DOMINGO DE QUINCUAGÉSIMA
En aquel tiempo: tomó Jesús aparte a los doce, y les dijo: Mirad, vamos a Jerusalén y serán cumplidas todas las cosas que escribieron los profetas del Hijo del hombre. Porque será entregado a los gentiles, y será escarnecido, y azotado, y escupido. Y después que le azotaren le quitarán la vida, y resucitará al tercer día. Mas ellos no entendieron nada de esto, y esta palabra les era escondida y no entendían lo que les decía. Y aconteció, que acercándose a Jericó estaba un ciego sentado cerca del camino pidiendo limosna. Y cuando oyó el tropel de la gente que pasaba, preguntó qué era aquello. Y le dijeron que pasaba Jesús Nazareno. Y dijo a voces: Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí. Los que iban delante le reñían para que callase. Mas él gritaba mucho más: Hijo de David, ten misericordia de mí. Y Jesús parándose, mandó que se lo trajesen. Y cuando estuvo cerca le preguntó, diciendo: ¿Qué quieres que te haga? Y él respondió: Señor, que vea. Y Jesús le dijo: Ve, tu fe te ha hecho salvo. Y luego vio, y le seguía glorificando a Dios. Y cuando vio todo esto el pueblo, alabó a Dios.
Después de haber considerado hace quince días las herejías antilitúrgicas y su relación con los cambios en la liturgia en conformidad con el conciliábulo vaticanesco, el domingo pasado nos detuvimos a examinar el problema actual de la Liturgia; y demostramos que es, sobre todo, un problema de Fe. Llegamos a la conclusión de que sería necesario que la verdadera Fe fuese proclamada de nuevo.
Sin embargo, lejos de este restablecimiento de la Fe, comprobamos que, a través de etapas sucesivas, los que ocupan la iglesia oficial fueron fortaleciendo su doctrina conciliar y la liturgia que la hace asimilar.
Muchos piensan que la Doctrina Tradicional y la Misa de siempre son las que han sido restauradas; pero es precisamente todo lo contrario. Este es el tema que debemos desarrollar hoy. Ante todo, es importante refrescar la memoria. Hagamos, pues, un resumen histórico.
Después de implementar sagaces reformas preparatorias, en abril de 1969 se publicó un Novus Ordo Missae. Desde entonces, dos Misas dividen trágicamente a los católicos.
Contrariamente a lo que muchos querían hacer creer y otros muchos creían, la Misa Romana continuó siendo, desde el punto de vista estrictamente jurídico y canónico, la Misa oficial y única del Rito Latino Romano de la Iglesia Católica. El Misal Romano nunca ha sido abrogado.
Hasta el 7 de julio de 2007, era claro, para quien lo quisiera ver, que todo sacerdote tenía el deber (y por lo tanto el derecho) de rezar la Santa Misa conforme a ese Misal Romano.
Pero, de hecho, desde 1969 se impuso la misa bastarda, y los sacerdotes que deseaban mantener la Misa Romana fueron brutalmente perseguidos por los partidarios de la Nueva Misa.
Por lo tanto, el mantenimiento del Misal Romano tuvo que llevarse a cabo en una aparente y creciente desobediencia; lo cual incluyó la fundación de seminarios y prioratos, ocupación de iglesias, construcción de centros de Misa, ordenaciones sacerdotales, consagraciones episcopales…
Fue entonces, y sólo para obstaculizar y reabsorber esta legítima reacción, que el Vaticano se interesó por la Misa Romana.
Las medidas adoptadas por la Roma modernista y anticristo tendían realmente a sofocar y eliminar el Misal Romano, y no a conservarlo y difundirlo.
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En octubre de 1984, Juan Pablo II firmó un primer indulto, por el cual autorizaba a los obispos conceder, bajo ciertas condiciones, la Misa Romana.
Aceptar esas condiciones, equivalía reconocer la abrogación del Misal Romano. Además, esos requisitos llevaban su veneno, porque el indulto se podía conceder únicamente a aquellos que no tenían nada en común con los católicos que cuestionan la rectitud doctrinal y canónica, tanto de la Nueva Misa, como del conciliábulo vaticanesco.
