MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI – EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO – Capítulo Décimo – MARÍA

MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI

EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO

Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.

Capítulo Décimo

MARÍA

Se lee en la obra De Música, de San Agustín, que todo hombre es como las sílabas de un poema, cada una de las cuales siente su propio sonido, pero no llega a percibir la melodía que contribuye a formar.

Es verdad. Cada uno de nosotros, aunque contribuya con su sílaba, jamás comprenderá toda la belleza del poema de amor que los siglos cantan a María.

En las montañas de Judea la «blanca niña de Jesé, envuelta en resplandores de oro», contemplando el porvenir hizo esta profecía: «Todas las gentes me llamarán bienaventurada». Podía parecer ridícula o necia semejante predicción en los labios de una doncella desconocida. Y, sin embargo, «reservados al amor, nacidos en la escuela de las cosas celestiales», sabemos muy bien que a esa voz «respondió obediente el porvenir».

Desde las pinturas de las tenebrosas catacumbas a las agujas del Duomo de Milán, de Dante a Manzoni, desde las dulces imágenes del Giotto y del Angélico hasta los cuadros de Rafael; desde el Stabat Mater de Pergolesi y de Rossini al Ave Maria de Gounod, el arte, la música y las letras saludan a María.

El mismo Heine la llama «la más bella flor de la poesía»; Byron se conmueve a la hora del crepúsculo melancólico, cuando en el pinar de Ravena oye las campanas del cercano monasterio; Carducci comprueba que «cuando en las auras resuena el humilde saludo, descubren la cabeza los pequeños mortales e inclinan la frente Dante y Aroldo».

Y mientras la Iglesia recuerda las victorias de Lepanto y de Viena, todo creyente imita a Cristóbal Colón; éste, al emprender el viaje en que descubrió América, bautizaba la mayor de sus carabelas con el nombre de Santa María y nosotros le consagramos la diminuta nave de nuestro corazón.

Para saber quién es María, hay que estudiarla teniendo en cuenta la idea principal, que forma la base de este Silabario del Cristianismo, es decir, bajo el aspecto de la unión sobrenatural con Dios.

Ninguna creatura humana estuvo más unida que Ella a Dios, mediante la gracia de Jesucristo.

En la Virgen, no se encuentran milagros o manifestaciones rumorosas; toda su grandeza y sus privilegios, fuentes de su gloria, se reducen a esa unión.

Ella es la Inmaculada, y, como todos saben, la Concepción Inmaculada no es otra cosa que la exclusión de la culpa original, o sea, el hecho de que el alma de María jamás estuvo privada de la gracia y de la unión con Dios; Ella es la Virgen, y el verdadero y profundo significado de la virginidad es la rendición completa de la creatura al Creador y su unión con Él; Ella es la Madre que, mediante la unión con Dios en la Encarnación, une a todos los hombres —todos sus hijos— con el Padre. Y si volvemos la mirada a la Corredentora, no hallamos otra cosa que la unión de María con Jesús en sus misterios; la Asunción, no es nada más que la unión perfecta con Dios en el Cielo; el culto a la Virgen a través de los siglos, tiene por objeto y finalidad la unión con Dios y la gracia.

En resumen, una sola nota divinamente bella resuena y canta en esta música; y sin las nociones de lo sobrenatural, dadas en los capítulos precedentes, sería en vano intentar comprender, ni pálidamente, a la que Santa Gertrudis invoca así: «¡Oh, lirio blanco de la Trinidad esplendorosa!»

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1

La Inmaculada, la Virgen, la Madre

El dogma cristiano nos enseña que María es:

1. — La INMACULADA, toda bella y sin mancha, cuyo vestido es cándido como la nieve y cuyo rostro es esplendoroso como el sol.

Muchos —completamente ignorantes en religión— confunden el dogma de la Inmaculada Concepción con el otro de la Virginidad. Ignoran que mientras todos los hijos de Adán nacen con el pecado de origen, solamente María, entre todas las creaturas, fue concebida en la gracia santificante, sin mancha del pecado original.

Era conveniente, con relación al demonio, que Aquélla que debía quebrantarle la cabeza no hubiese estado nunca bajo su dominio, sino que hubiese existido siempre entre él y esta Mujer «una enemistad» absoluta y plena.

Era justo, con relación a Jesús, al Redentor, al purísimo Hombre-Dios que trajo la gracia al mundo, que su Madre jamás hubiese sido profanada por el pecado.

Era significativo, con relación a nosotros, que la ola de fango que nos envuelve a todos, respetara a María, nuestra Madre, fúlgida en su incontaminada pureza, como un programa, un ejemplar, un aviso.

Voy a robar un hermoso pensamiento al Cardenal Maffi.

