SALMO 67
El salmo describe la felicidad mesiánica.
Empieza, como en una obra de teatro, en el centro de la escena, iluminado por un potente haz, con la majestuosa incorporación de Dios, y la correlativa y centrífuga dispersión evanescente de sus enemigos, y la eliminación contrastante, en claroscuro, de los impíos.
Esta emersión victoriosa es seguida con una alegría desbordante de parte de los justos, que con regocijo incontenible, prorrumpen en celebración, en la presencia de Dios, con la que arranca una majestuosa procesión.
La parada de acogida se da en la frontera con el desierto, de donde viene el Conquistador y donde quedan relegados los rebeldes.
Se proclama su patronato, sus títulos y hazañas en favor de los débiles, singularmente la salida de Egipto, peregrinación por el desierto y entrada en la tierra prometida.
Esta saga funge de proemio que nos mete de lleno en el paisaje y clima de la jubilosa comparsa: un panorama bucólico, acogedor y reposado.
Se pone de relieve un arbitrario localismo familiero, en desmedro de la encumbrada opulencia.
Vuelve el foco a la carroza que nuclea la caravana, y la encontramos portentosamente abarrotada de los rescatados y al Señor inmerso entre la multitud, latamente recogida hasta de entre los recalcitrantes, que entona un himno de gratitud, por la salvación y la cruenta venganza de los enemigos.
Se describe la entrada del Dios- Rey en el Santuario. El sonido de la fanfarria es atronador y bullanguero. La banda está compuesta por cantores, redoblantes, y gráciles jovencitas con castañuelas. Le siguen las altivas comitivas de los clanes.
Todos conminan a Dios en una confidencial instancia a desplegar, de una vez, su poderío; y establecer su orden político paternal, sometiendo, con mano de hierro, al viejo estatus profano y cainita, de una vez y para siempre.
El descomunal desfile, no conforme con sentar sus estandartes en la tierra pacificada, remonta apoteótico vuelvo, a la reconquista de los antiguos cielos. La algarabía se vuelve cósmica y transcendente; al paso que se ensanchan los dominios del Reino.
A modo de epílogo, un postrer reconocimiento consagratorio de la potestad divina sobre el universo y delegación en el dilecto Israel espiritual.
Este salmo, como muchos otros, nos ofrece un cuadro de la legítima felicidad mesiánica, descrita con suma plasticidad y vivos colores artísticos.
Un interesante programa sería la recuperación de la imaginación como indispensable herramienta para el sano goce de los sentidos y soporte de una vigorosa espiritualidad y esperanza.
Una sensualidad herida por la concupiscencia (actualmente quemada por la pantalla) ha sido objeto de una vigilancia ascética en todos los siglos cristianos.
Pero también se ha deslizado, desde los albores de la cristiandad, un prejuicio, que sobre la base del pecado original, a demonizado la carne y la materia, con una valoración óntica negativa. Aquí vemos asomar la cola de la antigua gnosis luciferina.
Esta aprensión hizo mirar con sospecha a las promesas mesiánicas del antiguo testamento, a gran cantidad de doctores y exégetas católicos, que las “espiritualizaron” desactivando su vigencia terrena – escatológica.
Hasta la edad media se suplió este defecto con un vigoroso aparato plástico- artístico – simbólico, que educaba la estética y nutria la religiosidad del pueblo, en un robusto equilibrio antropoteológico.
A partir del renacimiento se insinúa una anemia disociativa que polarizará la esfera corporal de la espiritual, inclinándose alternativa y espasmódicamente hacia alguno de los polos.
Esto repercutió exacerbando la fantasía hasta vaciarla.
El tema es que la facultad imaginativa, como los demás sentidos internos, cumple una función amortiguadora de la psiquis, que ofrecen frenos inhibitorios a la sensualidad, imperados por la potencia espiritual de la voluntad.
A partir del siglo veinte se produce un desenfreno y disparada de los sentidos, liberados de toda reprensión limitativa.
El hombre contemporáneo está en la sima de lo sensual, hasta lo bestial y antinatural, incapaz de reconectar con una estética que lo eleve, por la imaginación, de lo visible a lo invisible. En suma, se nos ha atrofiado la facultad fantaseadora.
El placer ha sido monopolizado por la excitación genital y a eso se reduce. Y no se conciben formas superiores de voluptuosidad.
Las sagradas escrituras, en tantos pasajes como el del salmo que nos ocupa, nos eleva anagógicamente hacia formas insospechadas de delicias y refinados placeres.
La cloacal andanada de inmundicias ambiente ha provocado, entre cristianos comprometidos, una huida hacia lo puramente espiritual, soslayando la resurrección y reivindicación de la carne en su sustancial maridaje con el alma. Y es tal el prurito, que se nos ha vedado la memoria del “paradiso voluptatis” en el que vivieron y gozaron, aunque por breve tiempo nuestros primeros padres. ¡Horror de especular, por ejemplo, cómo sería el coito, en el plan divino, antes de la caída! Seguramente tan distante al actual en perfección, como una final en cualquier disciplina olímpica en comparación con la misma especialidad pero en juegos amateur en categoría de capacidades diferentes…
Las secuelas de la caída original, ha atrofiado al hombre, debilitando sus órganos y facultades.
La capacidad de gozar será inmensamente potenciada después de la resurrección. Y esto especialmente por su reordenamiento instrumental subordinado al alma beatificada.
Según la recta interpretación del salmo y muchos otros lugares de las escrituras, el teatro de las festivas bodas y alegres espectáculos descritos será esta misma tierra, inmersa y perfectamente comunicada con el Cielo, por medio de la Jerusalén descendiente del mismo.
Este análisis de estado de la cuestión, puede ser útil para algunas cosas:
- Reeducar nuestra fantasía con la Escritura (y ojalá también con la Liturgia) nos refina el gusto, guiándonos hacia donde están las verdaderas fuentes de delicias.
- Saber, por la Fe y la Esperanza, que nos aguardan semejantes y tan concretos bienes, nos incentiva a la ascesis con cimientos metafísicos y no voluntaristas. Es como la mamá que le dice al niño antes de comer: – no te llenes de pan que no vas a querer comer el asado…
- Nos hace ambiciosos y codiciosos de los bienes sublimes. Y sabemos que el premio será proporcional a la expectativa. Los Hermanos Bonaerjes no eran sonsos cuando le hicieron pedir, a su madre, al Señor, la prebenda, de ocupar la derecha y la izquierda respectivamente en su Reino. Ni Santa Teresita, cuando escribe que Dios deberá esforzarse mucho para sorprenderla en el Cielo, tal eran sus pretensiones.
- Nos hace inconformistas y desentusiasma respecto a los bienes terrenales que se nos ofrece en este valle de lágrimas, que cada vez más se parece a una película de terror morbosa.
- Nada mejor para una buena digestión que comer frugalmente: nos permite andar livianos y libres de las preocupaciones de este mundo. No vale la pena matarse laburando doce horas por día para tener un coche último modelo y pasar quince días de vacaciones en mar de las pampas.
Para finalizar, y a modo de curiosidad, el salmo siguiente (68) habla de la Pasión de Cristo, narra sus terribles angustias y sufrimientos.
Históricamente el carnaval era un último desahogo de la carne antes de comenzar las maceraciones cuaresmales.
Escriturísticamente, el salmo (67) nos exhibe, en toda su hermosura y esplendor, el fin, el premio y el objeto de nuestra Felicidad definitiva. Y así nos motiva y reconforta a iniciar con ánimo la carrera cuaresmal.
