P. CERIANI: SERMÓN DE LA FIESTA DE LA EPIFANÍA DE NUESTRO SEÑOR

FIESTA DE LA EPIFANÍA DE NUESTRO SEÑOR

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea, en los días del rey Herodes, he aquí que unos Magos vinieron del Oriente a Jerusalén, diciendo: “¿Dónde está el Rey de los Judíos, que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en Oriente, y venimos a adorarlo”. Y oyendo esto el rey Herodes, se turbó, y toda Jerusalén con él. Y, convocando a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo. Y ellos le dijeron: “En Belén de Judea; porque así está escrito por el Profeta: Y tú, Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña de entre los príncipes de Judá: porque de ti saldrá el Caudillo que regirá a mi pueblo Israel”. Entonces Herodes, llamando en secreto a los Magos, se enteró bien por ellos de la aparición de la estrella; y, enviándolos a Belén, dijo: Id, y preguntad con diligencia por el Niño; y, después que lo halléis, decídmelo a mí, para que, yendo yo también, lo adore. Y ellos, habiendo oído al rey, se fueron. Y he aquí que la estrella, que habían visto en Oriente, les precedía, hasta que, llegando, se paró sobre donde estaba el Niño. Y, al ver la estrella, se regocijaron con grande gozo. Y, entrando en la casa, encontraron al Niño con su Madre María; y, postrándose, lo adoraron. Y, abriendo sus tesoros, le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños, para que no tornasen a Herodes, regresaron a su patria por otro camino.

Festejamos hoy la Epifanía de Nuestro Señor.

El Santo Breviario nos proporciona abundante materia para meditar y contemplar. Haré un resumen, combinando y concertando sus textos, de las Homilías de San León Magno, San Gregorio Magno, San Agustín, San Fulgencio, San Jerónimo, San Ambrosio y San Juan Crisóstomo.

Habiendo celebrado hace poco el fausto día en que la Virgen Sacratísima dio al mundo el Salvador del género humano, la celebración de la venerable festividad de la Epifanía nos aporta una continuación de nuestro gozo, para que, juntándose los misterios de estas solemnidades santísimas, no se entibie ni el vigor de nuestra exultación, ni el fervor de la fe.

Carísimos, alegraos en el Señor; de nuevo os digo que os alegréis, ya que, en breve espacio de tiempo, después de la solemnidad del Nacimiento de Cristo, ha brillado la fiesta de su manifestación, y al mismo a Quien en aquel día la Virgen dio a luz, hoy le ha conocido el mundo.

Como en la lección evangélica habéis oído, nacido el Rey del Cielo se turbó el rey de la tierra, y esto tuvo lugar porque la grandeza humana queda confundida cuando se manifiesta la excelsitud de la del Cielo.

El Verbo hecho carne, así dispuso los principios de su aparición entre nosotros, de modo tal que se manifestase a los creyentes y se ocultara a sus perseguidores.

Por lo mismo, ya desde entonces los cielos publicaron la gloria de Dios, y la voz de la verdad se extendió por toda la tierra cuando, por una parte, el ejército de los Ángeles se mostraba para anunciar al Salvador nacido, y, por otra, la estrella conducía a los Magos para que le adoraran.

De esta suerte se verificó que, desde el Oriente hasta Occidente, resplandeciera el nacimiento del verdadero Rey, ya que por medio de los Magos los reinos de Oriente conocieron la verdad de lo sucedido, y no quedó oculto al Imperio Romano.

Convenía, para la salvación de todos los hombres, que la infancia del Mediador entre Dios y los hombres fuese manifestada al mundo entero, aun cuando se hallaba encerrada en un pequeño pueblecito.

No quiso el Señor que su nacimiento estuviera oculto en la pequeñez de aquel lugar en el que había nacido, sino que, como nació para todos, quiso también comunicar a todos la noticia de su nacimiento.

