Nuestra Señora y Madre, vean cómo el mal está invadiendo todo: corazones, familias, sociedad, nuestro país.
Los niños ya no caminan por el camino de la inocencia. Los jóvenes, atrapados en pasatiempos mundanos, ya no acuden ante tu altar para pedir tus bendiciones maternas; Tampoco buscan la luz de tu mirada para disipar las sombras de duda que el mundo infunde sin cesar.
Las madres olvidan que el hogar es la primera escuela donde se enseña el bien, y que ellas son las primeras maestras… La vida familiar hoy en día se ha deteriorado, y el sonido del llamado a la oración rara vez se escucha.
En las escuelas no hay oración, ni se cantan tus grandezas. En el hogar, pocos creen aún en la Santa Providencia, que ha contado todos los pelos de nuestra cabeza y los sufrimientos de nuestro corazón, y pocos recurren a la ayuda misericordiosa de tu corazón maternal.
En estas horas nuestro País es el pobre viajero del Evangelio que cayó en manos de ladrones, lleno de heridas casi mortales, sin el alivio de ninguna esperanza humana.
Mi dulce madre, cuida de estos niños abandonados que están perdidos porque no tienen nada en la vida. Proteged a la juventud para que estas plantas tiernas no sean tragadas por el fango venenoso del vicio. Enseña a las madres el don divino de ser madres y su deber de modelar el corazón de sus hijos a costa de cualquier sacrificio, de salvarlos con las misteriosas súplicas de sus lágrimas.
Si no acudes en ayuda de este país agonizante, los restos de la cristiandad desaparecerán. Tu corazón es un abismo de ternura inefable. Deja caer una gota de bálsamo sobre sus heridas y vivirá. Amén.

