MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI: EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO: Capítulo Noveno: EL VERBO ENCARNADO REDENTOR DEL MUNDO – Continuación

MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI

EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO

Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.

Capítulo Noveno

EL VERBO ENCARNADO

REDENTOR DEL MUNDO

Continuación…

4

Motivos de la Encarnación

La Encarnación es la unión de Dios con el hombre, es la asunción de la naturaleza humana de parte del Verbo, para unir al hombre con Dios mediante la gracia. Dios se anonada para divinizarnos; desciende para hacernos ascender.

Si se prescinde de los conceptos expuestos —es decir del orden sobrenatural, de nuestra divinización e históricamente de la caída del hombre— no se entiende lo que ha sido la Encarnación — el «parentesco» como lo define Santa Catalina, entre la humanidad y la divinidad, para reparar la muerte del hombre y para elevarlo sobrenaturalmente a la vida divina.

¿Cuáles fueron, pues, los motivos de la Encarnación?

No es posible responder de un modo perfecto a esta pregunta, porque al hablar de Dios no debemos olvidar lo débil de nuestra razón.

La Beata Ángela de Foligno observa justamente que en Dios no hay ninguna perfección desligada de las otras, sino que existe armonía y fusión de todas las perfecciones.

La Potencia, la Justicia y la Misericordia se armonizan entre sí y la palabra que mejor sintetiza a la Vida divina es el Amor. Sólo a la luz del Amor se puede intentar discurrir sobre la Encarnación.

a) Por amor nos ha creado Dios; por amor nos ha elevado al estado sobrenatural; por amor se hizo hombre el Hijo de Dios para divinizar a los hijos del hombre. Dios ha amado tanto al mundo —dice el Apóstol San Juan— que nos dio a su Unigénito para que todos los que creyesen en Él no perecieran, sino alcanzaran la vida eterna.

Y los Padres, a una sola voz, mientras no vacilan en proclamar que Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciese un Dios y fuese divinizado por la gracia que mana de la única fuente, Cristo, colocan al frente de toda explicación el Amor y la Bondad infinita de Dios.

b) Históricamente, esta manifestación del amor divino, esta lluvia de la bondad divina, se derramó sobre una humanidad caída, de modo que el fin de la Encarnación —de hecho— no fue solamente la elevación del hombre al orden sobrenatural, sino también la reparación del pecado, y la gracia de Cristo fue, por lo tanto, gracia reparadora.

El amor que Dios nos profesa resuelve el problema, que de otro modo hubiera sido insoluble para el hombre. Por un lado, la justicia divina exigía una reparación de la culpa; por otro, la debilidad humana era impotente para satisfacer de un modo adecuado, ya que siendo la culpa —como se ha visto— de una gravedad infinita, no podía ser reparada por el hombre, cuyos esfuerzos son sólo de eficacia natural y finita.

Interviene entonces la misericordia: Dios quiso ayudar al hombre, quiso otorgarle el perdón.

Dios podía redimirnos de mil maneras; pero su Amor eligió una —la Encarnación— con la cual quedaría perfectamente satisfecha la justicia, y la misericordia tendría su máxima manifestación.

Jesucristo dio al Padre una reparación de un valor infinito por nuestros pecados; por su intermedio la misericordia y la justicia se abrazaron entre sí, unidas por el Amor.

En el Verbo Encarnado, por lo tanto —en expresión de Santa Catalina— tenemos «la navecilla para librar al alma del mar tempestuoso, y conducirla al puerto de la salvación». En esta forma escribió su poema el Amor infinito de nuestro Dios, esto es, su «libro en el madero de la Cruz, no con tinta, sino con la sangre y con las palabras de las dulcísimas y sacratísimas llagas de Cristo. ¿Y quién será tan ignorante, de tan pobre entendimiento, que no lo sepa leer?»

c) Finalmente, el amor explica por qué Jesucristo quiso reparar a la justicia divina con su Pasión y su Muerte en la Cruz.

Por sí, como ya lo advertimos, la menor acción o sufrimiento, la más leve humillación, aun más, un solo deseo del Corazón de Cristo hubiera bastado para rescatarnos, siendo todos sus actos de un valor infinito.

Pero el Padre, para hacer resplandecer más el amor de su Hijo, quiso que fuéramos santificados con la Sangre de Jesús y reclamó como expiación del pecado las penas, la pasión y la muerte de Cristo.

Sólo cuando Jesús desde el madero de la Cruz exclamó: «todo está consumado, consummatum est», sólo entonces se completó la satisfacción y la obra de nuestra salvación llegó a su término.

