JOSÉ ANTONIO DE VALLE GOMEZ: ATALAYA EN LA NOCHE DE LA IGLESIA Y TROMPETA DE LA PARUSÍA – LA ESTATURA DOCTRINAL DEL PADRE BASILIO MERAMO CHALJUB

Las tinieblas de la noche infernal que hoy padece la Iglesia se han hecho todavía más espesas desde que, hace ya dos años, enmudeció la combativa voz de trueno del Padre Méramo. Nadie como él para clamar contra la apostasía, azotar el error, fustigar a la Roma babilonizada y guardar con celo la doctrina perenne. Vaya este trabajo como homenaje a su memoria y, a la vez, como agradecimiento a Nuestro Señor por habernos concedido el legado teológico de tan insigne sacerdote.

Con mirada agudísima y gallardo talante, descorrió los velos que cubrían verdaderas atrocidades, para que nosotros, sus fieles, pudiésemos ver más allá de nuestras propias narices.  Construyó una explicación total del derrumbe eclesial contemporáneo y nos hizo comprender que el Vaticano II no fue simplemente un accidente ni una bribonada pasajera, sino la cristalización de una larga desviación doctrinal, espiritual y litúrgica, concebida y acariciada por los mismos asesinos de Nuestro Señor Jesucristo, por su progenie y por sus secuaces.

Combatió con vigor la ceguera anti-apocalíptica, mal que no sólo corroe al modernismo, sino que también infesta amplios sectores del tradicionalismo. Quiso ser el remedio contra esa crónica resistencia a reconocer que vivimos ya bajo los signos de los últimos tiempos. Tal ceguera, arraigada desde el siglo quinto, impide discernir con claridad el cumplimiento de las profecías, oscurece la inminencia de la Parusía y mutila la esperanza del Reino de Cristo en la Tierra.

Nunca fue su empeño repetir el insulso pregón de “ya viene el fin”, tan propio del extravío protestantizante. El Padre Méramo restituye la esjatología al lugar central que le corresponde en la predicación, erigiéndola en clave de inteligencia del presente. Aborda y difunde sin respetos humanos el milenarismo patrístico, fundado en el testimonio de los Padres de la Iglesia y de autores tradicionales. Supo colocar en un gran bote de basura herética el decreto de 1944 que pretendía censurar el tema. Nos hace comprender que el designio de la Encarnación del Verbo no se agota en la sola redención del pecado, sino que abraza asimismo el cumplimiento de las profecías que preparan y sostienen el Reino de Cristo Nuestro Señor sobre la tierra, después de la derrota del Anticristo, pues todo fue hecho por Él y para Él.

El Padre Méramo arranca a la cuestión de la Sede Vacante todo matiz afectivo o sentimental y arroja por la borda las corrientes opinionistas y viscerales. La ordena y sistematiza como una cuestión estrictamente teológica, fundada en principios, autores y distinciones rigurosas. Arremete contra sedevacantistas y antisedevacantistas allí donde unos y otros absolutizan sus posturas. Denuncia tanto la desmesurada divinización del Papa como su desprecio radical, nos libra del miedo pueril a quedarnos sin Papa y distingue nítidamente 

entre la persona del Papa y la institución del papado. De este modo, el sedevacantismo aparece tratado no como arrebato pasional ni como consigna de facción, sino como una consideración teológica formal.

Cuestión íntimamente conexa con la Sede Vacante es la de la infalibilidad. El Padre Méramo impugna la reducción de toda la infalibilidad de la Iglesia a la mera infalibilidad personal del Romano Pontífice, y reclama una distinción rigurosa entre el magisterio ex cathedra, el magisterio ordinario universal y las definiciones doctrinales.

Denunció igualmente el viraje de la FSSPX, y esa denuncia le valió una expulsión injustísima. Ya desde el año 2000, en el marco mismo del jubileo, percibió el abandono paulatino de la postura de Monseñor Lefebvre y la creciente tentación de contemporizar con la Roma apóstata, a despecho de la patente incompatibilidad doctrinal. No parece temerario afirmar que los avisos, admoniciones y gritos de alarma del Padre ayudaron a impedir que la Fraternidad consumara, hasta hoy, una capitulación total. 

