P. Ceriani: COMPLEMENTO AL SERMÓN DE QUINCUAGÉSIMA – MUY ACTUAL – SE TRATA DE LOS PRIMEROS ESPECIALES – SEPTIEMBRE DE 2009

Roma y Ecône: Preguntas y Respuestas

Fideliter Nº 189, mayo-junio de 2009, páginas 64-66

El camino que conduce a las discusiones doctrinales entre Roma y la Fraternidad Sacerdotal San Pío X quedaría despejado y las cosas irían mucho más rápidas, si no siguiera existiendo un escollo… ¡Y este es de gran dimensión!

¿De qué se trata?, se preguntará usted. ¿Quién es el obstáculo? Precisamente, Monseñor Marcel Lefebvre y sus declaraciones.

Entonces, para removerlo sin causar asombro, escándalo, rechazo, o cualquier otra reacción en contrario, es necesario hacerlo suavemente. Pero esto no se puede hacer sin recurrir al arte consumado de la manipulación.

Encontramos la prueba en estas preguntas y respuestas entresacadas de un artículo de la revista oficial del Distrito de Francia de la Fraternidad San Pío X: Fideliter Nº 189, de mayo junio de 2009, páginas 64-66.

Es importante que sepa quien atienda este análisis, que todo lo referente a las relaciones entre la Fraternidad San Pío X y Roma es, por decisión propia, de atribución exclusiva del Superior General de la misma, Monseñor Bernard Fellay. En otras palabras, nada puede ser publicado sobre este tema que no esté en total conformidad con el pensamiento del Superior General. Incluso existe en algunos Distritos (es el caso del de Francia) la censura previa del Superior del mismo.

Esta decisión nos garantiza que lo publicado en Fideliter es la posición oficial de la Fraternidad San Pío X.

El jueves 10 hemos publicado este material y no hemos permitido los comentarios hasta ahora, para dar tiempo a la reflexión de los lectores y evitar apresuramientos.

Damos a conocer hoy nuestros propios comentarios que, sin lugar a dudas, suscitará aprobaciones y oposiciones, elogios y críticas, y, entre estas últimas, algunas por considerar excesivas nuestras opiniones y otras por considerarlas demasiado indulgentes.

Para facilitar los comentarios, hemos puesto en el texto llamadas entre paréntesis que envían a los mismos.

Luego de esta necesaria introducción, comencemos, transcribiendo el artículo y los comentarios que le hacemos:

Fideliter la revista oficial del Distrito de Francia
Fideliter la revista oficial del Distrito de Francia

Pregunta: Si bien muchas veces hay todavía razones para estar insatisfechos respecto de las enseñanzas pontificias, ¿es exacto decir que en Roma no ha cambiado nada?

Respuesta: No. En primer lugar porque, en el mundo material, de ninguna cosa puede decirse: “esto no ha cambiado”. Nosotros mismos, si bien hemos permanecido substancialmente los mismos, somos bien diferentes a los 30 años que a los 20, y de la misma manera en otras cosas.

Juan Pablo II no era Pablo VI, Benedicto XVI no es absolutamente el mismo que aquel que fue el cardenal Ratzinger. [1]

[1] “Benedicto XVI no es absolutamente el mismo que aquel que fue el cardenal Ratzinger.” El articulista no nos dice en qué ha cambiado Joseph Ratzinger; ni si esos cambios, en lo que se refieren a la doctrina, son accidentales o substanciales.

¿Por qué estas trivialidades? Para excitar nuestra inteligencia a permanecer adecuada a la realidad.

Lo que no ha cambiado en Roma es el apego al Concilio. Bajo este aspecto se puede decir: “en Roma nada ha cambiado”; nada en cuanto al apego al Concilio.

Por el contrario, ciertas cosas han cambiado en Roma, como por ejemplo un retroceso respecto a las consecuencias del Concilio[2] (por ejemplo: la desacralización litúrgica).[3]

[2] No hay retroceso —todo lo contrario— respecto de las consecuencias del Concilio sobre los cuatro puntos fundamentales del combate doctrinario.
Para ser breves, baste recordar:
Sobre la Libertad Religiosa, la pregonada Laicidad positiva y abierta.
Sobre el Ecumenismo, el Espíritu de Asís, con su renovación anual sostenida por Benedicto XVI, incluso con presencia. Hay que sumar los escándalos repetidos en cada viaje papal.
Sobre la Colegialidad, la carta del 10 de marzo a los obispos para asegurarles que las discusiones doctrinales con la Fraternidad San Pío X serán llevadas a cabo en conformidad con el episcopado mundial.
Sobre la Nueva Misa, dos documentos (el Motu proprio Summorum pontificum y la. Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum caritatis), prueban que la Roma modernista se sigue alejando de las definiciones del Concilio de Trento.

[3] “Ciertas cosas han cambiado en Roma, por ejemplo: la desacralización litúrgica”
Esto es de calibre grueso… Para que no se nos acuse de destacar “excesos condenados por Benedicto XVI”, ¿se olvida el articulista de la comunión dada por el Cardenal Ratzinger al jefe de Taizé, protestante, durante el funeral de Juan Pablo II? ¿Se olvida de que la Exhortación citada sigue permitiendo administrar los Sacramentos de la Confesión (perdón, de la Reconciliación), de la Eucaristía y de la Extremaunción (perdón nuevamente, de la Unción de los enfermos) a los no católicos, y viceversa?

Pregunta: ¿Puede temerse que en nuestros esfuerzos por hacer volver a los cuadros oficiales de la Iglesia a la Fe de sus predecesores nos alineemos poco a poco al Concilio?

Respuesta: Sí. Este peligro resulta de la crisis misma de la Iglesia, que lleva consigo una enfermedad contagiosa del espíritu y del corazón, de la proximidad que nace de nuestros esfuerzos apostólicos (para llevar el Evangelio intacto allí donde él está deteriorado) [4] y de nuestra debilidad (que la Imitación de Jesucristo nos recuerda con razón).

[4] Entrar en las discusiones doctrinales sin las debidas precauciones, es tentar a Dios.

