MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO
Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.
Capítulo Noveno
EL VERBO ENCARNADO
REDENTOR DEL MUNDO
Jesús se mostraba muy agradecido a la gran mística benedictina Santa Gertrudis cuando se inclinaba con profunda y piadosa gratitud a las palabras del Credo: «que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo; nació de Santa María Virgen».
El misterio de la Encarnación y de la Redención —el segundo de los principales misterios de nuestra fe— debería hacer palpitar de amor nuestros corazones.
«Llegada la plenitud de los tiempos —dice San Pablo en su epístola a los Gálatas—, Dios envió a su Hijo… para que pudiésemos recibir la adopción de hijos suyos». «Y el Verbo —prosigue San Juan en su Evangelio— se hizo carne y habitó entre nosotros y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad».
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1
El dogma de la Encarnación
El símbolo de San Atanasio, después de haber expuesto claramente el dogma de la Trinidad, enuncia el de la Encarnación y de la Redención en estos términos:
El que quiera salvarse debe creer también fielmente la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo.
La verdadera fe es esta: que creamos y confesemos que Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y Hombre.
Es Dios por la substancia del Padre, engendrado antes de los siglos; y es hombre por la substancia de la madre, nacido en el tiempo.
Es perfecto Dios y perfecto hombre, subsistente de alma racional y de humana carne.
Igual al Padre según la divinidad, es menor al Padre según la humanidad.
Y aun cuando sea Dios y Hombre, no son dos, sino un solo Cristo.
Y uno, no por la conversión de la divinidad en la carne, sino por la asunción de la humanidad en Dios.
Es perfectamente uno, no por confusión de substancia, sino por la unidad de persona.
Y así como el alma racional y la carne son un solo hombre, así Dios y el Hombre son un solo Cristo. El cual padeció por nuestra salvación.
Para el comentario de estas palabras, nos serviremos de Santo Tomás de Aquino, quien en la Suma Teológica ha dedicado uno de sus más espléndidos tratados a la Encarnación del Verbo. Naturalmente, sólo tomaremos algunas de las ideas del inmortal Doctor; y, para hacerlas más accesibles a todos, con frecuencia las expondremos con las expresiones y las imágenes de los místicos.
Santa Catalina de Siena, con su Libro della divina dottrina, con sus Preghiere y con sus Lettere; y la Beata Ángela de Foligno con su Libro delle mirabili visioni e consolazioni, nos servirán en la materia de gran ayuda: ya que la primera voló como águila en las alturas del dogma y la otra tuvo la gracia —como lo afirma su brillante traductor, Luis Fallacara— de poder ver con los ojos del espíritu, los tormentos de la pasión de Cristo, hasta las desgarraduras de las carnes que los clavos fijaron en el leño de la Cruz, habiendo sufrido todos los dolores del Crucificado.
Después de una breve premisa estudiaremos:
a) La Encarnación
b) La Redención.
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2
La posibilidad de la Encarnación
El árbol de la humanidad —la comparación es de la Santa de Siena— era puro y bello; pero, por la desobediencia de los progenitores, de árbol de vida resultó árbol de muerte. Por este motivo, canta la mística sienense, la Trinidad sacrosanta, en un exceso de amor por el hombre, injertó su «Divinidad en el árbol muerto de nuestra humanidad». Y como si esto no bastara, el Hijo de Dios Encarnado, regó el árbol con su Sangre divina.
Aunque frente a semejante imagen, comprendamos al instante cómo el hombre injertado en Dios debía producir frutos de vida, sin embargo, no podemos menos de preguntar: «¿Es posible la Encarnación? ¿Es concebible un Dios que se hace hombre? ¿No es esto un absurdo, que implica una mutación en Dios y algo así como un anonadamiento de la divinidad?»
Responde San Agustín. También nuestro pensamiento se encarna en la palabra que escribo en el papel; y, sin embargo, el pensamiento no cambia. Es lo que sucede en la Encarnación. El Pensamiento, el Verbo de Dios, espíritu purísimo, tomó carne humana, vivificó la tinta de la naturaleza humana; y lo modificado y mudado no es el Pensamiento eterno y perfecto del Padre, sino el hombre tomado por Él.
Todavía más. Mi pensamiento permanece en mi mente, aun cuando lo escribo sobre el papel y lo encarno en la expresión verbal. Y no son dos, es uno el pensamiento que está en mí y el que se halla en el papel. Así, encarnándose la segunda Persona de la Trinidad no ha abandonado al Padre; es uno con el Padre y con el Espíritu Santo y sigue siendo uno con ellos, aunque aparezca sobre la tierra. Y único es el Hijo de Dios que siempre existe en el cielo y que vivió en Palestina.
Y como al romperse o sufrir algún deterioro el papel, también desaparece el pensamiento escrito y se resiente, aunque el pensamiento en sí no sufra diminución alguna como pensamiento, del mismo modo Jesucristo en su vida y en su pasión no sufrió en cuanto Dios, porque como Dios no podía ni padecer ni morir, sino sólo en cuanto hombre.
Santa Catalina recurre a otra espléndida comparación. El Verbo Encarnado, el Dios hecho hombre es la Divinidad, refulgente en sí como sol, pero velada por la «miserable nubecilla» de la naturaleza humana. Y así es, en efecto: los profetas habían predicho e indicado claramente la venida y la historia de Cristo; y los prodigios por Él realizados junto con sus profecías, eran una prueba apodíctica de su divinidad.