En lo tocante a la espuria nueva misa montiniana, protestantizante, herética y equívoca, el Padre Basilio enseña que el mal no radica en un mero problema estético o disciplinar, sino en una cuestión sustancial, ligada al corazón mismo de la fe sacramental. Esa nueva liturgia desplaza a Dios, destierra a Nuestra Señora y encamina a las almas hacia la satánica adoración del hombre, esto es, hacia el antropocentrismo religioso. No se trata solamente de un cambio de rúbricas, de fórmulas o de uso de lenguas vulgares, sino de una verdadera sustitución de religión, en la cual se transparenta la acción del Anticristo religioso.

A través de sus palabras, el padre Mëramo nos ayuda a percibir con total claridad la irrupción de una nueva religión siniestra que, bajo apariencia de continuidad, ha demolido la Iglesia desde sus propios cimientos visibles. Los pontífices conciliares han exaltado la libertad religiosa, los aquelarres de Asís, el modernismo, el antropoteísmo y la falsa piedad, erigiendo así esa contra-Iglesia que el Padre Basilio denunció una y otra vez como verdadera Sinagoga de Satanás. En la denuncia de este misterio de iniquidad, su palabra fue martillo infatigable, recio, penetrante y justiciero.

Y hacia dentro del tradicionalismo, no fue menor su clarividencia. El Padre abrió los ojos de muchos frente a los infiltrados en la propia Fraternidad, frente a la falsa resistencia de Kent, frente a las secuelas de los dislates vietnamitas y, sobre todo, frente a los amilenaristas y antiapocalípticos, cuya ceguera juzgó funesta. Sacerdotes y obispos tibios, ambiguos e incoherentes hallan en sus páginas una reprensión dura pero justa, proporcionada a la mezquindad y vacilación de su conducta.

En la obra del Padre Méramo, la Santísima Virgen María no figura como mero consuelo afectivo ni como postrero adorno piadoso del sermón, sino como clave altísima del misterio de Cristo, de la Iglesia y de la historia. Basta reparar en los títulos de sus prédicas de 2023 — “Anunciación: el día más importante del universo y la creación”, “El culmen del Fiat al pie de la Cruz”, “La Virgen y el Misterio de la Sabiduría Divina”—, así como en sus sermones de 2020 a 2023 sobre la Inmaculada Concepción y Nuestra Señora de Guadalupe, para advertir que María ocupa en su pensamiento un lugar central, orgánico y verdaderamente rector. En Ella confluyen  la Encarnación del Verbo, la obra redentora, la vida íntima de la Iglesia, el combate contra  Satanás, la esperanza esjatológica y la promesa de la restauración final. Su inmaculado Corazón  es estandarte de guerra en la hora de la gran prueba. Esta visión resplandece de modo particular en La Salette y Fátima: Profecías Apocalípticas de los Últimos Tiempos, donde enlaza de manera explícita los mensajes marianos con los últimos tiempos y con la perseverancia del pequeño rebaño en medio de la tribulación.

La Santísima Virgen se alza en su predicación como inseparable del decreto eterno de la Encarnación; y aun San José mismo aparece contemplado a la luz de esa maternidad divina, inscrita desde toda eternidad en el designio sapientísimo de Dios.

La médula filosófica del pensamiento del Padre Basilio Méramo quedó consignada de modo eminente en sus cursos de Metafísica, donde se deja ver con claridad el armazón intelectual que sostiene el conjunto de su obra. Su metafísica es resueltamente tomista, signada por la primacía del ente en cuanto ente y, de manera especial, por la centralidad del esse ut actus essendi.  En este punto, rescata a Santo Tomás como doctor del ser, no como mero pensador de esencias, sustancias o definiciones formales. Por eso polemiza con aquellas interpretaciones que, según su juicio, desvían el tomismo hacia el formalismo o lo degradan reduciendo el ente a la sustancia.  En este empeño, recurre de manera constante al Padre Cornelio Fabro, especialmente al definir el objeto de la metafísica, al esclarecer el existere, al explicar la participación y al denunciar ciertas desviaciones del tomismo ulterior.