Temor de sucumbir en este peligro es la condición para no caer en él. Si no se cae en él, la causa es la gracia de Dios y la protección de María: la vigilancia no quita la confianza. [5]

[5] La Santísima Virgen María ya salvó a la Fraternidad de caer en la trampa que le tendió el Vaticano en 1988. En agradecimiento, de manera rotativa un sacerdote de la Fraternidad San Pío X reza todos los días la Santa Misa.
La confianza no permite la temeridad…
Pero la Fraternidad reflexiona cada uno de sus pasos.

Pregunta: Manteniendo esas relaciones con Roma, ¿no se aparta la Fraternidad de las palabras de Monseñor Lefebvre después de las consagraciones? [6]

[6] Desde hace tiempo que esta cuestión le preocupa, ¿no es cierto, querido fiel? Pero, sin embargo, no se atrevía a hablar con el Padre XX… He aquí, por fin, una respuesta autorizada.
Viene, en primer lugar una larga cita de Monseñor Lefebvre después de las consagraciones, un memento que cumplirá su cometido de ponerle en situación de confianza.
La cita es importante, tal vez la más clara y contundente, pero no es la única. En un anexo proporcionamos otros textos de Monseñor Lefebvre sobre la cuestión de ir a Roma, de la cual tanto se habla hoy.
Pero, ¡atención!, ya tenemos un primer golpe bajo, porque lo que va en negrita y entre corchetes ha sido reemplazado en Fideliter por puntos suspensivos entre paréntesis, suprimiendo el texto en cuestión.

Respuesta: En una entrevista concedida a Fideliter (Nº 66. noviembre-diciembre de 1988), Monseñor Lefebvre dijo:

“No tenemos la misma manera de concebir la reconciliación. El cardenal Ratzinger la ve en el sentido de reducirnos, de traernos al Vaticano II. Nosotros la vemos como un retorno de Roma a la Tradición. [No nos entendemos. Es un diálogo de sordos.] No puedo hablar mucho del futuro, ya que el mío está detrás de mí. Pero si vivo un poco aún y suponiendo que de aquí a un determinado tiempo Roma haga un llamado, que quiera volver a vernos, reanudar el diálogo, en ese momento sería yo quien impondría las condiciones. No aceptaré más estar en la situación en la que nos encontramos durante los coloquios. Esto se terminó.

Plantearía la cuestión a nivel doctrinal: “¿Están de acuerdo con las grandes encíclicas de todos los papas que los precedieron? ¿Están de acuerdo con Quanta Cura de Pío IX, [Immortale Dei, Libertas de León XIII, Pascendi de Pío X, Quas Primas de Pío XI, Humani Generis de Pío XII?] ¿Están en plena comunión con estos papas y con sus afirmaciones? ¿Aceptan aún el juramento antimodernista? ¿Están a favor del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo?

[Si no aceptan la doctrina de sus antecesores, es inútil hablar.] Mientras no hayan aceptado reformar el Concilio considerando la doctrina de estos papas que los precedieron, no hay diálogo posible. Es inútil.

Las posiciones quedarían así más claras.

No es una pequeña cosa la que nos opone. No basta que se nos diga: pueden rezar la misa antigua, pero es necesario aceptar esto. No, no es solamente eso lo que nos opone, es la doctrina. Queda claro”.

Nota: lo que va en negrita y entre corchetes ha sido reemplazado en Fideliter por puntos suspensivos entre paréntesis, suprimiendo el texto en cuestión. [7]

[7] Los textos omitidos, de los que se hace referencia en el comentario anterior no son tan largos como para esgrimir razones de espacio.
En dos oportunidades se indica claramente que, después del último esfuerzo especialmente realizado durante seis meses en 1987-1988, Monseñor Lefebvre llegó a la conclusión que ya conocía, pero frente a la cual quiso hacer un último intento, para rendirse ante la evidencia:“No nos entendemos. Es un diálogo de sordos”. “Si no aceptan la doctrina de sus antecesores, es inútil hablar”.
Los documentos citados (“Immortale Dei, Libertas de León XIII, Pascendi de Pío X, Quas Primas de Pío XI, Humani Generis de Pío XII”) no son un etcétera; todos tienen su importancia; pero hay uno especialmente al cual se hace referencia inmediatamente, aunque de modo indirecto, y sobre el cual se volverá al final: la Encíclica Quas Primas de Pío XI sobre la Realeza Social de Jesucristo.

Pregunta:¿Se aparta la Fraternidad de estas palabras?

Respuesta: Suponiendo que ella se aparte, tendría el derecho de hacerlo bajo ciertos puntos.

Ciertamente, la Fraternidad no puede alejarse ni de la Revelación, ni de sus Estatutos, ni del espíritu de Monseñor Lefebvre.

Los miembros de la Fraternidad no pueden apartarse de la voluntad de sus respectivos superiores, en la medida que estos no pongan en juego la fe o la moral. [8]

[8] Acaba de dar tres puntos en los que la Fraternidad San Pío X no puede alejarse, y ahora lo reduce solamente al primero: la Revelación, es decir, fe y moral. ¿Y si los respectivos superiores ponen en juego el espíritu del fundador?

Por el contrario, la Fraternidad está autorizada a apartarse de las elecciones prudenciales de sus respectivos superiores, incluso de su fundador, mientras ella permanezca fiel a su misión y, por lo tanto, a su antiliberalismo contrarrevolucionario. [9]