Sin embargo, la nube de nuestra carne que revestía al Verbo, lo ocultó a la mirada superficial que no vio, tras la nube, al sol, ni lo saludó, aunque de cuando en cuando el resplandor de un milagro o de la palabra divina rompiese la obscuridad y revelara su presencia. Y la Santa exclamaba: «Contempla, alma mía, y verás al Verbo en nuestra humanidad como envuelto en una nube. La Divinidad no es afectada por la nube, esto es, por las tinieblas de nuestra humanidad, sino está escondida detrás, como el sol tras la nube; y así como el cielo sereno queda oculto a veces por las nubes, así también el esplendor divino, la divinidad del Verbo, asistió a los sufrimientos de su cuerpo, pero, después de la Resurrección, transformáronse en luz las tinieblas de su humanidad, y de mortal que era, hízola inmortal».
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3
El Verbo Encarnado
Dejando de lado por un instante las imágenes y volviendo al dogma, podemos enunciarlo así:
En el Verbo Encarnado, Jesucristo, tenemos dos naturalezas —la naturaleza divina y la humana— y una sola persona: la persona divina.
Que en Jesús existan dos naturalezas, es cosa clara.
La naturaleza, como lo dijimos, es aquello por lo cual una cosa es lo que es, aquello por lo cual Dios es Dios, el hombre es hombre, una flor es una flor.
Por esto, siendo Jesucristo verdadero Dios, debe tener naturaleza divina; siendo verdadero hombre, debe poseer la naturaleza humana.
Si en Jesucristo, por otro lado, hubiese dos personas, no sería uno, sino serían dos seres; por un lado Dios, la Persona Divina; por el otro el hombre, la persona humana; o sea, no tendríamos más el Hombre-
Dios. —Todo esto es de una evidencia suma.
El misterio consiste en esto: ¿cómo asumió Dios la humanidad, de modo que en la unidad de la persona hubiese dos naturalezas?
El genio de Santo Tomás, en el mencionado tratado, ha querido proyectar un rayo de luz en las tinieblas sagradas que la mente humana adora reverente, en espera de las celestes revelaciones de la visión beatífica.
Dios —dice el Angélico Doctor— es el Ser por excelencia. «Yo soy El que soy», o sea: Yo soy el mismo Ser, dijo Dios a Moisés. En otras palabras: ¿cuál es la naturaleza de Dios? Es el Ser perfecto. Por consiguiente, en Dios el ser no se distingue realmente de la naturaleza divina.
En las creaturas, y, por lo tanto, también en el hombre, la cosa es distinta: nuestra naturaleza humana no es el mismo Ser por esencia: en nosotros, una cosa es la naturaleza, y otra, el acto de la existencia personal. Nuestro ser es limitado, imperfecto, creado, y se distingue realmente de nuestra naturaleza.
Ahora bien, según la teología tomista, tenemos que en Jesucristo el ser divino; o sea, el divino Verbo, da subsistencia a la naturaleza humana, sin necesidad de que ésta tenga su acto de existencia creada.
El Ser del Verbo que hace subsistir a la naturaleza humana, he ahí a Jesucristo, en el cual, por esto mismo, hay dos naturalezas (la humana y la divina; esta última se identifica con el Ser divino) y una Persona única, la Persona divina, en cuanto existe un Ser único (no dos seres, el ser creado y el Ser increado, sino sólo el Ser increado) y en cuanto este único Ser sostiene a la naturaleza humana, sin que por esto se cambie en sí mismo, sino sólo en cuanto da término por sí mismo a la naturaleza humana, como no se modifica el sol por el hecho de que sus rayos hacen abrir a la flor, a la que le da vida y colores.
Pero no debemos ahondar demasiado estas altas disquisiciones, que no deben confundirse con el dogma. El dogma nos afirma que Jesús es verdaderamente hombre y verdaderamente Dios, y que el Hombre-Dios es una sola Persona, la Persona divina. La ilustración de la enunciación dogmática corresponde al campo de la teología y a ella debe recurrir el que no quiera conformarse con las nociones elementales de esta obrita.
Conviene más bien aclarar cómo Jesucristo, en virtud de su doble naturaleza, puede ser llamado en verdad «hijo del hombre» y también «hijo de Dios»; y cómo, por la unidad de persona, las acciones humanas de Jesucristo tienen dignidad y valor divino, porque son las acciones de la Persona divina.
Es éste el punto esencial que hay que advertir: nuestras acciones tienen un valor humano, limitado, finito; las del Hombre-Dios, al contrario, tienen un valor infinito.
La importancia de un acto depende de la dignidad de la persona que lo ejecuta: un sí, en los labios de un rey puede significar la salvación de un condenado a muerte. En mis labios en este caso no tendría valor alguno.
Y no entenderemos jamás nada de Jesucristo, sino cuando estemos profunda, íntima, e intensamente convencidos de esta verdad: todo pequeño gesto, todo pensamiento, toda palabra, toda aspiración, el menor sufrimiento, toda plegaria, en fin todo acto de su naturaleza humana, tiene valor infinito, por razón de la subsistencia divina del Verbo.
Acerquémonos, pues, con afecto al «dulce y amoroso Verbo, Hijo de Dios», al hermoso entre los hijos de los hombres, a nuestro Salvador bendito que ha libertado a nuestra pobre humanidad, al Cordero manso e inmaculado que a través de los siglos ha hecho palpitar los mejores corazones, ha arrebatado a las almas más nobles, purificado, vivificado y divinizado la conciencia humana.
Acerquémonos con Santa Margarita María a su Corazón, porque nadie mejor que su Corazón nos puede manifestar qué es la Encarnación y la Redención.
Continuará…
