PRIMER DOMINGO DE CUARESMA
En aquel tiempo, Jesús fue conducido al desierto por el Espíritu, para que fuese tentado por el diablo. Ayunó cuarenta días y cuarenta noches, después de lo cual tuvo hambre. Entonces el tentador se aproximó y le dijo: Si eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se vuelvan panes. Mas Él replicó y dijo: Está escrito: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Entonces lo llevó el diablo a la Ciudad Santa y lo puso sobre el pináculo del Templo; y le dijo: Si eres el Hijo de Dios, échate de aquí abajo, porque está escrito: “Él dará órdenes a sus Ángeles acerca de Ti, y te llevarán en sus manos, para que no tropiece tu pie contra alguna piedra”. Le respondió Jesús: También está escrito: “No tentarás al Señor tu Dios”. De nuevo le llevó el diablo a una montaña muy alta, y mostrándole todos los reinos del mundo y su gloria, le dijo: Yo te daré todo esto si postrándote me adoras. Entonces Jesús le dijo: Vete de aquí, Satanás, porque está escrito: “Adorarás al Señor tu Dios, y a Él sólo servirás”. Le dejó entonces el diablo; y he aquí que los Ángeles se acercaron para servirle.
Hemos entrado en la Cuaresma, nos encontramos en el Primer Domingo de ella.
Voy a aprovechar estos Domingos para proponer materia de meditación y contemplación sobre la Pasión de Nuestro Señor. Para los dos primeros Domingos resumiré algunos puntos del libro de San Alfonso María de Ligorio Reflexiones sobre la Pasión de Jesucristo.
Como introducción, dice el Santo Doctor: Cuán agradable sea a Jesucristo que meditemos frecuentemente su Pasión y la muerte ignominiosa que padeció por nosotros, bien se echa de ver en la institución del Santísimo Sacramento del Altar, que dejó en su Iglesia como monumento para que siempre viviera en nosotros la memoria del amor que nos tuvo, sacrificándose en la cruz por nuestra salvación.
Sabemos que en la noche anterior a su muerte instituyó este Sacramento de amor, y después de haber distribuido su Cuerpo y su Sangre a los discípulos, les dijo, y en ellos nos dijo a todos nosotros, que al consagrar y recibir la Sagrada Comunión nos recordásemos de lo que padeció por nosotros.
Por eso la Santa Iglesia ordena al celebrante que, en la Santa Misa, después de la Consagración, diga en nombre de Jesucristo: Hӕc quotiescumque feceritis, in mei memoriam facietis. (Cuantas veces hiciereis estas cosas, las haréis en memoria de mí).
Y el Angélico Santo Tomás escribe que, para que se conservara entre nosotros la memoria de tan grande beneficio, nos dejó su cuerpo para que lo tomáramos en alimento.
Y continúa el Santo diciendo que por este sacramento se conserva la memoria del inmenso amor que Jesucristo nos patentizó en su pasión.
Si alguien hubiera padecido por un amigo injurias y heridas, y supiera luego que el amigo, al oír hablar de lo acontecido, no quisiera recordarlo, y cuando se le recordara, dijese: ¡Hablemos de otra cosa!, ¡qué pena sentiría aquél al ver el olvido del ingrato! Por el contrario, ¡qué consuelo experimentaría al cerciorarse de que el amigo profesaba testimoniarle eterna gratitud y que siempre le recordaba hablando de él con ternura y sollozos!
De ahí que todos los Santos, conocedores del gusto que proporciona a Jesucristo el evocar a menudo su pasión, se hayan preocupado en meditar casi de continuo los dolores y desprecios que padeció el amabilísimo Redentor durante la vida y especialmente en la muerte.
Escribe San Agustín que no hay nada tan provechoso al alma como meditar diariamente la Pasión del Señor.
Reveló Dios a un santo anacoreta que no hay ejercicio más apto para inflamar los corazones en el divino amor como el pensar en la muerte de Jesucristo.
Y a Santa Gertrudis le reveló que quien mira devotamente el Crucifijo, siempre que le mira es mirado por Jesús con amor.
Por lo tanto, considerar o leer cualquier cosa acerca de la Pasión reporta mayor bien que otro cualquier ejercicio devoto.
Por eso escribía San Buenaventura: ¡Oh amable pasión, que divinizas al alma que en ti medita!