[9] “Elecciones prudenciales”… Si es cierto que, como se afirma al final de la segunda respuesta, “la Fraternidad reflexiona cada uno de sus pasos”, lo de prudenciales sobra, salvo que se lo quiera utilizar como sinónimo de mudable y, por lo mismo, de lo cual uno se puede apartar por el sólo hecho de ser prudencial.
Pero hay elecciones reflexionadas, prudentes, de las cuales uno no debe apartarse; por ejemplo, la decisión de contraer matrimonio, o la decisión de un seminarista de recibir cualquiera de las Órdenes Mayores, Subdiácono, Diácono y Presbítero. Una vez concretada cualquiera de estas resoluciones prudenciales, ya no se puede volver atrás…
En sentido contrario, para el Cardenal Ratzinger habría decisiones prudenciales modificables o mudables: Las de los Papas del siglo XIX, que condenaron la libertad de conciencia y la libertad de culto; las de la Comisión Bíblica, en tiempos de San Pío X —que definió la historicidad de los primeros tres capítulos del Génesis, entre otras decisiones prudenciales— e incluso las de este último Santo Padre respecto del Modernismo.
Ahora bien, si bien es cierto que las consagraciones episcopales de 1988 fueron el fruto de una decisión reflexionada a la luz de la oración y del consejo y, por lo tanto, prudente (acto de la virtud sobrenatural de la prudencia y del don de consejo), de ninguna manera constituyen una conclusión mudable.
Dichas consagraciones constituyeron un acto vital, no solamente para la Obra de la Tradición, sino también para la Iglesia Católica en su conjunto. Ellas se imponían porque la Obra de la Tradición no tenía la autonomía necesaria para su supervivencia y, además, porque fueron la conclusión práctica de una doctrina que las justificó y las exigió.
En otras palabras, el acto del 30 de junio de 1988 goza de un fundamento doctrinal, expresado en particular en el Mandato Apostólico, leído en la ceremonia, que resume la posición doctrinal de los dos obispos fieles a su episcopado, manifestada en sus diversas declaraciones públicas.
Como prueba de que no se trató de una simple “elección prudencial” tenemos la famosa Carta Abierta de los Superiores de la Fraternidad al Cardenal Gantin como respuesta a la declaración de la excomunión.
Aceptar el levantamiento de las excomuniones implica poner en entredicho ese fundamento doctrinal y sabotear “la operación-supervivencia” de la Tradición para aceptar la “operación-suicidio”.
Por lo tanto, la Fraternidad San Pío X no estaba autorizada a aceptar el levantamiento de las excomuniones, y todos sus Superiores Mayores deben suscribir nuevamente la Carta abierta del 6 de julio de 1988.

Monseñor Lefebvre lo sabía muy bien, es por esta razón que él dijo: “No puedo hablar mucho del futuro, ya que el mío está detrás de mí. Pero si vivo un poco aún…” Habla de lo que haría si viviese y se cuida bien de comprometer y de atar a sus sucesores. [10]

[10] “Monseñor Lefebvre lo sabía muy bien, es por esta razón que él dijo: «No puedo hablar mucho del futuro, ya que el mío está detrás de mí. Pero si vivo un poco aún…»
¿Por qué cortan el texto? Seguramente, quien ha seguido el texto hasta aquí, confía y no relee lo dicho por Monseñor Lefebvre; y así acepta como lo más normal del mundo que él no quiso “comprometer y atar a sus sucesores”.
Pero el texto sigue de este modo: “y suponiendo que de aquí a un determinado tiempo Roma haga un llamado, que quiera volver a vernos, reanudar el diálogo…”
Primera condición de Monseñor Lefebvre (enseguida trataremos las otras): la iniciativa debe venir de Roma y no de la Fraternidad San Pío X.
Sus sucesores sí quedaron comprometidos y atados a esta condición, la cual no se ha cumplido. En efecto, ha sido Monseñor Bernard Fellay quien, en septiembre de 2000, lanzó el llamado mediante la célebre entrevista concedida a Trenta Giorni.
Además, y es lo más importante, los sucesores de Monseñor Lefebvre quedaron comprometidos y atados al Mandato Apostólico del 30 de junio de 1988, a la doctrina que lo sustenta y al ideal y espíritu del fundador, todo condenado por la Roma modernista como censurable y digno de una excomunión.
El articulista sabe que fue un poco lejos… Para no provocar el rechazo, cierra el punto 1° y presenta las condiciones de la Fraternidad como en fiel continuación a las de Monseñor Lefebvre. Pero, ¿es así? ¡No!

De hecho, ella se aparta bajo un cierto sentido y no se aparta bajo otro.

“Sería yo quien impondría las condiciones”, decía Monseñor Lefebvre. Es lo que ha hecho la Fraternidad: es ella quien ha puesto los prerrequisitos. [11]

[11] ¡No! No es así. Que la Fraternidad San Pío X haya impuesto las condiciones por medio de los prerrequisitos no implica que estos correspondan a las condiciones impuestas por Monseñor Lefebvre.
Dos párrafos más abajo se lo reconoce, como veremos en el comentario número 13.

“No aceptaré más estar en la situación en la que nos encontramos durante los coloquios”: la situación no es más la misma, en efecto. [12]

[12] “La situación no es más la misma, en efecto.” Concedemos; es más, afirmamos que las cosas han cambiado de 1988 a 2001, cuando se presentaron los prerrequisitos, y a 2009, cuando ya se ha aceptado el Motu proprio de julio de 2007 y el Decreto de enero de 2009.
Pero, ¿ha mejorado la situación en la Iglesia y para la Obra de la Tradición?
¡Claro que no! En la entrevista que Fideliter realizara a Monseñor Lefebvre poco antes de fallecer (Nº 79, enero-febrero de 1991), podemos leer:
Fideliter: Desde las consagraciones no hay más contactos con Roma; sin embargo, el cardenal Oddi lo llamó por teléfono diciéndole: “Es necesario que las cosas se arreglen. Pida un pequeño perdón al Papa, él está dispuesto a acogerles”. Entonces ¿por qué no intentar esta última gestión y por qué le parece imposible?
Monseñor Lefebvre: “Es absolutamente imposible en el clima actual de Roma, que se vuelve cada vez peor. No hay que hacerse ilusiones. Los principios que dirigen ahora la Iglesia conciliar son cada vez más abiertamente contrarios a la doctrina católica. Todas las ideas falsas del Concilio siguen desarrollándose, reafirmándose siempre con mayor claridad. Se ocultan cada vez menos. Es, pues, absolutamente inconcebible que se pueda aceptar colaborar con una jerarquía similar.”
Fideliter: ¿Piensa que la situación se ha deteriorado aún más desde que, antes de las consagraciones, había emprendido las conversaciones que terminaron con la redacción del protocolo del 5 de mayo de 1988?
Monseñor Lefebvre: “¡Oh sí! Por ejemplo el hecho de la Profesión de Fe que ahora es reclamada por el cardenal Ratzinger desde el principio del año 1989. Es un hecho muy grave. Ya que pide a todos los que se unieron o que podrían hacerlo hacer una profesión de fe en los documentos del Concilio y en las reformas post conciliares. Para nosotros es imposible.
Será necesario aún esperar antes de prever una perspectiva de acuerdo. Para mí, creo que solamente el Buen Dios puede intervenir, ya que humanamente no se ven posibilidades para Roma de rectificar la corriente.
Durante quince años se dialogó para intentar volver a poner la Tradición en honor, en el lugar que le corresponde en la Iglesia. Chocamos contra el rechazo continuo.
Lo que Roma concede ahora en favor de la Tradición, sólo es un gesto puramente político, diplomático para forzar las adhesiones. Pero no es una convicción en los beneficios de la Tradición.
Todo lo que se les concedió a todos los que se unieron, sólo se les acordó con el fin de procurar que todos los que adhieren o están vinculados a la Fraternidad se separen y se sometan a Roma.”
Nuestro artículo en cuestión no responde aquí si la situación ha mejorado, pero más abajo da a entender que sí; lo veremos en los comentarios 21 a 25.

