P. CERIANI: SERMÓN DEL DOMINGO DE SEXAGÉSIMA

DOMINGO DE SEXAGÉSIMA

En aquel el tiempo: Como se juntase una gran multitud, y además los que venían a Él de todas las ciudades, dijo en parábola: “El sembrador salió a sembrar su simiente. Y al sembrar, una semilla cayó a lo largo del camino; y fue pisada y la comieron las aves del cielo. Otra cayó en la piedra y, nacida, se secó por no tener humedad. Otra cayó en medio de abrojos, y los abrojos, que nacieron juntamente con ella, la sofocaron. Y otra cayó en buena tierra, y brotando dio fruto centuplicado”. Diciendo esto, clamó: “¡Quien tiene oídos para oír, oiga!” Sus discípulos le preguntaron lo que significaba esta parábola. Les dijo: “A vosotros ha sido dado conocer los misterios del reino de Dios, en cuanto a los demás se les habla en parábolas, para que «mirando, no vean; y oyendo, no entiendan». La parábola es ésta: «La simiente es la palabra de Dios. Los de junto al camino, son los que han oído; mas luego viene el diablo, y saca afuera del corazón la palabra para que no crean y se salven. Los de sobre la piedra, son aquellos que al oír la palabra la reciben con gozo, pero carecen de raíz; creen por un tiempo, y a la hora de la prueba, apostatan. Lo caído entre los abrojos, son los que oyen, mas siguiendo su camino son sofocados por los afanes de la riqueza y los placeres de la vida, y no llegan a madurar. Y lo caído en la buena tierra, son aquellos que oyen con el corazón recto y bien dispuesto y guardan consigo la palabra y dan fruto en la perseverancia»”.

Siguiendo a Dom Guéranger, el Domingo pasado hemos considerado las herejías antilitúrgicas.

Terminamos diciendo que el problema de la Liturgia es un problema sobre todo de Fe; y que, en consecuencia, incluso si mañana la antigua liturgia fuese obligatoria, eso no podría bastar a solucionar el problema de la crisis en la Iglesia. Es necesario que la verdadera Fe sea proclamada de nuevo.

Esto nos lleva a considerar hoy la relación que existe entre Fe y Liturgia.

En efecto, ¿Doctrina o Liturgia? ¿Cuál es la prioridad?

¿Basta con custodiar celosamente la Liturgia Tradicional para preservar la integridad de la Doctrina, a pesar de las innovaciones conciliares, que son todas erróneas?

Esto equivale a preguntarse: ¿Cuál es la clave de la fidelidad a la única religión verdadera? ¿La Doctrina o la Liturgia?

Debido al adagio ut legem credendi lex statuat supplicandi (Dz 139 = Concilio de Éfeso), se podría creer que la fidelidad a la liturgia es garantía suficiente para la doctrina.

Sin embargo, la deriva doctrinal del clero y de los Padres Conciliares en la década de 1960 —cuando la Misa de San Pío V aún era la norma— demostraría lo contrario.

La liturgia, la oración pública de la Iglesia, se funda en la Verdad, en la Revelación, en la Tradición.

Puesto que la mayoría de los protestantes niegan esta última (sola scriptura, dicen), es comprensible que la ideología ecuménica actual tenga poco respeto por la Liturgia.

Por tanto, la verdadera Liturgia no tiene nada en común con la creatividad en la liturgia, puesto que se trata de la Verdad transmitida.

El axioma abreviado e invertido Lex orandi, lex credendi es engañoso. Inicialmente, se podría pensar que la forma en que oramos moldea nuestra manera de creer. La liturgia sería entonces fundamental para salvaguardar la fe.

Algunos llegan a considerar la liturgia como la experiencia de la doctrina; a través de ella, las verdades de la fe se hacen tangibles y más convincentes. Recuerdan el pensamiento de Blaise Pascal: “Es el corazón el que siente a Dios, no la razón. Eso es la fe. Dios perceptible para el corazón, no para la razón”.

A principios del siglo XX, el modernista Blondel afirmó que la verdad del catolicismo se capta más a través de la voluntad y la experiencia que a través del intelecto: la fe no pasa de la mente al corazón, sino que pasa del corazón a la mente.

Pero esta confianza en el sentimiento y en la experiencia religiosa para determinar la fe sensible fue condenada por San Pío X, en la Encíclica Pascendi, que vio en esa experiencia sentimental la característica del creyente modernista.

