MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO
Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.
Capítulo Once
LA IGLESIA Y LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS
No es posible separar a Jesucristo de la Iglesia.
La «Madre de los Santos», la «imagen de la ciudad superior», «el campo de los que esperan», la Iglesia de Dios viviente, que durante tantos siglos sufre, lucha y ora y levanta sus tiendas «del uno al otro mar», es y continúa siendo la obra maestra del Divino Artista. Jesús, escribe San Pablo, amó a su Iglesia y se dio a sí mismo para santificarla.
¿Qué es la Iglesia? ¿Cómo debemos concebirla en su naturaleza, en su vida, en su actividad, en su historia, del Cenáculo a las Catacumbas, desde los primeros triunfos hasta las victorias siempre renovadas?
Repitamos una vez más: es imposible tratar semejantes problemas, con sus cuestiones anexas, si no se parte de la idea fundamental del orden sobrenatural, de la gracia que nos mereció Jesucristo y de la que participamos mediante la Iglesia, que Él instituyó con este fin.
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1
La Iglesia es un organismo, cuya Cabeza es Cristo
San Pablo, después de haber tomado en la Epístola a los Colosenses a la Persona de Cristo como argumento principal, discurre —en la otra Epístola a los de Éfeso— de la Iglesia, como prolongación de Cristo en el tiempo y en el espacio.
Para San Pablo, la Iglesia es un organismo, y es necesario establecer bien este concepto, ilustrado con la palabra inspirada del Apóstol, para penetrar cada vez más a fondo, no sólo en el pensamiento del creador de la Iglesia, sino también en la sublime unidad de la doctrina y de la vida cristiana.
Según San Pablo, pues, debemos distinguir el Cristo natural, el Verbo Encarnado, el sacerdote y víctima del Calvario, Aquél que nos ha rescatado, sufriendo y muriendo por nosotros, y el Cristo místico, o sea la Iglesia que está unida al Cristo natural, como los miembros a su Cabeza.
Cristo es «la Cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo»; todos los fieles, que en virtud del Bautismo entran a formar parte de la Iglesia, son los miembros de este organismo divino. Y como en el organismo se observan variedad de órganos, diversidad de colocación, de estructura y de funciones, al mismo tiempo que existe unidad por el principio común de la vida y del movimiento, así se tiene en la Iglesia esta unidad junto con la multiplicidad variada de sus miembros.
«Lejos de dañar la unidad —comenta Prat en su hermoso trabajo La théologie de Saint Paul— la diversidad la embellece y la completa. El cuerpo —observa San Pablo— no es un solo miembro, sino muchos miembros; si el todo fuera un solo miembro, ¿dónde estaría el organismo? Diversidad de órganos e identidad de vida: tal es la fórmula del cuerpo humano, y tal la fórmula del cuerpo místico».
Por esto, todos los fieles de Cristo —desde la Iglesia triunfante (los bienaventurados del Paraíso) hasta la Iglesia purgante (las ánimas del Purgatorio) y la Iglesia militante (los creyentes de esta tierra)— son una sola cosa en Cristo Jesús y constituyen con Él la unidad del cuerpo místico.
Abramos un paréntesis.
Esta enseñanza —mil veces y en mil formas repetida en la Escritura, como cuando Jesús recurre a la alegoría de la viña, comparándose a Sí mismo a la vid y asemejándonos a los sarmientos— implica la consecuencia de que si queremos de veras vivir sobrenaturalmente, hemos de estar unidos a la Iglesia.
El que está separado de la Iglesia está separado de Jesucristo, es un miembro amputado del organismo que se descompone, es un sarmiento seco que se convierte en leña para el fuego. Fuera de la Iglesia no hay salvación, no hay participación de la vida sobrenatural de Cristo. Las herejías y los cismas tronchan una parte de este organismo, y llevan, por ende, a la perdición.
En verdad, en la teología distinguimos el cuerpo y el alma de la Iglesia: el cuerpo es el organismo externo y visible; el alma es la vida, es la gracia que palpita interiormente. Y nada impide que una persona de buena fe pertenezca al alma sin pertenecer al cuerpo de la Iglesia. Pero esto constituye una excepción y no suprime, sino confirma la voluntad de Cristo, que nos apremia a vivir en el organismo cuya cabeza es Él. La unión con Dios, la gracia, Jesucristo, la Iglesia no son puntos separados de modo que libremente pueda elegirse uno de ellos, rechazando otro, sino que tienen tal conexión que se explican mutuamente.
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2
El alma de la Iglesia es el Espíritu Santo
Todo cuerpo viviente necesita no sólo una cabeza, sino también un alma vivificadora. Ahora bien, si en el organismo de la Iglesia, la Cabeza es la Persona adorable de Jesucristo, el Espíritu Santo es el Alma.
