TERCER DOMINGO DE EPIFANÍA
En aquel tiempo, habiendo bajado Jesús del monte, lo siguieron grandes multitudes; y he aquí que un leproso, acercándose, lo adoró, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Y Jesús, alargando su mano, lo tocó, diciendo: Quiero: sé limpio. Y al instante quedó curando de su lepra. Y Jesús le dijo: Mira que no lo digas a nadie; pero ve a presentarte al Sacerdote y ofrece el don que Moisés ordenó para que les sirva de testimonio. Y al entrar en Cafarnaúm le salió al encuentro un centurión, y le rogaba diciendo: Señor, un criado mío está postrado en mi casa, paralítico, y padece muchísimo. Le dice Jesús: Yo iré, y le curaré. Y replicó el centurión: Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero mándalo con tu palabra y quedará curado mi criado. Pues aún yo, que no soy más que un hombre sujeto a otros, como tengo soldados a mi mando, digo al uno: marcha, y él marcha; y al otro: ven, y viene; y a mi criado: haz esto, y lo hace. Al oír esto Jesús, mostró gran admiración, y dijo a los que lo seguían: En verdad os digo, que ni aún en medio de Israel he hallado fe tan grande. Así yo os declaro que vendrán muchos del Oriente y del Occidente, y estarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; mientras que los hijos del reino serán echados fuera a las tinieblas; allí será el llanto y el crujir de dientes. Y dijo al centurión: Vete, y te suceda conforme has creído; y en aquella hora sanó el criado.
El Evangelio de este Tercer Domingo de Epifanía está tomado del Evangelista San Mateo, y trae dos curaciones milagrosas. Nos detendremos hoy en la segunda.
Tanto San Mateo como San Lucas refieren la curación del siervo del centurión. No cabe duda alguna de que ambos Evangelistas narran el mismo hecho histórico, aunque hay en las dos narraciones notables detalles que difieren.
Según San Mateo el mismo centurión es quien personalmente viene a Jesús a pedirle la salud de su criado; mientras que San Lucas dice que envió para este objeto una comitiva de príncipes de los judíos.
En segundo lugar, cuando Jesús resuelve ir personalmente a la casa del centurión, San Mateo le hace decir en persona al militar: Señor, no soy digno…; y San Lucas se lo hace decir por medio de unos amigos que el centurión envía a Jesús.
No obstante, se concilian fácilmente las diferencias, porque quien hace algo por medio de otros, lo hace por sí mismo. Lo mismo cabe decir del recado que manda por medio de los amigos para que Jesús no vaya a su casa.
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En concreto, había en Cafarnaúm un centurión, comandante de cien soldados, que tenía un siervo o criado, enfermo gravísimo de parálisis, que iba a morir entre dolores atroces.
La fama del poder y de la benignidad de Jesús, demostrada en los frecuentes milagros obrados en Cafarnaúm y la región limítrofe, le mueve, al saber que viene a la ciudad, a recurrir a Jesús por la salud del infeliz criado.
Sus palabras revelan una confianza ilimitada y un profundo respeto al Maestro; son, más que una plegaria, una exposición, rápida, viva, interesante, de la congoja del amo y del estado del criado.
Por su parte, los ancianos de la sinagoga, no sólo refrendan las palabras del centurión, sino que aducen al Señor razones para moverle a la concesión de la gracia. Son dos las razones: el centurión ha usado gran benevolencia con los judíos. Y en tal estima les ha tenido que les ha construido la sinagoga.
Jesús llega a la suma condescendencia con el centurión: irá en persona a su casa para curar al siervo. A las palabras acompaña los hechos: Y Jesús iba con ellos.
Jesús, rogado por el régulo en Caná para que bajase a Cafarnaúm a curar a su hijo, no va, aunque le cura; y en el presente caso de la curación del siervo del centurión, sin rogarle, y aun rogándole para que no vaya, se brinda a visitar al siervo.
Para que aprendamos, dice San Ambrosio, que ni la riqueza del régulo le movió, ni la humildad del siervo le detuvo. Jesús no hace acepción de personas, y al conceder sus gracias no mira la condición de quien se las pide, sino las disposiciones con que las solicita.
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La comitiva, engrosada seguramente por multitud de gentes del pueblo, se acerca a la casa con lentitud; alguien se anticipa a contarle al centurión la inmediata visita de Jesús; el cual envió sus amigos, diciéndole: Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero mándalo con tu palabra y quedará curado mi criado.
Estas hermosas palabras del centurión han venido a ser una fórmula litúrgica con que todos expresamos nuestra humildad al recibir la visita de Jesús por la Comunión Sacramental.
