MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI – EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO – Capítulo Doce – LA IGLESIA Y LA UNIÓN SOBRENATURAL CON DIOS – Continuación

MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI

EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO

Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.

Capítulo Doce

LA IGLESIA Y LA UNIÓN SOBRENATURAL CON DIOS

Continuación…

II

LOS SACRAMENTOS

Comentando el pasaje del Evangelio de San Juan donde se hace mención del soldado romano que con una lanza atravesó el costado de Cristo muerto en la cruz, el pensador de Hipona imagina escalar un elevado monte, en busca de una fuente fresca y pura.

Y, sobre el Monte Calvario, de la fuente del Corazón de Cristo brota a raudales el agua santificante, «sin la cual no se puede tener acceso a la vida». Son los Sacramentos, que nos confieren la gracia, aplicándonos los frutos de la Pasión: «el que bebe de esta agua, ya no tendrá sed», sino tendrá la vida eterna.

En toda esta obrita hemos hecho sonar una sola nota: nuestra divinización. Los Sacramentos son el medio con el que podemos y debemos obtener (si no la tenemos o la hemos perdido) y acrecentar (si ya la poseemos) la gracia que diviniza nuestra alma.

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1

El número de Sacramentos

Muchos, al discurrir acerca de los Sacramentos, se detienen preferentemente en el hecho de que son siete. La preocupación no es inútil, como no lo es contar las palabras de un telegrama. Pero como en un telegrama de siete palabras es necesario llegar al único pensamiento que esas palabras expresan, así también, es menester tener presente que todos los Sacramentos significan y producen nuestra divinización mediante la gracia.

El BAUTISMO nos hace nacer a la vida de la gracia, nos hace hijos de Dios y herederos del Cielo, nos incorpora a la Iglesia.

La CONFIRMACIÓN fortifica en nosotros la vida sobrenatural y nos arma soldados de Cristo. Y como se nace y se llega a la virilidad una sola vez, por esto, estos dos Sacramentos —como también el del Orden— no se repiten.

La EUCARISTÍA nutre nuestra alma, es nuestro alimento, y con Ella Jesucristo nos sustenta y nos transforma en Él, divinizándonos cada vez más.

La PENITENCIA remedia la pérdida de la gracia o su empobrecimiento, purificándonos del pecado.

La EXTREMAUNCIÓN nos prepara con la gracia para el paso a la eternidad y nos conforta en las angustias y en las batallas de la enfermedad, no siendo raro que nos proporcione la salud, pues es un remedio sobrenatural en las horas más graves de la vida.

Estos son los Sacramentos que se refieren al individuo y que acrecen y aumentan la vida divina en cada uno de nosotros. Pero como el hombre es además miembro de la sociedad, Jesucristo ha instituido el Sacramento del MATRIMONIO para santificar y elevar sobrenaturalmente la familia y el Sacramento del ORDEN para proveer al bien espiritual común y a la administración de la gracia.

No nos detenemos a exponer de qué manera tres Sacramentos —el Bautismo, la Confirmación y el Orden— imprimen en el alma el carácter indeleble de hijos, de soldados, de ministros de Dios; ni de qué manera los siete Sacramentos instituidos por Jesucristo se dividen en Sacramentos de vivos y en Sacramentos de muertos, según tengan por finalidad aumentar la gracia o infundirnos la primera gracia.

No es éste el objeto de la presente obra. Nos proponemos más bien demostrar el nexo entre lo sobrenatural y los Sacramentos, unión tan esencial que el que quisiera prescindir del orden sobrenatural deformaría o no comprendería la misma noción de Sacramento.

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2

La definición de Sacramento

Los artistas célebres como Palestrina, Mozart, Wagner o Verdi, sienten en su alma una melodía espléndida que los rapta, los hechiza, los embriaga. Toman una hoja de papel, la llenan de signos, de claves, de do, de re, de la. Esas notas expresan la música que les canta en el corazón.

Si un campesino, que no conoce más armonía que el ladrido de sus perros o el relincho de sus caballos, toma en sus manos el precioso papel, no entiende nada: da vueltas y más vueltas al papel, contempla los signos cabalísticos, y acaba por arrojarlo.