Aquello en lo cual la Fraternidad se aparta es que, allí donde Monseñor Lefebvre preconizaba un cuestionamiento de orden doctrinal, veinte años después, la Fraternidad ha optado por tres etapas, [13] de las cuales:

[13] Se reconoce explícitamente que ahora la Fraternidad se aparta de las palabras de Monseñor Lefebvre. ¡Por fin alguien lo reconoce! ¡Y basado en la autoridad del Superior General!
Pero, ¿se aparta solamente de las palabras del fundador? ¿Es sólo una cuestión de palabras? Reflexionemos.
Si fuese lícito apartarse, conforme a lo establecido más arriba, el “cuestionamiento de orden doctrinal” que preconizaba Monseñor Lefebvre sería una elección meramente prudencial…
También lo sería no exigir, hoy, que las autoridades romanas acepten la doctrina de sus antecesores y reformen el Concilio antes de entablar un diálogo y legalizar las legítimas obras de la Tradición.
Para no citar siempre a Monseñor Lefebvre, leamos lo que respondió su amigo y sostén, Monseñor de Castro Mayer, cuando le preguntaron si creía posible una reconciliación con Roma: “No existe oposición entre nosotros y la Roma de los Apóstoles, la Roma católica regada con la sangre de los mártires. Sería suficiente que las autoridades de la Iglesia se reconciliasen con la tradición infalible de Roma, que condenasen las desviaciones del Concilio Vaticano II y las locuras de este mal “espíritu del Concilio”, y la reconciliación sería automática, ipso facto”.
Ahora bien, como en Roma no ha cambiado el rechazo de la doctrina tradicional ni el apego al Concilio, es imprudente establecer otra “estrategia”, como llaman a las tres etapas auspiciadas por la Fraternidad San Pío X.
Querido fiel, aquí tendríamos mucho que decir sobre estas “tres etapas” que, comenzando por el aspecto disciplinar para las dos primeras, desplaza la cuestión doctrinal a la tercera posición, colocando así a la Fraternidad San Pío X en situación de solicitante con relación a la Roma conciliar.
No es lo que preconizaba su fundador después de la experiencia dolorosa de los debates con Roma de 1987-1988 y la firma del protocolo del 5 de mayo de 1988.
No es lo que dijo Monseñor Lefebvre en sus conferencias, artículos, sermones y entrevistas concedidas a los diarios durante los tres últimos años de su vida.
Había comprendido que no se podía poner en situación de solicitante ante la Roma conciliar: No aceptaré más estar en la situación en la que nos encontramos durante los coloquios. Esto se terminó.
No es mera cuestión de palabras. ¡Lo que está en juego es la supervivencia de la Tradición!

la primera es a la vez disciplinar y litúrgica (libertad para la misa), [14]

[14] Es solamente una cuestión disciplinar y litúrgica, y no doctrinal, que la Misa Tradicional sea la forma extraordinaria de un rito, cuya forma ordinaria es la misa bastarda montiniana; y que esas dos formas expresen la misma fe.

la segunda disciplinar (decreto del 21 de enero), [15]

[15] Las consagraciones episcopales tienen un fundamento doctrinario; aceptar el levantamiento de la pena que excomulgó esa base de doctrina, no es solamente disciplinar.

la tercera a la vez doctrinal y experimental (discusiones doctrinales). [16]

[16] Para las actuales autoridades de la Fraternidad, las discusiones doctrinales tienen por finalidad hacer que las autoridades romanas reconozcan y acepten la doctrina de los Papas predecesores y que, en base a ella, reformen el Concilio.
Absolutamente lo contrario de la determinación a la cual había llegado Monseñor Lefebvre después de haber intentado, infructuosamente, que en Roma aceptasen la doctrina tradicional, y de haber caído en la trampa que le tendieron.
Como dice el proverbio francés: “Ponen la carreta delante de los bueyes”.

En nota se lee: ver el artículo, página 14, de Fideliter 188 de marzo-abril de 1988 [17]

[17] ¿Simple errata? ¿Error voluntario que pretende hacer creer que ya en 1988 Monseñor Lefebvre aceptaba, a modo experimental, las discusiones doctrinales? La continuación permite, al menos, dudar con fundamento.

En 1988 no teníamos “la misma manera de concebir la reconciliación”. En 2009 estamos en lo mismo. Benedicto XVI quiere hacer aceptar a la Fraternidad el magisterio conciliar, mientras que la Fraternidad quiere el retorno de Roma a la Tradición. [18]

[18] En efecto, Monseñor Lefebvre dijo: No nos entendemos. Es un diálogo de sordos.” Pero esta frase ha sido suprimida… ¿Por qué?
De todos modos, es lógico que la manera de concebir la reconciliación no es la misma, pues estamos en presencia de la misma persona, Joseph Ratzinger, que no renunció a sus concepciones conciliares…
Reconocemos que él no nos desconcierta… él no cambia…

Sin embargo, [19] hay que destacar dos cosas:

[19] ¡Atención! ¡No se descuide! ¡No baje la guardia! Mientras usted reflexiona, llega un peligroso “sin embargo” con dos partes o dos cuernos…, que tiene una eficacia letal… Este artículo, como me señaló un feligrés de Francia, es perverso…

Por una parte, la aceptación de los dos prerrequisitos por Benedicto XVI [20] y una actitud de tal modo interesada respecto de la Tradición [21] que el Papa ha perdido la confianza de numerosos obispos, sacerdotes y feligreses ultramodernistas [22] (reconocer esta realidad es un deber de humanidad, de gratitud, incluso de caridad respecto de él). [23]

[20] Es falso. Benedicto XVI no aceptó ninguno de los dos prerrequisitos. Todo lo contrario: los dos actos romanos han humillado la Obra de la Tradición, tanto en lo que se refiere a la Santa Misa, como en lo atinente a la Operación supervivencia de la Tradición, como lo he demostrado en mi carta explicativa de mi renuncia como miembro de la Fraternidad.

