MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO
Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.
Capitulo trece
LA VIDA CRISTIANA
I
EL CRISTIANO Y LA ORACIÓN
Continuación…
2
Métodos y ejemplos
«No concibo una vida sin oración: un despertar matinal sin encontrar la sonrisa de Dios, un nocturno reclinar de la cabeza, sin reclinarla antes sobre el pecho de Cristo».
Estas expresiones de Contardo Ferrini resumen el programa de una jornada cristiana. Apenas se abren los ojos en la paz de la aurora, hay que enviar un saludo al Dios del Tabernáculo.
Cuenta Miguel de Montaigne, que su padre, cuando él era pequeño, lo hacía despertar al son del arpa, para que su alma estuviese llena de armonía y pasase armoniosamente el día.
También nosotros si al despertar por la mañana dirigimos un pensamiento al Corazón que encierra melodías de cielo, habremos orientado bien la navecilla de nuestra actividad diaria.
A semejanza del orador griego, que antes de abrir los labios en la plaza de Atenas se hacía dar la nota por un artista para hablar a sus conciudadanos con voz musical y bella, pidamos nosotros al divino artista, al despuntar del alba, la nota que nos acompañe durante las horas de la jornada.
El que adquiere la dulce costumbre de empezar el día con un pensamiento para el Señor, comprenderá la exquisita poesía de los Monasterios de Palestina en tiempos de San Jerónimo, donde el estudioso de Belén había habituado a las vírgenes a saludar el despertar mañanero con el grito del Alleluia (alabanzas a Dios).
Por lo demás, ¿acaso el dulce sonido de las campanas que tocan el Ave María, no nos invita también en nuestros días a sacudir la modorra y a volar a los cielos de Dios?
A la primera telefoneada, sigue otra de inmediato: el ofrecimiento de las acciones diarias al Corazón de Jesucristo, según el santo método, hoy tan difundido y practicado, gracias a la fecunda asociación del «Apostolado de la Oración».
¿Conocéis la comparación que hace San Juan Crisóstomo entre nuestras acciones y una carta? Observa el elocuente Padre de la Iglesia: si escribís una carta sin poner la dirección, es imposible que llegue a su destino. Y añadía: cada uno de los actos qué ejecutamos durante el día es semejante a una carta; pongámosle también previamente la dirección: «a Dios», esto es ofrezcámoselos a Él; de este modo, a medida que vamos escribiendo esas cartas, el Ángel bueno que nos acompaña, las llevará a Jesús y le dirá: «Están dirigidas a Ti».
Santa Gertrudis, la gran mística benedictina del siglo XIII, me sugiere un pensamiento más bello todavía. Considera al Corazón de Jesús como un incensario repleto de carbones ardientes. Imagina echar en él las propias acciones, como si fuesen un granito de incienso destinado a ser transformado en una nube de oraciones gratas al Padre.
«En el incensario de oro de vuestro divino Corazón —dice— donde arde para gloria vuestra el suave perfume del eterno amor, yo arrojo mi corazón como un minúsculo grano de incienso, deseando con todo el ardor de mi alma, que aunque vil e indigno, el soplo del Espíritu Santo lo inflame con su vida».
¿No es acaso éste el medio seguro de conservar para la eternidad nuestra caduca actividad, que parece inexorablemente arrastrada al abismo de la nada por el vértigo del tiempo?
El buen telefonista, mientras se viste, piensa en el Tabernáculo y al recitar las oraciones de la mañana —por breves que sean— las pronuncia conservando la unión con Jesús. ¡No tienen nada de oración las que se balbucean a la ligera, mal compuestas, en forma entrecortada, comiendo las palabras y omitiendo frases, con un gesto automático que tiene la vanidosa pretensión de ser una señal de la Cruz, sin que ese palabrerío semiinconsciente vaya acompañado del menor latido del corazón!
El que no sabe telefonear, obra así, desgraciadamente, con Dios, tratándolo de la manera más incorrecta e indecorosa que se pueda pensar. Seamos sinceros: no hay ningún hombre en el mundo, con quien tengamos tan pocos miramientos como para con Dios. Cuando hablamos con una persona, por lo menos ponemos atención a lo que decimos. ¡Sólo cuando hablamos con Dios, olvidamos las reglas de la buena educación!
En cambio, el buen cristiano, sea que transite por las calles y las plazas, sea que marche a lo largo de un camino, sin que nadie lo advierta, da una telefoneada al Tabernáculo lejano. ¿Os extrañáis de esto? Y sin embargo, ¡cuántas almas juveniles oran hoy así por los caminos de Italia! Atraviesan nuestras ciudades, nuestras aldeas y nuestros suburbios.
Unos, elegantemente vestidos, otros, en cambio, pobremente; éstos, obreros, estudiantes, profesionales, aquéllas, empleadas o señoritas, campesinas o madres de familia. Nadie lo sospecha, porque nada denota exteriormente lo que pasa en sus corazones.
Bajo el cielo de nuestra Italia, tan a menudo profanado por la vulgaridad de la blasfemia, álzase tácita y delicada la voz de los corazones cristianos. ¡Probad y comprobaréis cuán fácil y cuan bello es enviar, en medio del rumor febril y ensordecedor del tránsito, entre el estridente vocerío de las bocinas y la amenaza de los vehículos, un saludo al Jesús de nuestras iglesias, aunque no sea más que un brevísimo saludo de la calle!
Se penetra a la iglesia y quizá se deja el alma… fuera. No quiero perder tiempo fotografiando el talante de muchos en la casa de Dios. Esas Misas, a las que se asiste clavados junto a una columna, suspirando porque llegue el momento de la bendición final, pasando revista a las personas congregadas en el templo, haciendo tal vez críticas y comparaciones de las diversas toilettes, ¿no son por ventura las misas dominicales de muchísimos que se consideran buenos cristianos, prácticos cumplidores de sus deberes religiosos?
