RAFAEL GAMBRA CIUDAD: LA AXIOLOGÍA CONTRA LA FILOSOFÍA CLÁSICA

A VUELTAS CON LOS VALORES
(Verbo, N° 369-370 – 1998)

El término «valor» o «los valores» está muy de moda. Es un recurso casi universal para diluir lo que no se quiere declarar expresamente o para enmascarar lo que se dice.

Será difícil que abráis página de un periódico o que leáis un anuncio de una institución o colegio o la declaración de intenciones de una asociación o partido sin encontrar una referencia a «los valores». Valores humanos, valores éticos, valores democráticos, valores de la tolerancia, valores del progreso, etc.

Lo que no encontraréis nunca es una alusión expresa al catolicismo, o simplemente a una religión concreta. En el prospecto de cualquier colegio o universidad católica que se funde lo más que encontraréis es una vaga referencia a una educación «en los valores inspirados en un humanismo cristiano».

Esto es producto las más de las veces de lo que se llamó «respetos humanos» o de la pérfida creencia en que el éxito será mayor si se amplía la base ocultando entre vaguedades la intención apostólica («del que se avergüence de Mí ante los hombres, Yo me avergonzaré ante el Padre que está en los Cielos»).

Ahora mismo, por iniciativa de UNICEF (liberal-laicista) y de las distintas consejerías autónomas de Educación, la secta Brahma Kumaris (panteísta hindú) acaba de editar un manual para educadores que enseñen los «valores humanos» a través del programa «Valores para Vivir». Se trata de un método para erradicar la enseñanza religiosa, especialmente la católica.

Pero en esto del valor hay algo más que una mera argucia terminológica. Puesto que bajo el velo de «los valores» se albergan cosas tan importantes como la religión, la moral, el honor… resulta obligado preguntarse ¿qué es en definitiva el valor?

Hace unas décadas el término valor (o valores) se aplicaba habitualmente a los títulos o documentos bursátiles o al precio dinerario de los objetos. Aplicado a las personas se significaba, en sentido estricto, la virtud de la fortaleza (o valentía), es decir, la capacidad de enfrentarse a adversidades o peligros; y en sentido amplio al conjunto de virtudes que determinaban el valor o la valía de esa persona (personas valientes y valiosas).

La inmensa difusión de la noción de valor en el lenguaje común se debió al sistema filosófico llamado Teoría de los Valores o Axiología (de axios, valor, en griego) cuyo sistematizador fue, a principios de siglo, el alemán Max Scheler.

En su origen, esta teoría se dirigió contra el positivismo materialista que dominaba en la mentalidad de los científicos, en la ciencia físico-matemática. Para esta mentalidad sólo es real lo que de algún modo es tangible (asequible a los sentidos), cuantificable y mensurable. Lo que excede de esto (la bondad, la belleza de las cosas, incluso los olores, colores, sonidos …), no son sino reacciones subjetivas que sólo se dan en las mentes sobre las que actúan esos átomos o vibraciones materiales. Con lo cual, para esa concepción cientifista, se excluye de la realidad auténtica –o al menos del ámbito de la investigación– todo lo más propiamente humano, natural o sobrenatural. (Por influencia del positivismo se conoce hoy como ciencias positivas sólo a las de base físico-matemática, oponiendo a positivo negativo, es decir irreal, no verdaderas ciencias. Por lo mismo se opone a los juicios de ser, los juicios de valor, vistos como meramente subjetivos).

Max Scheler y los axiólogos opusieron a este reduccionismo positivista una curiosa división de la realidad entre ser y valor. Ser sería lo que los científicos reivindican como sola realidad, lo cognoscible por la experiencia sensible y cuantificable racionalmente. El valor, en cambio, sería algo inasequible a los sentidos y a la razón, algo que sólo es objeto de una intuición emocional; se da unido a un ser, pero puede separarse de él.

La realidad se compone así de ser y de valor; aquél se conoce por los sentidos y la razón, éste se intuye mediante una capacidad estimativa, valoral.

Recurramos al ejemplo clásico: un billete de banco: como ser es un simple trozo de papel, pero estimamos en él un valor dinerario, de cambio; quizá posea también un valor estético si reproduce una imagen bella. Si ese billete se declara fuera de curso nada cambia en él en cuanto a su ser, pero ha perdido su valor de cambio; conserva, sin embargo, su valor estético, y quizá adquiera con el tiempo un valor numismático, arqueológico.

