RAÚL CODENA: UNA LUZ EN LAS TINIEBLAS DE NUESTROS DÍAS

A las vísperas de la Novena a Nuestra Señora del Buen Suceso

CONCORDANCIA ENTRE LAS SAGRADAS ESCRITURAS,
EL TERCER SECRETO DE FÁTIMA
Y LAS REVELACIONES DE NUESTRA SEÑORA DEL BUEN SUCESO

La concordancia entre las Sagradas Escrituras, el Tercer Secreto de Fátima y las Revelaciones de Nuestra Señora del Buen Suceso no solo permanece intacta, sino que se muestra con mayor urgencia y actualidad en nuestros días, cuando las tinieblas morales, doctrinales y litúrgicas parecen haber alcanzado una profundidad casi insondable.

Las profecías bíblicas, la gran apostasía anunciada por San Pablo (II Tes 2, 3-4), la persecución de la Mujer y su descendencia en el Apocalipsis (cap. 12), la seducción de Babilonia la grande (caps. 17-18), encuentran un eco preciso en las palabras que la Santísima Virgen dirigió a la Madre Mariana de Jesús Torres en el siglo XVII, en el Real Monasterio de la Concepción de Quito.

Allí, Nuestra Señora del Buen Suceso anunció con claridad profética una crisis sin precedentes en la Iglesia: herejías que se propagarían desde el interior, corrupción casi total de las costumbres, sacerdotes que escandalizarían a los fieles con vidas disolutas, pérdida de la fe en las almas jóvenes, y una oscuridad tal que muchos creerían extinguida la luz de la verdad católica. El demonio reinaría casi completamente por medio de las sectas masónicas, y la Iglesia sufriría una pasión interior antes que exterior.

El Tercer Secreto de Fátima, con su visión del Ángel clamando «¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!», de las llamas que amenazan el mundo, pero se extinguen ante el esplendor del Inmaculado Corazón. No se trata de meras alegorías vagas, sino de una descripción simbólica de la gran tribulación que la Iglesia ha padecido y sigue padeciendo: la difusión de errores que parten de Rusia como lo advirtió Nuestra Señora en 1917 y que, por falta de obediencia plena al pedido de consagración colegial, han infectado el mundo entero, incluyendo la vida interna de la Iglesia.

En estos tiempos de confusión doctrinal, de relativismo moral rampante, de liturgia profanada por todas partes y de una jerarquía que a menudo parece más preocupada por el diálogo con el mundo que por la defensa de la fe perenne, estas profecías resuenan con una fuerza renovada.

Las tinieblas que describió la Virgen en Quito donde «se perderá casi totalmente la luz de la fe» en muchas almas se manifiestan hoy en la secularización acelerada, en la aceptación de ideologías contrarias a la ley natural, en el abandono de la doctrina tradicional sobre el matrimonio, la familia y la vida, y en una crisis de vocaciones que parece interminable.

Sin embargo, la esperanza no se apaga, porque la promesa divina es inquebrantable. En Fátima, la Reina del Cielo afirmó con solemnidad: «Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará». En el Buen Suceso, Ella misma aseguró que, tras las pruebas, destronaría maravillosamente a los soberbios, maldeciría a Satanás, lo pisotearía y lo ataría en el abismo, liberando a la Iglesia y a la Patria de su tiranía cruel. Esta victoria no es un optimismo humano, sino el cumplimiento del protoevangelio (Gén 3, 15): la Mujer aplastará la cabeza de la serpiente.

Aquí adquiere una relevancia particularísima la consagración del Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús, realizada el 25 de marzo de 1874 por el presidente Gabriel García Moreno varón de veras cristiano, como lo profetizó la Virgen del Buen Suceso siglos antes, convirtiendo a esta nación en la primera del mundo en ofrecerse oficialmente al Divino Corazón.

Esta consagración no fue un acto aislado o meramente político: fue un pacto solemne de amor y reparación, respaldado por la autoridad civil y eclesiástica, que la misma Madre de Dios había anunciado como sostén de la Religión Católica en tiempos aciagos para la Iglesia. García Moreno, martirizado en la plaza profetizada, selló con su sangre esa alianza providencial.

En la época anterior al Concilio Vaticano II, cuando la Iglesia vivía todavía de su Tradición, con la Misa de siempre, el catecismo inmutable, la devoción al Rosario y al Sagrado Corazón como pilares de la piedad popular, los seminarios formados en la teología tomista y la moral perenne, esta consagración ecuatoriana brillaba como un faro de fidelidad. Era la expresión viva de una Cristiandad que reconocía a Cristo Rey no solo en las almas, sino en las naciones. Aquel tradicionalismo católico, lejos de ser rigidez o nostalgia, era la plenitud de la fe transmitida sin adulteración: la liturgia sagrada en latín, el sentido del pecado y de la gracia, la reverencia ante lo divino, la formación en la virtud heroica.

Hoy, cuando tantas luces parecen apagadas y la fe se debilita en tantas partes, el Ecuador consagrado al Sagrado Corazón recuerda que la Providencia no abandona a los suyos. Esta consagración histórica renovada en diversas ocasiones, como en los 150 años en 2024 sigue siendo un escudo espiritual para la nación y un signo de esperanza para la Iglesia universal. Invita a todos los católicos a volver a las fuentes: al Rosario diario, a la reparación eucarística, a la consagración personal al Inmaculado Corazón, a la fidelidad a la Tradición que nunca falla.

Hermanos en la fe: las tinieblas son reales, pero pasajeras. La Virgen del Buen Suceso, Estrella de los náufragos, y Nuestra Señora de Fátima nos llaman a la oración, a la penitencia, a la confianza filial. El Sagrado Corazón de Jesús, Rey y centro de toda historia, y el Inmaculado Corazón de María, triunfador seguro, nos aseguran que después de la noche viene el amanecer. Permanecer firmes en la fe de siempre, en la doctrina inmutable, en la piedad tradicional, es el camino hacia el triunfo prometido.

Que el Sagrado Corazón de Jesús, al que Ecuador se consagró como primicia, y el Inmaculado Corazón de María, que nunca miente, derramen sus gracias sobre esta Patria y sobre toda la Iglesia, hasta que veamos cumplida la victoria final. Amén.