SEGUNDO DOMINGO DE EPIFANÍA
En aquel tiempo se celebraron unas bodas en Caná de Galilea; y allí se hallaba la Madre de Jesús. Fue también convidado a las bodas Jesús con sus discípulos. Y como viniese a faltar el vino, dijo su Madre a Jesús: No tienen vino. Le respondió Jesús: Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti? Aún no es llegada mi hora. Dijo entonces su Madre a los sirvientes: Hagan lo que él les diga. Estaban allí seis tinajas de piedra, destinadas para las purificaciones de los judíos; en cada una de las cuales cabían dos o tres cántaros. Les dijo Jesús: Llenen de agua aquellas tinajas: y las llenaron hasta arriba. Les dice después Jesús: Saquen ahora en algún vaso, y llévenlo al maestresala. Lo hicieron así. Apenas probó el maestresala el agua convertida en vino, como él no sabía de dónde era (bien que lo sabían los sirvientes que lo habían sacado), llamó al esposo, y le dijo: Todos sirven al principio el vino mejor, y cuando los convidados han bebido ya a satisfacción, sacan el más flojo; pero tú reservaste el buen vino para lo último. Así en Caná de Galilea hizo Jesús el primero de sus milagros con que manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron más en Él.
Nos encontramos en el Segundo Domingo de Epifanía, cuyo Evangelio propone a nuestra meditación el milagro en las Bodas de Caná.
La intervención de María Santísima nos invita a considerar su cooperación en la redención subjetiva, que tiene por objeto distribuir y aplicar los frutos de la redención objetiva a cada uno de los hombres; es decir, contemplar y meditar el glorioso título de María Mediadora de todas las gracias.
Sólo a Cristo, Redentor nuestro, le compete ser, por derecho propio y exclusivo, el dispensador de todas las gracias, puesto que las adquirió con su muerte, y Él es el Mediador entre Dios y los hombres.
La Santísima Virgen concurre a la distribución de las gracias con Cristo y bajo su dependencia. Ella coopera próxima, formal y actualmente a la dispensación de todas las gracias en los hombres.
Y esto le compete por decreto positivo y libre de Dios, que ha determinado y querido, en la presente economía, no conferir alguna gracia redentora sin la intervención de la Santísima Virgen.
En cuya universalidad entran las gracias de todo género, las internas y las externas, las habituales y las actuales, la santificante y las carismáticas o gratis datae, las sacramentales y las extrasacramentales, las ordinarias y las extraordinarias, las pedidas y las no solicitadas, así como las que son directamente impetradas por la Virgen y las que lo son por Cristo y por los Santos…
Se exceptúan de esta cooperación solamente los dones de la gracia concedidos a Cristo y a la misma Virgen Santísima.
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Existe una serie abrumadora de testimonios de la Tradición, empezando por San Ignacio Mártir (siglo I) y terminando con los mariólogos del siglo XX, que no sólo admiten explícitamente la verdad de que María es Distribuidora universal de todas las gracias, sino consideran este título verdad de fe o próxima a la fe, y definible por la Iglesia.
Recogiendo los datos de la Sagrada Escritura y de la Tradición cristiana, el Magisterio Ordinario de la Iglesia —sobre todo desde el siglo XVIII— ha expresado repetidas veces, clara e inequívocamente, la doctrina de la Mediación Universal de María en su doble aspecto: adquisitivo y distributivo.
Son numerosos los textos de los Sumos Pontífices; y los doctores católicos, principalmente desde el siglo XIX, defienden con unanimidad la Mediación de María en la obtención y dispensación de todas las gracias.
Y la razón es ésta: aunque la redención objetiva quedó consumada en la Cruz, pagado que fue allí totalmente el precio de nuestra satisfacción, con lo que Cristo derrotó a Satanás, triunfando de él plenamente, es necesaria, sin embargo, la redención subjetiva, por la que sus gracias son aplicadas a los hombres.
Una y otra redención, objetiva y subjetiva, constituyen un todo completo, una obra total de salvación, de tal manera que con la sola redención objetiva nadie hubiera sido reintegrado al orden sobrenatural.
Si solamente se hubiese pagado el precio de nuestra redención con la muerte de Cristo, todos pereceríamos; porque la Redención tiende directamente a incorporar todos los hombres a Cristo y a instaurar en Él cuanto existe en los cielos y en la tierra.