Se nos objetará que la verdadera Liturgia está necesariamente vinculada a la Fe genuina, según el adagio Lex orandi, lex credendi (la ley de la oración, es la ley de la fe).

Sí, es cierto, las dos están vinculadas, pero no en el sentido que se nos querría hacer admitir.

La verdad es que la Ley de la Fe establece la del rezo, pero no el revés.

Pío XII tuvo que poner las cosas en orden puesto que, en su tiempo, en nombre del sentimiento interior, ¡el modernismo daba la preferencia a la liturgia sobre la fe!

La interpretación la ley de la oración determina la ley de la creencia fue rechazada por Pío XII, quien la calificó de error; he aquí sus palabras en la Encíclica Mediator Dei:

“Hemos considerado necesario sacar a la luz precisamente esto… el error de quienes han considerado la liturgia como una especie de experimento de verdades que deben considerarse como fe; de modo que, si una doctrina hubiera producido, mediante los ritos litúrgicos, frutos de piedad y santificación, la Iglesia la aprobaría y la condenaría si no fuera cierto lo contrario. De aquí surgiría el axioma Lex orandi, lex credendi, la regla de la oración es la regla de la creencia. Pero esto no es lo que la Iglesia enseña, esto no es lo que prescribe (…)

En la sagrada liturgia profesamos expresa y abiertamente la fe católica… Toda la liturgia, por lo tanto, contiene la fe católica, en la medida en que da testimonio público de la fe de la Iglesia. (…)

Asimismo, la Iglesia y los Santos Padres, al discutir alguna verdad dudosa y controvertida, no dejaron de buscar aclaración en los venerables ritos transmitidos desde la antigüedad. De aquí proviene el conocido y respetado axioma: Legem credendi, lex statuat supplicandi. Que la regla de la oración establezca la regla de la creencia.

Así, la sagrada liturgia no designa ni establece la fe católica de forma absoluta y por su propia autoridad, sino que, al ser una profesión de verdades celestiales sometida al Magisterio supremo de la Iglesia, puede proporcionar argumentos y testimonios de gran valor para decidir un punto particular de la doctrina cristiana.

Si se desea discernir y determinar de forma absoluta y general la relación entre la fe y la liturgia, se puede decir con razón: Lex credendi, legem statuat supplicandi. Que la regla de la creencia establezca la regla de la oración”.

Se ve por este texto que la Liturgia está en dependencia de la Fe y no el revés. Se puede honrar a Dios por la liturgia, si se tiene de antemano la fe recta. Es decir, la Liturgia en general y la Misa en particular no pueden hacer profesar y alimentar la fe sino en los que ya la poseen.

Se puede recibir lo que la Misa tradicional enseña sobre la fe, pero con una mentalidad manchada por el modernismo y el liberalismo. Eso da una mala mezcla, que no es, ni más ni menos, que el Vaticano II: la relativización de toda verdad.

Celebrar la Misa tradicional no significa, necesariamente, adherir a toda la Doctrina tradicional y el rechazo de los errores del conciliábulo Vaticano II, de su misa bastarda y del modernismo.

Eventualmente, ante sacerdotes que rezan la Misa tradicional, nos vemos obligados a distinguir no solamente según la misa que celebran, sino según la doctrina que profesan.

Lo que se preveía, se cumplió: al permitir rezar la Misa Tradicional como forma extraordinaria de un mismo rito, cuya forma ordinaria es la nueva misa, el combate por la Fe se ha hecho más difícil.

No hay que dejarse seducir por la ilusión de que la Misa tradicional, por sí sola, mantiene o vuelve a poner, completa y necesariamente, al sacerdote y a los fieles en la senda de la buena doctrina.

Como prueba tenemos los ortodoxos cismáticos, que nunca han cambiado la liturgia desde siglos y que permanecen fuera de la Iglesia.

Durante el conciliábulo vaticanesco, todos los Obispos celebraban la Misa tradicional, y, con todo, cambiaron la Doctrina tradicional de la Iglesia.

Más recientemente, los que firmaron un acuerdo con Roma, poco a poco adhirieron a las nuevas doctrinas resultantes del conciliábulo, rezando al mismo tiempo la Misa tradicional.

Estos hechos prueban que la Misa no basta para recibir o conservar la Fe y la Doctrina católica.

¿Cuál es la razón?

Se puede mantener del rito y de las ceremonias de la Misa lo que aportan a la sensibilidad religiosa, a las preferencias estéticas.