El dulce Verbo —escribe a este propósito Santa Catalina— como águila que tiene siempre la mirada fija en el sol, contempló el sol de la eterna voluntad del Padre, y entonces

«como embriagado por el amor del Padre eterno y de nuestra salvación, se sometió al yugo de la obediencia, y para cumplirla sobreabundantemente se saturó de oprobios, de mofas y de improperios.

El que sacia todas las almas sufrió sed; para vestirnos con la divina gracia se despojó de la vida de su cuerpo y se hizo blanco de las miradas sobre el madero de la Santa Cruz».

Y prosigue la Santa:

«A cualquier parte que me vuelva, doy con el amor inefable.

El amor hizo descender a «la alteza de la Divinidad a tan grande bajeza como es nuestra humanidad… El amor lo hizo habitar en el pesebre, entre los animales. El amor lo saturó de oprobios. Y por amor, el dulce Jesús se complació grandemente llevando la Cruz de muchas tribulaciones… El amor lo hizo correr con obsequiosa obediencia hasta la humillante muerte de la Cruz».

¿Quién lo sujetó a la Cruz? No fueron ni los clavos, ni la Cruz, ni la piedra, ni la tierra, los que tuvieron en pie a la Cruz, porque no eran suficientes para sostener al Hombre-Dios; fue el amor que tenía a la gloria del Padre y a nuestra salvación».

Es lo que el mismo Cristo había dicho: «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos»

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5

La Redención

Ahora, después de tales reflexiones, es fácil comprender en qué consiste la Redención.

El Verbo Encarnado aceptó tomar sobre sí todos nuestros pecados; voluntariamente se puso en nuestro lugar; y satisfizo nuestra deuda sobreabundantemente.

La humanidad —dice el Apóstol San Pedro— ha sido rescatada «no con cosas corruptibles, como el oro y la plata, (…) sino con la sangre preciosa del Cordero sin mancilla, la sangre de Cristo, que fue predestinado ya antes de la creación del mundo»

El Padre cargó toda nuestra iniquidad sobre el Hombre-Dios y Él ha sufrido y muerto por todos los hombres, por los que le habían precedido y por los que habían de venir.

«Cristo obtuvo nuestra redención —en expresiones de San Pablo— con un gran precio»; y aun prescindiendo de su vida privada y pública, basta pensar un poco en la Pasión, para comprender cuánto Jesús sufrió por nosotros.

Los tormentos de aquella hora de vejámenes y de angustias se pueden dividir en tres clases:

a) Los dolores de sus miembros inmaculados. La flagelación que lo convirtió en una llaga; la frente traspasada, la cabeza golpeada, llagada, cubierta de sangre y expuesta al ludibrio bajo la corona de espinas; la subida al Calvario bajo el peso de la Cruz; las tres caídas, la crucifixión, las tres horas lentas de agonía sobre el patíbulo infame y la muerte, fueron una sucesión de dolores inenarrables.

No podía ser mayor la crueldad de los verdugos; el Dios humanado ha sufrido un mar de dolores. Aún hoy, después de tantos siglos, basta aplicar atentamente el oído para que nos llegue el eco de los golpes de martillo, que caían inexorablemente sobre los clavos que traspasaban las manos y los pies del Justo.

b) También el alma de Jesús fue invadida de amargura, causada por las mismas circunstancias de la Pasión.

La traición de Judas; el abandono de los Apóstoles; la triple negación de Pedro; la ingratitud de un pueblo beneficiado, que pocos días antes lo aclamaba estruendosamente, y ahora vociferaba Crucifige, posponiéndolo a Barrabás; las humillaciones que le hicieron sufrir hipócritas como Anás y Caifás, almas crueles como Pilato y la soldadesca y hasta una persona inmunda como Herodes; las blasfemias de los enemigos, el insulto de los sacerdotes del templo; la visión del porvenir en que millares y millares de almas harían irrisión de su nombre y pisotearían su Sangre divina; y, sobre todo, el encuentro con la Madre anegada en lágrimas desoladoras, todo concurría a hacer más angustiosa la terrible expiación de nuestros pecados.

c) Esto fue casi nada en comparación del inmenso dolor que se desencadenó sobre Jesús como una violenta tempestad allá entre los olivos de Getsemaní, arrojándolo a tierra en medio de una agonía más oprimente que la muerte, envuelto en un frío sudor de sangre.

En el Alma divina de Jesús se desarrolló un drama como nunca lo contempló ni lo contemplará la tierra. El Hombre-Dios, el Inocente, la Inocencia, la Pureza, la Bondad por antonomasia, en aquel momento sintió sobre sí todos los pecados de los hombres.