Cualquiera gracia es principio de incorporación a Cristo, de instauración de su reino y de destrucción de las obras del diablo, haciendo que el triunfo y la enemistad contra la vieja serpiente sea constante y perpetuo; ahora bien, esto requiere, por divina disposición, la intervención actual de María en la distribución de las gracias.
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Como es conocido por todos, la doctrina de la cooperación de la Santísima Virgen en la distribución de las gracias, durante los siglos XVI y XVII, sufrió ataques insidiosos, no pequeños, por parte de protestantes y jansenistas, quienes conspiraban a una por enfriar la devoción de los cristianos hacia la Santísima Virgen y eclipsar en sus almas la luz de tan gloriosa prerrogativa.
A partir del conciliábulo vaticanesco se repite la historieta, principalmente en nuestros días por medio de Joseph Ratzinger, Jorge Mario Bergoglio, Robert Prevost y sus adláteres.
Pero Dios concedió a la Iglesia muchos y esforzados maestros, escritores y predicadores que, defendiendo a la Madre contra sus enemigos, fomentaron intensamente su devoción y culto y trabajaron por extender la doctrina de la cooperación de María en la dispensación de las gracias, refutando no sólo a los herejes de entonces, sino también por adelantado a los hodiernos…
Cuando el día 8 de diciembre de 1854 el Papa Pío IX definió solemnemente, con el aplauso de todo el orbe católico, la Concepción Inmaculada de la Santísima Virgen María, llevó a cabo un acto verdaderamente trascendental, no sólo por la afirmación dogmática de tan excelsa prerrogativa mariana, sino también porque enunció y declaró auténticamente el principio de la asociación de María Inmaculada con Cristo Redentor en la obra de la redención humana, como doctrina tradicional de la Iglesia.
Documento preciosísimo, que, juntamente con las Encíclicas marianas de León XIII y los textos de los Pontífices posteriores, estimuló a los teólogos para que estudiaran más a fondo y expusieran más claramente los privilegios de la Virgen Santísima, sobre todo su altísima prerrogativa de Dispensadora de todas las gracias.
A esto se agrega el sentir y la piedad de los fieles que, como por común instinto y devoción, ya justos, ya pecadores, en todo tiempo y lugar, acuden confiadamente a María Mediadora, en súplica fervorosa de todos los bienes y beneficios, espirituales y corporales.
De aquí se sigue la frecuente y aun cotidiana invocación de los cristianos a María, privada y pública, y la devoción hacia la Santísima Virgen, tan grata a la piedad católica; tantos monumentos, capillas, pinturas, imágenes, expresión auténtica de la piedad mariana del pueblo fiel y de su confianza en la protección de María; tantos escritos, libros, devocionarios, himnos y canciones populares que en sus alabanzas aclaman a María como Mediadora de todos los bienes y Ayuda de nuestra salvación.
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Por lo tanto, debemos confesar que, por libre disposición de Dios, que quiso asociar a María Santísima a la obra de la redención en calidad de Corredentora, Ella ha sido constituida también por el mismo Dios Dispensadora universal de todas las gracias que se han concedido o se concederán a los hombres hasta el fin de los siglos.
Esta doctrina se desprende con toda naturalidad y sencillez de los grandes títulos y principios marianos:
– María es Madre de Dios. Luego nada tiene de extraño que María tenga una cierta comunidad de bienes con su divino Hijo y pueda disponer de ellos con el filial beneplácito de Él.
– María es Madre espiritual de los hombres. Y esta maternidad exige, de algún modo, el oficio de preparar y dar a todos la gracia, por la cual han de ser engendrados a nueva vida y llevados por el crecimiento conveniente a su completo desarrollo y perfección, porque perfeccionar al ser es propio de quien le dio la existencia. Luego nada más natural que nos alcance y distribuya todo cuanto necesitamos para la conservación y desarrollo de la gracia hasta su consumación definitiva en el Cielo.
– María es Corredentora. Cristo Redentor nos mereció de condigno todas las gracias y auxilios necesarios para la salvación, y María, asociada al Redentor, las ganó también para nosotros con sus propios merecimientos. Ahora bien, es lógico, dice Santo Tomás, que el que adquiere bienes para otros, los dispense por sí mismo. Luego, la Corredentora intervino, no sólo en la adquisición de la gracia para nosotros al pie de la Cruz, sino que lo sigue haciendo en la distribución de la misma en el transcurso de los siglos.
