CIRCUNCISIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
En aquel tiempo, pasados los ocho días para circuncidar al Niño, llamaron su nombre Jesús, el cual le fue puesto por el Ángel antes de que fuese concebido en el vientre.
Al octavo día del nacimiento, la Virgen Santísima y San José determinaron de circuncidar al Niño, en cumplimiento de la Ley, que disponía precepto de ello a los padres.
En lo cual sobresalió en ellos la obediencia, tan puntual y pronta, sabiendo que la ejecución había de ser penosa y dolorosa al Niño que tanto amaban.
Pero la voluntad de Dios debe cumplirse ante todo, la cual estimaba tanto la Virgen que, si fuera menester, Ella misma hubiese tomado el cuchillo y circuncidado a su Hijo.
Algunos dicen que, efectivamente, Ella le circuncidó; otros dicen que fue San José; lo cierto es que ambos estaban dispuestos para hacer todo lo que juzgasen ser más agradable a Dios.
De todos modos, grande fue la caridad y la devoción de la Virgen Madre, la cual quiso hallarse presente a este rito; lo uno, para acariciar a su Hijo y curarle la llaga; lo otro, para recoger la preciosísima Sangre que allí se derramaba y guardar el pedacito de carne que se cortaba, porque sabía que era Sangre de Dios y de inmenso valor.
Ciertamente habrá pedido al Padre Eterno que por ella perdonase al mundo, suplicándole, si era posible, se contentase con esta sola, pues tanto valía…
Estaba la Virgen atravesada de compasión y de dolor por lo que su Hijo padecía. Lloraba con Él por verle llorar, y por la causa que lloraba, diciendo: ¡Oh pecado original, cuán caro cuestas a mi Hijo! ¡Oh culpa de Adán terreno, cuán amarga eres a este Adán celestial!
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Consideremos también los heroicos actos de virtud que Cristo nuestro Señor ejercitó en su Circuncisión, la cual en Él no fue ejercicio sólo de padecer, como en los demás niños, que carecen de uso de razón, sino obra de virtud excelentísima.
El primer acto de virtud fue de obediencia a la Ley.
En efecto, como Dios y supremo Legislador, podría haberse dispensado consigo de ella, y había causa bastante para ello.
En estricto rigor, no le obligaba, por no haber sido concebido por obra de varón, ni con deuda de contraer pecado original.
Con todo eso, quiso obedecer este precepto, áspero y penoso, y juntamente manifestar que guardaría toda la Ley Antigua; pues, como dice San Pablo, quien se circuncidaba era deudor, obligado a cumplir toda la Ley, por más cargosa que fuese.
Y así este bendito Niño se ofreció entonces a llevar esta carga, poniendo toda esta Ley en medio de su corazón, como Él mismo lo dice por David, a fin de darnos un perfecto ejemplo de obediencia.
La segunda virtud que practicó fue la humildad, porque ya que este Señor no podía tenerse por pecador, pues ni lo era ni lo podía ser, quiso ser tenido por tal, sujetándose a la circuncisión, que era señal de niños pecadores; lo cual ordenó para confusión de los que, siendo pecadores, no queremos parecerlo, sino tomar disfraz de justos.
La tercera virtud fue paciencia, porque los demás niños, por carecer del uso de razón, no temen la circuncisión, ni el cuchillo, ni la herida, y hasta que se descarga el golpe, no lo sienten; pero este Niño Dios, como Varón perfecto, sabía de lo que se trataba, y, naturalmente, temía el golpe y la herida.
Y, con todo eso, se estuvo tan quieto como si no lo supiera; y cuando sintió la herida, aunque lloró como niño y le dolió grandemente por la delicadeza de su complexión, en su Corazón se alegró, por derramar su Sangre con tanto dolor, gustando de este trabajo por cumplir la voluntad de su Padre para bien nuestro.
La cuarta virtud fue una caridad ardentísima, derramando aquella poca Sangre con tanto amor que, si fuera menester derramarla toda, así lo haría; y si conviniera recibir luego otras muchas más y mayores heridas, a todo se ofrecía por el amor de su Padre y por el bien nuestro.
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Tengamos en cuenta Jesucristo Nuestro Señor derramó su sangre preciosa en tres lugares y a manos de tres clases de personas.
Primero, en la circuncisión, por el ministro de Dios, que la obraba con santo fin.
Segundo, en el Huerto, por sí mismo, con la consideración de los trabajos de su Pasión, la cual le hizo sudar sangre.
Tercero, en casa de Pilato y el monte Calvario, por mano de los verdugos y ministros de Satanás.
Esto debe persuadirnos de que tenemos que estar dispuestos a padecer y a dar nuestra sangre de estas tres maneras:
Primero, sujetándonos a lo que la Ley de Dios ordenare, aunque sea cortando y circuncidando lo que mucho amamos.
