RAÚL CODENA: LA VENERABLE MADRE MARIANA DE JESÚS TORRES, UN ALMA PREDESTINADA QUE MURIÓ TRES VECES

VÍCTIMA ELEGIDA POR LA JUSTICIA DIVINA Y LA MISERICORDIA INMACULADA

En el corazón del Real Monasterio de la Limpia e Inmaculada Concepción de Quito, joya escondida de la fe católica en las Indias, vivió y padeció una de las almas más privilegiadas que Dios haya llamado a la cruz en tierras americanas: la Sierva de Dios Madre Mariana Francisca de Jesús Torres y Berriochoa, verdadera esposa de Cristo Crucificado y fiel colaboradora de María Santísima en la obra de la Redención.

Apenas a los trece años, esta doncella española, llena de gracia y de un amor abrasador al Santísimo Sacramento, cruzó el océano para ser cofundadora del primer monasterio concepcionista en América.

Allí, abrazó con heroico abandono su vocación sublime: ser pararrayos vivo entre la Justicia infinita de Dios y un mundo que, en siglos venideros, se hundiría en la apostasía, la impureza y el odio al dogma de la Inmaculada Concepción.

Los votos y la alianza de sangre con el Esposo Crucificado

A los dieciséis años, el 21 de septiembre de 1579, pronunció sus votos perpetuos en manos de su tía, la Madre María de Jesús Taboada, primera Abadesa.

En ese instante augusto, mientras su alma se elevaba en éxtasis, Nuestro Señor Jesucristo le mostró la cruz que la aguardaba: sufrimientos indecibles, persecuciones, enfermedades y tentaciones furiosas, todo para expiar por las almas de su tiempo y, sobre todo, por las generaciones futuras que contemplarían la gran crisis del siglo XX y del presente siglo.

El maligno, impotente para manchar su pureza angelical preservada por gracia singular, descargaba su odio en el cuerpo de la joven religiosa. La hacía rodar por las escaleras, enredaba sus pies en pleno coro, derramaba los platos que ella llevaba en obediencia, borraba las letras de los libros que leía…

Mas Mariana, serena como la luna que refleja al Sol divino, conservaba intacta su santa imperturbabilidad, ofrenda continua de amor y reparación.

La primera muerte: víctima por la herejía, la blasfemia y la impureza

En 1582, mientras adoraba al Santísimo Sacramento en el Coro Alto, un estruendo infernal envolvió la iglesia en tinieblas. Solo el altar permanecía iluminado como en pleno mediodía. El tabernáculo se abrió y apareció el Señor Crucificado en cruz de tamaño natural, con la Virgen Dolorosa, San Juan y Santa María Magdalena al pie, tal como en el Calvario.

Nuestro Señor, agonizante, pronunció palabras que resuenan como trueno eterno:

“Este castigo es para el siglo XX”.

Tres espadas pendían sobre Su cabeza:

– «Castigaré la herejía»

– «Castigaré la blasfemia»

– «Castigaré la impureza»

La Santísima Virgen, con maternal ternura, preguntó:

«Hija mía, ¿deseáis sacrificarte por los pecadores?»

Con el corazón inflamado de caridad, la Madre Mariana aceptó.

Las tres espadas se hundieron violentamente en su pecho virginal. Cayó sin vida a los pies del Dios Sacramentado.

Al día siguiente, las religiosas la encontraron inerte. El médico don Sancho y los frailes franciscanos certificaron su muerte. Toda Quito lloraba a su benefactora, que con sus consejos, milagros y penitencias había sido faro de conversión.

El Tribunal Divino y la elección heroica

Ante el Divino Juez, sin mancha alguna, se oyó la bienaventurada invitación:

«Venid, amada de mi Padre, recibid la corona preparada para vos desde la eternidad».

Mas las súplicas ardientes de la Madre Abadesa, las religiosas, los franciscanos y el pueblo quiteño subieron al Cielo. Dios, queriendo escuchar el clamor filial, ofreció a la Madre Mariana dos coronas: una de gloria eterna y otra de lirios entrelazados con espinas.

Ella, humildísima, pidió que su Esposo eligiera por ella.

«No respondió el Señor, probé tu voluntad cuando te tomé por esposa; ahora quiero probarla nuevamente».

Intervino entonces la Reina del Cielo:

«Hija mía, yo dejé las glorias celestiales y retorné a la tierra para proteger a mis hijos. Deseo que me imites. Tu vida es muy necesaria para mi Orden de la Inmaculada Concepción».

Y añadió con dolor profético:

«¡Qué aflicción para esta colonia en el siglo XX si no hay almas que, con vida de holocausto y sacrificio, sigan tu ejemplo y apacigüen la Justicia Divina! El fuego descenderá del cielo y purificará a Quito consumiendo a sus habitantes».

Conociendo la voluntad divina, la Madre Mariana regresó a la tierra por obediencia. Ante el cuerpo yacente, el Superior franciscano ordenó en nombre de la Santa Obediencia:

«Si estás muerta, vuelve al cuerpo y refiérelo todo».

Un suspiro profundo… y la Sierva de Dios abrió los ojos, relatando las maravillas del Paraíso.

Estigmas, infierno en vida y la segunda resurrección

En 1588 recibió los sagrados estigmas del Señor, que le causaron dolores indecibles. Su cuerpo se convirtió en una sola llaga. Dios permitió que experimentara las penas de los condenados, abandonándola a una desolación espantosa. El demonio, en forma de horrenda serpiente, la atormentaba día y noche, sugiriéndole que toda su vida había sido inútil y que estaba condenada.

En el punto más extremo, invocó a la Inmaculada:

«¡Estrella del Mar, la frágil barca de mi alma naufraga! ¡Sálvame, que perezco!»

La Virgen posó su mano maternal sobre su cabeza. La serpiente huyó al infierno con estruendo de terremoto. La Madre Mariana recobró fuerzas y pidió que se rezara el Santo Rosario en acción de gracias. Así, entre lágrimas de amor, entonaron la Letanía Lauretana, sintiendo sus corazones abrasados por el fuego divino.

Un año después, cuando los médicos dictaminaban que su médula se había secado y solo vivía su corazón, Nuestro Señor la resucitó por segunda vez, permitiéndole incorporarse al coro como si nada hubiera sucedido, para continuar su pasión redentora.

Un llamado eterno a la reparación

La Madre Mariana de Jesús Torres, alma predestinada que murió tres veces y resucitó dos (según la tradición más recibida en los círculos tradicionalistas católicos), vivió para expiar las abominaciones que afligirían a la Iglesia y al mundo en los siglos venideros. Su vida es un grito silencioso de amor crucificado, un testimonio vivo de que solo el sacrificio, la penitencia y la fidelidad inquebrantable a la fe inmaculada pueden aplacar la Justicia divina y atraer la misericordia.

Hoy, cuando contemplamos la crisis que ella profetizó con tanta precisión, su ejemplo nos interpela con urgencia:

¿Seremos almas de holocausto que consuelen el Corazón de Jesús y de María?

¿O dejaremos que el fuego purificador descienda sin que haya quien lo detenga con amor reparador?

Que la Venerable Madre Mariana, junto a Nuestra Señora del Buen Suceso, nos alcance la gracia de vivir como víctimas voluntarias, fieles hasta la cruz, para que la Fe triunfe y el Inmaculado Corazón de María reine por fin.

¡Virgen del Buen Suceso, Madre y Protectora nuestra,
ruega por nosotros y por el Ecuador católico!