MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO
Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.
Capitulo trece
LA VIDA CRISTIANA
Josué Borsi refiere esta anécdota en las páginas de sus Coloquios:
«Fue durante el eclipse de 1842. Un pobre niño del municipio de Siéyes (Bajos-Alpes) apacentaba su rebaño. Ignorando por completo el acontecimiento que se aproximaba, vio con inquietud que el sol se obscurecía poco a poco, siendo así que ninguna nube ni neblina que pudiese explicar el fenómeno, se veía en el cielo.
Cuando la luz desapareció del todo, la pobre criatura, llena de espanto, echó a llorar y a pedir socorro. Lloraba así, cuando reapareció el primer rayo de sol.
Reanimado al verlo, el niño juntó las manos, exclamando en su dialecto meridional: o beou souleoul (¡oh bello sol!)».
Borsi cita oportunamente esta delicada anécdota, al recordar el eclipse de su fe que había obscurecido su juventud hasta que el sol de Jesús lo iluminó de nuevo y termina exclamando sencilla y sublimemente: «¡Oh Jesús, hermoso sol!».
Muchísimos cristianos, más desventurados que el pastorcillo de Siéyes, viven en las tinieblas. El sol sobrenatural está eclipsado en sus corazones. Los dogmas nada les dicen. Raras veces reciben los Sacramentos. Y aun cuando en alguna confesión bien hecha reviven la vida de la gracia, son como los ciegos: en la misma alegre fiesta de una serena jornada primaveral, no perciben la luz que inunda sus almas; no tienen conciencia de su divinización.
¡Cuán grande es la conciencia, la comprensión y la visión clara de lo que se es y de lo que se debe hacer! Un padre, una madre, un maestro que tienen conciencia de sus obligaciones, obran de muy distinta manera del que no la tiene. Combate con muy distinto valor en cualquier batalla el que tiene la convicción de la bondad de una causa, que el que es arrastrado por fuerza a un combate cuyo significado no comprende. Y nadie puede confundir la pretendida religiosidad del que se paga con una vida exterior y alguna que otra práctica mecánicamente cumplida, con la fe del que todo lo contempla a la luz de la religión cristiana.
Después de haber descrito, aunque sea pálidamente, lo que es el orden sobrenatural y la gracia, debemos ahora conquistar la conciencia, la comprensión de ese sol. En otras palabras, hemos de ver cómo resuelve el problema de su vida, cómo organiza su existencia el creyente que sabe que es hijo de Dios.
El hijo de un rey es educado con este criterio: «Recuerda tu dignidad y obra, en todo, en conformidad con ella»; nosotros, hijos de Dios, no podemos sustraernos a semejante deber. Cuando termina, el eclipse de la ignorancia religiosa, cuando resplandece el sol de la Verdad, conscientes de nuestra grandeza divina, necesariamente debemos exclamar a cada instante, con la fe y con las obras: «¡Oh Jesús, hermoso sol!».
La FE nos hace creer las verdades reveladas por Dios, no por su intrínseca evidencia, sino por la autoridad de Dios revelador que no puede engañar, ni ser engañado. Las OBRAS nos hacen vivir de acuerdo a las enseñanzas de la fe.
No debemos vivir olvidados de Dios, pues la oración debe unirnos a Jesús y al Padre, la naturaleza ha de aparecérsenos iluminada con la nueva luz de Cristo Dios, la vida debe ser inspirada por Él y el dolor debe ser sufrido con cristiana resignación.
He aquí los puntos que trataremos de estudiar:
1. -— ¿Qué método debemos seguir para hacer más intensa nuestra unión sobrenatural con Dios?
2. — ¿Con qué ojos —habiendo terminado el eclipse y resplandeciendo Dios sobre nosotros con la gracia— debemos mirar la naturaleza y las cosas, si tenemos conciencia de nuestra propia elevación sobrenatural?
3. — ¿Cómo debe el hijo de Dios considerar la vida y sus vicisitudes y, por consiguiente, con qué espíritu debe organizar su actividad de todas las horas, de todos los momentos?
4. — ¿Cómo debe soportar sus dolores un cristiano?
La oración, la naturaleza, la vida y el dolor, son hilos telefónicos que deben unir nuestro corazón con el Corazón de Cristo en el Tabernáculo. También a través de estos hilos pasará nuestro grito de júbilo: «¡Oh Jesús, hermoso sol!».