«El Espíritu Santo —dice Prat, resumiendo el pensamiento paulino con las mismas palabras de la Epístola a los de Éfeso— no sólo habita en la Iglesia y en cada uno de los justos, como en su propio templo, sino que constituye un principio de cohesión, de movimiento y de vida. No obra en nosotros como si estuviera fuera de nosotros; sino que se une tan íntimamente a nuestra actividad interior, que nuestra acción es suya y la suya es nuestra; de esta manera vivimos por medio de Él, y somos movidos por Él. Y efectivamente es Él, quien haciendo subir del corazón a los labios el nombre de Padre, atestigua que somos hijos de Dios. Así como la forma especifica al ser, así la presencia en nosotros del Espíritu vivificador nos confiere nuestra dignidad sobrenatural y nuestra filiación adoptiva. Puesto que el Espíritu Santo es el Espíritu de Dios, por su intermedio nos conformamos a la imagen del Hijo de Dios, porque quien se adhiere al Señor tiene un mismo Espíritu con Él, en cuanto que se ve envuelto en la misma atmósfera de vida divina. Por esto, San Pablo siempre que habla de nuestra transformación sobrenatural, se esmera en hacer intervenir al Espíritu Santo…
El bautismo y la confirmación nos incorporan al Cristo místico, mediante el influjo del Espíritu Santo, que nos pone en comunicación vital con la cabeza y en relación orgánica entre nosotros, doble relación que Pablo, con muy acertada expresión, llama la comunión del Espíritu«.
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3
Los miembros de la Iglesia
Antes de aclarar este último concepto de la Comunión de los Santos, permítasenos una observación.
Como un miembro puede participar de la vida del organismo de un modo perfecto, o bien puede ser herido de parálisis, o también puede ser amputado del mismo organismo; y como una rama puede estar viva o seca, como asimismo puede ser cortada de la planta, así, en lo que respecta a nuestra participación en la Iglesia, podemos considerar estos casos diversos:
a) Hay miembros vivos de la Iglesia, unidos a ella mediante el bautismo, la fe y el vínculo de la gracia y de la caridad; son miembros en los que circula plenamente la vida divina.
b) Hay miembros muertos, unidos a la Iglesia por el bautismo recibido un día y por la fe, pero privados de la gracia que es vida del alma. Reciben algún benéfico influjo, pero no pueden participar de la vida interior de la Iglesia —como las ramas secas no participan de la vida de la planta, aunque para ellas sea un beneficio estar materialmente unidas a la misma, en cuanto pueden revivir y recibir alguna influencia del tronco.
c) Hay miembros no sólo muertos, sino también separados de la Iglesia, y que, por consiguiente, no tienen parte en ninguna de las riquezas espirituales del divino organismo fundado por Cristo.
Solamente la primera clase de miembros —los miembros vivos que no tienen pecados graves, esto es, que poseen la gracia— son vivificados por el Espíritu Santo, Alma de la Iglesia y gozan de la Comunión de los Santos.
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4
La Comunión de los Santos
El dogma de la Comunión do los Santos es el resultado del concepto de la Iglesia que hemos descrito con San Pablo.
Si la Iglesia es un organismo, se sigue que sus miembros experimentan un mutuo influjo, de modo que el bien obrado por uno, redunda en provecho —no sólo suyo— sino del organismo entero, o mejor, de todos los miembros vivos.
El que pertenece a la Iglesia, goza de esta comunión o participación de los bienes espirituales que hay y florecen en ella. Los méritos infinitos de Jesucristo, los méritos preciosos de la Virgen y de los Santos, todas las obras buenas realizadas por los fieles —Sacramentos recibidos, plegarias recitadas, mortificaciones, actos de virtud, limosnas, sacrificios, etc.— resultan beneficios comunes a todos los miembros en gracia, es decir, que viven de la vida sobrenatural. De esta manera —dice SAN PABLO— «crecemos en todo, en Aquél que es la cabeza, Cristo; por medio de Él, todo el cuerpo bien ordenado y estrechamente ligado crece y se desarrolla en la caridad, con la ayuda mutua de los miembros que obran cada uno según su propia medida».
¡Maravillosa sociedad ésta que no trata a los hombres como átomos separados y agitados por el viento!, sino que los reúne a todos como hermanos en una sola familia, en un solo organismo, «cuya cabeza es Cristo», ¡el cual nos une al Padre, mediante la gracia y el soplo vivificante del Espíritu Santo! De aquí la necesidad de entender a la Trinidad para explicar la Iglesia, y de considerar a esta última en relación al orden sobrenatural, a nuestra filiación adoptiva, a nuestra redención, a nuestra unión con el Hijo de Dios.