Es que la Redención completa tiene dos fases: la objetiva y la subjetiva; por la primera se adquiere y se acumulan las gracias; por la segunda son distribuidas a cada uno de los redimidos.
Si en el primer aspecto la Virgen Purísima está íntimamente unida al Redentor, ¿por qué hemos de separarla en el segundo?
– También interviene el Principio de eminencia. Si los Santos pueden impetrar e impetran de hecho de Dios muchas gracias para nosotros, nada tiene de extraño que María pueda impetrarlas todas, siendo como es la Santa de los Santos, y, además, Madre dulcísima de todos ellos.
Benedicto XV, con ocasión de un milagro durante el proceso de canonización de Santa Juana de Arco, ratificó y reafirmó el título de Mediadora de todos los mediadores, con que la saludan los Santos Padres.
Se trata de la curación milagrosa de Teresa Bellin, uno de los milagros escogidos para canonizar a Santa Juana de Arco. En el decreto, Benedicto XV hace expresa referencia a la intercesión de Santa Juana de Arco ante la Santísima Virgen María; y dice:
“Pensamos que el Señor ha dispuesto así las cosas a fin de recordar a los fieles que jamás se debe excluir el recuerdo de María, ni siquiera cuando un milagro parece ser atribuido a la intersección o mediación de un beato o de un santo. Tal es la enseñanza que debemos sacar del hecho que Teresa Bellin ha obtenido su curación perfecta e instantánea en el santuario de Lourdes. Por un lado, el Señor nos muestra que, incluso en la tierra que está confiada al dominio de su Santísima Madre, Él puede obrar Milagros por la intercesión de uno de sus servidores; y, por el otro lado, Él nos enseña que, también en este caso, es necesario suponer la intervención de aquella a quien los Santos Padres han saludado con el nombre de mediatrix mediatorum ómnium”
– Finalmente, el Principio de analogía o de semejanza entre Cristo y María. Mediador universal el Hijo, por naturaleza; Mediadora universal la Madre, por gracia.
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El ejercicio completo del Oficio de Dispensadora de las gracias lo tiene la Santísima Virgen desde el día de su gloriosa Asunción a los Cielos. Desde entonces viene ejerciéndolo con plena perfección para con todos y cada uno de los hombres y en todas y cada una de las gracias que al mundo se conceden, porque, iluminada ya con la luz de la gloria, conoce clara y distintamente, en cualquier momento, todas las necesidades humanas, todo lo que puede promover o retardar la santificación de cada alma.
A este singular conocimiento que María recibe de la visión de Dios acompaña un poder extraordinario, y al poder, un amor inefable.
En una palabra, todo lo sabe esta Virgen prudentísima, Sede de la Sabiduría; todo lo puede esta Virgen poderosa; y, pudiéndolo todo, lo dará todo esta Madre amable, esta Madre de misericordia, esta Virgen clementísima.
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La intercesión es la expresión de la propia voluntad dirigida a Dios para que Dios la cumpla. Por tanto, la intercesión de María en esta materia es la expresión del deseo que tiene de que Dios confiera tal o cual gracia.
Pero la intercesión de la Virgen, Madre de Dios, tiene de singular, no sólo el poder de pedir las gracias, sino también el de disponer de todas ellas.
Porque la intercesión de María debe compararse, salva siempre la proporción debida, a la interpelación de Cristo, que es el deseo de nuestra salvación o la manifestación de su voluntad redentora, a la que compete el derecho de disponer de los frutos de la Redención, de modo que, con sólo quererlo, dispone Cristo de aquellas gracias, las dispensa y las hace llegar a nosotros.
De una manera semejante, María, asociada a Cristo en la Redención, coopera a la dispensación de las gracias intercediendo o expresando a Cristo, y con Cristo a Dios, su voluntad de conferir estas o aquellas gracias.
Esta expresión de la voluntad es, por disposición divina, suficiente para que María disponga de las gracias y sea causa eficaz de que se confieran a los hombres.
Y María Mediadora jamás queda defraudada en su intercesión o expresión de su deseo, sino siempre es complacida en lo que pide. La intercesión de María ante la omnipotencia de Dios es siempre eficacísima, de suerte que María no pide jamás a Dios una sola gracia que no la obtenga de Él infaliblemente.
De ahí su título gloriosísimo de Omnipotencia suplicante con que la designa frecuentemente la Tradición y el Magisterio de la Iglesia.
