Nota: Mañana, Víspera de la Fiesta, nuestro colaborador y amigo, Raúl Codena, llevará al Santuario de Nuestra Señora del Buen Suceso las intenciones de todos los lectores de Radio Cristiandad; las que serán colocadas a los pies de la Imagen milagrosa hasta el 1° de febrero del próximo año.
SOR MARIANA DE JESÚS TORRES
Vidente de Nuestra Señora del Buen Suceso
I. La visión beatífica y la posibilidad de apariciones en vida
Partiendo del concepto genérico de visión, que es el acto y efecto de ver, podemos llegar al concepto específico de visión beatífica, que es, teológicamente hablando, el acto de ver a Dios, en el cual consiste la bienaventuranza.
Este acto se cumple en el hombre cuando, despojado de las ataduras de la materia, su espíritu está capacitado para reflejarse en el Todo que es Dios.
El cuerpo ve al cuerpo; el espíritu ve al espíritu. Pero esto no descarta la posibilidad de que las almas justas, aun viviendo vida corpórea, puedan gozarse en la belleza de Dios, en parte, ayudando a la naturaleza humana con la luz del conocimiento metafísico que, así como diferencia la esencia de la existencia, puede también diferenciar, en un concepto puro, lo visible y lo invisible, lo infinito y lo finito, Dios y el hombre.
Sobre esta participación humana juega papel absoluto la voluntad divina y su poder omnipotente. Y esto se manifiesta en la gratuidad con que nos confiere el don inestimable de la Fe, acrecida y enriquecida por las demás virtudes adquiridas y practicadas en grados extraordinarios por las almas de los justos.
Si «el justo vive de la Fe», podemos más fácilmente comprender que, impregnado e inmerso en un ambiente sobrenatural, no sea difícil al justo encontrarse cara a cara con Dios en cualquier recodo de su endiosada vida.
Las visiones o apariciones son absolutamente explicables y admisibles desde cualquiera de los dos puntos de observación: de parte de Dios, está de acuerdo con la Voluntad Omnipotente que conocemos en Él; nada le impide para que, tomada la Humanidad Santísima de Jesucristo, pueda presentarse como objeto de la visión a los hombres capaces de ver seres humanos. Y de parte del término hombre, no hay impedimento en su receptividad por cuanto su capacidad lumínica de imágenes está dentro de la órbita de la gracia, no para los músculos oculares o corpóreos.
Así, pues, si para los justos que viven tan cerca de Dios por acción de la gracia no existe imposibilidad de ver a Dios aún en vida mortal, tampoco para el cristiano común y corriente existe imposibilidad de creer en las visiones o apariciones con que Dios les regala a las almas justas.
II. La Iglesia como guardiana de los mensajes divinos
y la vida tapizada de apariciones de la Madre Mariana
Para que nuestra credulidad no nos constituya en víctimas de imposturas o de engaños, se encarga la Iglesia, muy celosamente, de tomar todas las providencias que el caso requiere para que estos mensajes divinos lleguen a nosotros por los canales puros de la verdad acrisolada. Ella le sale al paso, los escucha, los investiga, los estudia; y sólo cuando se han desvanecido las presunciones o supuestos, y se le haya al mensaje límpido, sin desviaciones ni torceduras, entonces, y sólo entonces, nos entrega a los creyentes como un medio apto para afianzarnos en los combates por la conquista del Reino de Dios.
La vida de la Madre Mariana Francisca de Jesús Torres está tapizada, en todas sus etapas, de la niñez a la vejez, por este maravilloso eslabonamiento de apariciones, en cada una de las cuales un mensaje profético ha ido esparciendo sus destellos divinos para prepararla a ella, a sus monjas, a la Colonia, a la república, a la Iglesia, para la vivencia de los grandes acontecimientos religiosos y sociales que llenan nuestros anales históricos y salvíficos.
A los 9 años de edad, al momento de su Primera Comunión, la Bondad Divina le revela los misterios de la Sagrada Eucaristía que operan tan eficazmente en las almas de los fieles que le reciben dignamente. Cuando, en su afán de sacrificada misionera de la Limpia Concepción, endereza el rumbo de su vida hacia la América; y sintiéndose cabalgar sobre el lomo encrespado del océano, que pone miedo en las entrañas y pavor de muerte en el chasquido sibilante de sus olas, allí, en ese escenario de grandeza y de aterrante misterio, se le aparece la Estrella del Mar y la Reina del Creado, para asegurarle que todo el furor del averno y la mar no será capaz de impedir la fundación del Monasterio Real de la Limpia Concepción, ni podrá jamás destruirlo pese a las tormentas de todo género que se sucederán una tras otra en el correr de los tiempos. Y la palabra de la Reina se ha cumplido y seguirá cumpliéndose.
