SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA
En aquel tiempo: tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la nieve. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle. Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: Levantaos, no tengáis miedo. Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.
Nos encontramos en el Segundo Domingo de Cuaresma. El Domingo pasado comenzamos unas meditaciones y contemplaciones sobre la Pasión de Nuestro Señor. Hoy continúo con el resumen del libro de San Alfonso María de Ligorio sobre este tema.
El Santo Doctor nos introduce en el amor que nos manifestó Nuestro Señor Jesucristo en su Pasión, y cita a San Francisco de Sales, que llama al monte Calvario Monte de los amantes, y añade que el amor que no nace de la pasión de Cristo es débil y tornadizo, queriendo con ello dar a entender que la Pasión del Señor es el más poderoso incentivo que nos puede mover a inflamamos en el amor a nuestro Salvador.
Agrega que, para comprender algo, ya que todo es imposible, del gran amor que Dios nos mostró en la Pasión de Jesucristo bastaría echar un vistazo a lo que refieren las divinas Escrituras.
En efecto, hablando de este amor, dijo el mismo Jesucristo: Así amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo unigénito. La expresión así encierra gran valor, pues nos hace ver que Dios, habiéndonos dado a su unigénito Hijo, nos patentizó un amor tal, que nunca llegaremos a comprenderlo.
El pecado nos arrastró a la muerte, arrebatándonos la vida de la gracia; pero el Eterno Padre, para hacer gala de su bondad y darnos a comprender cuánto nos ama, quiso enviar a la tierra a su Hijo, para que con su muerte nos restituyese la vida perdida.
De suerte que, para perdonarnos, no quiso Dios perdonar a su mismo Hijo, sino que quiso que cargase con el peso de satisfacer a la divina justicia por todas nuestras culpas.
Como dice Isaías, lo cargó con todos nuestros pecados, y después quiso verlo agobiado de afrentas exteriores y de acerbísimas aflicciones internas.
Considerando San Pablo este amor de Dios, exclama: Mas Dios…, por el extremado amor con que nos amó, aun cuando estábamos nosotros muertos por los pecados, nos vivificó con la vida de Cristo.
De ahí que la Santa Iglesia exclame asombrada: ¡Oh dignación admirable de tu piedad para con nosotros, oh inestimable amor de los amores, que para redimir al esclavo entregases al Hijo!
Siendo Dios el mismo amor, la propia caridad, como se expresa San Juan, ama a todas las criaturas; pero el amor que tiene al hombre parece de más subidos quilates y aun parece que lo ha preferido al amor de los Ángeles, ya que quiso morir por los hombres y no por los ángeles caídos.
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El Santo Doctor pasa luego a reflexionar sobre el amor del propio Hijo de Dios, que se entregó a sí mismo por nuestro amor.
Hablando del amor que el Hijo de Dios tiene a los hombres, nos damos cuenta de que al ver de una parte al hombre perdido por el pecado y por otra a la justicia divina, que reclamaba satisfacción cumplida por las ofensas recibidas, reparación que el hombre no podía llevar a cabo, se ofreció voluntariamente a satisfacer la pena del culpable.
Escribe San Pablo que Jesucristo, para obedecer al Padre, aceptó la muerte de la cruz. Mas no se piense que el Redentor la aceptó solamente en obediencia al Padre y como a la fuerza, puesto que se ofreció a la muerte espontáneamente y por voluntad propia, llevado del gran amor que profesa al hombre.
¡Desgraciados de nosotros, si Jesucristo no hubiera muerto por salvarnos! Todos hubiéramos tenido que parar en el infierno.
Y del infierno nos ha librado Jesucristo, redimiéndonos, no con oro ni al aprecio de otros bienes mundanos, sino con el precio de su Sangre y de su vida en la Cruz.
Jesucristo murió por todos y por cada uno de nosotros. Dice San Bernardino de Siena que Jesucristo, desde lo alto de la Cruz, contempló todos y cada uno de nuestros pecados y que por cada uno de ellos ofreció su Sangre.
Mas ¿por qué, pudiendo Jesucristo salvarnos con una sola gota de su Sangre, quiso derramarla toda a puros tormentos, hasta expirar de dolor en una Cruz? Quiso derramarla toda para demostrarnos el amor excesivo que nos profesa.
Hablando San Anselmo de la Pasión del Señor, dice que la misericordia sobrepujo a la deuda contraída por nuestros pecados, porque, siendo infinito el valor de la muerte de Jesucristo, superó de infinita manera la satisfacción debida a la justicia divina por nuestros pecados.