Es el sentimiento que guía y no la Fe; no se ve o no se quiere ver la relación entre el rito (la liturgia) y la Doctrina (la Fe).

Tiene que quedar bien claro que la nueva misa no expresa la Fe de la Iglesia Católica. Basta recordar lo escrito por los Cardenales Bacci y Octaviani en su Carta de presentación del Breve Examen Crítico de la nueva misa “El nuevo Ordo Missae –si se consideran los elementos nuevos susceptibles de apreciaciones muy diversas, que aparecen en él sobreentendidas o implícitas– se aleja de modo impresionante, tanto en conjunto como en detalle, de la teología católica de la Santa Misa tal como fue formulada por la vigésima sesión del Concilio de Trento”.

Entonces, ¿por la Misa, un regreso a la Fe? ¡No!, sino más bien: ¡por la Fe, la vuelta a la Misa!

La Liturgia es la expresión de la Fe. Por lo tanto, un cambio en la Fe implica un cambio en la Liturgia.

Es por eso que, después del Concilio de Trento, el Papa San Pío V emprendió la restauración de los libros litúrgicos. El Concilio Tridentino, condenando los errores y abusos en curso, se sentía en el deber de rectificar en la santa liturgia las desviaciones introducidas por los errores y abusos condenados. Era necesario restaurar la Liturgia en la pureza de la Fe.

Entonces se comprende lo que impulsó a los “padres conciliares” a pedir una reforma de la liturgia durante el conciliábulo vaticanesco, porque consideraban que la Liturgia Tradicional no era adecuada para expresar la “fe” de la iglesia conciliar, la que habían elaborado los “padres conciliares”.

Era necesario, pues, cambiar la Liturgia para que su doctrina se manifestase y se mantuviese en el espíritu de los fieles.

Los modernistas se aplicaron a rehacer todos los sacramentos para introducir todo lo que pedía la nueva doctrina. Y se impuso la nueva misa; nueva fabricación para expresar una nueva fe.

Nueva fe que profesa la dignidad humana, el hombre digno no puede ya ponerse de rodillas, permanecerá de pie.

No puede ser considerado pecador, se suprime pues las partes de la misa que indican penitencia y confesión de nuestro estado de pecador.

Nueva fe de la respetabilidad de las falsas religiones, es necesario, pues, retirar de la liturgia todo lo que podría lastimar las falsas religiones.

Así, otro tanto, con el carácter ministerial del Sacerdote y la presencia real y substancial de Nuestro Señor sobre el altar por la Consagración…

No es casualidad que los seguidores del Vaticano II hablaran desde el principio, como el cardenal Benelli, de una «iglesia conciliar» o, como Pablo VI, de un «nuevo Pentecostés». De igual manera, el cardenal Suenens señaló que «el Vaticano II es 1789 en la Iglesia», mientras que el Padre Congar añadió elocuentemente que, mediante el concilio, «la Iglesia había llevado a cabo pacíficamente su Revolución de Octubre».

La Iglesia conciliar se define como un medio, una institución (entre muchas otras), un signo al servicio de la humanidad. Esta es la famosa teoría de la Iglesia como sacramento.

Juan Pablo II pudo afirmar que «la Iglesia ha revelado al hombre a sí mismo», o incluso que «el hombre es el camino de la Iglesia».

Si este es el caso, es comprensible que la liturgia aspire entonces a celebrar la humanidad, sujeto del rito sagrado y del sacerdocio. De ahí que los altares estén orientados hacia la asamblea de los fieles, de la cual el celebrante es simplemente el animador, siendo la nueva Misa no jerárquica sino democrática.

De ahí el rechazo del carácter propiciatorio del Santo Sacrificio de la Misa. La «Misa luterana» (como la llamó Monseñor Lefebvre), cuyos estudios detallados han demostrado que sus orígenes no son sólo protestantes sino también talmúdicos, se define como la «synaxis sagrada de los fieles», como afirma el artículo 7 del Novus Ordo Missae de Pablo VI.

La celebración conocida como Eucaristía ya no es el memorial de la cruz, sino el de la Última Cena. Ésta es la doctrina de la misa-comida.

Debemos, pues, más que nunca seguir siendo prudentes. Un hereje que celebra una liturgia herética es menos peligroso que un hereje que celebrase la liturgia romana, ya que en este segundo caso nada manifestaría sus errores.