A los quince años tomó el hábito blanco y azul de la Inmaculada Concepción. A los dieciséis años profesa sus votos religiosos. El Amor que ha escogido para Esposo Místico de su alma se le aparece sensiblemente, acompañado de su Santísima Madre y San José, que actúan…
III. La Cruz de bodas: Sufrimientos y heroísmo de caridad
De Padrinos del desposorio; y le ofrece una Cruz como regalo de Bodas. Sobre esa Cruz cursó toda su vida la Madre Mariana Francisca de Jesús Torres y Berriochoa, clavada con las puntas aceradas de las enfermedades físicas, con los dolores acerbos que le llevaron tres veces a los estertores de la agonía; con los dolores morales acuñados en los laboratorios de la agonía; con los dolores de sus hermanas religiosas, en las calumnias desorbitadas de las que emulaban su liderazgo en la virtud y en la observancia; dolores incomprensibles incrustados en los íntimos pliegues del alma al mirar, compadecer y asimilar los dolores con que los pecados de los hombres crucifican a su Amado.
Dolores cuando le aterraban las deserciones de sus monjas que volvían las espaldas al Esposo y retomaban el camino de Babilonia para hundirse en la caldeada arena de los devaneos mundanales. Dolores inenarrables al alzarse el látigo de la Justicia Divina para descargarse sobre la piel saturada de gracias de su Iglesia y sus ministros que extraviaban sus senderos de santidad y de justicia; y sobre los innumerables pueblos de la tierra y de la patria terrenal que expiaban, humillados, el castigo merecido por sus impurezas y blasfemias a lo largo de los siglos.
Esa Cruz que ha de recibir el beso de la sangre de su alma cuando, llevada en alas de la caridad y del heroísmo, salva a su hermana escandalosa y levantisca de caer en lo profundo del averno, a cambio de que ella, la Madre Mariana Francisca, padezca las infinitas sanciones de pena y de daño mensuradas en el cansino espacio de cinco años. La Cruz, ese regalo de Bodas en que, al término de su jornada dolorosa, le abriría, de par en par, los portones del triunfo y de la gloria…
Para que esta serie de Apariciones cobre un ambiente de seguridad en el ánimo de los creyentes, en algunas ocasiones se cambia el ritmo de lo particular a lo general; y no es solamente la Madre Mariana Francisca la feliz beneficiaria, sino que de ella participa toda la Comunidad. Así ocurrió cuando recluidas inmerecidamente por el crimen de la injusticia humana, por el delito de ser españolas y santas en la fatídica cárcel claustral, se les aparece la Reina de los Cielos en visión general pero portadora de un mensaje particular de los Cielos para cada una de estas inocentes prisioneras de la perversidad humana. La Santísima Virgen dialoga maternalmente con sus hijas religiosas, las conforta en la dura pena que cae como una losa sobre sus vidas.
IV. Las apariciones en la historia de la salvación y en la Iglesia
Las hace gustar anticipadamente de las delicias del Cielo, a donde eleva sus ansias para conquistarlo a trueque del dolor del destierro aceptado con resignación, paciencia y alegría; y cuando toda madre adormece a sus hijos en sus frentes, en sus corazones, el beso con que se despide hasta el rayar de una nueva aurora, la de la felicidad eterna.
En la historia de la humanidad son casos extraordinarios, pero no desconocidos, ni menos rechazados por la unánime credulidad de todos los pueblos, las apariciones de Dios a nuestros primeros padres en la era de su inocencia; luego a Abraham con quien dirige las fuerzas de la justicia y de la misericordia antes de adelantar su paso a Sodoma y Gomorra para aventar sobre ellas el soplo de su castigo. Y en la plenitud de los tiempos aparece, ya no con la meteórica y fugaz fulguración de su majestad, sino en la persistencia de 33 años, opacando su divinidad en la humilde configuración del «Verbo que se hace carne y habita entre nosotros»…
La trayectoria salvífica de la presencia de Cristo en su Iglesia, a lo largo de XX siglos, ha ido esparciendo, áureamente, los destellos de su divinidad en innúmeras apariciones avalizadas por el público reconocimiento de la Maestra de la Fe, ya en beneficio especial de ciertas almas justas, ya para avivar la Fe de determinados pueblos y de determinadas épocas. No han sido raras, tampoco, las apariciones de su Santísima Madre. Lo testimonian las tradicionales devociones marianas extendidas por los cuatro puntos cardinales y que son los inexpugnables bastiones de resistencia a las embestidas del materialismo reinante.
Zaragoza, Lourdes, Fátima, entre los grandes núcleos de expansión cristiana; y entre los mínimos, Quito, Copacabana, Chiquinquirá y cientos de lugares embellecidos y sublimados por la presencia de la Madre de Dios.
«La Fe, dice un autor homilético, no sólo es ver maravillas. Es también comprometerse con el Dios de las maravillas para actuar con Él». Así lo ha entendido nuestro pueblo creyente. Por eso, al par que levantaban esos pacientes y laboriosos monumentos de Fe plasmados en piedra que exornan nuestras urbes, se erguían a los cielos esas gigantescas almas de sus santos como un reto de bondad y de justicia lanzado a la congénita perversión del mundo y de sus órbitas.
María Santísima siempre será la Reina de nuestro continente católico. Estamos a sus plantas postrados, esperando con filial confianza el triunfo de su Inmaculado Corazón.
Que la Virgen del Buen Suceso tenga bajo su manto a todos sus devotos.