Segundo, siendo nosotros el verdugo de nosotros mismos, moviéndonos a obras de penitencia y mortificación, quitándonos lo que nos estorba servir a Dios, aunque duela.
Tercero, sufriendo los dolores y los daños que nos viniesen de manos de nuestros enemigos con malicia.
Luego de la circuncisión, se le impuso al Niño el Nombre de Jesús.
El que principalmente dio este nombre fue el Padre Eterno; porque es tan grande la excelencia de este Niño, que ninguna criatura de la tierra ni del Cielo podía por sí misma ponerle nombre que le cuadrase, sino sólo su Eterno Padre, que le conocía y sabía el fin para el cual se encarnaba y el oficio que había de hacer en cuanto hombre.
Y a esta causa, entre muchos nombres que podía ponerle, quiso que se llamase Jesús, que quiere decir Salvador, porque su venida al mundo fue principalmente para salvarnos, y éste fue su oficio.
En efecto, este soberano Niño, merece por excelencia ser llamado Jesús, Salvador y Libertador, no solamente de las almas, sino también de los cuerpos.
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Consideremos ahora la Providencia de Dios en la reparación del género humano por medio de la Encarnación de Jesucristo Nuestro Señor.
Dios creó a Adán en gracia y justicia original como cabeza de todo el linaje humano; y lo hizo de modo que, si perseveraba en su servicio, todos sus descendientes nacerían con la misma gracia, en la cual pudieran fácilmente perseverar toda la vida, porque les quitó los tres mayores estorbos que ahora padecemos, es a saber:
– la rebeldía de la carne contra el espíritu, y de las pasiones contra la razón,
– las miserias del cuerpo mortal que fastidian al alma,
– las persecuciones y contradicciones de los malos, que inficionan y turban a los buenos; porque si entonces hubiera algún malo, luego le apartara de ellos.
Enseña Santo Tomás que “es algo inherente a la condición de la naturaleza humana el poder ser ayudada u obstaculizada por las otras criaturas. De ahí que fuera conveniente que Dios permitiera que el hombre, en estado de inocencia, fuera tentado por los ángeles malos y ayudado por los buenos. Pero un favor especial de la gracia le había concedido el que ninguna criatura pudiera hacerle daño contra su voluntad, mediante la cual también podía resistir la tentación del demonio”.
Y aunque les dejó un tentador, que era el demonio, era fácil vencerle, porque no podía tentar como ahora, alterando los humores y despertando las pasiones o imaginaciones, sino solamente proponiendo por de fuera lo que pretendía engañar, cuyo engaño fuera fácil de conocer, si se aprovecharan de la ciencia y gracia que Dios les había dado.
Por todo lo cual se ve el deseo que nuestro Señor tenía de que Adán y sus descendientes perseveraran en su gracia y alcanzaran la corona de la gloria.
Ahora bien, viendo Dios que por el pecado de Adán se habían deshecho los planes de su providencia para la salvación de los hombres en aquel estado, no por eso los desamparó, como merecían, sino que determinó tomar otro modo de providencia para remediarlos.
Es tan grande su bondad, que no permitió que Adán pecase, con pérdida de todo el linaje humano, si no hubiese podido sacar de este pecado otros bienes mayores, manifestando su infinita caridad.
Habiendo, pues, pecando Adán, aunque le privó de la justicia original, le dejó el señorío de este mundo visible, haciendo bien a quien le había servido tan mal, queriendo perdonar al enemigo y convertirle otra vez en su amigo.
Para esto, con su infinita caridad, de muchos medios que tenía, escogió el más glorioso que pudo inventar su sabiduría, y ejercitar su omnipotencia, y querer su bondad, decretando que de los descendientes de Adán y Eva naciese otro hombre que juntamente fuese Dios, por cuyos merecimientos el pecado de Adán fuese perdonado y reparados los daños que de él habían procedido.
De modo tal que, no solamente quiso tener providencia de los hombres perdidos, sino ser el mismo ejecutor de esta resolución por un modo inefable, haciéndose hombre por ellos, uniendo la naturaleza humana con su divina Persona, honrándonos infinitamente más que antes de la culpa, remediándola con su infinita misericordia.
¡Oh venturosa culpa, que mereció tener tal y tan grande Redentor!
¡Oh Padre celestial!, ¿a dónde más pudo llegar tu providencia, que dar el Hijo por remediar al esclavo?
¡Oh Hijo de Dios!, ¿qué más pudo hacer tu sabiduría que vestirse de carne mortal por vivificar con tu gracia la carne muerta por la culpa?
¡Oh Espíritu Santísimo!, ¿qué mayor señal podías dar de tu infinita caridad, que dar infinitos dones al que infinitamente era indigno de ellos?