Vosotros, en cambio, os detenéis reverentes y conmovidos. Esas notas escritas os expresan un canto inefable que os lo hacen gustar en vuestra alma. Mediante esos signos, el artista os comunica su vida íntima, su alegría intensa, la belleza embriagadora de su genial creación.

He ahí lo que son los Sacramentos. En ellos existe una materia como el agua en el Bautismo y el Crisma en la Confirmación. Existen también palabras, o sea una forma: «yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Todo esto no pasa los límites de un signo.

Si jamás habéis sabido lo que es lo sobrenatural, si nunca habéis aprendido lo que es la gracia, si la divina melodía del divino Artista —Jesucristo— ha sido por vosotros descuidada, esos signos os parecerán cabalísticos, misteriosos, casi diría, charlatanescos.

¡Ay! Quizás os vanagloriáis de pensar como hombre superior, razonando: «¿Qué provecho se obtiene ungiendo con aceite los sentidos de un moribundo?», y sin embargo, procederíais en este caso como el campesino analfabeto de que hemos hablado antes; vuestra ignorancia os incapacita para percibir la música de lo sobrenatural.

Era conveniente que nuestra divinización, que la comunicación de la vida íntima de Jesucristo, nos fuese manifestada con algo tangible y exterior. En el mismo orden natural, pasamos de lo material a lo espiritual, y cuando agitamos una bandera, no vemos solamente un trozo de paño, sino —aun sin haber leído el Sartor Resartus de Carlyle— pensamos en la Patria que esa bandera representa; con mayor razón debía suceder así al tratarse de llegar a una realidad sobrenatural.

Entonces, ya no debe sernos un enigma insoluble la definición del catecismo que dice:

«Los Sacramentos son los signos sensibles de la gracia, instituidos por Jesucristo para santificar nuestras almas».

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3

Los Sacramentos significan y producen la gracia

Vi una vez en una sala una pequeña y artística estatua de Dante. El Poeta empuñaba una pluma y con un gesto expresivo la mojaba en su corazón. Esa estatua me hizo reflexionar. Me explicó el sentido de dos principios:

a) los sacramentos significan la gracia;

b) los Sacramentos producen la gracia en nosotros.

Porque, a la verdad, la pluma de Dante en aquella pequeña obra maestra no era para mí una pluma cualquiera: era un signo, como que significaba la Divina Comedia. Y era algo más aún.

Hasta una etiqueta puede ser un signo y servir de indicación; pero la etiqueta nada tiene que ver en la producción de la mercadería indicada. En cambio, la pluma de Dante ha sido un instrumento en las manos del Poeta, o, si se quiere usar un término filosófico, ha sido una causa instrumental en la estructura de los tres Cantos.

—¿No es acaso esto lo que se realiza en los Sacramentos?

a) Jesucristo quiso usar las cosas sensibles —como el agua, el aceite, el vino, el pan, la palabra, la imposición de las manos— para SIGNIFICAR la gracia sobrenatural, que Él otorga a nuestras almas.

El agua, por ejemplo, que se usa en el Bautismo, es el símbolo externo de lo que sucede en la profunda intimidad de una conciencia, la cual es lavada y purificada de la culpa original y en virtud de la gracia se hace bella y pura.

b) Pero estos signos, no sólo simbolizan la gracia, sino que la PRODUCEN. Y como la santa Humanidad de Cristo resulta el instrumento de que hizo uso la Divinidad para sembrar la verdadera vida por todas partes, así los Sacramentos son signos sensibles, de los que se sirve Jesucristo, como de medios o instrumentos para conferir la gracia.

Por esto no debemos creer que un acto material y humano sea la causa principal de un efecto sobrenatural, como es la gracia. No; sólo Dios es causa eficiente y sólo Jesucristo es causa meritoria de la gracia. En cambio, los Sacramentos son causas instrumentales, como el cincel en relación a la estatua, y como la pluma en relación a la idea expresada en el papel.