Y para este fin apareció a los tres Magos de Oriente una estrella de nueva claridad, más brillante que las demás, y que atraía los ojos y corazones de cuantos la contemplaban, para mostrar que no podía carecer de significación una cosa tan maravillosa.

Aquel que había dado tal signo al mundo, iluminó la inteligencia e hizo que le buscaran los que lo comprendieron; y se ofreció Él mismo a ser hallado por los que le buscaron.

Tres hombres emprenden el camino guiados por esta luz celestial. Fija la mirada en el astro que les precede, y siguiendo la ruta que les indica, son conducidos por el esplendor de la gracia al conocimiento de la verdad.

Pero, hemos de preguntar, ¿por qué, habiendo nacido el Redentor, un Ángel se apareció a los pastores en Judea, mientras que no fue un Ángel, sino una estrella la que sirvió de guía a los Magos del Oriente para venir a adorarle?

Porque los judíos, como que se guiaban por la razón, debieron ser instruidos por una criatura racional, esto es, por un Ángel, pero los Gentiles, toda vez que no sabían valerse de la razón, debían ser guiados para conocer al Señor, no por palabras sino por señales.

En confirmación de esto, dice San Pablo: “Las profecías han sido dadas a los fieles, no a los infieles; mas las señales se dan a los infieles, no a los fieles”. Y por esto a los primeros se les dieron las profecías, como fieles, no como infieles, y a los otros se dieron las señales, como infieles, no como fieles.

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“Vimos su estrella en Oriente”. Para confusión de los judíos, y a fin de que conocieran la natividad de Cristo por medio de los Gentiles, aparece una estrella en Oriente, predicha ya por Balaán, de quien ellos eran sucesores.

Los Magos son conducidos por la estrella a Judea, para que la pregunta dirigida por los Magos a los sacerdotes respecto al lugar, en que había de nacer Cristo, dejase a éstos sin excusa acerca de su venida.

El mismo Dios que en el antiguo Testamento mandó le fueran ofrecidas las primicias, al hacerse hombre, consagró a su culto las primicias de los Gentiles.

Los pastores fueron las primicias de los judíos; los Magos, de la gentilidad.

Pero debemos observar cuán grande fue la dureza de corazón de algunos judíos, a los cuales ni las señales que se mostraron en el nacimiento y en la muerte del Señor, ni el don de las profecías, fueron suficientes para que le reconocieran.

Todos los elementos testificaron el advenimiento de su Autor. Y hablando de ellos como de criaturas humanas, digo que los cielos le reconocieron por Dios, ya que al instante enviaron la estrella. El mar le reconoció, porque se dejó hollar por sus pies. La tierra le reconoció, porque al tiempo de su muerte se estremeció. Le reconoció el sol, porque en aquel momento escondió los rayos de su luz. Le reconocieron las peñas y los muros, pues muriendo Él, se hendieron. Le reconoció el infierno, restituyendo los muertos que albergaba.

Y con todo, a este Señor a quien todos los elementos insensibles confiesan, los corazones de los infieles judíos no le reconocen en manera alguna por Dios, y más duros que las peñas, no quieren abrirse a la penitencia.

Los Reyes, juzgando sólo con las luces de la razón, les pareció que debían buscar al Rey recién nacido en una ciudad real. No obstante, aquel que había tomado la forma de siervo, y no venía a juzgar sino a ser juzgado, escogió a Belén para su nacimiento, y a Jerusalén para su pasión.

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Reconozcamos en los Magos adoradores de Cristo las primicias de la bienaventurada esperanza.

Desde aquel momento comenzamos a entrar en la eterna herencia; desde aquel momento los arcanos de la Escritura que nos hablaban de Cristo se nos pusieron de manifiesto, y la verdad que los ciegos judíos no quisieron recibir, esparció su luz por todas las naciones.