A los ojos del Padre Basilio Méramo, la Devotio Moderna, el nominalismo, el voluntarismo y las corrientes afines no constituyen episodios aislados de la historia del pensamiento, sino las etapas sucesivas de una misma decadencia espiritual e intelectual. En su lectura, estas corrientes van desplazando poco a poco la primacía del ser, de la verdad objetiva y de la sabiduría, para sustituirlas por la experiencia interior, y por una visión deformada de Dios y del hombre. El Padre descubre en todo esto la antigua ponzoña del gnosticismo y del  cabalismo, siempre inclinados a disolver la distinción entre Creador y criatura, a confundir el ser con una emanación o flujo divino y a reintroducir, bajo ropajes nuevos, la vieja tentación de la divinización del hombre. Estas corrientes desembocan en el subjetivismo moderno, en el inmanentismo, en el modernismo teológico y, por fin, en ese mal profundo que aqueja hoy a la Iglesia: la sustitución de la religión de Dios por una religión del hombre, de la verdad revelada por la conciencia, y de la Esposa de Cristo por una contra-Iglesia oscurecida por el error.

Su estilo literario reúne seis capas al mismo tiempo: es escolástico en la estructura, barroco en la respiración, polémico en la intención, profético en el tono, castellano en la rotundidad y sermónico en la cadencia. Tiene una energía verbal de quien escribe como si cada palabra fuera parte de una guerra doctrinal. Su sintaxis es larga, encabalgada, muy hispánica, con gusto por el inciso, la subordinación y la acumulación. No es un estilista minimalista. Sus frases suelen avanzar por oleadas: tesis, matiz, cita, inciso y un gran remate lo cual le da gravedad y majestad.  

El legado del Padre Basilio Méramo puede ser considerado en tres órdenes. El primero es el documental: dejó un corpus copioso de sermones, artículos y opúsculos que aún hoy sigue difundiéndose por medio de meramo.net, Radio Cristiandad y el canal de YouTube que conserva el eco de su predicación. No fue autor condenado al naufragio de blogs o sitios frágiles y tambaleantes que nacen con fervor y mueren en el olvido, sino sacerdote cuya obra quedó recogida en un archivo reconocible, estable y orgánico.

El segundo orden es el doctrinal: dejó establecida una agenda temática que muchos tradicionalistas posteriores continúan tratando gracias a él o por mediación suya. Entre esos asuntos sobresalen la Parusía, el Reino de Cristo, el milenarismo patrístico, la Sede Vacante como cuestión teológica, la impugnación del magisterio ambiguo y la incompatibilidad radical entre la Tradición católica y el Vaticano II. Puso sobre la mesa cuestiones que casi nadie se atrevía a enunciar en público, y desconcertó a aquellos que gustaban de comportarse como señores y propietarios de la Tradición.

El tercer orden es el espiritual y simbólico. El Padre Méramo encarna para muchos la imagen del sacerdote indómito y beligerante, resuelto a padecer el aislamiento antes que rebajar o dulcificar su juicio sobre la crisis. El texto necrológico de Radio Cristiandad lo muestra muriendo confortado por los sacramentos y acompañado por un clérigo amigo, y conserva aquella frase postrera en que lamentaba no haber llegado a contemplar la Parusía. Fue sacerdote firme, tenaz e insobornable, que perseveró hasta el último aliento en la convicción de vivir en tiempos terminales de prueba, pero también de esperanza suprema en Nuestro Señor y en su venida en gloria y majestad.

En suma, el Padre Basilio Méramo legó una obra de combate, severa, erudita y profética por su intención y alcance. Su principal aportación consistió en haber trabado en un solo haz la crítica antimodernista, la cuestión de la autoridad, la defensa de la tradición doctrinal, la lectura apocalíptica de la historia y la esperanza en la manifestación del Reino de Cristo. Para sus seguidores, fue una voz esclarecedora en medio de la apostasía; para sus críticos, una voz extrema y desmesurada. Pero aun a sus detractores les sería difícil negar esto: fue una voz singular, perseverante y poderosa, y la huella que dejó en el tradicionalismo difícilmente se puede extinguir.

                 ¡Hasta la Parusía querido Padre!

José Antonio de Valle Gómez  

Orizaba de San Miguel, 5 de marzo de 2026