FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA
En aquel tiempo: Teniendo el Niño ya doce años cumplidos, habiendo subido a Jerusalén, según solían en aquella solemnidad; acabados aquellos días así que se volvían, se quedó el niño Jesús en Jerusalén sin que sus padres lo advirtiesen. Antes bien creyendo que venía con alguno de los de su comitiva, anduvieron la jornada entera buscándole entre los parientes y conocidos. Y como no le hallasen, se volvieron a Jerusalén en busca suya. Y al cabo de tres días de haberle perdido, le hallaron en el templo sentado en medio de los doctores, que ora los escuchaba, ora les preguntaba; y cuantos le oían, quedaban pasmados de su sabiduría y sus respuestas. Al verle, pues, sus padres, quedaron maravillados. Y le dijo su Madre: «Hijo ¿por qué te has portado así con nosotros? Mira cómo tu padre y yo, llenos de aflicción, hemos andado buscándote». Y Él les respondió: «¿Cómo es que me buscabais? ¿No sabíais que yo debo emplearme en las cosas que miran al servicio de mi Padre?» Mas ellos no entendieron el sentido de su respuesta. En seguida se fue con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto. Y su Madre conservaba todas estas cosas en su corazón. Jesús entretanto crecía en sabiduría, en edad y en gracia, delante de Dios y de los hombres.
Hoy, Primer Domingo después de Epifanía, se celebra la Fiesta de la Sagrada Familia.
En primer lugar, hago un resumen de la Encíclica de Pío XI sobre el Matrimonio Cristiano, Casti connubii, del 31 de diciembre de 1930; la cual es de ineludible necesidad leer, estudiar y poner en práctica, tanto para aquellos que ya han constituido un hogar, como para aquellos que se preparan para ello.
Dicho documento presenta el matrimonio tal como salió de las manos de Dios, como contrato natural, en el Génesis, y tal como fue restablecido y enriquecido por Nuestro Señor, al elevarlo a la dignidad de Sacramento, en los Evangelios.
Decía el Papa Pío XI que para que se puedan recoger los deseados frutos de esta renovación del matrimonio era necesario que las mentes de los hombres fuesen iluminadas por la verdadera doctrina de Cristo sobre el matrimonio y que los cónyuges cristianos ajustasen por completo sus ideas y su comportamiento a esa purísima ley de Cristo.
Mas, por el contrario, agregaba, observamos y lamentamos profundamente que un número incontable de hombres, olvidados de esa obra divina de restauración, o desconocen por completo la santidad tan grande del matrimonio cristiano, o la niegan impudentemente, o incluso, apoyándose en los falsos principios de cierta nueva y sumamente depravada doctrina sobre las costumbres, la conculcan por todas partes.
Pasa el pontífice a detallar la naturaleza del matrimonio cristiano, su dignidad, las ventajas y beneficios que de él dimanan para la familia y para la misma sociedad humana. Luego señala y condena los errores contrarios a ese importantísimo capítulo de la doctrina evangélica, así como los vicios opuestos a esa misma vida conyugal. Finalmente, trata sobre los principales remedios que deberían haberse aplicado para la restauración del matrimonio.
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En cuanto a la Naturaleza del matrimonio, Pío XI enseña que por él se unen las almas más estrechamente que los cuerpos; y no por un afecto pasajero de los sentidos o del espíritu, sino por deliberada y firme decisión de las voluntades; y de esta unión de las almas, surge el vínculo sagrado e inviolable.
Así, pues, el sagrado consorcio del legítimo matrimonio se halla constituido a la vez por voluntad divina y humana; de Dios provienen la institución misma del matrimonio, sus fines, sus leyes y sus bienes; de los hombres, con la ayuda y cooperación de Dios, depende todo matrimonio concreto, contraído con los deberes y los bienes establecidos por Dios mediante la entrega ciertamente generosa de la propia persona hecha al otro por todo el tiempo de la vida.