Por lo mismo honremos este día sacratísimo, en el que apareció el Autor de nuestra salud; y, al que siendo infante los Magos veneraron en la cuna, nosotros adorémosle omnipotente en los Cielos.

Y así como ellos de sus tesoros ofrecieron al Señor místicos dones, así nosotros de nuestros corazones presentémosle lo que es digno de Dios.

En esto mismo la divina Providencia ha constituido un poderoso argumento de nuestra fe; ya que al celebrar con nosotros y con gran solemnidad las adoraciones que fueron tributadas al Salvador en los comienzos de su misma infancia, nos da la prueba de que Cristo al nacer tenía realmente naturaleza humana.

He aquí, en efecto, lo que justifica a los impíos, lo que hace de los pecadores santos: el creer que en un mismo Señor Nuestro Jesucristo existen verdaderamente la divinidad y la humanidad: la divinidad por la que antes de todos los siglos es igual al Padre en la divina naturaleza; y la humanidad, mediante la cual en los últimos tiempos se ha unido al hombre tomando la forma de esclavo.

Para fortalecer esta fe, proclamada contra todos los errores, fue decretado, por un designio de la inmensa bondad divina, que unos pueblos, moradores de lejanas regiones del Oriente, ocupados en el estudio de las estrellas, recibieran una señal del nacimiento del Niño que había de reinar sobre todo Israel.

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“¿En dónde está el que ha nacido Rey de los Judíos?” De Herodes, ya habían nacido hijos. Arquelao nació en un palacio; Cristo en un establo. Nacido Arquelao, fue colocado en un lecho de plata; Cristo en un angosto pesebre.

Y con todo, el que nació en un palacio, es olvidado, mientras buscan a Cristo nacido en un establo.

A aquél, los Magos ni le mencionan, mas se postran ante Cristo, adorándole.

¿Quién es este Rey de los judíos? Pobre y rico, humilde y excelso a la vez. ¿Quién es este Rey de los judíos, a quien sostienen como un infante y adoran como un Dios? Párvulo en el pesebre; inmenso en el cielo. Vil en los pañales; glorioso en el firmamento.

En donde está Herodes no se ve, pero en el lugar en que está Cristo, de nuevo se manifiesta, y muestra el camino.

Finalmente, en donde está Cristo, allí también está la estrella. Él es una estrella resplandeciente, la estrella matutina. Se da a conocer por su propia luz.

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¡Misterio adorable! Estaba el Niño reclinado en el pesebre, y conducía desde Oriente a los Magos. Se ocultaba en el establo, y era proclamado en el cielo, a fin de que fuese conocido en el establo, de donde el nombre de Epifanía que se da a este día y que significa manifestación.

Este día pone de manifiesto, a la vez, su excelsitud y su humildad, toda vez que los astros revelaban a lo lejos su excelsitud para que los que le buscaban le encontraran en un reducido establo, bajo la apariencia de debilidad, con miembros de recién nacido, envuelto en pañales infantiles.

En este estado, fue adorado por los Magos y temido por los malos. Y ciertamente, Herodes le temió.

¿Qué será, pues, el tribunal donde estará sentado como Juez, si la cuna donde reposa espanta a los reyes soberbios?

Si un rey impío lo temió aun en el regazo de su Madre, más deben temerlo, con saludable temor, los reyes, sentado a la diestra del Padre.

¿Por qué así te turbas, Herodes? Este Rey que ha nacido, no vino a vencer a los reyes luchando con ellos; sino a sojuzgarlos admirablemente con su muerte. No nació, oh Herodes, para sucederte, sino para que el mundo crea en él fielmente.

Vino, de consiguiente, no para pelear durante su vida, sino para triunfar con su muerte.

Este Niño que ahora es llamado por los Magos Rey de los judíos, es el Creador y Señor de los Ángeles. Por lo cual, si le temes en su infancia, más debes temer su omnipotencia, cuando venga como juez. No le temas, oh Herodes, como sucesor de tu reino, sino témele como justísimo censor de tu infidelidad.