El espantoso cúmulo de culpas —como lo llama Bossuet— que se habían cometido antes de Él y las que se cometerían después de su muerte; los pecados de todas las creaturas, de las naciones, de las familias y de los individuos; las cosas más oprobiosas, las más obscenas vilezas, las más innominables desvergüenzas, las ignominias más detestables, las inmoralidades más indecentes; toda esa inundación de fango la ponía Dios sobre sus espaldas y la hacía gravitar sobre su corazón inmaculado.

Sintió entonces que substituía a los culpables y le pareció que desaparecía en aquel océano de inmundicia y de crimen. El contraste más vivo y angustioso laceraba su alma purísima que sentía en aquel momento la más repugnante de las náuseas.

«¡Padre! —exclamó—. Si es posible pase de mí este cáliz! Sin embargo, no se haga mi voluntad, sino la tuya». Pero el Padre fue inexorable. Debía apurar hasta la última hez el cáliz de la amargura, porque —como lo dice SAN PABLO con una enérgica expresión—: «Al que no conocía de hecho el pecado, Dios lo había hecho pecado», viniendo a ser la divina víctima para la expiación del pecado, semejante a los pecadores en su naturaleza humana, y representando no sólo a los pecadores, sino, en cierto sentido, al mismo pecado.

Entonces sudó sangre y sintió que se le destrozaba el Corazón, triturado bajo los golpes de la divina justicia y de la fragilidad humana; y hablando de este tormento Jesús había de decir un día a Santa Margarita María:

«En ese momento he sufrido interiormente más que en todo el resto de mi Pasión, viéndome en un abandono general del cielo y de la tierra, cargado con los pecados de todos los hombres. Comparecí ante la santidad de Dios, que sin tener en cuenta mi inocencia, me ha quebrantado en su furor, haciéndome beber el cáliz que contenía toda la hiel de la amargura de su indignación, como si Él hubiese olvidado el nombre de Padre para sacrificarme a su justa cólera. No hay creatura que pueda comprender la magnitud de los tormentos que sufrí entonces».

Todo esto, si nos recuerda por una parte que cada uno de nosotros ha sido la verdadera causa de los dolores de Cristo y de su crucifixión, por otra nos proclama también la dulce y consoladora verdad de que Él murió por todos, y que, como lo define San Pablo, es el Mediador entre Dios y los hombres.

Sólo de Cristo depende nuestra salvación, el perdón y la santificación; por esto mismo, es también la Cabeza de todos los elegidos que salvó por medio de su sacrificio.

De aquí que todas las almas se acerquen a Cristo Redentor; y así como —la comparación pertenece a Santa Teresita del Niño Jesús— si se echa una gota de agua sobre un brasero de carbones ardientes desaparece en un segundo, del mismo modo, en el fuego del divino amor de Cristo, arrojamos nuestros pecados, seguros de que serán destruidos.

Han pasado veinte siglos y las generaciones humanas continúan volviéndose hacia el Crucificado; el cual espera a todos con la cabeza inclinada, con los brazos abiertos, para abrazarnos y con el costado abierto para mostrarnos el Corazón que tanto ha amado a los hombres. Quiso mostrar este Corazón, dice Santa Catalina, «para que el afecto del alma sea llevado hacia las cosas elevadas y el ojo del entendimiento fije su contemplación en esta hoguera».

Con la voz del Corazón y de la sangre, Cristo nos repite a cada uno: «vosotros no estáis hechos sino de amor».

El gran espíritu de San Pablo se perdía en este océano de amor y algunas expresiones inmortales de sus Epístolas nos dan una señal de su conmoción.

Cuando dice: «Si alguno no ama a Nuestro Señor Jesucristo, sea anatema», cuando se gloría de no avergonzarse del Evangelio y de predicar a Jesucristo y éste crucificado; cuando proclama que no hay salvación sino en el Redentor, y por esto su vida es Cristo, San Pablo no hace otra cosa que levantar su grito de amor que vivifica toda su doctrina teológica inspirada acerca de la Encarnación y de la Redención.

Hacia el Crucificado se encaminan los pensamientos y los afectos de los buenos. Francisco de Asís recibirá en sus miembros el sello glorioso del martirio divino y todos los Santos llevarán el estigma impreso en sus conciencias. Las más sublimes abnegaciones, los más generosos heroísmos, los más desinteresados sacrificios hallan en Cristo, que pende de la Cruz, la fuerza y la inspiración.

Los mismos blasfemos, tal como sucedió un día en el Calvario, terminan golpeándose el pecho, como el Centurión, y confesando: «Verdaderamente, éste es el Hijo de Dios».