En verdad que no podía darse frase más afortunada que ésta, porque no podía darse humildad más sincera y profunda que la del centurión en este caso. Hombre gentil, militar, pidiendo, no para él o alguno de los suyos, sino para un siervo, sabe tener una fe que no han tenido ni tendrán, ni con mucho, los sacerdotes y escribas del pueblo de Dios.
No debe sorprender que la Iglesia haya inmortalizado una frase representativa de tan vivo sentimiento, poniéndola en boca de sus hijos cuando el mismo Jesús a quien rogó el centurión se dispone a entrar en su pobre pecho para curar sus dolencias.
Esta es un modelo de oración; primero, una palabra de profundo respeto: Señor; luego, la congoja ante el pensamiento de que puede con su ruego haber causado una molestia: No te tomes este trabajo; sigue un acto de humildad profunda: Que no soy digno que entres en mi casa, no obstante ser honorable jefe militar.
Y llega al punto culminante de su plegaria haciendo pública confesión de la omnipotencia de Jesús: Pero mándalo sólo con tu palabra, y será sano mi criado.
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Lo sabe el centurión, que seguramente conoce los hechos maravillosos ocurridos en su ciudad, y lo concreta en forma pintoresca en que aparece el estilo militar: Porque también yo soy un oficial subalterno, sujeto a otros, al tetrarca y a los jefes de mayor categoría, que tengo soldados a mis órdenes; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
No dice más el centurión, pero es obvia la consecuencia de sus palabras: Si yo, siendo subalterno, mando a mi centenar de soldados y me obedecen sin réplica, ¿qué no hará la enfermedad de mi siervo si tú, Señor de todas las cosas, la mandas ceder?
Cuando lo oyó Jesús, quedó maravillado; no porque no conociese la fe del centurión (Él, que tiene la ciencia divina, la beata y la infusa, y penetra los corazones), sino por el conocimiento experimental que logra, como se admira el astrónomo del eclipse, que conocía ya en teoría y había previsto desde tiempo atrás.
La confesión del gentil era cosa digna de admiración. Y, por esto, vuelto hacia el pueblo, que le iba siguiendo, dijo, con fórmula grave y asertiva: En verdad os digo, que ni en Israel he hallado una fe tan grande, como es la fe de este gentil.
Y dilatando su mirada a los futuros tiempos y a su futuro Reino, profetiza la vocación de los gentiles, que vendrán a Él de todo horizonte: y os digo que vendrán muchos de Oriente y de Occidente, y, siguiendo mis doctrinas y entroncando por mí con la fe de los antiguos patriarcas, gozarán con ellos en el convite de la eterna bienaventuranza… Apocalipsis, 19, 9: Escribe: ¡Dichosos los convidados al banquete nupcial del Cordero!
Y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos. En cambio, los hijos del actual reino de Dios, de la teocracia de Israel, que por ministerio del Mesías debía desarrollarse en el futuro Reino Mesiánico, no tendrán parte en el banquete.
Mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas exteriores, fuera de la luz rebosante del cenáculo; es la pena de daño, que consiste en la privación de la visión y posesión de Dios.
A la que se añadirá la tremenda pena de sentido: Allí será el llanto y el crujir de dientes; el horror, la pena, la desesperación, la rabia eterna.
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Dada la lección, brevísima y gravísima, al pueblo que le seguía, Jesús da fin a este episodio con una palabra de consuelo al centurión y de imperio a la dolencia, que abandona al infeliz paralítico: Y dijo Jesús al centurión: Ve, y como creíste, según la medida de tu fe, así te sea hecho.
Como si dijera, según la medida de tu fe, te sea concedida la medida de la gracia: a una fe total, la gracia completa.
Total y rápida; porque no sólo es completa la curación del siervo, sino en el mismo momento en que Jesús pronuncia el fíat, así te sea hecho.
Y la enfermedad obedeció a Jesús, como los subordinados del oficial obedecían a su voz: Y cuando volvieron a casa los que habían sido enviados, hallaron sano al criado que había estado enfermo. La palabra de Jesús había sido instantánea y totalmente eficaz.
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Contemplemos en particular el personaje central de la escena. Vemos al valiente centurión de Cafarnaúm avanzar sin moderación ni pretensiones, sencillo y respetuoso en su petición.
Es admirado por su fe. Lo apreciamos por su bondad para con su siervo, por su humildad y por la franqueza completamente militar de su discurso.
