrado de tu Jesús!
¡Oh rostro más puro que el sol! ¿Quién te ha cubierto con la nube de esta mortaja? ¡Oh Adán celestial! ¿Quién te ha revestido?
Tu caridad ha hecho esto para librar de la muerte al Adán terreno, y para quitar del medio la nube de nuestros pecados, que nos impide ver tu divino rostro.
Amortajado el Cuerpo, es de creer que le pondrían en unas andas, como era costumbre llevar a enterrar los difuntos; y toda aquella compañía de devotas mujeres iría llorando con la Madre del difunto, que lloraba como la viuda de Naín a su hijo único, que había muerto en la flor de su edad.
¡Oh Dios infinito! ¿Cómo no sales al encuentro a esta desconsolada viuda y le dices: No quieras llorar? ¿Cómo no tocáis esas andas en que va el Cuerpo de este glorioso mancebo, Hijo único suyo y vuestro, y le dices: Mancebo, a Ti lo digo, levántate, volviéndolo a su Madre, que tan sola queda sin Él?
Mas no es llegado este tiempo, porque primero ha de entrar Jonás en el vientre de la ballena, y ha de estar este Hijo del hombre tres días en el corazón de la tierra para salir después vivo de ella.
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Acabado todo el oficio de la sepultura, la Virgen Nuestra Señora, llena de nuevo dolor por verse del todo sola y privada, no sólo del Hijo vivo, sino de su Cuerpo muerto, determinó volverse a su posada, acompañándola aquellos nobles varones, con la Magdalena y las otras devotas mujeres; y al tiempo que llegaron al monte Calvario, viendo la Virgen la Cruz de su Hijo, la adoró, siendo Ella la primera que nos dio ejemplo de esta adoración.
¡Oh, qué palabras tan tiernas y devotas le diría! Hincaría en tierra sus rodillas, y levantadas las manos en alto, comenzaría a decir:
“Dios te salve, ¡oh Cruz preciosa!, en cuyos brazos murió el que yo llevé siendo niño en los míos; mayor ventura fue la tuya en esto que la mía, pues en mis brazos comenzó la redención del mundo y en los tuyos la acabó y perfeccionó.
Bendita eres entre todas las criaturas, porque en ti se trocó la maldición de la culpa en la bendición de la gracia, por el que murió en ti para dar vida al mundo.
Dios te salve, ¡oh árbol de la vida!, por cuyo fruto todos los mortales pueden alcanzar la vida eterna.
Yo te adoro como a imagen del que es imagen invisible de Dios y tendió sus brazos y pies en ti para renovar la imagen que Adán borró por su pecado”.
Con éstas u otras palabras adoraría la Virgen Dolorosa la Santa Cruz… Y los demás que iban con Ella, a su imitación, harían lo mismo.
Por el camino iría esta Señora con gran cuidado de no pisar la Sangre de su Hijo, la cual creía firmemente ser Sangre de Dios, unida con su divinidad, y se dolería grandemente de los que la pisaban, llorando los pecados de aquellos que, como dice San Pablo, agravian al Hijo de Dios y profanan la Sangre de su Nuevo Testamento.
Llegando a la posada, con gran humildad agradeció a los dos varones, José y Nicodemo, el oficio de caridad que habían hecho con su Hijo, y se despidió de ellos, y quizá les diría lo que dijo David a los moradores de Galaad cuando enterraron a Saúl: Benditos seáis de Dios, que hicisteis tal misericordia con vuestro señor y le disteis sepultura, Dios os lo premiará usando con vosotros de misericordia; y yo también, de mi parte, os quedo agradecida por el bien que le habéis hecho.
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Entrando la Virgen en su posada, y recogida en algún rincón, comenzó a llorar en soledad y desamparo.
Tenía su alma dividida en muchas partes, en donde estaba el tesoro de su Corazón.
Una parte estaba en el sepulcro, con el Cuerpo de su Hijo, meditando y rumiando los dolores que había padecido en su Pasión.
Otra parte la tenía en el Limbo, con el Alma del mismo Hijo, contemplando lo que haría con los Padres que allí estaban.
Pero mucho más, por entonces, se le iba el Corazón a los dolores, discurriendo por su memoria y llorando las causas de ellos, suplicando al Padre Eterno aplicase su fruto a muchos para gloria del que los padeció.
Otro rato de la noche lo gastó en conversar, con la compañía que allí tenía, de los trabajos de Cristo. Especialmente el Evangelista San Juan le contó las cosas que había hecho y enseñado su Maestro en el Cenáculo, cómo había cenado con ellos el cordero y lavado los pies e instituido el Santísimo Sacramento de su Cuerpo y Sangre, impartido un divino sermón, y avisándoles de lo que les había de suceder; y cómo se habían ido al huerto de Getsemaní, y las palabras de tristeza que les había dicho, y cómo se retiró a la oración por tres veces…
Y, finalmente, cómo vino Judas con un ejército de soldados a prenderle; los milagros que allí hizo y cómo todos sus discípulos huyeron y le desampararon.
Todo esto oía la Virgen con gran devoción, y conservaba todas estas cosas, confiriéndolas dentro de su Corazón…
Pero cuando volvió a contemplar los sufrimientos que Ella misma había visto, toda se resolvía en lágrimas, gastando en esto todo lo restante de la noche.
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Consideremos cómo en este tiempo aquel buen Pastor, que había dado la vida por sus ovejas, aunque bajó al Limbo para dar consuelo y libertad a las que estaban recogidas en aquel aprisco, no se olvidó de las que andaban descarriadas en la tierra como ovejas sin pastor, y con la virtud de su omnipotencia, desde el Limbo les inspiró a que se recogiesen, adonde estaba su Madre, para que Ella en su lugar las consolase y esforzase.
El primero que vino fue Pedro, todo lloroso y lastimado por las tres veces que había negado a su Maestro; y postrándose delante de la Virgen y de su condiscípulo Juan, renovaría sus amargas lágrimas por muchas causas: por sus negaciones, por los trabajos de su Maestro y por el desconsuelo de la Madre y de los demás que allí lloraban.
Pero la Virgen le consoló blandamente, como quien sabía bien la condición de Dios, que es consolar a los que lloran.
Luego fueron viniendo los demás Apóstoles, y a todos recibió la Virgen con grande caridad, como recoge la gallina debajo de sus alas a sus polluelos cuando vienen huyendo del ave rapaz.
Los exhortó a que tuviesen fe y esperanza en la resurrección de su Hijo; pues como se cumplió lo que les dijo de su crucifixión y muerte, así se cumpliría lo que juntamente les dijo de su resurrección.
¡Oh Virgen soberana, cuán bien comienza a ejercitar el oficio de Madre que su Hijo le encargó desde la Cruz!
Ella es Reina, Madre, Corredentora, Abogada, Mediadora…
Acudamos en nuestras necesidades a su intercesión, pero no olvidemos que somos causa de sus dolores y aflicciones.
Madre dolorosísima, ruega por nosotros, pobres pecadores…