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Por todo esto, debemos poner toda nuestra esperanza en los méritos de Jesucristo.
En efecto, Jesús crucificado es fuente de bienes. Dice San Pedro que toda nuestra salvación está en Jesucristo, quien, por medio de la Cruz, nos abrió la puerta del Cielo y nos da esperanzas para alcanzar de Dios todo bien, si permanecemos fieles en la guarda de sus mandamientos.
San Juan Crisóstomo dice que Jesús crucificado es la esperanza de los fieles, porque, de no tener a Jesucristo, no tendríamos esperanza alguna de salvación. Es el báculo de los cojos, porque todos claudicamos en el presente estado de corrupción, y para caminar por el sendero de la salvación no tenemos más fuerza que la que nos comunica la gracia de Jesucristo.
En suma, toda nuestra esperanza se cifra en los méritos de Jesucristo, por lo que decía el Apóstol: para todo siento fuerzas en Aquel que me conforta. Quien desconfía de sí mismo y confía en Jesucristo, adquiere invencible fortaleza.
El Señor, decía San Bernardo, hace omnipotentes a cuantos en Él cifran su confianza. Y añadía que el alma que no presume de fuerzas propias, sino que está fortalecida por Jesucristo, tendrá tan gran dominio de sí misma, que nunca la subyugará pecado alguno; de lo que concluía que quien se apoya en Jesucristo no halla poder, ni engaño, ni placer que lo pueda abatir.
Pues la palabra de la Cruz, para los que perecen es una insensatez; mas para los que se salvan, para nosotros, es una fuerza de Dios. Con estas palabras nos amonesta San Pablo que no sigamos el ejemplo de los mundanos, que ponen toda su confianza en las riquezas o en sus parientes y amigos y tachan de locos a los Santos, que, despreciando estos humanos apoyos, ponen toda su esperanza a la sombra de la Cruz, es decir, en Jesús crucificado, que colma de bienes a quienes en Él confían.
Por lo que dice San Agustín que nuestra fortaleza estriba en reconocernos débiles y confesar humildemente lo miserables que somos. Y San Jerónimo añade que la perfección de la vida presente estriba en reconocer nuestras imperfecciones.
Tomando Jesucristo sobre sí nuestras flaquezas, nos ha alcanzado una fortaleza que vence a nuestra debilidad natural. No tenemos un Pontífice incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas; antes bien puede hacerlo, pues ha sido probado en todo, a semejanza nuestra, excluido el pecado. Y por eso nos exhorta el Apóstol: Lleguémonos, pues, con confianza al trono de la gracia, para que alcancemos misericordia y hallemos gracia en orden a ser socorridos en el tiempo oportuno.
Sometiéndose Jesucristo, en la noche anterior a la Pasión, a padecer en el huerto de Getsemaní los temores, angustias y tristezas, nos mereció el valor de vencer el tedio que experimentamos en la oración, en la mortificación y en otros ejercicios de piedad, y la fortaleza para sufrir con paz y alegría los rigores de la adversidad.
Con aquel Hágase tu voluntad, que entonces pronunció, mereció Jesucristo y nos alcanzó la gracia de la resignación en todas las adversidades, y, como escribe San León, alcanzó para los mártires y confesores de la fe la fortaleza necesaria para hacer frente a todas las persecuciones y tormentos de los tiranos.
Además, por el aborrecimiento que cobró entonces a nuestros pecados, que le hicieron padecer áspera agonía, nos mereció la contrición de nuestras culpas.
Por el abandono en que su Padre lo dejó en la Cruz nos mereció la gracia de no perder la calma en las desolaciones y sequedades de espíritu.
Al inclinar la cabeza, cuando estaba a punto de expirar, para obedecer al Padre, nos mereció las victorias que reportaremos contra las pasiones y las tentaciones, y la paciencia en los dolores de la vida, y en las amarguras y angustias que se sufren en la muerte.
En suma, Jesucristo, dice San León, vino a tomar sobre sí nuestras enfermedades y flaquezas para comunicarnos su virtud y constancia.
Del ejemplo de Jesucristo y de su admirable paciencia sacaron los mártires valor y entereza para soportar los más duros tormentos que la crueldad de los tiranos supo inventar; y no sólo los soportaron pacientemente, sino también con alegría y gran deseo de padecerlos mayores por amor de Jesucristo. Tan grandes son la paciencia y fortaleza que alcanzaron los mártires de la Pasión de Jesucristo.