Y, hablando de las llagas del Crucifijo, las llamó llagas que hieren los más duros corazones e inflaman a las almas más frías en el amor divino.
Jesucristo crucificado era también el libro predilecto de San Felipe Benicio, por lo que, al morir, pidió el Santo le dieran su libro, y quienes le asistían dudaban qué libro darle; pero su confidente, Fr. Ubaldo, le dio la imagen de Jesús crucificado, y entonces exclamó el Santo: Este es mi libro, y besando las sagradas llagas, exhaló su bendita alma.
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Pasa luego el Santo Doctor a unas Reflexiones sobre la Pasión de Jesucristo en general. Y dice que, para comprender mejor la Pasión, debemos partir de la necesidad de un Redentor.
Pecó Adán, se rebeló contra Dios, y, por ser el primer hombre y padre de toda la humanidad, quedó él perdido con todo el género humano.
La injuria fue hecha a Dios, por lo que ni Adán ni el resto de los hombres podían con todos sus sacrificios, ni aun con el sacrificio de sus vidas, ofrecer digna satisfacción a la divina Majestad ofendida; para aplacarla cumplidamente era preciso que una persona divina satisficiese a la divina justicia.
Y he aquí al Hijo de Dios, que, movido de compasión a los hombres e impelido por las entrañas de su misericordia, se brindó a revestirse de carne humana y a morir por ellos, para de este modo tributar a Dios cumplida satisfacción por todos sus pecados y alcanzarles la gracia divina perdida.
Vino, pues, al mundo el amoroso Redentor y quiso, al hacerse hombre, remediar todos los daños que el pecado había ocasionado.
Y, a la vez, no sólo con sus enseñanzas, sino también con los ejemplos de su santa vida quiso inducir a los hombres a observar los divinos preceptos, conquistando así la vida eterna.
A tal fin renunció Jesucristo a todos los honores, delicias y riquezas de que hubiera podido disfrutar en esta vida, eligiéndose otra humilde, pobre y atribulada, hasta morir de dolor en una cruz.
Se engañaron los judíos al fantasear que el Mesías había de venir a la tierra triunfador de todos los enemigos con el poderío de sus armas, y después de haberlos aniquilado y conquistado el dominio de toda la tierra, había de enriquecer y ennoblecer a sus seguidores.
Si el Mesías hubiera sido tal como los judíos lo imaginaban, príncipe triunfador y honrado por todos los hombres como soberano de toda la tierra, no habría sido el Redentor prometido por Dios y predicho por los profetas.
Dios no podía ver plenamente satisfecha su justicia con todos los sacrificios que le hubieran ofrecido los hombres, aun de sus vidas, y por eso dispuso que su Hijo tomara carne humana y alcanzarles así la salvación: Sacrificio y ofrenda no quisiste, pero me diste un cuerpo a propósito.
Y el unigénito Hijo consintió de buen grado en sacrificarse por nosotros y bajó a la tierra para inmolarse con su muerte y llevar a cabo la obra de la redención.
Dijo el Señor, hablando a los pecadores por medio del Profeta Isaías: ¿Para qué se os va a golpear más?; y lo decía para darnos a entender que, por mucho que castigara a los que le ofenden, todos los castigos no llegarían a reparar su ofendido honor; de aquí que mandara a su mismo Hijo a satisfacer por los pecados de los hombres, porque su Hijo tan sólo podía satisfacer plenamente a la divina justicia.
Por esta razón declaró por Isaías (53: 8), hablando de Jesús, víctima de nuestros pecados: Por el crimen de mi pueblo fue herido de muerte.
Y no se contentó con una satisfacción cualquiera, sino que quiso verlo destrozado por los tormentos.
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Ahora bien, Jesucristo nos quiso redimir por el camino de la Cruz.
Cuando el Verbo divino se brindó a redimir a los hombres, se le presentaron dos caminos para conseguirlo, uno de gozo y de gloria, y el otro de penas y vituperios.
Mas quien, con su venida, no sólo quería librar a los hombres de la muerte eterna, sino también conquistarse el amor de todos los corazones humanos, rechazó la vida de gozo y de gloria y eligió la de penas y vituperios.
Por lo tanto, para satisfacer por nosotros a la divina justicia y a la vez para inflamarnos en su santo amor, quiso cargar con todas nuestras deudas y, muriendo en la Cruz, alcanzarnos la gracia y la vida bienaventurada, según se expresa Isaías: Él ha llevado nuestros sufrimientos… Nuestros dolores Él los cargó sobre sí.