***
I
EL CRISTIANO Y LA ORACIÓN
Una pléyade de almas generosas y vibrantes que se dedican al apostolado y a la acción católica, para resolver de un modo consolador el problema de la oración y para aumentar cada vez más el mérito de sus obras buenas se han hecho admiradoras del… teléfono.
Alguien se reirá de esta extraña asociación de ideas: el teléfono y la oración. El teléfono, al menos en algunas ciudades, es ese terrible aparato inventado para la desesperación del género humano, capaz de volver hidrófobo hasta al individuo más calmoso del mundo. Esto es muy cierto, y sobre el tema existe un consentimiento universal indiscutible. Pero nuestro teléfono es muy distinto y obra milagros.
Desde el día en que uno se hace telefonista, comienza una época nueva en la vida, la cual experimenta una especie de benéfica revolución; todo nuestro ser se transforma y parece que un soplo vivificante, hasta entonces desconocido, nos agita y alegra.
Todos los que han hecho la prueba, todos —digo— sin excepción alguna, están concordes en esta afirmación y agregan, que sólo entonces, por primera vez, han comprendido con claridad lo que significa la religión.
Cuéntase que un día dos estudiantes camino de la Universidad de Salamanca, fatigados se detuvieron junto a una fuente, para descansar y apagar-su sed. Sobre una piedra cercana leyeron estas palabras: «Aquí está sepultada el alma de Pedro García». ¿Cómo se puede —exclamó uno de los jóvenes— sepultar un alma debajo de una piedra? Se rió a carcajadas y prosiguió su camino. El otro compañero se detuvo y lleno de curiosidad por la extraña inscripción, removió la piedra, cavó la tierra y ¡encontró un tesoro!
También vosotros, si no sois superficiales y meditáis atentamente este capítulo sobre… el teléfono, hallaréis un tesoro que quizás hoy os hace falta y os enriquecerá espiritualmente.
Permitidme, pues, narraros con toda simplicidad la experiencia religiosa de estas almas y sus propósitos y esperanzas.
***
1
La unión con Dios
Hace algunos años, un poeta todavía no creyente, Juan Bertacchi, cantaba al Teléfono con estos versos que parecen un anhelo y un lamento:
Parla un uomo al telefono: qualcuno
ch’io non odo né veggo a lui risponde.
Prega un uomo all’altar: parla con Uno
che per me tace, che per me si asconde.
Oh se basta a varcar tanta distanza
un tenue filo a chi pur resta immoto;
se il tenue filo d’una pia speranza
basta per i cuori a valicar l’ignoto,
date a me pure il fil che si dilunga
oltre il giorno dell’uomo e la sua sede…
datemi il tenue tramite che giunga
al Lontano che parla e non si vede.
Habla un hombre por teléfono: alguien
que yo ni oigo ni veo le contesta.
Ora un hombre en el altar: habla con, Uno
que para mí calla y se esconde.
¡Oh! Si basta para atravesar tanta distancia
Un tenue hilo al que sin embargo permanece inmóvil;
si el tenue hilo de una piadosa esperanza
basta a los corazones para vadear lo ignoto;
¡dadme también a mí ese hilo que se prolonga
más allá de los días del hombre y de su morada!…
¡dadme la estrecha senda que llegue
al Lejano que habla y no se ve!
También las personas anteriormente mencionadas sintieron esta dulce necesidad. Su vida religiosa se desenvolvía lánguida e insulsa. Todo su Cristianismo consistía en mascullar alguna oración distraídamente, en concurrir en épocas fijas y por inercia a la Iglesia, a la Misa, a los Sacramentos, en el mecanismo exterior de alguna práctica piadosa o en la repetición maquinal de alguna fórmula. La fe no era el alma de sus almas, ni siquiera llegaba a vivificar sus mismos actos religiosos. Era como una hoja muerta en la superficie de un lago, agitada y movida por el viento de las circunstancias y del ambiente. La hoja hacíase cada vez más inútil, pronta a desaparecer del todo y el lago de la propia vida no se resentiría en absoluto y continuaría con la mayor indiferencia, surcado por barcas, esto es, por toda la habitual actividad cotidiana.