«Las descripciones del eclipse acaecido en las llanuras lombardas en el año 1842 hacen notar que ninguna creatura, desde la tenue hierba hasta el hombre, ha podido substraerse al calofrío de temor provocado por aquella densa e imprevista obscuridad. ¿Qué sucedía? En Milán reinaba una noche profunda; pero, el que acertó a levantar la mirada hacia el horizonte de los Alpes contempló la cumbre del Monte Rosa dorada por los rayos del sol. Noche en la llanura; luz en las alturas. Y ¡cuánto nos hablan de María esas cumbres! Mientras la tierra se agita y se entristece, María está a resguardo. Mientras cae la noche sobre los valles, alumbra el sol en los montes, el sol de la gracia que jamás se empaña en esas cúspides predilectas del Señor».

2. — La VIRGEN BELLA, vestida de sol, coronada de estrellas —como canta Petrarca.

¿Por qué solamente, una Virgen debía dar al mundo a Jesús?

La razón es clara. La virginidad no es sólo un hecho material, sino que posee un significado moral de valor muy elevado. Ser virgen quiere decir no tener ni una sola fibra del propio corazón que no vibre y haya vibrado sola y exclusivamente para Dios.

¿Acaso es concebible que la Madre de Dios no haya sido siempre virgen?

Al resplandor de la luz que se difunde de la Virgen María, saludamos el crecimiento y la multiplicación de los lirios del mundo.

El paganismo había caído en los vicios más bajos; Cristo, a fuer de afirmación de la unión del hombre con Dios, suscita almas virginales —como escribe San Jerónimo en la Carta a Eustaquio— para que, siendo adorado por Ángeles en el Cielo, tuviese también ángeles que lo adorasen en la tierra.

Muy pronto se extendió la virginidad por el mundo; la péñola y la voz de los Padres exaltaron su belleza; la virginidad arranca a la pluma de San Ambrosio una página inmortal al describir una noche de Navidad, durante la cual su hermana Marcelina se consagraba a Dios en la Basílica de Santa María la Mayor, delante del Papa Liberio.

Aún hoy, tras el rodar de tantos siglos, la escena se renueva y

«la misma mano —escribe Montalembert al cerrar el último capítulo de sus Monjes de Occidente, y al recordar a una de sus hijas que se hizo monja— aún hoy viene a robar de nuestros hogares y a arrancar de nuestros corazones desolados, a nuestras hijas y a nuestras hermanas.

Millares de creaturas queridísimas salen todos los días de los castillos y de las chozas, de los palacios y de las viviendas humildes para consagrar a Dios el corazón, el alma, el cuerpo virginal, los afectos y la vida. Todos los días, doncellas de abolengo y de gran corazón, y otras de corazón mil veces más grande que su fortuna, se entregan en la mañana de la vida a un Esposo inmortal. Los mismos que comentamos este espectáculo diario, lo hemos visto y sufrido.

Lo que sólo habíamos visto en el tiempo y en los libros, un día sucedió ante nuestros ojos que derramaron lágrimas de paternal angustia. ¿Quién es, pues, este invencible amante, muerto hace tantos siglos en el patíbulo y que continúa atrayendo hacia sí a la juventud, la belleza y el amor; que se muestra a las almas con un esplendor y un halago al que no pueden resistir; que las asalta de improviso y las apasiona; que toma palpitante la carne de nuestra carne y se abreva con nuestra sangre más pura? ¿Quién es él? ¿Es un hombre? No. ¡Es un Dios! Y el amor de esas almas es la respuesta que ellas dan al amor de un Dios»,

que un día quiso a un virgen por Precursor, a un virgen por Padre adoptivo, a un virgen por Apóstol predilecto, a los puros de corazón por sus más íntimos amigos, a una Virgen por su Madre.

3. — La MADRE, la bienaventurada y dulce Madre, —digámoslo con Santa Catalina de Siena en sus Cartas— «que nos dio la flor del dulce Jesús».

No es posible, ni pensar siquiera, una creatura más unida a Dios, que la Mujer que fue el «paraíso de la Encarnación» y que en la exaltación de un amor reconocido entonó el Magníficat.

El Espíritu Santo descendió sobre Ella, la trocó en templo de Dios viviente, haciéndole dar la naturaleza humana al Hijo eterno de Dios y su verdadero hijo.

Se había preparado para Dios; vivió, oró, trabajó y sufrió por Dios; su existencia fue asociada a todos los misterios de la redención y de la gracia, a las alegrías, a las aflicciones y a las victorias de Jesús. Y así como por la gracia Jesús es nuestro hermano y, como veremos, constituimos un solo Cuerpo Místico con Él, del mismo modo la Madre de Jesús es también nuestra Madre, conforme a los deseos del divino Moribundo expresados desde la Cruz.

