P. CERIANI: SERMÓN DEL JUEVES SANTO

JUEVES SANTO

En este Jueves Santo contemplemos en primer lugar a Jesucristo durante la Última Cena de su última Pascua.

Nuestro Señor se había sometido siempre a la Ley, incluso en las cosas más pequeñas; quiso someterse a ella hasta el final; y observó religiosamente todas las ceremonias de la Pascua, en el mismo tiempo en que se disponía a instaurar otra más gloriosa para Dios y más útil para los hombres.

Según la Ley, para los hebreos la Pascua era un memorial del paso de la servidumbre a la libertad; para nosotros, es un misterio que significa el paso del pecado a la gracia, del sufrimiento a la gloria.

Nuestra salvación eterna es verdaderamente esta última Pascua tan querida por el Salvador; y, aunque es lo mismo para Él celebrarla que entregarse a la muerte, sin embargo, la desea con tanto ardor, que habla de ella varias veces, y siempre usando los términos más expresivos.

Consideremos cómo, cuando Jesucristo quiso celebrar la Pascua con sus discípulos, éstos prepararon inmediatamente todo lo necesario, según sus órdenes.

Los Apóstoles, no pudiendo ignorar que su Maestro deseaba con extremo ardor celebrar la Pascua próxima, le preguntaron, en la mañana del Jueves Santo, dónde debían preparar las cosas necesarias para el sacrificio del Cordero Pascual.

Jesús, para obedecer a la Ley, que no permitía celebrar la Pascua en otro lugar que no fuera la ciudad santa, elige a San Pedro y a San Juan; y les ordena que sigan a la primera persona que encuentren en la ciudad y le hablen en su nombre: El Maestro dice: El tiempo de mi partida está cerca; quiero celebrar la Pascua en tu casa.

Los discípulos obedecieron; fueron, encontraron, hablaron, y todo se ejecutó en aquella misma hora, tal como había sido ordenado.

Jesucristo, soberano Monarca de la tierra y del Cielo, se hizo pobre por nosotros hasta el punto de no tener ni casa ni morada en Jerusalén donde poder celebrar la Pascua; como ya había dicho de sí mismo, no tenía donde reclinar la cabeza.

Reflexionemos sobre el honor que Jesucristo otorgó a este hombre, escogiendo su casa para celebrar sus augustos misterios; y sobre la pronta y ciega obediencia de este mismo hombre desconocido, que no pudo ignorar la decisión pública de los príncipes de la Sinagoga, ni la cruel persecución con que el Salvador fue amenazado, y que, sin embargo, le ofreció asilo y lo recibió con agrado, sin que el respeto humano ni el peligro a que se exponía pudieran disuadirlo de una acción tanto más peligrosa, cuanto que se había dado orden de descubrir el lugar del retiro de Jesucristo y de arrestarlo dondequiera que se encontrara.

Así hace oír su voz Jesucristo en lo más profundo de nuestro corazón; este divino Salvador, lleno de bondad hacia nosotros, desea ardientemente que lo recibamos allí para celebrar su Pascua, que no es otra que nuestra salvación eterna.

¡Qué gracia enorme, que el Hijo del Altísimo se digne acordarse de nosotros y honrarnos con su visita!

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Aunque Jesucristo había celebrado cada año la fiesta de Pascua con los sentimientos religiosos que llenaban su Corazón, porque veía en este sacrificio del Cordero Pascual una figura del que debía ofrecer en la Cruz, no puede haber duda de que, al acercarse esta última Pascua, cuando las Escrituras debían cumplirse y las sombras dar paso a la verdad, su Alma santa estaba más ocupada que nunca en ese Sacrificio inefable que debía reconciliar a los hombres con Dios.

Este divino Salvador veía acercarse el momento que había deseado con los más vivos y tiernos afectos de su Corazón, y comenzó con sus sufrimientos internos el sacrificio cruento que había de consumar en el Calvario.

Asistamos a esta última Pascua del Salvador; acerquémonos con sentimientos de piedad y de veneración a esta mesa, donde el divino Maestro, rodeado de sus discípulos, dirige su mirada a ese Cordero místico como a una víctima que pronto debe sustituir.

Esta Pascua es para Él menos un memorial de la Pascua de Egipto, que una verdadera representación de la suya propia, de este paso que va a hacer desde este mundo hacia su Padre.