Algún literato de mal gusto podrá quizás entretenerse en comparar la muerte de Cristo con la de Sócrates, o con la muerte de otros hombres célebres; pero no se ha logrado encontrar alguno, por ilustre y famoso que sea, que pueda repetir lo que Jesús repite hace siglos a todas las almas: «Yo soy la resurrección y la vida».

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6

La grandeza divina de Cristo

Hay un abismo entre Cristo y cualquier otro hombre; así lo comprendió el poderoso emperador que en los primeros años del siglo XIX tuvo en sus manos los destinos de Europa. En la soledad de su destierro —así lo describe Newman en una de las últimas páginas de su obra maestra—, ya cercano a la muerte, parece que se expresó en esta forma:

«Yo me habitué a tener fijos en la memoria los ejemplos de Alejandro y de César, con la esperanza de rivalizar con sus empresas y dejar un recuerdo perenne en el espíritu de los hombres.

Sin embargo, todo bien ponderado ¿en qué sentido vive César? ¿En qué sentido vive Alejandro? ¿Quién los conoce? ¿Quién se preocupa de ellos? En la mejor de las hipótesis, apenas se conocen sus nombres… y, aun sus mismos nombres corren por el mundo como el de otros tantos espíritus adocenados, recordados solamente en alguna ocasión particular, o por asociación de ideas. Su patria principal son las aulas escolares; su puesto más importante está en los libros de ejercicios gramaticales; son espléndidos temas para ejercicios literarios.

Pero, al contrario —dícese que continuó diciendo—, en todo el mundo hay un solo nombre que vive. Es el nombre de uno que pasó los años de su vida en la obscuridad y murió con la muerte del malhechor. Desde aquel día han pasado mil ochocientos años; pero ocupa todavía un lugar preferente en el espíritu de los hombres.

En las naciones de índole más diversa, bajo el imperio de las más distintas circunstancias, entre pueblos y naciones cultas como entre gentes e inteligencias incultas, en todas las clases de la sociedad, domina el Poseedor de ese gran nombre.

Lo reconocen los nobles y los plebeyos, los ricos y los pobres. Millones de almas le dirigen la palabra y confían en su palabra y guardan respeto y compostura en su presencia. En su honor se construyeron innumerables templos suntuosos.

Su imagen, que lo representa en la hora de su más profunda humillación, se pasea triunfalmente en las más orgullosas ciudades, en los pequeños pueblos, en las esquinas de las calles y en los desfiladeros de los montes. Él santifica los palacios hereditarios, los estudios, las alcobas, y constituye el tema de las obras maestras de los genios más altos del arte imitativo. Se le lleva en el corazón durante la vida. Se le tiene delante de los ojos semivelados del moribundo.

Hay, pues, alguien, que no es un simple nombre, una simple función, sino una verdadera realidad.

Ha muerto y se ha ido, pero está todavía viviente. Vive como un pensamiento viviente y propulsor de generaciones que se suceden, como legítima fuerza motriz de millares de acontecimientos grandiosos. Sin mayores esfuerzos ha conseguido lo que otros con una larga vida de luchas no han podido obtener. ¿Puede por ventura ser menos que un Dios?».

Así hablaba Napoleón. También nosotros nos preguntamos: ¿Quién puede dudar de la divinidad de Jesucristo?

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RECAPITULACIÓN

1. El dogma nos enseña que en el Verbo Encarnado, Jesucristo, hay dos naturalezas —la naturaleza divina y la humana— y una sola Persona: la Persona divina.

La teología, con el genio de Santo Tomás, comenta esta enunciación dogmática, ilustrando la posibilidad de la Encarnación, y buscando el modo de concebir la unidad de persona en la dualidad de las naturalezas.

2. Las acciones humanas de Jesucristo, siendo acciones de la Persona divina, tienen un valor infinito. Hubiera así bastado la menor de esas acciones para redimirnos. Pero el Padre —para darnos una nueva prueba de amor que es el motivo de la Encarnación— quiso que Jesús nos redimiese con la pasión y con la muerte de cruz. Y Jesús lo hizo así.

3. Jesús tomó sobre sí todos nuestros pecados, poniéndose voluntariamente en nuestro lugar, haciéndose Mediador entre Dios y los hombres.

Soportando una triple clase de dolores, nos obtuvo el perdón y elevó nuestra naturaleza al orden sobrenatural, del que había caído.

Hacia Él, Redentor del género humano, vuelven los siglos su mirada de reconocimiento y lo saludan, como Rey de amor y Dios de los corazones.