El Antiguo Testamento trae dos figuras expresas de esto:
La primera, es la ceremonia que se usaba todos los años con el macho cabrío emisario, sobre el cual cargaba el sumo sacerdote de maldiciones, le arrojaban al desierto para que allí viviese como objeto de la divina ira.
Este animal, era figura de nuestro Redentor, que quiso cargar con todas las maldiciones que por nuestras culpas merecíamos, hecho por nosotros objeto de maldición, o por mejor decir, la misma maldición; y todo para alcanzarnos la bendición divina.
Por esto escribe el Apóstol San Pablo: Al que no conoció pecado, por nosotros le hizo pecado, a fin de que nosotros viniésemos a ser justicia de Dios en Él.
Es decir, como explican San Ambrosio y San Anselmo: quien era la misma inocencia apareció a los ojos de Dios como si fuese el mismo pecado; o mejor, vistió el traje de pecador, queriendo padecer las penas que debíamos pagar los pecadores para alcanzarnos el perdón y hacernos justos ante Dios.
La segunda figura del sacrificio que Jesucristo ofreció por nosotros al Eterno Padre en la Cruz fue la de la serpiente de bronce, puesta en un madero, con cuya mirada curaban los hebreos mordidos de serpientes venenosas.
El mismo Jesús, por medio de San Juan, atestiguó: Así como Moisés puso en alto la serpiente en el desierto, así es necesario que sea puesto en alto el Hijo del hombre, para que todo el que crea en Él alcance la vida eterna.
Los judíos escogieron para Jesucristo la muerte de cruz, como la más ignominiosa, para que su nombre fuera infame para siempre y ni siquiera se le nombrase ya, como había predicho Jeremías (11: 19): Yo era como un cordero manso llevado al matadero, y no sabía que tramaban intrigas contra mí, diciendo: Destruyamos el árbol con su fruto, y cortémoslo de la tierra de los vivientes, para que no se recuerde más su nombre.
Pues bien, ¿cómo podrán hoy día negar los judíos que Jesucristo es el Mesías prometido, habiendo muerto con muerte afrentosísima, cuando los mismos Profetas predijeron esa muerte?
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Pero hay que destacar que Jesucristo murió para expiar nuestros pecados.
El redentor aceptó muerte tan ignominiosa porque moría para pagar nuestros pecados, y por eso quiso ser circuncidado cual pecador, ser rescatado en su presentación en el Templo, recibir el bautismo de penitencia de manos del Bautista, y, finalmente en su Pasión, quiso que le clavaran en la Cruz para pagar nuestros malditos pecados y licencias.
De ahí que, con lágrimas de ternura, deberíamos agradecer al Padre habernos dado a su inocente Hijo para que con su muerte nos librase de la muerte eterna.
Escribe San Pablo (Rom. 8: 32): Quien a su propio Hijo no perdonó; antes por todos nosotros lo entregó, ¿cómo, juntamente con Él, no nos dará de gracia todas cosas?
Y San Juan añade: Así amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo unigénito.
La misma Santa Iglesia, en el Exultet del Sábado Santo, dice: ¡Oh admirable dignación de tu piedad para nosotros! ¡Oh inestimable amor de los amores, que para salvar al siervo entregaras al Hijo!
Quien esto cree y confiesa, ¿cómo puede vivir sin abrasarse de santo amor hacia este Dios tan amante y tan amable? Digamos, pues, ¡oh Dios eterno!, no nos miréis, tan cargados de pecados; mirad a vuestro inocente Hijo pendiente de una Cruz, ofreciéndoos tantos dolores y oprobios para que tengáis compasión de nosotros.
Agradezcamos al Padre y agradezcamos igualmente al Hijo, que se revistió de nuestra carne y a la vez tomó sobre sí nuestros pecados para dar a Dios, con su pasión y muerte, cumplida satisfacción.
Él, como Mediador entre Dios y los hombres, hizo un pacto con Dios, por el que se obligó a satisfacer por nosotros a la divina justicia y nos prometió de parte de Dios la vida eterna.
Y para mejor asegurarnos el perdón, dice San Pablo que Jesucristo canceló con su sangre el decreto de nuestra condenación, en que estaba escrita contra nosotros la sentencia de muerte eterna, y lo fijó en la cruz, en que murió satisfaciendo por nosotros a la divina justicia.