En otras palabras: Los Sacramentos no sólo excitan la fe —como quieren los Protestantes—, sino que poseen verdadera eficacia en orden a la gracia sobrenatural.

Independientemente del valor y del mérito personal del que lo administra, el acto sacramental nos da la gracia —o, como lo expresa el Concilio de Trento, la confiere ex opere operato y no ex opere operantis—, en virtud del acto, no del agente.

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4

El sujeto y el ministro de los Sacramentos

Se dirá: pero para obtener esta gracia significada y producida por los Sacramentos, ¿no se necesita alguna condición en el sujeto que recibe los Sacramentos o en el ministro que los confiere?

Indudablemente. Pero hay que hacer una distinción. No hay que confundir la condición con la causa.

Pongamos un ejemplo. Tengo un cuarto cerrado y obscuro. Es de día. Fuera brilla refulgente el sol. Dentro no hay más que tinieblas. Abro un postigo y al instante penetra la luz. Cualquiera en este caso admite que la apertura es la condición necesaria para que entre el sol; y nadie, a menos de estar loco, sostendrá que la apertura ¡es la causa de la luz! ¡aunque abriera mil postigos no iluminaría la pieza si no existiera el sol!

Apliquemos la comparación al sol de Dios, que, mediante los Sacramentos penetra en la obscuridad de nuestra pobre naturaleza humana, para reavivarla con la luz de la divinización sobrenatural.

El sujeto y el ministro son semejantes al postigo; pueden impedir el acceso del sol de la gracia en el alma y para recibirla y para darla deben tener ciertas condiciones, pero no son la causa de la luz: no habría proporción entre su acto humano y el efecto sobrenatural.

El SUJETO debe tener las debidas disposiciones, —disposiciones distintas según se trate de Sacramentos de vivos o de Sacramentos de muertos—. Así, por ejemplo, el que se acerca a la Comunión, que es un Sacramento de vivos, debe estar en gracia de Dios y si estuviese en pecado mortal, en el caso de la Comunión, no basta que haga un acto de contrición o de dolor perfecto, sino que debe confesarse. Si se trata del Sacramento de la Confesión, que es sacramento de muertos, no debe oponerse obstáculo, pues si en una hipótesis nada extraña alguien va a confesarse sin el dolor de sus pecados, o sea, con la voluntad de continuar en el pecado y de permanecer enemigo de Dios, no puede obtener el perdón y la gracia.

Por otra parte, a la diversidad de disposición del que se acerca a comulgar, síguese diversidad en la gracia conferida.

En cuanto al MINISTRO, debe tener la intención de conferir el Sacramento, según lo hace la Iglesia, y no de simular o de imitar por cualquier motivo el gesto sacramental.

Todo esto es innegable. Pero ¿quién no echa de ver cómo las disposiciones del sujeto y la intención del ministro, son simples condiciones, y no causas de la gracia?

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5

Conclusión

Ahora si, después de esta exposición, quisiéramos recordar las objeciones y la desastrosa práctica de muchos, a propósito de los Sacramentos, nos llenaríamos de horror por las tristes consecuencias de la ignorancia religiosa.

Hemos demostrado cómo los Sacramentos son medios para nuestra divinización, y, también, cómo aumentan en nosotros la gracia, cuanto más frecuentemente los recibamos.

Algunos, en cambio, preguntan: «¿Por qué debemos acercarnos a los Sacramentos? ¿Acaso no podemos orar a Dios por nuestra cuenta y ser caballeros leales y honestos sin los mismos?»

No nos preguntemos si los que razonan de este modo son siempre personas honestas.

Comprobemos solamente el hecho de que se ignora por completo lo que es la gracia, lo sobrenatural, la divinización, a la que Dios nos quiere elevar, y el nudo esencial entre la gracia y los Sacramentos.

Si se conociesen al menos los primeros principios del silabario del Cristianismo, se sabría que toda la honestidad natural no puede por sí sola producir en nosotros el menor grado de gracia; toda la tinta del mundo, no podrá jamás por sí sola crear el más insignificante pensamiento.

Continuará…