Nuevos cielos y tierra
Señor, en Ti esperamos nuevos cielos y tierra,
el final de la muerte y el final de la guerra.
Esperamos el día de la total derrota
del mal que, impunemente, nos reta y nos azota.
El jubiloso día del bienaventurado
ya libre del estigma del maldito pecado.
Día en que las moradas que habitarán tus santos
rebosarán de gloria, de alabanzas y cantos.
Habrá pasado entonces la hora del castigo
y será nuestra dicha poder estar contigo
eterna y felizmente. De acuerdo a Tu promesa,
seremos comensales en Tu mística mesa.
Ya se habrán acabado las lágrimas, el duelo,
el odio, las angustias… y un perpetuo consuelo
será el premio a los fieles que gozarán Tu amor
perennemente libres del humano dolor.
Habiéndonos vestido, Señor, de blanco lino,
asistiremos todos al banquete divino
y lo que nuestros ojos jamás soñaron ver
nos será revelado. Será cual renacer
a tantas maravillas negadas hasta ahora
a nuestra pobre carne corrupta y pecadora.
Señor, por fe es que andamos y vamos tras Tu cruz
–a pesar de las sombras que refutan Tu luz–
como fieles ovejas de Tu querida grey
que aman los mandamientos de Tu divina ley.
No nos dejes, Dios mío, de Tu bendita mano.
¡Que tanta lucha y llanto, Señor, no sean en vano!,
ya que por ti esperamos nuevos cielos y tierra,
el final de la muerte, el final de la guerra
y ¡por fin! el reposo que en este mundo incierto
aguarda a Tus devotos cuando la carne ha muerto.