Id, dijo, y comunicádmelo, para que yo vaya a adorarle. ¡Oh fingida astucia, oh impía incredulidad, oh maldad fraudulenta! La sangre de los Inocentes, que cruelmente derramaste, atestigua lo que pretendiste de este Niño.

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Conocida la natividad de nuestro Rey, Herodes acude a los argumentos sugeridos por la astucia, y a fin de no verse privado del reino terreno, pide le indiquen el lugar en que se halle el Niño. Finge que le quiere adorar, con el intento de darle muerte si le es posible. Mas, ¿qué puede la malicia de los hombres contra los consejos de Dios? Escrito está: “No hay sabiduría, no hay prudencia, no hay consejo contra el Señor”.

La estrella que había aparecido a los Magos, les sirve de guía; hallan al rey que ha nacido; le ofrecen dones, y en sueños son avisados para que no vuelvan a Herodes. De esta suerte acontece que Herodes no puede hallar a Jesús a quien busca.

¿A quién representa la persona de este príncipe sino a los hipócritas, los cuales, mientras fingidamente buscan al Señor, nunca merecen hallarle?

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Entre tantos reyes como nacieron y murieron en el pueblo judío, ¿hay algún otro a quien buscasen los Magos para adorarle? No; porque ningún otro les fue dado a conocer por el lenguaje del cielo.

Con todo, lo que no debemos pasar por alto, es que esta iluminación del espíritu de los Magos constituyó una gran prueba de la ceguedad de los judíos.

Los Magos vinieron a ver al Mesías en el país de los judíos; y éstos en su propio país no le conocieron.

Los Magos lo encontraron entre los judíos bajo la forma de un niño, y los judíos se negaron a creer cuando le vieron en medio de ellos.

Llegados de lejos, unos extranjeros adoraron en Judea a Jesucristo siendo aún infante que no profería palabra alguna; y ellos, sus conciudadanos, le crucificaron en el vigor de la edad, cuando hacía milagros.

Los unos le adoraron como Dios, no obstante la debilidad de sus pequeños miembros, y los otros, ni siquiera perdonaron a su humanidad, no obstante la grandeza de sus obras; permanecieron incrédulos, como si fuese menor prodigio ver el sol oscurecerse en el momento de su muerte que ver a una nueva estrella brillar en su nacimiento.

Veamos, también cómo la misma estrella que condujo los Magos al lugar en donde estaba Dios infante con la Madre Virgen, y que podía sin duda conducirles a la misma ciudad, se ocultó y no volvió a iluminarles, hasta que, habiendo preguntado a los judíos en qué ciudad había de nacer Cristo, éstos, según el testimonio de la Escritura, se la indicaron, diciendo: “En Belén de Judá”.

Con lo cual, ¿qué otra cosa significa la divina Providencia, sino que solamente quedarían en poder de los judíos los sagrados libros, y que se servirían de ellos para iluminar a los Gentiles y para cegarse a sí mismos?

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Mas, ¿por qué adoran al Niño? Y a la verdad, ni había nada extraordinario en el aspecto de la Virgen, ni la casa era magnífica, ni en ella había algo que pudiese admirarles o halagarles.

Ellos, con todo, no sólo adoran, sino que abriendo sus tesoros ofrecen presentes, reconociéndole no como hombre sino como Dios.

¿Quién les persuadió esto? La misma razón que les movió a dejar sus moradas y a emprender el camino; a saber: la estrella, junto con la iluminación interior que recibieron de Dios y que les condujo gradualmente al pleno conocimiento.

Pues si así no hubiese sucedido, siendo humilde cuánto veían, no le hubiesen tributado tan grande honor.

Ciertamente que nada de cuanto veían era grande, ya que solamente se les ofrecía el pesebre, el tugurio y la madre necesitada de todo; así podemos comprender mejor aquella fe sublime de los Magos, que les hizo ver en aquel Niño, no un simple hombre, sino a Dios, el bienhechor por excelencia.