Los axiólogos, entendiendo haber descubierto una mitad de la realidad –el mundo del valor–, proceden a definir y clasificar las distintas clases o especies de valor estableciendo una jerarquía desde el valor inferior –el de mera utilidad– hasta el más alto –el de lo santo o lo sacral–, pasando por los valores morales, vitales, estéticos, etc.

La moral axiológica consistirá para ellos en observar en la conducta la jerarquía de los valores, es decir, en anteponer los superiores a los inferiores, y el desorden moral en obrar inversamente.

La filosofía clásica –la tradición aristotélico-escolástica– no ve la necesidad de esa división de la realidad en ser y valor, ni tampoco su utilidad. Partiendo de la noción de ser que se manifiesta tanto a mis sentidos como a mi entendimiento (todo es ser), Aristóteles dividió, como se sabe, la realidad en diez categorías, grupos o géneros supremos a los que todo lo que tiene ser se reducía. Eran la sustancia (ser en sí) y los nueve accidentes (seres en otro).

Partiendo de un ser u objeto cualquiera, si pregunto sucesivas veces ¿qué es? pasaré por su especie, su género próximo, su género remoto y su género supremo o categoría. Si, por ejemplo, pregunto por Juan tendré como respuestas sucesivas que es hombre (especie), animal (género próximo), viviente, sustancia material (géneros intermedios) y sustancia (género supremo o categoría). En otros casos se llegará a las categorías de accidente (calidad, cantidad, acción, etc.).

Más allá, en punto a universalidad, se encuentra para Aristóteles la noción de ser que se puede atribuir a todas las categorías, a cuanto es, pero que no es una categoría más porque no se comporta respecto a los géneros supremos como éstos lo hacen respecto a los géneros inferiores o a las especies.

Si yo quiero, por ejemplo, contraer el género animal a la especie hombre, tendré que añadirle algo (la racionalidad) que no entraba en el género animal. En cambio, para contraer ser a alguno de los géneros supremos o categorías no puedo añadirle nada que no sea también ser, porque el ser lo abarca todo sin precisar nada. El ser es una noción difícil, objeto de la metafísica, y de cómo se concibe depende el sistema entero de filosofía. Se llama trascendental porque trasciende (o va más allá) los géneros supremos.

Pero hay otras nociones que, al igual que el ser, trascienden también de los géneros supremos y se pueden decir de todo. Son estas la unidad, la verdad y la bondad, llamadas por eso trascendentales. Y lo son precisamente porque significan lo mismo que ser, pero con referencia a algo.

Todo lo que es y es cognoscible tiene alguna forma de unidad porque, en otro caso, no sería un ser.

Y todo lo que es, es también verdadero porque como tal se presenta a un entendimiento que rectamente lo conozca, eminentemente al de Dios. Hay cosas que decimos que son falsas, como una moneda de oro que en realidad es de cobre. Pero la falsedad está aquí en la acción de quien le ha dado acuñación de oro. Lo que es falso oro es verdadero cobre: el ser mismo de las cosas en cuanto a su recta cognoscibilidad es su verdad.

Lo mismo ocurre con la noción bondad: todo es bueno en el ser que tiene y es rectamente deseable. No todo es bueno para todo, pero todo es bueno para algo. El agua no es buena para nosotros como medio en que vivir, pero es buena para el pez, y a la inversa. Hasta aquello que tiramos por inconveniente como las basuras, en cuanto tienen un ser, son buenas (y deseables), por ejemplo, para los perros que buscan en ellas algo comestible, o para abonar los campos.

El bien, podemos decir, es el mismo ser de las cosas en cuanto perfeccionante de otras y por ello mismo deseable. El orden mismo del Cosmos (universo ordenado) hace que unas cosas sean perfeccionantes de otras, mutuamente perfectibles.

El ser en cuanto tal no ha podido ponerse en relación más que con algo que «puede ser en cierto modo todas las cosas”, es decir, con el alma humana que, a través de su entendimiento y su voluntad (facultades espirituales), puede captar todo como verdadero o desearlo como bueno.

Y aquí radica la discrepancia entre la filosofía tradicional (filosofía del ser) y la axiología moderna. El valor para ésta es algo distinto del ser, que se superpone al mismo pero que se capta por un acceso diferente que es la intuición valoral. Para la primera, en cambio, el valor es el ser mismo en cuanto perfeccionante –y por lo mismo deseable o amable– por una voluntad que rectamente lo apetezca.