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¿Cuáles han sido las ventajas de los bienes que nos trajo el segundo Adán?
Pues bien, como el segundo Adán, Jesucristo, excede infinitamente al primero, así los bienes que nos vienen por medio del segundo exceden incomparablemente a los que hubiésemos recibido por el primero, si no hubiese pecado.
Porque, si los hijos de Adán hubiesen nacido en gracia, los que son engendrados por Cristo, en el Santo Bautismo reciben mayor gracia; porque aquélla hubiese sido otorgaba por Dios sólo por su liberalidad, y ésta la da también por los infinitos merecimientos del que se la ganó con su Pasión y muerte.
Además, aunque los hijos de Adán en aquel estado no tuvieran guerra de pasiones, y ahora la tienen los hijos de Cristo, pero lo determinó así la Divina Providencia para que fuese más ilustre su victoria, cuanto es más terrible la pelea, y para que fuesen sus obras más meritorias pues vencen mayores dificultades, acudiendo Nuestro Redentor con más copiosa gracia a los hijos que tienen mayor flaqueza.
Y no sólo esto, sino que, aunque los hijos de Adán no hubiesen sufrido las miserias corporales y la muerte, que ahora padecen los hijos de Cristo, sin embargo, el mismo Señor las honró tanto revistiéndose de ellas, que es gran dicha tenerlas, porque todas las convierte en materia y ejercicio de heroicas virtudes, cuyos excelentes actos no hubiesen existido en aquel estado, porque no hubiera habido ocasiones de pobreza y paciencia, ni de martirio y amor de enemigos, ni de resignación en lo que tanto se ama, como es salud y vida.
Finalmente, la grandeza de la misericordia sobrepuja infinitamente a la grandeza de la miseria que causó la culpa de Adán; ni pudo Adán hacernos tanto dañó, que no pueda Jesucristo hacernos mayor gracia, perdonándonos el pecado que de Adán heredamos y los demás que por nuestra voluntad añadimos, y haciéndonos tantos favores después de haber sido pródigos de tantos bienes, que los de aquel estado pudieran en muchas cosas tener envidia de las grandezas, sacramentos y sacrificios que tenemos en éste por los merecimientos de Nuestro Redentor.
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La Providencia soberana resplandece también en el gobierno de Jesucristo, con sus propiedades y efectos maravillosos, que podemos reducir a los cuatro que apunta San Pablo cuando dice de Nuestro Señor que se hizo para nosotros sabiduría, justificación, santificación y redención.
Es para nosotros Sabiduría porque es Gobernador sapientísimo en quien están los tesoros de la sabiduría y ciencia de Dios, con la cual gobierna sin error, con suma eficacia y suavidad, y conoce las inclinaciones de todos, y a cada uno ofrece gracia y socorro poderoso para vencer las malas y seguir con perfección las buenas. Él es Maestro, enseñándonos las verdades necesarias para nuestra salvación, y gobernándonos según ellas para alcanzarla.
Cristo Nuestro Señor es para nosotros Justicia, porque es Gobernador justísimo y por excelencia se llama el Justo, en quien no pudo haber injusticia, y siempre ajustó sus obras con la voluntad de su Eterno Padre, y, por consiguiente, su gobierno siempre es con justicia y equidad, sin agraviar a nadie, ni hacer acepción personas, ni torcer por respetos humanos de lo justo, dando a cada uno lo que merece, premiando a los buenos y castigando a los malos como Juez universal de todos.
Jesús también es para nosotros Santificación, porque es el Santo de los santos, en quien están los tesoros de la santidad, de cuya plenitud reciben los hombres, no solamente la justicia, que limpia de la culpa, sino la santidad; esto es, gran aumento de las gracias y virtudes y dones celestiales, con gran firmeza.
Finalmente, Cristo es para nosotros Redención, porque es Gobernador poderoso para librarnos de la servidumbre del demonio y del pecado, de la carne y sus pasiones, del mundo y sus tiranías, poniéndonos en la libertad del espíritu, propia de los hijos de Dios. Y a esto va dirigido su gobierno, porque juntamente es Redentor del mundo, redimiendo a los que gobierna, y gobernando a los que redime, para que alcancen el fin de su redención, que es la perfecta adopción de los hijos de Dios, libres de toda miseria con la herencia de la gloria.
¡Oh Jesús, Salvador!, Te damos gracias porque eres nuestra redención, librando nuestra alma del infierno, nuestro espíritu de la esclavitud de su carne, y nuestra carne de las miserias que padece al presente y, a su tiempo, la librarás de la corrupción de la muerte resucitándola.
Aplícanos, Salvador Nuestro, el fruto de tu copiosa redención, para que, redimidos por tu gracia, gocemos de Ti para siempre en la gloria. Amén.