Respecto de los bienes del matrimonio, cuáles y cuán grandes, recuerda la enseñanza de San Agustín: “Estos son los bienes por los cuales son buenas las nupcias: prole, fidelidad, sacramento. En la fidelidad se atiende a que, fuera del vínculo conyugal, no se tenga comercio carnal con otro o con otra; en la prole, a que se la reciba con amor, se la críe con benignidad y se la eduque religiosamente; en el sacramento, a que el matrimonio no se disuelva y que el abandonado o abandonada no se una con otro ni siquiera por razón de la prole”.
Los padres cristianos deben entender que ellos están destinados, no ya sólo a propagar y conservar el género humano sobre la tierra; más aún, ni siquiera sólo a educar a unos adoradores cualesquiera de Dios, sino a engendrar la progenie de la Iglesia de Cristo, a procrear conciudadanos de los santos y domésticos de Dios, para que crezca de día en día el pueblo consagrado al culto de nuestro Dios y Salvador.
Y no debe quedar en silencio que, siendo tan grande la dignidad y tanta la importancia de esta doble función encomendada por Dios a los padres en bien de la prole, cualquier uso honesto de la facultad dada por Dios para procrear nueva vida es, por mandato de Dios y de la ley natural, derecho y privilegio exclusivo del matrimonio y debe en absoluto mantenerse dentro de los sagrados límites de la vida conyugal.
El segundo bien del matrimonio es la fidelidad, que consiste en la lealtad mutua de los cónyuges en el cumplimiento del contrato conyugal, de modo que lo que en virtud de este contrato, sancionado por ley divina, se le debe únicamente al otro cónyuge, no se le niegue a dicho cónyuge, ni se le permita a ningún otro; ni a ese mismo cónyuge se le conceda lo que, en cuanto contrario a los derechos y leyes divinos y totalmente opuesto a la fidelidad conyugal, jamás puede concederse.
La totalidad de estos bienes se completa y culmina en ese bien del matrimonio cristiano llamado sacramento, con el que se expresa no sólo la indisolubilidad del vínculo, sino también la elevación y consagración del contrato, operadas por Cristo, a signo eficaz de la gracia.
Cuando los fieles prestan tal consentimiento con ánimo sincero, se abren a sí mismos el tesoro de la gracia sacramental, de donde pueden sacar las fuerzas sobrenaturales para cumplir fiel, santa y perseverantemente hasta la muerte sus deberes y obligaciones.
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Pasando ya a los ataques contra la institución familiar, el Papa dice que, cuanto con mayor satisfacción ponderamos tanta excelencia del matrimonio casto, tanto más lamentable estimamos ver esta divina institución, sobre todo en nuestros días (1930…), muchas veces despreciada y en muchos lugares vilipendiada.
Pues no ya ocultamente y en la oscuridad, sino públicamente, dejado a un lado todo sentido de pudor, tanto de palabra cuanto por escrito, ya en representaciones escénicas de todo género, ya en novelas y narraciones amatorias y festivas, así como en emisiones radiofónicas y, finalmente, por todos los más modernos inventos de la ciencia, se ridiculiza o se menosprecia la santidad del matrimonio; los divorcios, los adulterios, los más torpes vicios de toda índole, son ensalzados o por lo menos pintados con tales colores, que no parece sino que se los quiere presentar limpios de toda culpa e infamia.
Comenzando por la fuente de estos males, Pío XI indica que su principal raíz está en que, según divulgan, el matrimonio no es institución del Autor de la naturaleza, ni ha sido elevado a la dignidad de sacramento por nuestro Señor Jesucristo, sino que es invención humana.
Se manifiesta lo perniciosas que son estas falsedades en las consecuencias que sus propios defensores deducen de ellas:
– que las leyes, las instituciones y las costumbres por que se rige el matrimonio, puesto que tienen su origen en la sola voluntad de los hombres, a ella sola están sometidas,
– y por ello, no sólo pueden, sino que deben ser instituidas, modificadas y abrogadas al arbitrio de los hombres y según las vicisitudes de las cosas humanas;
– que la potencia engendradora, puesto que se funda sobre la naturaleza misma, no sólo es más sagrada, sino también más amplia que el matrimonio, y por ello puede ejercitarse tanto fuera como dentro del claustro conyugal, aun sin cuidarse de los fines del matrimonio.