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Seguidamente, San Alfonso María pasa a hablar de la principal figura de Nuestro Señor en el Antiguo Testamento.
Y dice: ya que hablamos de la remisión de los pecados, recordemos que nuestro Redentor vino al mundo a perdonar a los pecadores, como Él lo aseguró. De ahí que San Juan Bautista, cuando presentó a los judíos su Mesías ya llegado, les dijese: He aquí al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
La palabra cordero significa aquel Cordero divino tantas veces anunciado por Isaías y por Jeremías; y prefigurado antes por Moisés en el Cordero Pascual, y en el que todas las mañanas se ofrecía en holocausto al Señor y en el que se inmolaba por las tardes en expiación por los pecados.
Todos estos corderillos eran impotentes para borrar un solo pecado, y sólo servían para representar el futuro sacrificio del Cordero divino, Jesucristo, que con su Sangre había de lavar nuestras almas, purificarlas de las manchas del pecado y librarlas de los eternos tormentos merecidos por nuestras culpas.
Jesucristo, dice San Pedro, llevó nuestros pecados en su propio cuerpo sobre el madero, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia, con cuyas heridas fuimos sanados. Jesús, pues, cargó con nuestros pecados y los llevó a la Cruz para pagar la pena con su muerte y alcanzarnos el perdón, devolviendo a los muertos la vida perdida.
Esto es fruto del pacto hecho entre Jesús y su Eterno Padre: el cual nos perdonaría las culpas y nos recibiría en su amistad en consideración a la pasión y muerte de su mismo Hijo.
En este sentido llamó el Apóstol a Jesucristo Mediador de un nuevo testamento.
El hombre, caído en pecado, era deudor a la divina justicia y enemigo de Dios. Vino el Hijo de Dios al mundo y se revistió de carne humana y, al mismo tiempo, como Dios y hombre que es, se constituyó Mediador entre el hombre y Dios, en calidad de representante de entrambas partes, para restablecer la paz entre ellas y alcanzar al hombre la gracia divina, ofreciéndose a pagar con su sangre y con su muerte la deuda del hombre.
Esta reconciliación estuvo ya figurada en el Antiguo Testamento en todos los sacrificios que entonces se hacían y en todos los símbolos ordenados por Dios, figuras de la prometida redención; que debía llevarse a cabo con la Sangre de Cristo.
Sin la Sangre de Jesucristo no había esperanza de perdón de nuestras culpas. Y así como en la Antigua Ley, por medio de la sangre de las víctimas, se purificaban los hebreos de las manchas exteriores producidas por el quebranto de la ley y se les perdonaba la pena temporal por la ley impuesta, así también, en la Nueva Alianza, la Sangre de Jesucristo lava las manchas interiores de la culpa y nos libra de la pena eterna del infierno.
Todo esto lo explica San Pablo: Mas Cristo, habiéndose presentado como pontífice de los bienes venideros, penetrando en el tabernáculo más amplio y más perfecto, no hecho de manos, esto es, no de esta creación, y no mediante la sangre de machos cabríos y de becerros, sino mediante la sangre, entró de una vez para siempre en el santuario, consiguiendo una redención eterna.
El pontífice de la Antigua Ley entraba en el Sancta Sanctorum y con la aspersión de la sangre de los animales purificaba a los delincuentes de las manchas exteriores contraídas y de la pena temporal, puesto que para alcanzar el perdón de la culpa y la remisión de la pena eterna necesitaban los hebreos, de necesidad absoluta, la contrición, con esperanza en el Mesías prometido, que debía morir para alcanzarles el perdón.
Jesucristo, por el contrario, con su precioso Cuerpo, que es el Tabernáculo más excelente y más perfecto, de que habla el Apóstol, sacrificado en el Ara de la Cruz, entró en el Sancta Sanctorum del Cielo, para nosotros hasta entonces cerrado, y nos lo abrió por medio de la Redención.
Por eso San Pablo, para animamos a esperar el perdón de nuestras culpas, fiados en la Sangre de Jesucristo, nos dice: Porque si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de la becerra santifican con su aspersión a los contaminados en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo inmaculado a Dios, purificará nuestra conciencia de obras muertas, para que rindáis culto al Dios viviente!
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San Alfonso María nos conduce, nueva y finalmente, al Sacerdocio de Nuestro Señor y su Sacrificio, perpetuado por el Santo Sacrificio de la Misa.