Si lo estimamos, sin conocerlo más que por su profesión y su trato benévolo, ¿qué sería si supiéramos quién era, cómo llegó a Cafarnaúm, de dónde venía y qué fue de él después del favor excepcional que se le mostró?
Antes de decirlo, hacemos dos observaciones.
La primera trata sobre los centuriones romanos.
En el Nuevo Testamento se nombran siete de ellos, y todos ellos muestran el mejor carácter.
El primero es el centurión de Cafarnaúm; el segundo, el centurión del Calvario, que proclama la divinidad de Nuestro Señor ante sus verdugos; el tercero, el centurión de Cesarea que fue el primer gentil convertido por los Apóstoles; el cuarto, el centurión de Jerusalén que libró a San Pablo de la flagelación, informando al tribuno Lisias que era ciudadano romano; el quinto, aquel otro centurión de Jerusalén que salvó a San Pablo de la muerte, llevando ante el mismo tribuno al sobrino del gran Apóstol, encargado de revelar la trama de los judíos contra su tío; el sexto, otro centurión de Cesarea, que, designado para custodiar a San Pablo, le permitió toda libertad compatible con sus consignas, sin impedir que ninguno de los amigos de San Pablo lo visitara y le prestara toda clase de servicios; el séptimo es el centurión Julio que condujo a San Pablo a Roma y le mostró el máximo respeto.
Al contrario del alma de los eruditos de Jerusalén, escribas y fariseos, o la de los sofistas modernos, el alma de estos oficiales romanos no estaba empapada de hiel ni blindada con sofismas.
Valientes, no temieron oponerse a la violencia injusta; humanos, lejos de agravar las órdenes que se les dieron, las suavizaron por el modo como las ejecutaron; con su sentido común militar, comprendieron que no hay razonamiento contra los milagros y se rindieron a la evidencia: este carácter hereditario del soldado es una de las glorias de la humanidad.
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La segunda observación se refiere a las palabras de Nuestro Señor sobre el centurión. El digno oficial mereció el elogio más magnífico que oído humano jamás haya escuchado. Dice San Juan Crisóstomo:
De los miles de hombres que hay en el mundo, sin excluir al pueblo creyente, le dijo el Hijo de Dios: tú eres el que tiene más fe. Aparte de San Juan Bautista y la Santísima Virgen, el centurión de Cafarnaúm tiene más fe que todos los demás. Él tiene más fe que Andrés, quien creyó, pero en la palabra milagrosa de Juan Bautista diciendo: He aquí el Cordero de Dios. Más fe que Pedro, que creyó en la palabra de Andrés que le dijo: Hemos encontrado al Mesías. Más fe que Felipe, quien creyó leyendo las Escrituras. Más fe que Natanael, quien sólo creyó después de presenciar un milagro. Más fe que Jairo, que no dijo: Una palabra basta para sanar a mi hija; sino: Ven y sánala. Más fe que Nicodemo, quien expresó dudas sobre el bautismo diciendo: “¿Cómo puede ser esto?” Más fe que las hermanas de Lázaro, quienes dijeron: “Señor, si hubieras estado aquí, nuestro hermano no habría muerto”.
Esta superioridad de la fe del centurión se manifiesta en el modo como se expresa: Tú que eres todopoderoso, tu palabra te obedecerá mucho mejor de lo que mis soldados me obedecen a mí. Con solo oír mi voz van y vienen a donde yo quiero. Con mayor razón tu palabra cumplirá, a cualquier distancia, las órdenes que te dignes darle.
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Un hombre que, por su fe, es el Abraham del Evangelio, como el antiguo Padre de los creyentes, debe haber sido llamado a algo grande para gloria de Dios; admitir lo contrario parece difícil.
Pero ¿a qué estaba llamado? El texto sagrado no lo dice. Queda, pues, recurrir a la Tradición.
Está registrado, con mayor claridad que en ningún otro lugar, en la crónica de Flavio Dexter, de cuya autoridad podemos confiar; fue un magistrado y escritor romano de finales del siglo IV, hijo del Obispo San Paciano, de Barcelona, y amigo de San Jerónimo.
Flavio Lucio Dexter, siendo aún joven, fue nombrado Prefecto del Pretorio. En este cargo, tenía a mano los archivos de las provincias del Imperio, en particular los registros militares que contenían los nombres, movimientos, guarniciones, hechos y acciones de las legiones. Gran amante de la historia y muy ardiente en su trabajo, sabemos por San Jerónimo que había compuesto una crónica universal.
Ahora bien, esto es lo que nos dice esta valiosa crónica acerca del centurión de Cafarnaúm.