Al contrario, el que aprendió el arte de telefonear, no bien ha traspuesto el umbral del templo, lanza una mirada al Tabernáculo. ¡Ya han llegado allá tantos saludos, tantas miradas expresivas del alma, tantos estremecimientos del corazón! Toma el agua bendita, y como observa Ernesto Hello, a semejanza de la heroína de Betulia, exclama: «¡Señor, mi alma se vuelve a Ti, como la tierra sedienta de agua!».
¿No es hermosa la gota de rocío que en las mañanas primaverales se prende de las hojas del prado y resplandece, dorada por los rayos del sol que nace? ¡Oh, también la gota de agua bendita, con que nos santiguamos al penetrar a una iglesia, brilla sobre nuestra frente, si la iluminamos con la luz de Dios!
Símbolo del rocío de los favores celestes, signo de la purificación interior que en nosotros se obra, si la acompaña el dolor de las culpas veniales, esa señal de la cruz ya no es solamente un acto material, sino se convierte en una llamada telefónica, o mejor dicho, en el principio de una conversación telefónica, que continúa durante todo el tiempo que permanecemos en la Iglesia, mientras dura la Misa, la visita o la función litúrgica en las que participamos.
¿Por qué se quejan muchos cristianos de que no saben orar en la iglesia? La razón es muy simple.
No son telefonistas fuera de la iglesia. El que estando fuera del templo sabe telefonear a Cristo Jesús, cuando se halla junto al altar no encuentra graves dificultades para discurrir con el Rey y con el Amigo de su corazón, que se inmola al Padre, se encierra en el recinto del sagrario y permanece tras la blanca cortina de una Hostia.
El tiempo que se pasa en la iglesia es limitado; pues es necesario atender luego a las ocupaciones, los deberes y el trabajo. Pero nos puede acompañar a todas partes el hilo telefónico, con gran ventaja personal.
San Bernardo enuncia la doctrina de que todo trabajo nuestro debe ser una oración, y la superficialidad abre con gran extrañeza sus ojos y pregunta: «¿Acaso hemos de estar siempre rezando?» Respondemos: así es. ¿Acaso no está escrito en el Evangelio: «Es necesario orar siempre»? ¿Habremos, pues, de estar todo el día de rodillas? ¿También en la oficina, en el campo, en los bancos, en los Parlamentos?… No, amigos. ¡No es necesario tanto!
«No el que dice: Señor Señor, entrará en el reino de los cielos; sino el que hace la voluntad del Padre», el que cumple cristianamente su obligación —nos advierte el mismo Jesús.
La madre de familia que durante numerosas Misas permaneciese absorta en largas oraciones delante de los altares, y dejase en casa a sus hijos sin los correspondientes cuidados no tendría la aprobación de Dios. ¿Y entonces? Entonces, con el teléfono todo se resuelve.
El cristiano en gracia, cuando trabaja —como veremos luego— tiene una actividad santificada, divinizada; por lo tanto si al principio del trabajo y de cuando en cuando, dirige su pensamiento a Dios, ofreciéndole todo lo que hace, porque lo hace para cumplir la voluntad de Dios, ¿no es evidente que en este caso, ese trabajo adquiere una fisonomía nueva y se trueca en una oración? ¿No advertís que esa telefoneada matutina, esto es, la recta intención inicial, si no ha sido retractada, influye en todo el día y santifica todas las acciones?
Midas, hijo de Gordio, antiguo rey de Frigia en la Tracia, había obtenido de un dios la facultad de convertir en oro todo lo que tocase: el telefonista cristiano que quiere multiplicar sus méritos y adquirir nuevos y mayores, tiene la posibilidad de transformar en oro todas sus acciones, cada una de las gotas de sudor, cada uno de los sacrificios, cada uno de sus esfuerzos, cada uno de sus dolores.
Si en el ambiente en que se encuentra resuena una imprecación o una blasfemia, silenciosamente, da una telefoneada reparadora. Si comete un error, trata de repararlo, y ofrece sus mismos defectos involuntarios al Único que los sabe compadecer. Si toma el tren y contempla los hilos del telégrafo tendidos a lo largo de la vía férrea, recordando que Lorenzo Perosi imaginaba poner sobre esos hilos las notas musicales de su genio de artista, él pondrá otras notas, las notas de amor para su Dios.
Cada torre que asoma, cada iglesia que aparece, resúltale una invitación a telefonear. Al sentarse a la mesa, no olvida las ya recordadas palabras de San Pablo y en esta misma ocasión recuerda a su Dios e imita a Santa Teresita del Niño Jesús que en el comedor se imaginaba estar sentada y comer en medio de la Sagrada Familia de Nazaret.
En fin, siempre se acuerda de Dios. Habla, ríe, se divierte, conversa, pero a la vez da su telefoneada. Si la fiera de las pasiones ruge en su corazón, sabe cómo pedir ayuda al Aliado que no hace traición. Y cuando a la noche se recoge a descansar, vuela hacia el Dios que lo acompañó en la trabajosa jornada y le habla así: «¡Custódiame, Señor, como a la pupila de tus ojos; protégeme bajo la sombra de tus alas!»
Aun desde la cama, no olvida hacer una última telefoneada: «¡Visita, Señor, esta casa! ¡Aleja de ella las insidias del Enemigo! ¡Que tus Ángeles buenos la habiten, me custodien en la paz, junto con mis seres queridos! ¡Aletee siempre sobre nosotros tu santa bendición!»
Continuará…