Por lo mismo, nada de lo que veían externamente les causó extrañeza, sino que adoraron y ofrecieron dones, los cuales difieren mucho de las formas religiosas en consonancia con la tosquedad judaica.

Puesto que no inmolaron ovejas ni carneros, se acercaban más a la filosofía de la Iglesia, ya que ofrecieron la ciencia, la obediencia y la caridad.

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Los Magos presentan oro, incienso y mirra. El oro conviene al Rey, el incienso se emplea en los sacrificios ofrecidos a Dios, y con la mirra son honrados los cuerpos de los difuntos.

Con lo cual vemos que los Magos confiesan con sus místicos presentes al mismo a quien adoran. Con el oro al Rey, con el incienso a Dios, y con la mirra al Hombre.

Porque una es la señal de un rey, otro el símbolo del poder divino, y otro el honor tributado a una sepultura que lejos de corromper un cuerpo, lo conserva.

También nosotros, los que leemos estas cosas, ofrezcamos, hermanos, presentes semejantes, sacándolos de nuestros tesoros.

Ofrezcamos al Señor nacido, oro, de tal suerte que confesemos su reinado universal; ofrezcámosle incienso, creyendo que Aquel que apareció en el tiempo, existe como Dios antes de todos los tiempos; ofrezcámosle mirra, confesando que el mismo a quien reconocemos impasible en su divinidad, fue también mortal en nuestra carne.

Aunque el oro, el incienso y la mirra también pueden significar otra cosa.

Con el oro, según afirma Salomón, se designa la sabiduría; el incienso que se quema en honor de Dios, expresa la virtud de la oración; y por la mirra se designa la mortificación de nuestra carne.

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Y después de haber sido avisados en sueño que no volviesen a Herodes, regresaron a su patria por otro camino.

En esto se pone de manifiesto su fe, puesto que no se molestaron, sino que se conformaron obedeciendo; no se perturbaron, ni se decían mutuamente: Si este niño es realmente grande y si tiene algún poder, ¿por qué tiene necesidad de la huida y de ocultarse? Y ¿por qué a nosotros, que hemos venido manifiesta y confiadamente a semejante pueblo, arrostrando el furor de este rey, el Ángel nos ordena salir de la ciudad casi como fugitivos?

Mas ellos nada de esto dijeron ni pensaron. A la verdad, nada demuestra tanto la fe, como el no demandar explicaciones, obedeciendo sencillamente a lo ordenado.

Regresaron por otro camino, porque debían permanecer del todo apartados de la infidelidad de los judíos.

Ciertamente que no carece de gran misterio, el que los Magos vuelvan a su región por otro camino. Con su modo de obrar, nos enseñan lo que debemos hacer.

Y en verdad que nuestra región es el Paraíso, a la que, después de haber conocido a Jesús, se nos prohíbe volver por el mismo camino que fuimos.

De nuestra región nos apartamos ensoberbeciéndonos, desobedeciendo, siguiendo los bienes visibles, gustando del manjar vedado; y por lo mismo es necesario que volvamos a ella por medio de la penitencia, de la obediencia, del menosprecio de las vanidades visibles, y refrenando los deseos de la carne.

He ahí otra enseñanza. Por un camino vinieron los Magos y por otro regresaron.

Aquéllos que habían visto a Cristo, que habían comprendido a Cristo, se vuelven mejores que cuando habían ido.

Existen dos caminos: uno que conduce a la perdición, y otro que conduce al reino. Aquél es el de los pecadores, y conduce a Herodes; éste es el mismo Cristo, por el cual se vuelve a la patria.

Pidamos a los Santos Reyes, Melchor, Gaspar y Baltazar, que murieron mártires y como tales son venerados por la Santa Iglesia, nos alcancen las gracias propias de esta Fiesta de Epifanía.