Por lo tanto, se los privaba completamente de todo argumento para el día que se decidiese retirar el indulto.
En julio de 1988, debido a las consagraciones episcopales realizadas por Monseñor Marcel Lefebvre y Monseñor de Castro Mayer, la operación fue nuevamente intentada.
En los papeles, las condiciones eran las mismas de 1984: no se permite universalmente la Misa Romana, sino sólo para algunos grupos de fieles y para algunos sacerdotes. Además, tanto unos como otros son impelidos a admitir la nueva misa protestantizante y el conciliábulo que la gestó.
En julio de 2007, en el Motu proprio de Benedicto XVI, encontramos una vez más el mismo desprecio por la Misa Romana… Pero este desdén ha sido capaz de adaptarse a las circunstancias y ha sabido aceptar, con sagacidad sibilina, la realidad de la defensa del Misal Romano y del rechazo del Nuevo Misal.
De este modo, se buscó distorsionar esa defensa y ese rechazo, al mismo tiempo que se ofrecieron componendas. Pero, el objetivo es siempre el mismo: eliminar el Misal Romano.
Lo veamos o no, nos guste o no, lo aceptemos o no, el hecho es innegable: la Misa Romana y el Novus Ordo Missae son irreconciliables; uno excluye a la otra y viceversa. Si se adopta uno, eso conduce necesariamente al rechazo de la otra.
De todos modos, una cosa es cierta: lo que estaba bloqueando el funcionamiento de la máquina revolucionaria era el grupo de irreductibles, que mantenía la defensa de la Misa Romana y el rechazo de la bastarda, sin aceptar compromisos.
La prioridad de los revolucionarios, la supresión de la Misa Romana, los llevó a establecer una pausa, rebobinar e incluso hacer concesiones más grandes…, todo lo necesario para eliminar el grano de arena que impide que el engranaje lleve a cabo su obra funesta.
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Todas las revoluciones avanzan del mismo modo: a la posición tradicional la denominan tesis; la enfrentan con lo que llaman la antitesis, que asusta por su carácter radical. A continuación, proponen a los reaccionarios conservadores un acuerdo, una conciliación, la síntesis…
Esta síntesis, aceptada por los conservadores ilusos, rápidamente se convierte en nueva tesis, a la cual, a su vez, se la enfrenta con otra antitesis…, etc.…, y la Revolución continúa avanzando.
Comprender este trayecto por pasos, estas pausas que la Revolución está obligada a hacer para digerir su presa, es entender el retorno aparente al orden…, es comprender lo quimérico y engañoso de la luz de esperanza, de la pequeña ola, de la restauración ya comenzada…
Para la Revolución es necesaria la sucesión de anarquía y reorganización; reorganizar es indispensable para establecer su objetivo, como el Código de Napoleón, de apariencia conservadora, sirvió para legalizar los logros de la Revolución de 1789.
La Revolución Conciliar permitirá, si es necesario incluso por largo tiempo, que los sacerdotes celebren la Misa Romana, porque lo esencial es que acepten un rito ambiguo. El resto vendrá después. Todas las concesiones son posibles para lograr ese objetivo. Y si es necesario proceder por etapas para lograrlo, se hará.
Mientras la Revolución reine en la Liturgia y en la Iglesia, sólo el Rito Romano sigue siendo la referencia absoluta; y cualquier reconocimiento del rito ilegítimo es un compromiso, y, por lo tanto, una ayuda prestada a los destructores.
Es a la luz de estas reflexiones que debemos juzgar el Motu proprio de Benedicto XVI.
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La fórmula según la cual la Misa Romana nunca ha sido abrogada en cuanto forma extraordinaria de la liturgia del Rito Romano es una de las ideas más inteligentes para armonizar la Misa Romana con la doctrina modernista.
Era necesario resolver el problema con inteligencia, y hacer creer que la nueva misa es la continuación y la expresión legítima de la Liturgia del Rito Romano.
Era imperioso decir que el Misal Romano promulgado por Pablo VI es la expresión ordinaria de la «Lex orandi» de la Iglesia católica de rito latino.