Llega un día en que esa aparente religiosidad exterior se les hace insoportable. Un curso de instrucción cristiana —que podría ser la doctrina reunida en estos capítulos— abrió sus ojos. Comprendieron qué significa la gracia, qué quiere decir ser hijos adoptivos de Dios; aprendieron a recitar el Padre Nuestro, que antes no habían entendido aunque estuvieran muy convencidos de entenderlo; y sólo entonces probaron una especie de hilo telefónico entre su conciencia y el Tabernáculo, entre su pequeño corazón y el Corazón de Jesús.
Cuando estamos en gracia, cuando el pecado mortal no afea la belleza de nuestra alma redimida con la Sangre de Cristo, estamos unidos a nuestro Dios y toda obra que no sea pecaminosa se refiere a Él virtualmente. La gracia santificante es semejante a un hilo divino que nos comunica con Él y que sólo puede ser cortado por la culpa grave.
Si basta este cándido hilo poseído por los niños bautizados que no pueden pecar, si basta en nosotros como en ellos para ser hijos de Dios; con todo, nosotros que poseemos además el uso de la razón y con nuestra voluntad podemos cortar ese hilo de vida sobrenatural, estamos obligados, no sólo a conservar la gracia, sino a negociar un tesoro tan grande, obrando cristianamente y orando.
Como no basta tener una inteligencia y una voluntad, sino que la inteligencia debe estar desarrollada y la voluntad necesita una enérgica gimnasia, del mismo modo nuestra unión con Dios, obtenida mediante la gracia, no debe permanecer en la inmovilidad de las tumbas, sino vivir en el fervor de la acción y de la palabra del corazón agradecido a Aquél que es la misma vida.
Comenzaron pues a… telefonear. En cada acto libre que ejercían, en cada dolor que soportaban, en cada acontecimiento que sobrevenía, dirigían un saludo al Corazón de su Dios, y al Dios de su corazón, para usar una expresión de Santa Margarita María. El encargo que hace San Pablo en la Carta a los fieles de Corinto: «Ya sea que comáis o que bebáis, o que hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios».
Este encargo repetido por el Apóstol en la otra Epístola a los Colosenses: «Cualquier cosa que hagáis, de palabra o de obra; hacedlo todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias por su intermedio, a Dios Padre», ya no fue para ellos letra muerta. Unidos a Cristo por la gracia, se unieron a Él mediante una vida interior intensa, mediante la oración que brotaba desde el fondo de sus almas, que alumbraba con una luz nueva todos sus actos, que embellecía y santificaba la misma actividad material, el trabajo, el sufrimiento y todas las alternativas de la vida.
No hay que creer, empero, que después de esta resurrección espiritual, su vida se hubiese cambiado exteriormente de un modo sensible, ¡No! Fuera del pecado, siguieron viviendo como antes: los mismos trabajos, las mismas diversiones, las mismas personas con las que tenían que tratar, lo mismo, en fin, todo lo que se trasluce al exterior. ¡Pero qué diversidad radical en el interior! A fuer de sinceros hay que confesar que experimentaron la sensación de haberse convertido en otras personas; ¡tal fue la hermosura de la nueva vida religiosa!
Pero, antes de describir esta última, expliquemos prácticamente, de qué manera hacen funcionar su teléfono esas personas. Nada mejor que esto dará al que aún no es telefonista una pálida idea, pero eficaz, del cambio profundo operado por medio de este método, que por otra parte, nada tiene de nuevo ni de difícil.
Los Santos fueron Santos, porque fueron excelentes… telefonistas. Pues, aunque en sus tiempos Meucci todavía no había descubierto el método de telefonear a un hombre, ellos sabían telefonear de un modo maravilloso a Dios.
¿Y qué tuvieron de especial, de esencial y de característico los verdaderos místicos —esas almas selectas de la humanidad, cuyo culto resurge en nuestros días después de una época de materialismo y de ruindad— qué tuvieron de particular, sino una unión con Dios tan intensa, que no sólo hablaban con su Señor, sino también el Señor hablaba a veces directamente, o al menos hacía sentir su voz indirectamente en sus corazones?
¡Ay del que no se hace, al menos inicialmente, telefonista! ¡No entiende nada, ni siquiera los primeros principios del Cristianismo!
Continuará…