Y denunciaba que, apoyándose en estos principios, algunos han llegado a inventar nuevos modos de unión, acomodados, según dicen, a las actuales circunstancias de personas y tiempos, que presentan como otras tantas especies de matrimonio: uno temporal, otro a prueba, otro amistoso, que se arrogan la plena licencia y los derechos todos del matrimonio, pero suprimido el vínculo indisoluble y excluida la prole.
No existe, sin embargo, razón alguna por grave que pueda ser, capaz de hacer que lo que es intrínsecamente contrario a la naturaleza se convierta en naturalmente conveniente y decoroso. Estando, pues, el acto conyugal ordenado por su naturaleza a la generación de la prole, los que en su realización lo destituyen artificiosamente de esta fuerza natural, proceden contra la naturaleza y realizan un acto torpe e intrínsecamente deshonesto.
Otro delito gravísimo es el aquel con el que se atenta contra la vida de la prole encerrada en el claustro materno.
Son severas las palabras de San Agustín, citadas por el Sumo Pontífice, cuando reprende a los cónyuges desnaturalizados que tratan de evitar la prole y, cuando no tienen éxito, no temen exterminarla criminalmente: “Algunas veces llega hasta el punto esta libidinosa crueldad o cruel libido, que incluso se procura venenos de esterilidad, y si de nada le sirven, extingue y disuelve dentro de las vísceras los fetos concebidos, prefiriendo que su descendencia perezca antes que viva, o, si ya vivía en el útero, matarla antes de nacer. Si los dos son tales, no son cónyuges en absoluto; y, si lo fueran desde el principio, no se unieron por el matrimonio, sino más bien por el estupro; y, si no son tales los dos, entonces me atrevo a decir o que ella es, en cierto modo, meretriz del marido, o él adúltero de su esposa”.
Por eso Pío XI sentencia que es obligación de la autoridad pública defender, con las adecuadas leyes y penas, la vida de los inocentes. Y si los funcionarios públicos no sólo no defienden a estos pequeñuelos, sino que con sus leyes y disposiciones permiten, más aún, los ponen para ser muertos en manos de médicos o de otros cualesquiera, recuerden que Dios es juez y vengador de la sangre del inocente, que desde la tierra está clamando al cielo.
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También enumera particularmente los errores y corruptelas contra las virtudes domésticas que comprende la fidelidad; a saber: la casta fidelidad de ambos cónyuges, la honesta obediencia de la esposa al marido y, finalmente, el firme y mutuo amor entre ambos.
Los más modernos enemigos del matrimonio sustituyen el amor verdadero y constante, fundamento de la felicidad conyugal y de la felicidad íntima, por una ciega coincidencia temperamental y una conformidad de caracteres, la que llaman simpatía; cesando la cual, sostienen, se relaja y disuelve el único vínculo que liga los ánimos.
Como el tercer bien, esto es, el sacramento, supera con mucho a los otros dos, nada de extraño tiene que veamos esta excelencia atacada por encima de todo y con particular encono.
Sostienen que el matrimonio es asunto totalmente profano y civil exclusivamente, y que de ninguna manera debe hallarse sometido a una sociedad religiosa, la Iglesia de Cristo, sino al Estado; y en tal caso añaden que la alianza conyugal debe ser liberada de todo vínculo indisoluble, y no sólo toleradas, sino autorizadas por la ley las separaciones o divorcios de los cónyuges, con lo que, finalmente, ocurrirá que, despojado de toda su santidad, el matrimonio vendrá a enumerarse entre los asuntos profanos y civiles.
Hacen consistir en que se considere como verdadero contrato nupcial el solo acto civil (y lo llaman matrimonio civil). En consecuencia, excusan los divorcios perfectos y elogian y fomentan las leyes civiles que favorecen la disolución del vínculo. Pretenden, además, que se autorice sin restricciones los matrimonios mixtos entre católicos y acatólicos, sin tener en cuenta para nada la religión.
Por consiguiente, si no cambian estas maneras de pensar, tanto las familias cuanto la sociedad humana vivirán en constante temor de verse arrastradas lamentablemente a un peligro y una ruina universal.
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Queda, por supuesto, la pregunta de cómo fue posible llegar a la situación actual. Ya la planteé el domingo pasado, Fiesta del Santo Nombre de Jesús. Retomo en parte la respuesta, que no es sencilla.
