AKELARRE
Octubre de 1988
El pasado 9 de septiembre TVE nos ofreció, en hora de máxima audiencia, la película de Pedro Olea Akelarre.
Se trata, como se sabe, de una defensa de las antiguas prácticas de brujería en lucha con las autoridades civiles y religiosas de su tiempo. Todo en un tono elemental y primario, sin fundamentación histórica ni apoyo teorético, falta por completo de matices y de caracteres.
Su intención o, mejor, sus intenciones superpuestas son, sin embargo, muy claras. Es, ante todo, una apología de ETA y de su lucha disfrazadas con trajes y escenarios del siglo XVI. A la inversa, es una trasposición injuriosa de la violencia y la sinrazón de la actual guerra revolucionaria al País Vasco de hace cuatro siglos.
EI filme cumple rigurosamente la normativa demagógica vigente hoy con carácter universal: todo el que posee alguna autoridad, es necesariamente malo y opresor; el que es por debajo, es, por definición, bueno y oprimido. Los nobles son malvados, los inquisidores crueles y fanáticos, los soldados brutales, el clero corrupto. Sólo son buenos y heroicos los hombres del pueblo llano, y, dentro de éstos, el grupo rebelde; en este caso «los brujos».
Estos niegan obstinadamente ante el inquisidor su carácter nigromante y su culto al demonio, así como las acusaciones de prácticas orgiásticas. Sólo declaran que se dedican a curar a enfermos mediante sus secretos, y que se reúnen en cuevas las noches de plenilunio.
El inquisidor se empecina en hacerles confesar sus alianzas demoniacas y llega a torturarlos y aun a quemarlos vivos, pero en ningún momento se le ocurre preguntarles qué hacen en esas reuniones. Qué objeto tienen, ni tampoco ellos dan ninguna explicación.
Hay, sin embargo, dentro de la sinrazón general de la trama, dos momentos en que se apunta lo que sería el mensaje último del filme.
Bajo un lauburu (símbolo del sol, de la adoración al sol) los brujos hacen sus mezclas y ritos curativos. Y la bruja principal contesta en un momento dado al inquisidor: «Antes de que vinierais vosotros con vuestras iglesias y vuestros soldados nos reuníamos siempre en cuevas».
Se ha dicho, y con razón, que el nacionalismo vasco constituye un paradigma clínico del delirio. El delirio se basa en una pequeña realidad, y sobre ella construye todo un mundo de fantasía patológica.
Tales, por ejemplo, el delirio de grandeza, la manía persecutoria, etcétera. La fábula de la lechera es su expresión más concisa.
La mentalidad nacionalista parte de un solo hecho: la supervivencia fragmentada de una lengua prerromana, primitiva en su uso y en trance de desaparición. Sobre ese hecho ha «inventado» una nación (Euskadi), una bandera (la «ikurriña»), el 80 por 100 de la lengua, una ortografía, un tipo de letra, una historia… y, por último, inventará una religión inspirada en una supuesta mitología precristiana.
Esto es lo que, de una manera tosca y elemental, sugiere esta desdichada película, que ningún favor hace a los altos designios del nacionalismo abertzale.
El que esta película sea tolerada, subvencionada y difundida por TVE demuestra, no sólo la radical incapacidad de los actuales gobiernos para vencer la rebelión, sino su complicidad con ésta.