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La conclusión de todo cuanto venimos diciendo no puede ser más alentadora: la Madre obtiene infaliblemente del Hijo la plena realización de sus deseos.
Gracia pedida, gracia obtenida.
Puede ocurrir, sin embargo, que el sujeto por quien aboga María no tenga las debidas disposiciones. La concesión se dilatará entonces hasta que todo esté en su punto.
Es ocioso advertir que la merced será denegada si fuese en perjuicio del alma (v.gr., la salud corporal, de la que habría de usar mal, etc.).
En estos casos no se da la intercesión de María, es decir, María nunca pide lo que sabe que nos perjudicaría espiritualmente.
La intercesión constante de María armoniza con el orden querido por Dios. Pues, en primer lugar, es la ejecución de un decreto general de la divinidad; y, en segundo lugar, respeta Ella soberanamente los decretos particulares con relación a cada alma individual.
Es cierto que, sin la intercesión de María, la justicia de Dios seguiría su curso, pero Dios mismo quiere que la Virgen recurra a su misericordia.
Se proclama también que la Virgen obtiene todas las gracias que quiere, a quien Ella quiere y de la manera que quiere. Afirmaciones muy justas, con tal que no presten a María como una especie de caprichos maternos que prevalecerían contra los justos deseos del Padre.
La Virgen no puede tener otra voluntad que la voluntad de Dios, y los favores que Ella solicita para sus protegidos los pide sabiendo que Dios quiere que Ella los pida,y que los concede solamente porque Ella los pide.
Esta hermosa doctrina resuelve todas las dificultades que se podrían objetar contra la distribución universal por parte de María de todas y cada una de las gracias que reciben los hombres de la infinita bondad de Dios, único autor de las mismas.
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Concluyamos, pues, que es Dios quien claramente manifiesta su voluntad. Pudo redimirnos sin María Santísima, y no lo quiso… Luego, aunque pueda, tampoco quiere santificarnos sin María Santísima.
Grande es la devoción que debemos tener a Nuestra Madre por mil razones y mil motivos, pero difícilmente encontraremos uno que tanto nos deba mover a ello como éste, pues, en cierto modo, como vemos, abarca a todos los demás.
Tengamos en cuenta que, ante los eventos inminentes, los comunes e invariables (como son la familia, los hijos, lo económico, lo material, la enfermedad, la muerte…), así como los que son propios del tiempo que nos toca vivir (la apostasía generalizada, el epílogo del misterio de iniquidad y la llegada del Anticristo…), en vista de estos sucesos es muy probable que muchas o todas nuestras «seguridades» se pierdan…, y con ellas “nuestras esperanzas”…, e incluso La Esperanza…
Y, precisamente por eso, es importante y necesario tener presente que, de la misma manera que Nuestra Reina y Madre auxilió a los creyentes de todas las épocas, lo mismo hará con los fieles de hoy en día, ya sea guardándolos de algunos acontecimientos, o bien dándoles la fortaleza necesaria para sobrellevarlos.
Es indispensable destacar que María Santísima domina como soberana todos los tiempos de nuestra historia, y, particularmente, el período más temible para las almas: el momento de la venida del Anticristo… Estos son los tiempos de la victoria, de la redención plenaria de Jesucristo y de la intercesión soberana de María.
La comprensión de la misión de Nuestra Señora dispensará mucha luz e infundirá mucha fortaleza para seguir el camino trazado por Dios, al mismo tiempo que dispondrá las almas para recibir los méritos obtenidos por Ella y alcanzar su auxilio y protección.
Dios se nos da por medio de Ella; por Ella debemos, pues, ir nosotros a Dios, y darnos y entregarnos totalmente a Ella para que Ella nos lleve a Dios.
Y Ella nos dirá, como en Caná: haced todo lo que Él os diga…
¡Qué camino tan fácil, tan seguro, tan hermoso y consolador!
¡Animémonos!… Y, de una vez y para siempre, pongámonos en sus manos… Demos a nuestra Madre y Reina la llave de nuestro corazón…, para que Ella disponga de nosotros como quiera… Porque siempre será como más nos convenga.
Pidámosle nos dé alguna parte de las gracias que Ella tiene…; pero, en especial, pidámosle la de saber amar, con Ella y por Ella, al Señor en la vida y en la muerte…, en el tiempo y en la eternidad…