Jesucristo se ofreció a Dios puro y sin sombra de culpa; de otra suerte no hubiera, sido digno Mediador ni apto para reconciliar a Dios con el hombre pecador, ni su Sangre hubiera tenido la virtud de purificar nuestra conciencia de las obras muertas, esto es, de los pecados, que se llaman así, o porque no son dignas de mérito alguno, o porque son dignas de castigos eternos.
El mismo Jesucristo ratificó esta promesa de perdonarnos los pecados por los méritos de su Sangre, cuando en la noche que precedió a su muerte, al instituir la Sagrada Eucaristía, dijo: Bebed todos de este cáliz, porque ésta es mi sangre de la alianza, misterio de fe, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.
Estaba próximo el sacrificio, en que había de derramar, no parte de su Sangre, sino toda ella para expiar nuestros pecados y alcanzamos el perdón.
Por eso quiso que este sacrificio se ofreciese diariamente en todas las Misas que se celebrasen, a fin de que su Sangre clamase de continuo en favor nuestro.
Por eso también fue llamado Jesucristo Sacerdote según el orden de Melquisedec. Aarón ofreció sacrificios de animales, en tanto que el sacrificio de Melquisedec fue de pan y de vino, figura del Sacrificio del Altar, en el que nuestro Salvador, bajo las especies de pan y vino, ofreció en la Última Cena a Dios su Cuerpo y su Sangre, que al día siguiente había de sacrificar en la Pasión y que continúa a diario ofreciéndole por manos de los sacerdotes, que hacen presente nuevamente el Sacrificio de la Cruz.
San Pablo explica por qué David llamó a Jesucristo Sacerdote Eterno, y dice: Mas Él, a causa de subsistir perpetuamente, posee el sacerdocio intransferible. Los antiguos sacerdotes acababan su ministerio con la vida, mas Jesucristo, siendo como es eterno, lo es también en su sacerdocio.
Pero ¿cómo seguirá en el Cielo ejerciendo tal sacerdocio? También lo explica San Pablo, y dice: Por donde puede también salvar perennemente a los que por Él se llegan a Dios, siempre viviente para interceder a favor de ellos.
El gran Sacrificio de la Cruz, perpetuado por el Sacrificio del Altar, conserva siempre la virtud de salvar a todos cuantos, debidamente dispuestos por la fe y las buenas obras, se acercan a Dios por medio de Jesucristo.
San Ambrosio y San Agustín dicen que Jesucristo, en cuanto hombre, prosigue haciendo en el Cielo lo que hacía en la tierra en favor de los hombres, es decir, ejerciendo el oficio de Abogado, Mediador y aun de Pontífice, oficio que consiste, como dice el Apóstol, en estar siempre viviente para interceder a favor nuestro.
El Señor nos había prometido perdonar y dar la vida eterna, pero dice San Agustín que hizo más de lo que prometió. El perdonarnos y abrirnos las puertas del Paraíso nada costaba a Jesucristo, pero el redimirnos le costó la sangre y la vida.
El Apóstol San Juan nos exhorta a evitar el pecado; pero, temiendo que decaigamos de ánimo, al recordar nuestras pasadas culpas, nos alienta a esperar el perdón, con tal que tengamos la firme resolución de no caer, diciéndonos que tenemos que habérnoslas con Cristo, que no murió sólo para perdonamos, sino que, además, después de muerto, se ha constituido Abogado nuestro ante el Padre celestial.
Según todo el rigor de la divina justicia, nuestros pecados nos han hecho incurrir en la desgracia de Dios, y, por consiguiente, nos han hecho merecedores de la eterna condenación.
Mas también la Pasión del Salvador pide en nuestro favor gracia y eterna misericordia. Y las pide en todo rigor de justicia, porque el Eterno Padre, en atención a sus méritos, prometió perdonamos y salvarnos, siempre que estemos dispuestos a recibir la gracia divina y queramos someternos a sus preceptos.
Vayamos, pues, y aun corramos con ánimo esforzado, armados de paciencia para combatir con los enemigos de nuestra salvación, fijos los ojos en Jesús crucificado, quien renunció a una vida de gozo en esta tierra y se eligió vida de sufrimientos e ignominia, con el fin de obtener nuestra redención.
Dios mediante, el próximo Domingo seguiremos meditando la Pasión de Nuestro Sumo y Eterno Sacerdote.