[21] ¡No! ¡No es cierto! ¡No es serio!
¿Qué se puede esperar de una “actitud”? Para volver a entrar en confianza, necesitamos actos concretos, serios, genuinos… Necesitamos una renuncia oficial a los errores del Vaticano II.
El interés que muestra Benedicto XVI por la Tradición no es el del buen pastor por sus ovejas, sino el del lobo por Caperucita.
[22] Los revolucionarios moderados, los conservadores de los logros de la Revolución, siempre serán despreciados por los revolucionarios ultra. Pero eso no implica que los moderados no sean revolucionarios. Oponer, pues, “ultramodernistas” a “modernistas” para hacer aceptar a estos últimos, es una falta de caridad y, por lo mismo, ingrato e inhumano, para utilizar las mismas palabras del articulista.
De todos modos, San Pío X condenó a los modernistas, sin prefijos…
[23] Reconocer la realidad es un deber… ¡Sí!
Pero, ¿cuál realidad? La siguiente:
Benedicto XVI no aceptó ninguno de los dos prerrequisitos.
Los dos actos romanos han humillado la Obra de la Tradición.
Los revolucionarios moderados siempre serán despreciados por los revolucionarios ultra.
Los revolucionarios moderados son revolucionarios.
Es un deber de justicia señalárselo a los fieles de la Tradición.

Por otra parte, la carta del 10 de marzo tiene el mérito de hacer ver la voluntad que tiene Roma de no emprender la solución canónica antes del esclarecimiento de los conflictos doctrinales. [24]

[24] Perverso… Siniestro… ¿Cuál es la voluntad que tiene Roma? Según surge del párrafo comentado con el número 18,“Benedicto XVI quiere hacer aceptar a la Fraternidad el magisterio conciliar”, y ahora se nos quiere hacer creer que es meritorio “no emprender la solución canónica antes del esclarecimiento de los conflictos doctrinales”…
Queda claro que para Benedicto XVI no habrá solución canónica sin aceptación del magisterio conciliar por parte de la Fraternidad.
Y es eso, y no otra cosa, lo que dicen la Nota de la Secretaría de Estado del 4 de febrero y la Carta a los obispos del 10 de marzo.
¡Pretender hacer creer otra cosa es perverso y siniestro!

Haciendo esto, Roma libera a la Fraternidad de una amenaza que pesaba sobre ella, la de un acuerdo rápido e imprudente. [25]

[25] No se trata de una amenaza, sino de una trampa, en la cual la Fraternidad San Pío X entra voluntariamente, tentando a Dios.
Ciertamente, si a uno lo introducen por la fuerza en una jaula donde hay un león feroz y hambriento, hay una amenaza.
Pero, si una persona ingresa en la jaula por voluntad propia y el dueño del circo y sus domadores cierran con llave la jaula y azuzan a la bestia…, no puede decirse que están liberándola de una amenaza que pesaba sobre ella…
Ahora bien, es justamente lo que, en definitiva, están haciendo Benedicto XVI y sus aláteres con sus famosas discusiones romanas…

Es un poco como si el Papa hubiese hecho suyas las palabras de Monseñor Lefebvre: [26] en tanto y en cuanto la cuestión doctrinal no haya sido resuelta, “no hay diálogo posible” en vista de un reconocimiento canónico; [27] el único diálogo posible tiende a resolver primero la cuestión doctrinal. [28]

[26] Pero esto no se termina, ¡pobre amigo fiel! Ahora el golpe es muy bajo: la actitud de Benedicto XVI, que no oculta su voluntad de reintegrar la Obra de la Tradición en la Iglesia conciliar, ¡puesta en paralelo con la de Monseñor Lefebvre!

[27] ¿En qué quedamos? Según vimos en el párrafo comentado con el número 13 se reconoce que la Fraternidad se aparta hoy de Monseñor Lefebvre. Ahora, en el segundo “sin embargo”, se suaviza la quemadura y se hace pasar el cambio como si no existiera.
Para ello se tergiversan las palabras de Monseñor Lefebvre y, así adulteradas, ¡se las atribuyen a Benedicto XVI!
En efecto, Monseñor Lefebvre dijo: “Si no aceptan la doctrina de sus antecesores, es inútil hablar. Mientras no hayan aceptado reformar el Concilio considerando la doctrina de estos papas que los precedieron, no hay diálogo posible. Es inútil.”
Pero le quieren hacer decir, junto con Benedicto XVI: “En tanto y en cuanto la cuestión doctrinal no haya sido resuelta, no hay diálogo posible en vista de un reconocimiento canónico”
Cabe preguntar. ¿Cómo será resuelta la cuestión doctrinal? Por la vía experimental: ¡mediante las discusiones doctrinales! Las cuales serán, ciertamente, un monólogo romano, puesto que el diálogo es imposible… ¡Salvo que Benedicto XVI, para cerrar la trampa, haga suyas las cambiadas palabras de Monseñor Lefebvre… !
Lógico, para que haya cambio hay que reemplazar a Monseñor Lefebvre… Ya lo vimos al comienzo: hay que remover el obstáculo.

[28] Ya lo hemos dicho en los comentarios 13 y 16, pero es necesario repetirlo aquí: conforme al espíritu de Monseñor Lefebvre, y no a una mera elección prudencial, el diálogo debe ser posterior a la conversión de la Roma modernista y, por lo tanto, de la aceptación y de confesión de la doctrina tradicional por parte de esta, una vez que haya regresado a la verdadera Fe.
Es más, en ese caso, ni siquiera habría diálogo, como indicó Monseñor de Castro Mayer.

Finalmente, obtener que el centro de la catolicidad responda “Sí” a la cuestión que planteaba en su tiempo nuestro fundador (“¿Están a favor del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo?”) es pedirle creer. [29]

[29] Esto equivale a decir que Roma ha perdido la Fe. ¿Son conscientes? ¿Lo aceptan? Monseñor Bernard Fellay no osó declararlo en su sermón del 15 de agosto de 2008 en Saint Malo.