Sigue en sí mismo el cumplimiento de las figuras de la Antigua Ley; ve que ha llegado el tiempo en que la Divinidad ya no será honrada con el derramamiento de sangre de animales.

Así se humilla ante el Altísimo, le ofrece su santa humanidad, le ruega que, puesto que hasta entonces ha aceptado el sacrificio de los corderos en virtud de su significado misterioso, se digne aceptar aún más el Sacrificio que viene a hacer de su propia persona por la salvación del mundo.

¡Cuántos secretos, y especialmente de caridad, se contienen en este único misterio, que es el fin de la Ley Antigua y el principio de la Nueva!

¡Cuántas gracias debemos dar al Padre Eterno por habernos hecho nacer en un tiempo donde la verdadera fe triunfa sobre el error, y donde Dios es glorificado por la ofrenda pura del verdadero Cordero, que es su Hijo Santísimo!

¿Qué podría presentarse más precioso y digno de ser ofrecido como ofrenda fragante? ¿Hay algo más grato a Su Divina Majestad que la Santa Humanidad de Jesucristo?

Éste es verdaderamente el sacrificio de justicia que su Iglesia le ofrece, como Él lo ha mandado y estipulado…

¡Cuántas gracias, entonces, debemos dar a Dios de poder ofrecer todavía este Santo Sacrificio tal como lo instituyó Nuestro Sumo y Eterno Sacerdote!

Tenemos en nuestro poder la Santa Misa Romana, el Santo Sacrificio de nuestros Altares, y no la Cena Luterana de la misa montiniana, la misa bastarda, que viene de la herejía y conduce a la herejía…

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El Divino Maestro se ocupa de sus Apóstoles, les habla y les abre su Corazón durante esta Última Cena, con extraordinaria dulzura y bondad. Les dice claramente todo lo que le va a suceder esa misma noche, para que no se sorprendan ni se escandalicen como si fuera algo imprevisto. Les informa que, si va a sufrir y morir, no es porque esté obligado por alguna causa externa, sino únicamente porque Él así lo quiere. Les explica el misterio de la Redención, que ha trazado mediante su doctrina y sus milagros, y que realizará mediante su sufrimiento y muerte.

Entonces les abrió su Corazón y, como si hubiera visto en esa triste circunstancia el día más bello o el momento más feliz de su vida, les dijo con alegría, mezclada con ternura: He deseado ardientemente, es decir, desde hace mucho tiempo, la hora de celebrar con vosotros esta Pascua, que es la última que celebraremos juntos; me es muy querida, ya que es en esta misma Pascua que debo merecer la salvación eterna para todos los hijos de Adán.

Reflexionemos sobre lo que pudo suscitar en Jesucristo un deseo tan ardiente de celebrar esta Pascua.

Leyendo todo el relato evangélico, no se ve que Jesucristo, durante los treinta y tres años de su vida, haya realizado acto alguno para el cual se preparó con tanta diligencia como para la institución del Santísimo Sacramento.

Los preparativos del Salvador nos dan una idea de qué sentimientos debemos llevar a la recepción de este Santísimo Sacramento. Aunque lo recibiéramos sólo una vez en el curso de nuestra vida, tendríamos que emplearla toda entera en prepararnos para ello; eso es lo que exige la grandeza y la dignidad de este misterio inefable.

Y si Dios, en su bondad, nos permite acercarnos a ella con frecuencia, ¿podemos hacer menos que prepararnos para ello mediante alguna meditación piadosa y fervorosa?

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Jesucristo lava los pies a sus Apóstoles antes de hacerlos participar en el Sacramento que está a punto de instituir: esto nos enseña con qué pureza debemos prepararnos a tan grande misterio.

Los once Apóstoles estaban puros y en condiciones satisfactorias, tenían a lo sumo sólo un poco de polvo en sus pies; sin embargo, el Señor exige que sean purificados de esta clase de contaminación, y amenaza a Pedro con la exclusión si no se deja lavar.

Es importante reflexionar atentamente sobre este tema y considerar con atención cuáles son estos pies que debemos lavar para estar puros y preparados para recibir este augusto Sacramento.

Ésos son los afectos de nuestro corazón: el polvo de este mundo y su aire contagioso lo corrompen y lo contaminan con demasiada frecuencia con un número infinito de faltas que cometemos constantemente por ignorancia, fragilidad, negligencia y, a veces, incluso con cierta malicia.