Se puede atribuir, con razón, al papel del poder judío y a su brazo armado, la masonería. Basta tener en cuenta Los Protocolos de los Sabios de Sión y la Carta escrita por un miembro de alto rango de la Alta Liga Veneciana de los Carbonarios en 1822, que providencialmente cayó en manos de León XII, Papa de 1823 a 1829.
Sin duda, sería necesario remontarse al Renacimiento y su humanismo para explicar la génesis de las ideas que triunfaron en el Concilio. Si bien la Iglesia resistió los embates del protestantismo en el siglo XVI, el jansenismo en el XVII, el naturalismo filosófico en el XVIII, el liberalismo en el XIX y el modernismo en la primera mitad del siglo XX, fue esta última herejía, estigmatizada por San Pío X en su magistral encíclica Pascendi (1907), la que finalmente sedujo a casi toda la jerarquía católica.
Los frutos de esta subversión religiosa y política, doctrinal y pastoral no se hicieron esperar: un colapso de las vocaciones religiosas y sacerdotales, una proliferación de sórdidos y espantosos escándalos sexuales, un declive en la práctica religiosa y un vertiginoso aumento de la indiferencia religiosa, el relativismo moral y el escepticismo filosófico.
Las nuevas generaciones han sido criadas, sea en la ignorancia total de la religión, sea en una deformación de la misma. El depósito de la fe no ha sido salvaguardado por quienes tenían el sagrado deber de preservarlo. La transmisión de la fe y del culto se ha roto.
Por lo tanto, no es de extrañar que, durante más de sesenta años, mientras la Iglesia Católica ha estado ocupada, oscurecida y eclipsada por el modernismo triunfante, la sociedad se haya desintegrado y disuelto por completo.
En menos de un siglo, el mundo ha cambiado más que en dos milenios. Hemos abandonado la civilización construida a través de siglos de esfuerzo, sacrificio y devoción por una barbarie infinitamente peor que la del pasado.
Nuestro mundo ha rechazado obstinadamente la verdad conocida. Sin embargo, como profetizó el cardenal Pie: Si Nuestro Señor no reina mediante las bendiciones de su presencia, reina sin embargo mediante los males de su ausencia.
Vivimos en un mundo marcado por la extinción de la gracia y el enfriamiento de la caridad.
Al querer eliminar a Dios, hemos eliminado la moral.
De ahí un torrente de odio, violencia y nihilismo.
De ahí las familias divididas, destrozadas, rotas y reformadas. Es decir, la mayoría de las veces adúlteras.
De ahí los niños abandonados a su suerte.
De ahí el auge de las drogas y la pornografía. De ahí el triunfo satánico de todas las inversiones: el «matrimonio» homosexual, la teoría de género, la transición o mutación de género, los nauseabundos desfiles del Orgullo Gay que atraen a un número cada vez mayor de participantes, e incluso son recibidos en y por la Roma apóstata, etc.
De ahí la anticoncepción y el aborto masivos, y mañana la eutanasia masiva y el suicidio asistido, incluso en niños.
De ahí también el recurso masivo a antidepresivos y ansiolíticos, a psiquiatras y magos. De ahí la proliferación de sectas, hechiceros, curanderos y otros gurúes de todo tipo.
De ahí el contagio de suicidios.
De ahí el triunfo de la mentira y Mammón.
De ahí el reino de la nada…
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Surge entonces otra pregunta: ¿se podrá salir de esta crisis? o, lo que es lo mismo, ¿cabe una restauración de la familia y de la sociedad?
Pasando a los remedios, Pío XI citaba una sentencia de máxima certeza que, tanto en la sana filosofía cuanto sobre todo en la sagrada teología, es solemne: “todo lo que se ha desviado del recto orden no puede volver al estado primitivo y congruente con su naturaleza por otro camino que no sea retornando a la razón divina”.
Para restablecer el recto orden en materia conyugal, sería necesario, pues, que todos considerasen atentamente cuál es la razón divina del matrimonio y procurasen conformarse a ella.
Pero, para ello, la Iglesia, que está eclipsada por la secta conciliar, debería recuperar su esplendor a los ojos de todos los hombres, incluyendo doctrina y culto.