Ahora bien, como dice San Pablo: “¿Cómo creerán en aquél del cual no han escuchado hablar? [30] ¿Y cómo escucharán hablar, si no hay predicador? ¿Y cómo habrá predicadores, si no son enviados?” (Rm. 10: 14-15):

[30] La estocada final: amigo fiel, ¿cree, usted, realmente que Benedicto XVI nunca ha escuchado hablar de la doctrina de la Realeza de Cristo-Rey?
¿Que Joseph Ratzinger, simple Sacerdote, luego Obispo, más tarde Cardenal, posteriormente nombrado Prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe y, por último, elegido Papa, nunca ha oído hablar de la Realeza Social de Jesucristo?
Semejante despropósito solamente cabe en quien pretenda justificar el cambio operado en las actuales autoridades de la Fraternidad.
En el mejor de los casos, si nunca han escuchado hablar de la Realeza Social de Jesucristo y no creen en ella, esto sería una prueba más de que no se han cumplido las condiciones que imponía Monseñor Lefebvre, así como de lo apropiado de ellas.
Pero no se trata de esto. Joseph Ratzinger conoce muy bien la doctrina de la Realeza Social de Jesucristo, pero no sólo no cree, sino que la rechaza.
Recordemos que cuando Monseñor Lefebvre se entrevistó en 1978 con Juan Pablo II, entre otras cosas le señaló que el Nuncio Apostólico en Suiza le había dicho que “Pío XI ya no escribiría la Encíclica Quas Primas sobre Cristo Rey”. A lo cual Juan Pablo II respondió: “Bueno, no digamos que ya no la escribiría; digamos que ya no la escribiría de la misma manera.” Lo sabemos nosotros, ¿y lo ignoraría el Cardenal Joseph Ratzinger?
Supongamos que sí. Recordemos, entonces, lo que Monseñor Lefebvre dijo al propio Cardenal Joseph Ratzinger:
“Resumí al cardenal Ratzinger en pocas palabras toda esta situación; le dije: “Eminencia, aunque nos concedan un obispo, aunque nos concedan determinada autonomía con relación a los obispos, aunque nos concedan toda la liturgia de 1962, nos concedan de seguir con los seminarios y la Fraternidad, tal como lo hacemos ahora, nosotros no podríamos colaborar, es imposible, imposible, porque trabajamos en dos direcciones diametralmente opuestas: ustedes, trabajan en la descristianización de la sociedad, de la persona humana y de la Iglesia, y nosotros trabajamos en la cristianización. No podemos entendernos (…) Usted acaba de decirme que la sociedad no debe ser cristiana, que no puede ser cristiana; ¡que es contra su naturaleza! Acaba de querer probarme que Nuestro Señor Jesucristo no puede y no debe reinar en las sociedades. Y quiere probarme que la conciencia humana es libre frente a Nuestro Señor Jesucristo. “Es necesario dejarles la libertad y un espacio social autónomo”, como usted dice. Es la descristianización. Y bien, nosotros, estamos a favor de la cristianización. No podemos entendernos. Y esto, les aseguro, esto es el resumen. No se puede seguir a esta gente.” (Conferencia durante el Retiro Sacerdotal, 4 de septiembre de 1987).
“Es lo que decía al cardenal Ratzinger, el 14 de julio último: Eminencia, es muy difícil que podamos entendernos, porque ustedes están a favor de la reducción del reino de Nuestro Señor Jesucristo, que se haga silencio y que en la sociedad civil no se hable del Reino de Nuestro Señor, para que todas las religiones puedan encontrarse en la comodidad en nuestras sociedades y que no haya solamente Nuestro Señor Jesucristo y la religión católica. No es necesario abusar de este reino social de Nuestro Señor Jesucristo para que los judíos, los budistas, los musulmanes no se ofusquen por la Cruz y por la fe en Nuestro Señor Jesucristo. He aquí su actitud.
Para nosotros es lo contrario, exactamente. Queremos que Nuestro Señor Jesucristo reine, porque es el único Dios, porque no hay otro dios.” (Homilía de Monseñor Lefebvre por los cuarenta años de Episcopado, Ecône, 3 de octubre de 1987).
Y esto no es nuevo en Joseph Ratzinger. Mientras sesionaba el Concilio Vaticano II, el entonces simple sacerdote, perito consejero del cardenal de Colonia, en su libro Resultados y Perspectivas en la Iglesia Conciliar expresó conceptos como los siguientes:
“Tiempos vendrán en que el debate sobre la libertad religiosa será contado entre los acontecimientos más relevantes de un Concilio que, por cierto, ofrece tal abundancia de sucesos importantes que hace difícil establecer una escala de valores. En este debate estaba presente en la catedral de San Pedro lo que llamamos el fin de la Edad media, más aún, de la era constantiniana. Pocas cosas de los últimos cincuenta años han inferido a la Iglesia tan ingente daño como la persistencia a ultranza en posiciones propias de una iglesia estatal, dejadas atrás por el curso de la historia. (…) Que la recurrencia al Estado por parte de la Iglesia desde Constantino, con su culminación en la Edad media y en la España absolutista de la incipiente Edad moderna, constituye para la Iglesia en el mundo de hoy una de las hipotecas más gravosas, es un hecho al que ya no puede sustraerse nadie que sea capaz de pensar históricamente (…) Está claro que los opositores al texto, al negar no la libertad de conciencia, pero sí la libertad de culto, luchaban por un mundo que se está desmoronando, mientras que la otra parte abrió a brazo partido un camino que conduce al futuro” (Ediciones Paulinas, Buenos Aires, agosto de 1965, páginas 41-45).
Ahora bien, nuestro Joseph Ratzinger, veinte años después del Concilio, ya Cardenal y al frente de la principal Congregación Romana, en su libro “Los Principios de la Teología Católica”, confirma su pensamiento sobre este hecho; y hablando sobre la Declaración Gaudium et Spes, nos dice:
“Si se busca un diagnóstico global del texto, se puede decir que es (junto con los textos sobre la libertad religiosa y sobre las religiones del mundo) una revisión del Syllabus de Pío IX, una especie de contra-Syllabus (…) Es suficiente que nos contentemos con comprobar que el texto juega el papel de un contra-Syllabus en la medida que representa una tentativa para la reconciliación oficial de la Iglesia con el mundo tal como ha llegado a ser después de 1789 (…) Ya nadie contesta más hoy que los concordatos español e italiano buscaron conservar demasiadas cosas de una concepción del mundo que desde largo tiempo no correspondía más a las circunstancias reales (…) De igual manera, casi nadie puede negar que a este apego a una concepción perimida de las relaciones entre la Iglesia y el Estado correspondían anacronismos semejantes en el dominio de la educación (…) El deber, entonces, no es la supresión del Concilio, sino el descubrimiento del Concilio real y la profundización de su verdadera voluntad. Esto implica que no puede haber retorno al Syllabus, el cual bien pudo ser un primer jalón en la confrontación con el liberalismo y el marxismo naciente, pero no puede ser la última palabra” (Téqui, Paris, 1985, páginas 426-437).