Se llamaba Cayo Cornelio. Nació en España, estaba casado y tuvo un hijo, que fue el centurión del Calvario.
Recordemos sus palabras: Al ver el centurión lo sucedido, glorificaba a Dios diciendo: Ciertamente este hombre era justo, el Hijo de Dios.
Caius Cornelius son nombres romanos, y bien romanos. Para cualquiera que conozca un poco la nomenclatura romana, es seguro que Cayo es un nombre de pila y Cornelio un patronímico o nombre de familia. Éste es el nombre de la raza o gens Cornelia, la más famosa de toda la historia romana. Del linaje original procedían más de doce familias numerosas e ilustres.
En honor a esta casa, una de las treinta y cinco tribus del pueblo romano fue llamada tribu de Cornelia.
Sabemos que, con excepción de todos los demás, la familia Cornelia conservó la antigua costumbre de enterrar a los muertos, en lugar de quemarlos.
¿A qué rama pertenecía el noble centurión de Cafarnaúm? No lo sabemos. Lo que se sabe es que provenía de una estirpe común, la gran casa de Cornelia, única en la historia romana.
Dado que Cayo Cornelio son nombres romanos, ¿cómo llegó a serlo un hombre originario de España? La respuesta no es difícil. Sabemos que los romanos se establecieron fácilmente en gran número en las provincias tributarias de la república, ya para habitarlas como propietarios, ya para gobernarlas como magistrados, a menudo incluso en ambas capacidades.
Sabemos en particular que hubo Cornelios en España.
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¿Cómo se encontró nuestro centurión en Judea e incluso en Cafarnaúm? La historia secular, al ilustrar el relato evangélico, resolverá la cuestión.
Dion Cassius, político, militar e historiador romano, nos informa que en tiempo de Nuestro Señor varias legiones romanas ocupaban la provincia de Siria; y la sexta, llamada Legión de Hierro, servía en la propia Judea.
Sin embargo, esta sexta legión utilizada en Judea había sido reclutada en España. Por eso en las inscripciones se le llama Legio hispanica.
Su valentía y lealtad le valieron el apodo de Legión de Hierro, Legio ferrata.
Establecida en Judea por Augusto, permaneció allí durante todo el reinado de Tiberio y hasta el de Nerón, quien la envió a luchar en la guerra de Armenia. A su regreso, retomó sus primeras guarniciones y las mantuvo hasta el momento en que Muciano la condujo a Italia contra Vitelio.
Enviados para mantener el orden en el país, los seis mil hombres que componían la legión no estaban todos reunidos en una sola ciudad. Como sigue siendo práctica hoy, ocuparon las distintas ciudades o fortalezas del territorio, en destacamentos de distinto tamaño. Así, vemos un centurión en Cafarnaúm, un tribuno y un centurión en Jerusalén.
Además, tenemos al respecto la afirmación positiva de Flavio Dexter, que asegura: El centurión de Cafarnaúm, natural de Málaga, a cuyo siervo sanó Nuestro Señor, era español, y trajo gran renombre a su patria.
Después de la conquista, los Emperadores romanos los eligieron para custodiar las principales provincias del imperio, como Egipto, Siria y Arabia. En la época de que hablamos, ninguna provincia estaba más turbulenta, más agitada por el espíritu de revuelta, que Judea. Las tropas españolas estaban donde debían estar.
Los César les dieron otra muestra de confianza. Veinticinco años antes de Nuestro Señor, Augusto escogió soldados españoles para su guardia personal. Galba hizo lo mismo. Bajo Pertinax, las cohortes pretorianas estaban compuestas casi en su totalidad por españoles.
Expirado su tiempo de servicio, el digno centurión de Cafarnaúm regresó a España, durante la persecución que siguió a la muerte de San Esteban, de la que había sido testigo.
Su nombre, su posición social, su carácter noble y sobre todo el brillante milagro que había obtenido, seguido de una alabanza aún más brillante, le ganaron la estima y veneración de sus compatriotas.
Presenció felizmente la llegada del gran apóstol de España, Santiago el Mayor. De su mano recibió el bautismo en el año 34 del Señor.
Luego volvió a Oriente, de donde regresó con San Pedro. Después acompañó a San Pablo a España, donde predicó la fe que tan noblemente había profesado.
Estos son los pocos detalles que hemos podido recopilar sobre el centurión de Cafarnaúm.
A pesar de ello, para hacerlo ilustre, bastan dos cosas: la alabanza del Salvador y la gloria de haber tenido por hijo al centurión del Calvario, un digno heredero de la fe paterna.