Es necesario purificarse de todo afecto a los pecados veniales.

Esto es lo que debemos examinar seriamente en nuestra conciencia antes de acercarnos al Altar.

Esto es lo que exige el respeto debido a la santidad de este Misterio.

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En el momento en que Jesucristo se disponía a instituir el Sacramento de la Eucaristía, el Evangelista lo describe abstraído por el pensamiento de su muerte, de su próximo paso de este mundo al Padre. Por eso llamó a este banquete sagrado el Testamento, porque debía ser un memorial de su muerte.

Eligió para este fin el día de Pascua, no sólo por la solemnidad de esta fiesta, la más adecuada para la celebración del más santo de sus misterios, sino también porque significaba su paso.

Por eso quiere fijar el momento de esta augusta ceremonia en la última Pascua de su vida, declarando a sus discípulos que no volvería a comer con ellos hasta el Reino de Dios.

Pero ¿qué relación puede haber entre la idea de la muerte, que ocupa su espíritu, y el Sacramento, esta prenda de su amor que quiere dejarnos?

Apenas hubo lavado los pies de sus Apóstoles, Jesucristo se sentó de nuevo para sustituir las ceremonias y sacrificios de la Antigua Ley por una Víctima más santa y agradable para su Padre.

Él era libre de instituir este adorable Sacramento en cualquier otro momento de su vida; pero lo reservó para la víspera de su muerte, algunas horas antes de su dolorosa Pasión, para revelarnos mejor la generosidad de su amor, para ablandar mejor nuestros corazones y para excitarnos más vivamente a amarlo.

Eligió el momento mismo en que los hombres sólo pensaban en darle la muerte para instituir para los hombres un Sacramento que debía darles vida, y una vida tanto más gloriosa y fecunda, cuanto su muerte debía ser más ignominiosa y más cruel.

Consideremos el exceso de este amor… Mientras los hombres sólo se ocupan en tramar contra Jesucristo los designios más oscuros y pérfidos, las persecuciones más injustas y atroces, mientras le preparan las afrentas y ultrajes más sangrientos, los tormentos más terribles, Él deja a estos mismos hombres el don más precioso que contienen los tesoros de la sabiduría y la omnipotencia divinas.

San Juan describe en pocas palabras la institución del Santísimo Sacramento, cuando nos dice que Jesucristo, habiendo tenido siempre un amor muy grande a los suyos que estaban en este mundo, los amó con más ardor hasta el fin de su vida, hasta dejarles el más grande, el más perfecto de todos los dones, el Sacramento de la Eucaristía, que puede llamarse por excelencia el Sacramento de su Amor.

Y este don, el más precioso de todos, lo reserva para el final y como último, sólo para tocar mejor nuestros corazones.

El Padre Eterno ya nos había mostrado su inmensa caridad al darnos a su Hijo único, pues darnos a su Hijo era darnos todo; y ahora este Hijo amado, con un amor igual al de su Padre, viene de nuevo para ofrecernos todo lo que tiene y todo lo que es.

¿Podría darnos un bien mayor, más querido, más grato o más ventajoso? Es en este maravilloso Sacramento que nos nutre con su Carne y su Sangre, que nos da a la vez su Alma y su Cuerpo, su santa Humanidad, su misma Divinidad y el tesoro de sus infinitos méritos.

Melquisedec, sacerdote y rey a la vez, fue el único en toda la Ley Antigua que sustituyó el sacrificio de animales por la ofrenda de pan y vino.

Esta acción profética, que entonces era sólo una figura, anunciaba ya el Sacrificio de la Nueva Ley y debía tener su plena realidad en el augusto misterio de la Eucaristía.

Jesucristo, Rey de los siglos, Sacerdote eterno según el orden de Melquisedec, instituyó este adorable Sacramento la víspera de su muerte, cuando, tomando el pan en sus santas y venerables manos, y elevados los ojos al Padre Todopoderoso, bendijo este pan y lo consagró, diciendo: Esto es mi Cuerpo; tomó también el Cáliz en que estaba el vino, y dijo: Éste es el cáliz de mi Sangre…

Y apenas hubo pronunciado estas palabras, el pan ya no era pan, sino su verdadero Cuerpo; y el vino ya no era vino, sino su verdadera Sangre.