De modo que no tenemos esperanza de salvación más que en los méritos de Jesucristo; de lo que concluye Santo Tomás, con todos los teólogos, que, después de la promulgación del Evangelio, hemos de creer explícitamente, no sólo como necesidad de precepto, sino también de medio, que sólo podemos salvarnos por medio de nuestro Redentor.
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Nótese, en cuanto a las obras de Jesucristo en la tierra, que, por ser obras de una persona divina, tuvieron mérito infinito, de suerte que aun la menor de ellas bastaba a satisfacer a la divina justicia por todos los pecados de todos los hombres, y, sin embargo, la muerte de Jesucristo fue el gran sacrificio que determinó nuestra redención; de ahí que en las Sagradas Escrituras se atribuya principalmente la obra de la humana redención a la muerte por Él padecida en la Cruz.
Y añade el Apóstol San Pablo que, al recibir la sagrada Eucaristía, debemos evocar la muerte y no la encarnación, el nacimiento o la resurrección. Porque la muerte, por ser el suplicio más humillante y doloroso de Jesucristo, puso el sello a la obra de la redención.
Sobrado conocido tenía el Apóstol que Jesucristo había nacido en una gruta, que había vivido treinta años en un taller, que había resucitado y subido al Cielo… ¿Por qué, pues, escribe que no quiere saber nada más que a Jesús, y a Jesús crucificado?
Porque la muerte padecida por Jesucristo en la Cruz es lo que más le movía a amarle, a obedecerle, a ejercer la caridad con el prójimo y la paciencia en las adversidades, virtudes que de modo especial practicó y enseñó Jesucristo en la cátedra de la Cruz.
Santo Tomás dijo que en la Cruz se halla el remedio en las tentaciones, la obediencia a Dios, la caridad con el prójimo y la paciencia en las adversidades; que por eso dijo San Agustín: La cruz no fue sólo patíbulo donde Cristo padeció, sino también cátedra donde enseñó
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Por todo esto, la Pasión de Cristo es motivo de confianza y de amor.
¡Qué tranquilo descanso hallan las almas amantes de Dios entre el tumulto del mundo, las tentaciones del infierno y hasta el temor del divino juicio, cuando se detienen a contemplar a solas y en silencio a nuestro amoroso Redentor agonizando en la Cruz!
Y ¡cómo, a vista de Jesús crucificado se desvanecen del pensamiento todos los deseos de honra mundana, de riquezas terrenas y de placeres de los sentidos!
Si Jesucristo, en vez de ser lo que es, Hijo de Dios y verdadero Dios, Creador nuestro y supremo Señor, fuera solamente un simple mortal, ¿quién no se compadecería viendo un joven de noble sangre, inocente y santo, morir a puro tormentos en infame leño, en pago, no de sus delitos, sino de los de sus enemigos, y así librarlos de la muerte por ellos merecida?
¿Cómo habrá, pues, corazones que resistan al amor de un Dios que muere en un mar de desprecios y dolores por amor de sus criaturas? Y ¿cómo podrán estas criaturas amar otra cosa, fuera de Dios? ¿Cómo pensarán en ser agradecidas a otros y no a este su amante bienhechor?
¡Oh, si conocieras el misterio de la Cruz!, decía San Andrés al tirano que pretendía hacerle renegar de Jesucristo por haber muerto crucificado como malhechor.
Si conocieras, tirano, el amor que te manifestó Jesucristo muriendo en la cruz para satisfacer tus pecados y alcanzarte una felicidad eterna, ciertamente no te cansarías en persuadirme renegara de Él, sino que tú mismo abandonarías cuanto tienes y esperas en la tierra, para complacer y contentar a un Dios que tanto te amó…
Así obraron tantos santos tantos mártires, que lo abandonaron todo por Jesucristo.
Grande debiera ser nuestra vergüenza al ver cuántas tiernas virgencitas renunciaron las bodas con príncipes y a las riquezas reales y a todas las delicias terrenas, para sacrificar voluntariamente su vida y testimoniar de alguna manera su afecto al amor que les demostró este Dios crucificado.
¿Cómo se explica, pues, que muchos cristianos se impresionen tan poco ante la Pasión de Jesucristo?
La razón es que pocos son los que se detienen a considerar cuánto padeció Jesucristo por nuestro amor.
Tenemos, pues, materia para la deflexión, la meditación y la contemplación durante la Santa Cuaresma.