El problema de la Liturgia es un problema sobre todo de Fe; en consecuencia, incluso si la Antigua y Venerable Liturgia fuese mañana obligatoria, eso no podría bastar a solucionar el problema de la crisis en la Iglesia.

Es necesario que la verdadera Fe sea nuevamente proclamada y profesada.

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Si invertimos el axioma, comprobamos que la forma de orar influye en la fe.

Fue modificando la Liturgia de la Santa Misa que Cranmer condujo al protestantismo a las poblaciones de Inglaterra que aún se consideraban católicas.

Ciertamente, este método no se utilizó solo; se vio agravado por la presión del rey sobre los obispos y la autoridad que estos ejercían sobre los fieles para que aceptaran las innovaciones introducidas gradualmente en la liturgia.

Pero este proceso fue el que conocimos bien a partir de 1969.

Por lo tanto, lo primordial es la fidelidad a la doctrina, y esto va de la mano con la fidelidad a la Liturgia Tradicional o recibida.

Por el contrario, dar prioridad a la liturgia sin salvaguardar la integridad de la doctrina conduce inevitablemente a concesiones en esta última para preservar la primera.

Así, para mantener la Misa Tridentina (una libertad, además, limitada por la mala voluntad de la mayoría de los obispos), quienes se han «reconciliado» con Roma se han visto obligados a aceptar la totalidad del Vaticano II e incluso la misa nueva montiniana.

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Si insistimos en la ley de Fe debe establecer la ley de la oración, vemos que esta conclusión está respaldada por la Escritura y la Tradición.

En los Evangelios, es interesante notar que, durante su ministerio público, Jesucristo priorizó la necesidad de creer en Él. Para fortalecer a sus discípulos en la fe, les inculcó sus milagros, pero es la fe la que salva; Él exige la fe a quienes le piden sanación. En muchas ocasiones, enseña que la condición para la salvación es la fe, creer en Él.

La fe es un don de Dios, que responde a nuestra oración; pero cronológicamente, este don viene primero porque es lo que inspira la oración.

Finalmente, Jesús sólo enseña a orar (“Señor, enséñanos a orar”) en su tercer año de predicación y sólo instituye el principal acto litúrgico, la Misa, la víspera de su muerte: “Haced esto en memoria mía”.

Escribiendo a Timoteo, San Pablo le insta dos veces a «custodiar el depósito de la doctrina evangélica, evitando las novedades mundanas» …, porque «llegará un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, pues tendrán comezón de oír cosas nuevas…».

En otro pasaje, advierte a los colosenses contra «las sutilezas engañosas de la filosofía».

Hoy dice lo mismo para protegernos de las especulaciones teológicas de los modernistas conciliares.

Según la tradición de la Iglesia, nuestra primera petición en el Bautismo es la Fe, es decir, la adhesión a Dios y a la Verdad que Él ha enseñado, su Doctrina. Luego viene el acto litúrgico del Bautismo.

La Fe es, además, la condición primordial para la oración, pues ¿Cómo podemos invocar a aquel en quien aún no creemos?

La liturgia, con sus enseñanzas sobre la oración, viene sólo después.

En conclusión, sólo se puede notar la admirable coherencia: la Doctrina es el tesoro más precioso, el depósito que debe conservarse y transmitirse tal como lo hemos recibido, y que, por tanto, no puede cambiar, excepto para crecer permaneciendo en el mismo dogma, en el mismo sentido y en la misma sentencia, como enseña San Vicente de Lerins en su Commonitorium, In eodem scilicet dogmate, eodem sensu, eademque sententia, frase capital citada por el Concilio del Vaticano, y por el Juramento antimodernista.

De la Doctrina y de la Liturgia, la primera, no sólo es primordial, sino también predominante.

Si se ataca la Doctrina, la Liturgia será igualmente atacada y no sostendrá nada. Por el contrario, la sana doctrina siempre requerirá una liturgia sagrada que la fortalezca y que santifique.

Así pues, es comprensible que los modernistas que ocupan el poder en Roma concedieran fácilmente a los conservadores y resistentes fláccidos el uso de la liturgia no reformada por el concilio, pero excluyendo cualquier exposición fiel de la sana Doctrina.

Recordemos la triste Declaración Doctrinal de abril de 2012, que Monseñor Fellay estuvo dispuesto a firmar.

A través de etapas sucesivas, fueron fortaleciendo la doctrina conciliar y la liturgia que la hace asimilar.

El próximo domingo, Dios mediante, consideraremos este tema.