Hemos comprendido bien; el cardenal Ratzinger nos dice que, cuando el concilio Vaticano II ha hecho suyo uno de los principios fundamentales del Estado moderno, es decir el Estado laico, la Iglesia ha recuperado su patrimonio, la verdadera enseñanza de Jesucristo.
Por esta razón, cuando monseñor Lefebvre le dijo que no podía borrar 1500 años de la historia de la Iglesia, y que la Iglesia había siempre enseñado lo contrario, el cardenal respondió que “no era un estado normal”… Que el Estado haya vivido en sumisión a los principios de la religión católica, a los mandamientos de Dios, ¡no ha sido un estado normal!
¿Ha cambiado Joseph Ratzinger, una vez asumido el Papado? Veamos:
Viaje de Benedicto XVI a Turquía
En el Encuentro con los periodistas, poco antes de iniciar el vuelo hacia este país original, el martes 28 de noviembre de 2006, Benedicto XVI expresó:
“En Europa se debate sobre laicidad “sana” y laicismo. Y me parece que esto es importante también para el verdadero diálogo con Turquía.
El laicismo, es decir, una idea que separa totalmente la vida pública del valor de las tradiciones, es un callejón sin salida. Debemos volver a definir el sentido de una laicidad que subraya y conserva la verdadera diferencia y autonomía entre las dos esferas, pero también su coexistencia, su responsabilidad común.”
Una vez en el territorio, Benedicto XVI, en su Discurso al Cuerpo Diplomático, expresó:
“Turquía tiene desde siempre una situación de puente entre el Oriente y el Occidente, entre el continente asiático y el continente europeo, y de encrucijada de culturas y de religiones. En el siglo pasado, se proporcionó los medios de convertirse en un gran país moderno, haciendo, en particular, la elección de un Estado laico, distinguiendo claramente la sociedad civil y la religión, con el fin de permitir a cada una ser autónoma en su ámbito propio, respetando al mismo tiempo la esfera del otro.
Ya de regreso al Vaticano, durante la Audiencia general del 6 de diciembre de 2006, resumió su viaje:
“Esta intensa serie de encuentros constituyó una parte importante de la visita, especialmente teniendo en cuenta que Turquía es un país muy mayoritariamente musulmán, pero regido por una Constitución que afirma la laicidad del Estado. Es pues un país emblemático con relación al gran reto que se plantea hoy a escala mundial.”
Discurso de Benedicto XVI al Congreso de Juristas católicos italianos (9 de diciembre de 2006).
“Todos los creyentes, y de modo especial los creyentes en Cristo, tienen el deber de contribuir a elaborar un concepto de laicidad que, por una parte, reconozca a Dios y a su ley moral, a Cristo y a su Iglesia, el lugar que les corresponde en la vida humana, individual y social, y que, por otra, afirme y respete “la legítima autonomía de las realidades terrenas”, entendiendo con esta expresión —como afirma el concilio Vaticano II— que “las cosas creadas y las sociedades mismas gozan de leyes y valores propios que el hombre ha de descubrir, aplicar y ordenar paulatinamente” (Gaudium et spes, 36).
(…) Esta afirmación conciliar constituye la base doctrinal de la “sana laicidad”, la cual implica que las realidades terrenas ciertamente gozan de una autonomía efectiva de la esfera eclesiástica, pero no del orden moral. Por tanto, a la Iglesia no compete indicar cuál ordenamiento político y social se debe preferir, sino que es el pueblo quien debe decidir libremente los modos mejores y más adecuados de organizar la vida política. Toda intervención directa de la Iglesia en este campo sería una injerencia indebida.
Por otra parte, la “sana laicidad” implica que el Estado no considere la religión como un simple sentimiento individual, que se podría confinar al ámbito privado. Al contrario, la religión, al estar organizada también en estructuras visibles, como sucede con la Iglesia, se ha de reconocer como presencia comunitaria pública. Esto supone, además, que a cada confesión religiosa (con tal de que no esté en contraste con el orden moral y no sea peligrosa para el orden público) se le garantice el libre ejercicio de las actividades de culto —espirituales, culturales, educativas y caritativas— de la comunidad de los creyentes.”
Viaje de Benedicto XVI a Brasil
La Conferencia de Prensa, durante el vuelo, el miércoles 9 de mayo de 2007, prestó la oportunidad para anticipar:
La Iglesia como tal no hace políticarespetamos la laicidad—, pero ofrece las condiciones en las que puede madurar una sana política, con la consiguiente solución de los problemas sociales”.
En el encuentro con los Obispos, el domingo 13 de mayo, tuvo como centro el Discurso de Benedicto XVI durante la sesión inaugural de la Vª Conferencia del Episcopado:
“Este trabajo político no es competencia inmediata de la Iglesia. El respeto de una sana laicidadincluso de la pluralidad de las posiciones políticas— es esencial en la tradición cristiana.
Viaje de Benedicto XVI a Estados Unidos
El viaje a los Estados Unidos, en abril de 2008, proporcionó la ocasión de disertar sobre este tema ante los grandes jefes masónicos…
La visita del Papa a los Estados Unidos (país que él considera como un modelo de libertad religiosa) resulta, pues, muy significativo. Hay que tener en cuenta las declaraciones especialmente elogiosas sobre el laicismo a la americana:
Lo que me encanta de Estados Unidos es que comenzó con un concepto positivo de laicidad”; “Estado laico, secular, que abriera posibilidades a todas las confesiones, a todas las formas de ejercicio religioso”; “Un Estado voluntariamente laico: eran contrarios a una Iglesia de Estado”; “Laico por amor de la religión”; “El modelo fundamental americano parece digno de observarse también en Europa”.
Viaje de Benedicto XVI a Francia