La deseabilidad de las cosas en la conducta humana viene regida por el orden mismo del ser, por la ley natural, por la Ley de Dios, en definitiva.

La «jerarquía de los valores», en cambio, por mucho que el sujeto la conozca y aun la aprecie, no obliga a su observancia: todo lo más determina una valoración estética. El obrar según el bien y su orden natural crea en el hombre las virtudes morales (hábitos del bien, por los que el sujeto lo realiza con mayor facilidad y perfección y menos consciencia).

Los valores morales que suelen citar los axiólogos son esas mismas virtudes hipostasiadas o el cumplimiento del Decálogo. Así hablan de la honestidad, del respeto, de la responsabilidad, del amor, etc., a las que moralistas y pedagogos liberales añaden otros curiosos valores como la sinceridad (entendida casi siempre como impudicia) y, sobre todo, la tolerancia y el diálogo, virtudes máximas de la democracia.

La axiología o teoría de los valores, aunque como fundamentación metafísica de la moral sea fácilmente desmontable, nos ha legado un término muy útil y socorrido para la época laicista o atea que vivimos: el término valor. Ya no se oirá hablar del bien o del mal, ni de la virtud y el vicio, ni del pecado y la Redención, ni del temor o del amor de Dios, sino de «los valores» que, sin mayor precisión, encubren toda realidad que exceda del mundo material que trata la ciencia físico-matemática.

Ni siquiera la Iglesia actual se atreve a pedir una educación religiosa, católica, sino una educación «en valores». La cosa es de larga data: ya José Antonio Primo de Rivera definía al hombre como «portador de valores eternos», idea vaga que recibió de Scheler a través de Ortega y Gasset.

Pero su punto cenital es el presente cuando la extensión planetaria de la democracia liberal está intentando crear una moral laica de extensión universal haciendo de las distintas religiones «inculturaciones folklóricas» de una común ortodoxia universal y laica. El ecumenismo religioso de hoy no es en absoluto ajeno a este designio babélico.

Y aquí llegamos a la innovación pedagógica ya aludida que es motivo de estas páginas. Al parecer, la UNICEF (rama de la ONU para la infancia) se ha puesto de acuerdo con la secta Brahma Kumarb y con las distintas comunidades autónomas de España para elaborar un lujoso método para que los enseñantes (públicos y privados) puedan impartir esta nueva moral laica o arreligiosa.

La finalidad última de una y otra institución difieren sustancialmente: en el caso de la UNESCO se trata de extender una moral no religiosa, laica, congruente con la democracia universal.

En el de la secta Kumaris se trata de extender la mentalidad y la pseudo-religión budista por el Occidente cristiano.

Pero una y otra coinciden en un punto: lo primero ha de ser la extirpación de la mentalidad cristiana que, con dos mil años de historia, se encuentra entrañada en la masa de la sangre, aun de aquellos que no se consideran creyentes. Y esta labor ha de ejercerse desde la primera infancia. En una sociedad donde todos los niños se bautizan y hacen la primera (y a menudo última) comunión, y exclaman ¡Dios mío! en los apuros, no se puede arraigar ni el ateísmo ni el budismo.

El método (que va a difundirse pródigamente) incita al niño a descubrir por sí mismo los distintos «valores» y, extasiado ante ellos, hacerlos norma de su conducta. (El libro se titula Valores para vivir, cabría añadir: «Y vivir ¿para qué?»).

Mediante unos dibujos que quieren ser ingenuos, pero resultan fantasmales (inspirados en los de Saint-Exúpery para su libro El principito), un niño va descubriendo los distintos «valores» representados simbólicamente.

En una página entera de gran formato se ve al niño solitario en un gran espacio, que representa su vida, sin referencia sobrenatural alguna, contemplando los distintos «valores» que, como moscas, pueblan aquel mundo como en una visión platónica. Ante su mirada vuelan la Paz, la Tolerancia, la Libertad, el Amor, la Honestidad, el Respeto, la Responsabilidad, la Cooperación… De tal contemplación asimiladora nacerán –se supone– la paz y el paraíso sobre el mundo de la Democracia y del culto al Hombre.

¿Habrá alguna reacción entre los educadores o educandos, entre la Iglesia o la sociedad civil? ¿O habremos de resignarnos pasivamente a la descristianización o a la orientalización de nuestro mundo?