Pero, además, en su afán de síntesis dialéctica, no era posible dejar transparentar la más mínima sospecha de ruptura o cisma litúrgico. Por lo tanto, era ineludible decir que el Misal Romano promulgado por San Pío V debe considerarse como la expresión extraordinaria de la misma lex orandi.
Era forzoso afirmar que estas dos expresiones de la «lex orandi» de la Iglesia no inducen ninguna división de la «lex credendi» de la Iglesia; y que son, de hecho, dos usos del único rito romano.
En consecuencia, aparece claramente lo que constituye la verdadera razón de la declaración de la no abrogación de la Misa Romana como forma extraordinaria de la Liturgia de la Iglesia: es el famoso «un paso atrás, dos pasos adelante».
Sería ridículo pensar que el cambio de posición en el terreno de combate es debido a un inicio de restauración… Es una estrategia de acercamiento hacia la Tradición, ¡sí!…, pero para intentar envolverla y destruirla…
No se trata de una restauración. Es todo lo contrario: consolidar y legitimar la nueva misa y el Concilio Vaticano II, sin fracturas trágicas o dramáticas; hacer creer que se trata de una evolución suave, y asegurarse de que ambos sean universalmente reconocidos, aceptados y admitidos de forma pacífica.
Quienes pretenden demostrar que el Concilio Vaticano II no es un cisma doctrinal, del mismo modo quieren probar que la Nueva Misa no es un cisma litúrgico; antes bien, que ambos son el resultado de un desarrollo vital, que debe ser asumido y aceptado.
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Algunas personas, clérigos y laicos, creyeron que la batalla por la Misa se había ganado, y que ahora se debía librar la batalla por la doctrina.
Pero, considerando bien todas las cosas, lo que aparece con claridad es que para Benedicto XVI se cerró el capítulo… No se trata de un comienzo, sino del término del debate. Para los modernistas conciliares, del mismo modo que la nueva liturgia conciliar es coherente con la antigua Liturgia Romana, la nueva doctrina conciliar es la misma que la Doctrina Tradicional.
El Rito Romano de la Santa Misa nunca ha perdido su derecho. Lo sabemos. Pero, si se reconoce el Motu proprio del 7 de julio de 2007, es necesario aceptar que el Rito Romano perdió, de jure, su condición de única forma ordinaria y oficial.
La Roma anticristo y modernista, por medio del Motu proprio, humilló al Rito Romano de la Santa Misa, intentando relegarlo a la condición de “forma extraordinaria” y uniéndolo al “rito bastardo”, que sería la “forma ordinaria” del único Rito Romano.
Si se reconoce el Motu proprio del 7 de julio de 2007, es necesario aceptar que el Misal Romano ya no es la expresión ordinaria; y que, por lo tanto, al menos de manera implícita, debe ser considerado abrogado como expresión ordinaria de la Liturgia Romana de la Iglesia.
¡Y pensar que Monseñor Fellay llegó a decir que por el Motu propio la Misa Tradicional había recuperado su derecho de ciudadanía…!
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Resumamos.
La Misa no basta para corresponder a la Fe.
Por el birritualismo, ¿la vuelta a la Fe? ¡No!, sino más bien, por la verdadera Fe, la vuelta a la única Misa Romana.
Si las autoridades oficiales de la Iglesia no regresan a la profesión íntegra de la Fe, sin rupturas con la Tradición, su dialéctica con el Misal Romano no dejará de ser una diabólica astucia.
Si en una mentalidad modernista y liberal introducimos lo que la Misa Romana enseña sobre la Fe y la doctrina, el resultado será semejante (con la diferencia abismal que existe) a lo que sucedería si ponemos un buen vino en una botella que contenía perfume.
Esto da una mala mezcla, que no es otra cosa que el Vaticano II: la relativización de toda verdad.
Teniendo cada uno su herencia, sus valores y su sensibilidad (para hablar como lo hacen los modernistas), ese perfume relativizará y echará a perder aquello con lo cual la Misa Romana pudiese enriquecerlo.
Un cambio en la fe implica un cambio en la liturgia.
