¿FUNDAMENTALISMO CATÓLICO?
¡NATURALMENTE!
Los primeros carlistas y sus antecesores los realistas del período de Fernando VII se alzaron al grito de ¡Viva la Religión!
A él oponían los liberales revolucionarios el grito de ¡Viva la Constitución!
Perfectamente lógico:
O la sociedad —las leyes y las costumbres— se fundamentan en la base inmutable de la religión, o se basan en la cambiante voluntad humana supuestamente expresada en el sufragio.
O la sociedad es algo natural y, como tal, obra de Dios, o es un mero acuerdo o convención entre los hombres que se dan a sí mismos una Constitución o ley puramente humana, pactada.
De aquí que el término fundamentalismo religioso convendría perfectamente a lo que ha representado el tradicionalismo político (el Carlismo en España), si no fuera porque del mismo se han apoderado los islamitas, que lo están manchando con todo el fanatismo y la crueldad de su falsa religión.
El fundamentalismo musulmán es mucho más que un fundamentalismo religioso: no pretende solamente que la religión cimente e inspire las leyes y las costumbres, sino que la ley civil se identifique con la ley coránica.
Aún mayor unitarismo religioso fue el de la antigua sociedad israelita que suponía que Dios mismo gobernaba a su pueblo, interpretada su voluntad por los Príncipes de los Sacerdotes. Allí se trataba de una teocracia.
El cristianismo siempre ha sostenido la coexistencia de dos sociedades diferenciadas: la Iglesia fundada por el mismo Cristo y la sociedad civil. Es decir, el Altar y el Trono, el Pontificado y el Imperio, lo debido a Dios y lo debido al César.
Según Santo Tomás, si el hombre no tuviera más que esta vida terrenal, bastaría con el poder civil para gobernarle; pero el hombre es también criatura itinerante hacia un fin sobrenatural para cuyo logro se necesita de la fe, de la gracia y de sus cauces que son los sacramentos. Es precisa, pues, otra autoridad —la de la Iglesia— que preserve esa fe y administre la gracia y los sacramentos.
Estas dos sociedades y poderes —Iglesia y Estado— deben convivir y armonizarse entre sí.
Una y otro tienen un ámbito propio de independencia, pero, dado que los mismos hombres son miembros de la Iglesia y del Estado, deben concordar en los asuntos que miran a las dos finalidades temporal y espiritual, como son la enseñanza, los matrimonios, etc.
En naciones católicas, sin embargo, cuyo Estado es confesional, la Iglesia debe tener la supremacía espiritual última, como el alma es superior al cuerpo.
Así, no deben caber en estos Estados legislaciones que atenten contra la Ley de Dios como el divorcio vincular, la despenalización del aborto o la legalización de la homosexualidad o las uniones de hecho (amor libre).
Iglesia y Estado se complementan y requieren entre sí: ni es posible una convivencia civil sin unos cimientos o puntos de referencia inmutables, religiosos, ni la Iglesia puede ejercer su ministerio sin el apoyo del poder civil.
Pero en ese conjunto armónico que fue la Civilización Cristiana el fundamento último se encontró siempre en la religión (re-ligación del hombre con Dios).
El laicismo —y la mera tolerancia religiosa— son siempre cauces hacia la descomposición social y la anarquía.
En cuanto a lo dicho en Cuba por S.S. Juan Pablo II de que «un Estado moderno no puede hacer del ateísmo ni de la religión uno de sus ordenamientos políticos» y que «la democracia es el proyecto político más en armonía con la naturaleza humana», me atengo al magistral comentario de Manuel de Santa Cruz en estas mismas páginas (el 16 de febrero).
Nota de Radio Cristiandad: Lamentablemente no disponemos del artículo de Manuel de Santa Cruz. Si algún lector nos lo puede hacer llegar, quedaremos muy agradecidos.