La terrible crisis que estamos experimentando tiene claramente una dimensión apocalíptica y escatológica; habría que ser ciego o deshonesto para ignorarla.
San Pablo predijo a Timoteo que “vendrían días en que no se soportaría la sana doctrina”.
El Cardenal Pie profetizó que “la Iglesia quedaría reducida a dimensiones individuales y domésticas”.
La Santísima Virgen le dijo a Melanie en La Salette, en general, que “la Iglesia sería eclipsada”; y, en particular, que “Roma perdería la fe y se convertiría en la sede del Anticristo”.
San Agustín, al comentar las señales que precederán a la Segunda Venida de Nuestro Señor, escribe al Obispo Hesiquio: “Cuando se obscurezca el sol, y la luna no dé su fulgor, y las estrellas caigan del cielo, y las fuerzas de los cielos se estremezcan, la Iglesia no aparecerá (Ecclesia non apparebit)”.
Un siglo antes, San Victorino mártir, Obispo de Pettau, redactó un comentario sobre el capítulo XI del Apocalipsis. En él escribió, comentando el Día del Señor: “Esto sucederá en los últimos tiempos, cuando la Iglesia haya sido quitada de en medio”.
Explicando aquello de la abominación de la desolación en el lugar santo, San Jerónimo dice: “La abominación de la desolación puede significar también toda doctrina perversa (Omne dogma perversum). Si, pues, vemos levantarse el error en el lugar santo, es decir, en la Iglesia, y presentarse como una doctrina divina, debemos huir de la Judea a las montañas, esto es, dejar “la letra que mata” y la perversidad judía, acercándonos a las colinas eternas, desde las cuales hace resplandecer Dios su luz admirable, y mantenernos sobre el techo y sobre la azotea, adonde no pueden llegar los dardos inflamados del demonio; no bajar a recoger nada de la casa de nuestra vida primera, ni ir a buscar lo que está detrás de nosotros; antes bien, sembrar en el campo de las Sagradas Escrituras a fin de recoger sus frutos”.
En el texto completo del Exorcismo de León XIII leemos: “Donde se estableció la sede del bienaventurado Pedro y la Cátedra de la Verdad, allí han erigido el trono de su abominación en la impiedad, para que, derribado el pastor, se disperse el rebaño”.
El Ecumenismo y la Libertad Religiosa niegan el dogma Fuera de la Iglesia Católica no hay salvación.
La Colegialidad y la Sinodalidad destruyen la constitución divina de la Iglesia.
Con la Sinaxis de Pablo VI o Nueva Misa y con la bendición de las uniones antinaturales, vemos “la abominación de la desolación en el lugar santo”.
Etc., etc., etc…
Y, para colmo de males, quienes habían sido suscitados para enfrentar esta avalancha de errores y herejías han traicionado…
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No es menos cierto que Jesucristo, Cabeza de la Iglesia, prometió indefectibilidad a la institución que fundó.
A pesar de la oscuridad actual y de las ruinas que se acumulan por doquier, esta promesa divina conforta a los cristianos fieles, que guardan en sus corazones una invencible esperanza sobrenatural, confiadamente impertérritos de que el retorno en gloria y majestad de Cristo, que destruirá al Anticristo con el aliento de su boca, en la Parusía restituirá entonces a cada uno lo que le corresponde.
Toda autoridad será recogida por Cristo…. Todas las autoridades de la tierra, que han sido ejercidas desde Adán hasta el fin, serán restablecidas según la justicia de Cristo.
Después, vencidos Satanás y la muerte, Jesucristo entregará el Reino a Aquél que es Dios y Padre para reinar con Él por los siglos de los siglos.
Esta es la razón de nuestra esperanza…
Es por eso que nuestro fervor se enardecerse y que nuestra piedad se acrecienta, ya que Cristo Rey reina ahora en los Cielos, reinará en la tierra después de su Parusía, y reinará por siempre.
Que María Santísima, Reina de Cielos y tierra, bendiga y guarde todas las familias de la inhóspita trinchera y les alcance a sus miembros la gracia de la perseverancia final y una buena muerte.