Es por eso que, después del Concilio de Trento, el Papa San Pío V emprendió la restauración de los libros litúrgicos. El Concilio, condenando los errores y abusos en curso, se sentía en el deber de rectificar en la santa liturgia las desviaciones introducidas por abusos. Era necesario restaurar la liturgia en la pureza de la fe.
Es precisamente esto, pero a la inversa, lo que impulsó también a muchos “padres conciliares” a pedir una reforma de la liturgia durante el Segundo Concilio del Vaticano…
No que éste haya condenado los errores y abusos modernos, sino que la liturgia tradicional no era adecuada para expresar la “fe”, la herejía que los “periti”, los expertos…, habían inculcado en muchos “padres conciliares”, y éstos expresado en los documentos conciliares…; “fe”, herejía, que permanecía latente en los miembros del Movimiento Litúrgico desviado… y actuaban en la Santa Sede…
Era necesario, pues, cambiar la liturgia para que, en la nueva liturgia se manifestase su errónea doctrina y se mantuviese en el espíritu de los fieles.
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Insisto: debemos más que nunca seguir siendo prudentes.
Un hereje que celebra una liturgia herética es menos peligroso que un hereje que celebrase la liturgia romana, ya que en este segundo caso nada manifestaría sus errores.
El problema de la Liturgia es un problema sobre todo de Fe; en consecuencia, incluso si la antigua liturgia fuese mañana obligatoria, eso no podría bastar a solucionar el problema de la crisis.
Es necesario que la verdadera fe sea proclamada nuevamente y profesada en su integridad.
Por esta razón, después de librarse de la trampa del Protocolo de mayo de 1988 y de haber transmitido el episcopado por las consagraciones de junio de 1988, hablando sobre las posibles futuras relaciones con Roma, Monseñor Marcel Lefebvre dijo:
“Plantearía la cuestión a nivel doctrinal: “¿Están de acuerdo con las grandes Encíclicas de todos los Papas que los precedieron? ¿Están de acuerdo con Quanta Cura de Pío IX, Immortale Dei, Libertas de León XIII, Pascendi de Pío X, Quas Primas de Pío XI, Humani Generis de Pío XII? ¿Están en plena comunión con estos Papas y con sus afirmaciones? ¿Aceptan aún el Juramento Antimodernista? ¿Están a favor del Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo?
Si no aceptan la doctrina de sus antecesores, es inútil hablar. Mientras no hayan aceptado reformar el Concilio considerando la doctrina de estos Papas que los precedieron, no hay diálogo posible. Es inútil. Las posiciones quedarían así más claras.
No es una pequeña cosa la que nos opone. No basta que se nos diga: “pueden rezar la Misa antigua, pero es necesario aceptar esto”. No, no es solamente eso lo que nos opone, es la Doctrina. Queda claro”.
Creíamos que había quedado claro…
Pero, desde el año 2000, las cosas se enturbiaron…
Más particularmente, desde el 7 de julio de 2007, las cosas son muy oscuras…
Y después de la aceptación del levantamiento de las excomuniones, en enero de 2009, la situación tuvo un negro porvenir.
La Fraternidad Sacerdotal San Pío X reconoció abiertamente que, manteniendo relaciones doctrinales con Roma, se apartó de esas palabras del fundador después de las consagraciones de junio de 1988.
En efecto, en el artículo Roma y Ecône: Preguntas y Respuestas, publicado en la revista Fideliter Nº 189, mayo-junio de 2009, páginas 64-66, se lee:
“Aquello en lo cual la Fraternidad se aparta es que, allí donde Monseñor Lefebvre preconizaba un cuestionamiento de orden doctrinal, veinte años después, la Fraternidad ha optado por tres etapas, de las cuales:
– la primera es a la vez disciplinar y litúrgica (libertad para la misa),
– la segunda disciplinar (decreto del 21 de enero),
– la tercera a la vez doctrinal y experimental (discusiones doctrinales)”.
Concluimos, pues, que, lejos del restablecimiento de la Fe, comprobamos que, a través de etapas sucesivas, los que ocupan la iglesia oficial, los superiores de la iglesia conciliar, fueron fortaleciendo la doctrina conciliar y la liturgia que la hace asimilar.
A nosotros nos cabe conservar la verdadera Doctrina y la santa Liturgia por ella establecida.

