ALGO HA MUERTO EN ESPAÑA
Hace unos meses que no se habla más que de corrupción. Cada caso de corrupción que se descubre pone de manifiesto otros diez, hasta hablarse de una corrupción generalizada.
Cuando se produce la corrupción, es que algo ha muerto. ¿Qué es lo que ha muerto en España?
Las sospechas y la investigación alcanzan a las más altas instancias del gobierno de la nación. Muchos atribuyen la corrupción al PSOE, el partido en el gobierno, o a la pandilla del mismo que se reparte los puestos preeminentes. No faltan quienes suponen que la clave del mal está en el presidente del gobierno, y exigen su dimisión.
A mí, sin embargo, se me antojan de tal mediocridad estos personajes, que me niego a creerlos autores exclusivos de fenómenos de tales dimensiones. No entro a discutir con su responsabilidad concreta en el negociado de su competencia, pero más me parecen víctimas (aunque beneficiarios) de la corrupción, que autores de la misma.
Solamente en un caso he leído en un periódico la sospecha de que debe tratarse de “una crisis ética o moral de los españoles”. Esto sería más grave, pero una crisis moral no surge de repente y sin causa visible como una epidemia o una alergia. Ha de haber algo más.
Creo que la inmensa mayoría de los españoles siguen siendo incapaces de robar o hacer daño al prójimo directamente, sea a mano armada, sea mediante engaño. Cuando se trata de grandes negocios, mediando la cosa pública, ya es diferente, porque la víctima se diluye y el beneficio aumenta: aquí se dice que cada hombre tiene su precio.
Para afrontar estas tentaciones hace falta una moral más ilustrada, más profunda. Ciertamente que la democracia, el socialismo y el estatismo no favorecen a esa necesaria moralidad pública, tan difícil a veces.
Cuando asistimos a las encarnizadas peleas internas de cada facción o partido, tenemos que suponer que se lucha por algo, y que el triunfo en las mismas justifica en la mente de los vencedores el reparto del botín –que es el poder–, como en las antiguas batallas que se entraba al saqueo de las ciudades. Pero es que el triunfo electoral del socialismo, tantas veces seguidas, es también consecuencia de algo más profundo.
La moral no es algo que “está ahí” colgada de sí misma, como imaginan los jusnaturistas laicos o la teoría de los valores. Nadie en el fondo cree que la moral sea algo abstracto sin apoyatura en alguien que mande y que la haya impreso en nuestra conciencia. Ni los filósofos ni, menos, el pueblo entiende demasiado bien eso del “imperativo categórico” de Kant. Sobre todo, en la moral mayuscular, que determina la prudencia política y la justicia del gobernante, en cuya función las responsabilidades se diluyen y los beneficios se agigantan.
La moral se apoya en la religión, y sin ella sólo cabe moral pública en rarísimos casos en que se inspira en la soberbia (las virtudes de los paganos son soberbios vicios, que decía San Agustín).
El hombre o el pueblo que pierde su fe religiosa pierde también su moral íntima, y, para su destino final, lo pierde todo.
Esto ha sucedido eminentemente con el pueblo español, esencialmente religioso, a través de su historia. Cuando el español pierde su fe católica –ha escrito Menéndez Pelayo– es incapaz de creer en ninguna otra cosa. En menos de veinte años hemos visto despoblarse los templos, sobre todo de las nuevas generaciones, y a pasar del mayor al menor índice de natalidad en Europa.
La corrupción de la moral de hoy es la corrupción de la fe religiosa, y esto no se remedia con un cambio de ministerio.
La culpa del fenómeno tan profundo y rápido no es de la política o los políticos, que son más bien causas segundas o causas causadas, sino de la propia Iglesia. El origen del mal no hay que buscarlo en el Parlamento, sino en el Concilio, en la Iglesia postconciliar.
Abiertas todas las puertas, mezclando todo y pervertida la disciplina, la fe se ha extinguido o enfriado en millones de almas. La laicidad del Estado y del Derecho –consecuencia de la declaración conciliar de libertad religiosa– ha destruido los antemurales que protegían y conservaban la fe del pueblo español. Lo demás, que hoy nos asombra y atenaza, no es más que su consecuencia obligada. Y no se curan los males atacando sólo a los síntomas.