Justamente —como lo observó la misma Virgen a Santa Gertrudis— el Evangelio denomina a Jesús el primogénito de María y no el único hijo, ya que después de Jesús, su dulcísimo Hijo, o para hablar con más propiedad, en Él y por Él, Ella nos ha engendrado a todos en las entrañas de su caridad y nos hemos convertido en hijos suyos y en hermanos de Jesucristo.

Es evidente que toda la grandeza de María depende de Jesucristo y de la gracia que, en previsión de los méritos del Redentor y como consecuencia de la Pasión, fue donada a la Virgen como primera aplicación de los mismos.

Así que honrar a María equivale en último término a honrar a Jesús. Y si esta verdad se puede repetir con relación a todos los Santos y constituye la razón de ser de su culto, débese afirmar, de un modo especial, de la Virgen Madre, hija de su Hijo, «humilde y elevada más que cualquier creatura, término fijo de eterno designio».

Y de su íntima unión sobrenatural con Cristo, proviene siempre la eficacia de su maternal intercesión ante Dios, intercesión que arrancó a la lira de Dante esta melodía:

Donna, se’ tanto grande e tanto vali,

che qual vuol grazia ed a te non ricorre,

sua disianza vuol volar senz’ali.

La tua benignitá non pur soccorre

a chi domanda, ma molte fiate

liberamente al domandar precorre.

In te misericordia, in te pietate,

in te magnificenza, in te s’aduna

quantunque in creatura è di bontate.

Mujer, eres tan grande y tanto vales,

que el que quiere gracia y no recurre a ti

quiere hacer volar su deseo sin alas.

Tu benignidad, no sólo socorre

al que suplica, sino que muchas veces

se adelanta libremente a la súplica.

En ti la misericordia, la piedad,

la magnificencia, se juntan

y todo lo que hay de bueno en la creatura.

Participando en grado mayor de la gracia divina, María tiene también su parte en el amor, en la piedad y en el poder de su divino Hijo.

***

2

La devoción a María y lo sobrenatural

La verdadera devoción a María —surja ya la conclusión espontánea— no debe limitarse a un estremecimiento de ternura o a una admiración que no rebasa el esteticismo poético, sino es menester que sea sobrenatural, María es grande por la gracia y si se prescinde de su particular divinización, no resulta posible ni siquiera rezarle bien.

Por ejemplo, mil veces recitamos el Ave Maria, y quizá nunca hemos reflexionado sobre el profundo significado del saludo de Gabriel: «Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo».

Gracia y unión con Dios: he ahí a la Virgen; por esto es «bendita entre las mujeres», por esto le suplicamos: «ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte».

¡Quién, sabe cuántos de mis lectores, que han mascullado un número inmenso de Avemarías durante su vida, se percatarán ahora de que en el Avemaría pedimos una buena muerte, en gracia de Dios!

Más aun. Una de las plegarias más caras al corazón cristiano es el Angelus Domini que recitamos «cuando nace y cuando muere el día —y cuando el sol está en la mitad de su carrera». Ahora bien, en el Angelus, para honrar a la Virgen, dirigimos el pensamiento al centro de la historia, al Verbo Encarnado, que habitó entre nosotros, cuando María, al anuncio del Ángel respondió: fiat. Y oramos para obtener la gracia: «Gratiam tuam, quæsumus, Domine, mentibus nostris infunde… Te lo suplicamos, Señor, infunde tu gracia en nuestras mentes».

Y cuando en el Rosario entretejemos una corona de rosas, y meditando los misterios, recitamos tantas y tan repetidas veces el saludo del corazón ¿qué hacemos sino considerar a María unida a Jesús, aspirando al mismo tiempo, a obtener nuestra unión sobrenatural con Dios?

Refiérese en la vida de un fraile devotísimo de la Virgen, el Beato Josio de Saint-Bertrin, que vivió en Saint-Omer en el siglo XII, que una noche fue hallado muerto en su celda; cinco rosas blancas cubrían su rostro sonriente y sobre cada una estaba escrito: ¡María!

Estas rosas florecen sobre los labios, pero tienen las raíces en el corazón, divinizado por la gracia.

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RECAPITULACIÓN

1. La creatura que ha obtenido la más íntima y la más elevada unión sobrenatural con Dios, es María, la llena de gracia. Ella es, en efecto, entre otras cosas:

a) La INMACULADA, o sea, ha sido concebida sin el pecado original y tuvo siempre, por especial privilegio, la gracia en su corazón;

b) La VIRGEN, que fue siempre toda y sólo de Dios;

c) La MADRE-del mismo Autor de la gracia: Cristo Jesús.

2. Por lo tanto, nuestra devoción a María debe ser sobrenatural. Si quisiéramos prescindir de la gracia, no comprenderíamos la verdadera grandeza de María, ni sabríamos invocarla convenientemente.