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5
Las notas de la Iglesia
No pueden ser ahora un enigma las Notas que el Catecismo indica como características y esenciales de la verdadera Iglesia de Cristo.
a) La Iglesia debe ser UNA o sea, debe poseer unidad de fe (sin fe es imposible agradar a Dios), unidad de culto (sin los sacramentos es imposible recibir la gracia), unidad de régimen (los que se rebelan contra los legítimos Pastores, representantes de Cristo, se rebelan contra Cristo y quedan separados de la Iglesia). No hay que maravillarse si las sectas protestantes se multiplican en forma alarmante, se dividen y subdividen hasta el infinito, porque también un miembro arrancado del organismo se descompone fatalmente.
b) La Iglesia debe ser SANTA, sin mancha o inmaculada.
Santa es la Cabeza (Jesucristo); santo es el Espíritu, que es su Alma; santa es la doctrina; los sacramentos difunden la santidad; y los miembros de la Iglesia, cuando son miembros vivos y poseen la gracia, son y llámanse «santos» en la Escritura, ¿Acaso es posible concebir en otra forma las cosas, si se tiene en cuenta que todo el orden sobrenatural tiene por fin nuestra santificación por los méritos de Jesucristo y con la gracia del Espíritu Santo?
c) La Iglesia es CATÓLICA, o sea universal, no en sentido absoluto (ya que el mismo Cristo predijo las persecuciones contra la misma), sino en sentido relativo. Cristo, el dominador del mundo, tiene su Cuerpo Místico, que, de hecho, reúne en sí miembros esparcidos por todos los ámbitos de la tierra, y de derecho, debe reunir a la humanidad entera.
d) Finalmente, la Iglesia es APOSTÓLICA, en cuanto que, desde los Apóstoles (los cuales, después de la piedra angular del Fundador divino, fueron su primer fundamento), hasta hoy y para siempre, en una sucesión ininterrumpida, Cristo vive en ella, la gobierna y la dirige.
Nada de separación entre la tierra y el Cielo; entre los hombres y Dios; nada de trincheras entre los hombres, como si tuvieran que vivir engolfados en un individualismo egoísta; nada de divisiones en el espacio y en el tiempo; sino, por el contrario, el triunfo de la unidad y del amor, conforme a la plegaria de Jesús: «Ut unum sint… que todos sean una sola cosa, como Yo y Tú, Padre, somos uno».
Es necesario partir de este punto central para dilucidar las distintas doctrinas.
La Tradición no puede ser desdeñada, pues no es nada más que una consecuencia de este concepto de la Iglesia que se perpetúa en los siglos.
La derrota de los enemigos de la Iglesia, el «portæ inferi non prævalebunt», la indefectibilidad, resplandecen con luz meridiana: ¿quién podrá vencer a Cristo, viviente en su Iglesia?
La potestad de magisterio, de ministerio, de régimen de la Iglesia, son consecuencias directas que manan de los principios establecidos.
Así también la Iglesia es infalible, porque de otro modo, habría que decir que puede errar su cabeza, Jesucristo.
Y —para tocar una cuestión práctica— las maravillas del apostolado cristiano, mediante el heroísmo de nuestros misioneros, aparecen así en su verdadera fisonomía.
Sobre todo, de la simple y elemental exposición que venimos haciendo del Catecismo, no puede menos que seguirse un efecto práctico: el amor a Jesucristo, mediante el amor a la Iglesia. No se puede amar a la Cabeza, si se desprecia o se hiere a sus miembros. Es precisamente el amor a Cristo el que infunde fuerzas, entusiasmo y generosidad en todos los que trabajan por la Iglesia, que se sacrifican, por ejemplo, por la acción católica, y oran y luchan por sus victorias.
Es de todos conocido el generoso esfuerzo que de un tiempo a esta parte se viene haciendo para poder preparar —aunque no sea más que en principio— la unión de las Iglesias separadas de la Madre común.
En todo el mundo se elevan oraciones y se hacen sacrificios, para apurar el cumplimiento de lo que dice el Divino Maestro: «Tengo otras ovejas que no son de este redil; es necesario que las cuide también a ellas y darán oído a mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor».
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RECAPITULACIÓN
1. La Iglesia, fundada por Jesucristo, es un ORGANISMO en el que hay que distinguir:
a) la Cabeza, que es el mismo Cristo;
b) el Alma, que es el Espíritu Santo;
c) los miembros, que son los cristianos.
Estos miembros pueden ser:
a) miembros vivos;
b) miembros muertos;
c) miembros separados.
2. El concepto de la Iglesia como organismo nos explica:
a) el dogma de la COMUNIÓN DE LOS SANTOS;
b) las NOTAS de la Iglesia (unidad, santidad, catolicidad, apostolicidad);
c) la verdad de que FUERA DE LA IGLESIA NO HAY SALVACIÓN. No podemos estar sobrenaturalmente unidos a Dios, sino mediante la unión con Jesucristo y con la Iglesia. Los hijos adoptivos, que constituyen un solo organismo con el Hijo natural de Dios, su Cabeza, están unidos al Padre por la gracia vivificante del Espíritu Santo.