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Después de convertir el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, Jesucristo, como Sacerdote eterno y Cabeza soberana de su Iglesia, da a sus Apóstoles este divino Sacramento, con todas las manifestaciones de la más viva ternura.

Y al ordenarles que cada uno tome su porción de este alimento celestial, les confiere el poder y la dignidad del ministerio sacerdotal, con permiso de ejercerlo en ese mismo momento recibiendo la Comunión con sus propias manos.

Consideremos con qué majestad, con qué cuidado, con qué caridad realiza Jesucristo esta función religiosa.

¿Hay algo que pueda despertar en nosotros sentimientos de piedad más sincera?

¡Qué dulzura, qué deleites en esta Última Cena! ¡Una maravilla!

Los Apóstoles, iluminados por la fe, jamás se habrían atrevido a tocar, y mucho menos a llevarse a la boca, este augusto Sacramento; pero, como Jesucristo les manda, obedecen, a pesar de su indignidad.

¿Y quién podría imaginar la disposición con la que asistieron a esta primera Comunión? ¡Con qué humildad y devoción recibieron al Salvador del mundo en sus pechos! Mientras sus ojos derraman abundantes lágrimas de ternura y arrepentimiento, sus corazones ya sienten el maravilloso efecto del Pan Celestial que los llena de fuerza, consuelo y fervor.

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Cuando el Hijo de Dios salió del seno de su Padre para hacerse hombre y habitar entre los hombres, realizó una maravilla digna de su divina sabiduría, saliendo de su gloria sin abandonarla…

De semejante manera, ahora que ha llegado el momento de volver a su Padre, realiza otro milagro de su amor, y abandona la sociedad de los hombres sin dejar de residir entre ellos…

Lejos de abandonarlos, instituye en su favor un Sacramento en el que se hace presente hasta el fin de los tiempos.

Lo que yo hago ahora, dijo a los Apóstoles y, en su persona, a todos los sacerdotes que han de sucederles en el sacerdocio, lo que hago al consagrar mi Cuerpo y mi Sangre, hacedlo también vosotros; sólo os recomiendo que, siempre que lo hagáis, lo hagáis en memoria mía...

¡Oh, palabras todopoderosas de la Verdad eterna y de una caridad completamente divina!

¡Qué consuelo para nosotros ser aún testigos de este augusto misterio, que una vez se celebró en el Cenáculo!

Poder asistir a Él y ofrecer al Padre Eterno el mismo sacrificio que Jesús ofreció en el Calvario…

¡Qué consuelo renovar y apropiarnos del fruto de esta oblación, por excelencia la más propicia, la más meritoria, la más agradable de todas las que se pueden ofrecer a la Divina Majestad!

¡Qué inefable consuelo tener a Jesucristo en nuestros altares, poder visitarlo y recibirlo!

¡Qué alegría adorar y alabar al Cordero inmaculado, como los bienaventurados lo alaban y adoran en el cielo!

¿Podría Jesús habernos dado algo más que entregarse por completo y para siempre?

¿A quién de nosotros se le habría ocurrido pedirle un don tan precioso?

Este Dios de bondad previó la inmodestia, las indignidades, las profanaciones y los sacrilegios de los que seríamos culpables; sabía que sería despreciado, que sería ofendido en este Sacramento de su amor; y, sin embargo, quiso comprometerse a permanecer siempre con nosotros, hasta el fin de los tiempos, expuesto a nuestra irreverencia y desprecio, como si hubiera ignorado la dignidad de su rango, la divinidad de su persona.

Este adorable Salvador previó que, a pesar de todos sus favores, seríamos lo suficientemente desagradecidos como para ultrajarlo con faltas de fe, respeto y amor; que nos presentaríamos indecentemente en sus templos, asistiríamos al Santo Sacrificio sin devoción y nos acercaríamos a la Santa Comunión con un corazón apegado a la vanidad…

Y, sin embargo, se deleita en morar cerca nuestro en el Santísimo Sacramento.

¡Oh bondad, oh infinita misericordia!

Consideremos, lo que le debemos a nuestro Dios por tan inmenso amor.

Visitemos esta noche con verdadera fe a Jesucristo, que está en el Santísimo Sacramento, no en representación y figura, sino verdadera, real y sustancialmente.

Y, a partir de esta noche, asistamos sólo con devoción al Santo Sacrificio de la Misa.

Pidamos estas gracias a Nuestra Señora del Santísimo Sacramento.