Durante la Conferencia de Prensa, en el vuelo hacia Francia, a la pregunta de un periodista: En 1980, Juan Pablo II, durante su primer viaje, preguntó: “Francia, ¿eres fiel a las promesas de tu bautismo?”. Hoy, ¿cuál será su  mensaje  a  los franceses? ¿Piensa que, a causa de la laicidad, Francia está a punto de perder su identidad cristiana?, Benedicto XVI respondió:
“Hoy me parece evidente que la laicidad, de por sí, no está en contradicción con la fe. Diría incluso que es un fruto de la fe, puesto que la fe cristiana, desde sus comienzos, era una religión universal y, por tanto, no identificable con un Estado; es una religión presente en todos los Estados y diferente de cada Estado. Para los cristianos ha sido siempre claro que la religión y la fe no están en la esfera política, sino en otra esfera de la vida humana… La política, el Estado no es una religión, sino una realidad profana con una misión específica. Las dos realidades deben estar abiertas una a la otra. En este sentido, diría que para los franceses, y no solamente para los franceses, para nosotros los cristianos en este mundo secularizado de hoy, es importante vivir con alegría la libertad de nuestra fe, vivir la belleza de la fe y hacer visible en el mundo de hoy que es hermoso conocer a Dios, al Dios con rostro humano en Jesucristo. Así pues, mostrar la posibilidad de ser creyentes hoy y también la necesidad de que en la sociedad de hoy haya hombres que conozcan a Dios y, por tanto, puedan vivir según los valores que él nos ha dado, contribuyendo a la presencia de los valores que son fundamentales para la construcción y para la supervivencia de nuestros Estados y de nuestras sociedades.”
Con ocasión de la visita de Benedicto XVI a Francia, el presidente de la República, Nicolás Sarkozy alabó la “laicidad positiva y abierta”:
Sabemos perfectamente qué hubiesen respondido a Nicolás Sarkozy Gregorio XVI, Pío IX, León XIII, San Pío X, Pío XI o Pío XII…
No nos sorprende demasiado la respuesta de Benedicto XVI…, los papas conciliares nos tienen acostumbrados, y estamos curados de espanto…
En respuesta al pregón sarkozyniano sobre la neo-masónica laicidad positiva, él declaró:
“Señor Presidente,
Señoras y Señores, queridos amigos
(…) Numerosas personas, también aquí en Francia, se han detenido para reflexionar acerca de las relaciones de la Iglesia con el Estado. Ciertamente, en torno a las relaciones entre campo político y campo religioso, Cristo ya ofreció el criterio para encontrar una justa solución a este problema al responder a una pregunta que le hicieron afirmando: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mc 12,17).
La Iglesia en Francia goza actualmente de un régimen de libertad. La desconfianza del pasado se ha transformado paulatinamente en un diálogo sereno y positivo, que se consolida cada vez más. Un instrumento nuevo de diálogo existe desde el 2002 y tengo gran confianza en su trabajo porque la buena voluntad es recíproca.
Sabemos que quedan todavía pendientes ciertos temas de diálogo que hará falta afrontar y afinar poco a poco con determinación y paciencia.
Por otra parte, Usted, Señor Presidente, utilizó la bella expresión “laicidad positiva” para designar esta comprensión más abierta.
En este momento histórico en el que las culturas se entrecruzan cada vez más entre ellas, estoy profundamente convencido de que una nueva reflexión sobre el significado auténtico y sobre la importancia de la laicidad es cada vez más necesaria.
En efecto, es fundamental, por una parte, insistir en la distinción entre el ámbito político y el religioso para tutelar tanto la libertad religiosa de los ciudadanos, como la responsabilidad del Estado hacia ellos y, por otra parte, adquirir una más clara conciencia de las funciones insustituibles de la religión para la formación de las conciencias y de la contribución que puede aportar, junto a otras instancias, para la creación de un consenso ético de fondo en la sociedad.
(…) El ejercicio de la Presidencia de la Unión Europea es la ocasión para vuestro país de dar testimonio del compromiso de Francia, de acuerdo a su noble tradición, con los derechos humanos y su promoción para el bien de la persona y la sociedad. Cuando el europeo llegue a experimentar personalmente que los derechos inalienables del ser humano, desde su concepción hasta su muerte natural, así como los concernientes a su educación libre, su vida familiar, su trabajo, sin olvidar naturalmente sus derechos religiosos; cuando este europeo, por tanto, entienda que estos derechos, que constituyen una unidad indisociable, están siendo promovidos y respetados, entonces comprenderá plenamente la grandeza de la construcción de la Unión y llegará a ser su artífice activo.
(…) Señor Presidente, queridos amigos, deseo una vez más manifestar mi agradecimiento por este encuentro. Cuenten con mi plegaria ferviente por su hermosa Nación, para que Dios le conceda paz y prosperidad, libertad y unidad, igualdad y fraternidad.
Encomiendo estos deseos a la intercesión maternal de la Virgen María, patrona principal de Francia. ¡Que Dios bendiga a Francia y a todos los franceses!”
Como podemos comprobar, no se trata de palabras ocasionales, dichas como de paso; estamos frente a un pensamiento consolidado, con bases firmes y al servicio del Nuevo Orden Mundial Masónico… Basta leer la última Encíclica…

Algunos deben ser enviados para hablar. [31]

[31] No le corresponde a la iglesia que debe ser enseñada ir a enseñar a la iglesia docente; es invertir los roles.
Lo que cabe, en caso de prevaricación por parte de esta última, es que la primera, como San Pablo en Antioquia, enrostre a San Pedro y lo reprenda por apartarse de la verdad del Evangelio. San Pablo no pretendió predicarle a San Pedro.

Recordemos, además, las palabras de San Pablo a San Timoteo (II, 1-4), que leemos en la Misa de los santos Doctores: “Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por su propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas.”

Así llegamos al final. Todo se dice y se hace pasar delicadamente: “la Fraternidad está autorizada a apartarse de las elecciones prudenciales de su fundador”.

Y se puede esperar que se aparte efectivamente de la operación supervivencia de la Tradición…

Desde ya le advierto, amigo fiel, es inútil que a la salida de la Santa Misa vaya a confiar este asunto al Padre XX… Usted no obtendría respuesta y correría el riesgo de que lo priven de los Sacramentos…

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