MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO
Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.
Capítulo Séptimo
LA BIBLIA
Continuación…
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Lo sobrenatural y la Biblia
¿De qué manera, pues, hay que leer la Biblia, para no desvirtuar su significado, no exponernos a una labor infructuosa, y profundizar su sentido; posesionarnos, en una palabra, de su pensamiento íntimo y vivificante?
Nadie ignora que los libros que componen la Biblia son 73, comúnmente divididos en dos clases: 46 libros del Antiguo Testamento y 27 del Nuevo. En este curso elemental de religión, no nos vamos a detener a enumerarlos, ni a distinguirlos en libros históricos, didácticos y proféticos.
Lo que importa advertir es que todos estos libros, obra de cuatro mil años y escritos por diversas personas, ofrecen una unidad admirable. Un eslabonamiento maravilloso, un progreso lento y continuo, donde —dice Lacordaire— toda onda empuja a la que antecede y arrastra a la que sigue, hacen de estos 73 libros un solo libro que se va formando día a día y se va formando como un árbol de variado ramaje, animado de una sola idea y semejante a la unidad de un poema en la multiplicidad de sus cantos.
Esa idea única y fundamental es la unión sobrenatural del hombre con Dios mediante Jesucristo y su gracia. Desde la primera palabra del Génesis: «Al principio Dios creó el cielo y la tierra», hasta la última del Apocalipsis: «La gracia de nuestro Señor (Jesucristo) sea con todos vosotros», esta idea palpita siempre en todos los versículos, en cada palabra, en las vicisitudes históricas referidas, en las predicciones de los videntes y en las enseñanzas de la vida práctica. Dios por un lado, y por otro el hombre que se aleja de Dios y de su fin sobrenatural y a Dios retorna y se une con la gracia; y entre Dios y el hombre, Jesucristo, el Hombre-Dios, que une el cielo y la tierra: he ahí toda la Biblia.
«La Sagrada Escritura —son palabras de Lacordaire, en una carta sobre Jesucristo en las Sagradas Escrituras— revela a un mismo tiempo a Dios en el hombre y al hombre en Dios. Y esta revelación no se hace sentir solamente en los grandes momentos de la Biblia: hállase por todas partes. Dios no se ausenta nunca de su obra.
Encuéntrase en el campo de Booz, tras la hija de Noemí, como en Babilonia, en el banquete de Baltasar. Se sienta en las tiendas de Abraham como cansado caminante por lo largo del camino, y reposa en las cumbres del Sinaí, entre los fulgores que anuncian su presencia. Asiste a José en su prisión, y corona a Daniel en su cautiverio. Los más pequeños detalles de la familia o del desierto; los nombres, los lugares, las cosas, todo está lleno de Dios y desde el Edén al Calvario, desde la justicia perdida a la justicia recuperada, se siguen paso a paso todos los movimientos de su ternura y de su fuerza»
y en germen se prepara todo el porvenir de la humanidad.
El hombre está descrito ahí en su historia: historia de miseria y de sangre, de caídas, de esfuerzos, de impotencia. Precipitado desde las alturas de lo sobrenatural, a las que Dios lo había elevado benignamente, yace en el fango y suspira por el Redentor.
Desde la primera página de la Biblia es prometido el Salvador. La promesa,
«trasmitida a los patriarcas, va adquiriendo de libro en libro una claridad tal, que llena con su perfume todos los acontecimientos, y los arrastra hacia el porvenir como una preparación y una imagen de lo que es esperado. El pueblo de Dios se forma en el destierro y en los combates. Se funda Jerusalén; levántase Sión; la descendencia del Mesías, destacándose del fondo primitivo de las tribus patriarcales, surge y se expande en David, que pasa de la humilde grey de Belén al trono de Judá, y desde aquí contempla y canta al Hijo que va a nacer de su posteridad para ser el rey de un reino que no tiene fin. Los profetas toman sobre la tumba de David el arpa de los días que no han llegado todavía; siguen a Judá en sus desventuras y lo acompañan en su cautividad; Babilonia escucha, a la orilla de sus ríos, la voz de los santos que ignora, y Ciro, su vencedor, le habla del Dios que ha hecho el cielo y la tierra y que le ordenó reconstruir el templo de Jerusalén. Y renace el templo; escucha el llanto y el entusiasmo de los últimos profetas; y, después de un intervalo de años, después de haber sido contaminado por las naciones y purificado por los Macabeos, ve venir al Hijo de Dios en los brazos de una Virgen; y desde sus pórticos al santuario, del santuario al Santo de los Santos, se repite la palabra suprema del anciano Simeón: —Ahora, Señor, permite que se vaya en paz, tu siervo, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has aparejado en presencia de todos los pueblos, luz para ser revelada a los gentiles y la gloria de tu pueblo de Israel—. Jesucristo ha venido. El Evangelio sucede a la Ley y a los Profetas; y la verdad, realizando lo figurado, resplandece en el pasado que ella explica, después de haber recibido su testimonio.
Todos los tiempos se encuentran en Cristo, y la historia adquiere a su paso su eterna unidad. Él lo es todo; todas las cosas se refieren a Él y de Él todo procede. Él lo ha creado todo, y todo lo juzgará».
He ahí la Biblia. El que no la lee bajo este aspecto, teniendo siempre presente la idea principal que unifica todas las partes en un todo orgánico y perfecto, cree comprenderla, pero en realidad no comprende nada.
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Métodos errados e incompletos
El modo, pues, que nos enseña el Catecismo para leer la Biblia, no debe ser confundido con los siguientes métodos:
a) El MÉTODO DEL ESTETA, que en la Escritura busca sólo la belleza artística. Ciertamente, la Biblia es bella y Chateaubriand podrá parangonar, en el Génie du Christianisme, a Moisés con Hornero, como otros confrontarán a Salomón con Sócrates, a Job con Esquilo y con Buda.
Pero no nos forjemos ilusiones. Como no comprende una basílica cristiana el visitante que, ávido de bellezas artísticas, penetra en ella y se limita a contemplar cuadros y estatuas, columnas y arcos, no parando mientes en la presencia de Jesús Sacramentado, ni en el estremecimiento de la fe de las conciencias que oran y gimen, así —en la majestuosa basílica construida por Dios mediante la obra de tantos arquitectos, cuántos son los autores de los libros sagrados— el que sólo repara en la forma estética, corre el riesgo de no percibir el soplo de Dios y la divina belleza que es la fuente de toda la belleza de la Escritura.
b) El MÉTODO HISTÓRICO, que prescinde del pensamiento central y desmenuza la unidad de la obra en partecillas atomísticas, haciendo después inútil les esfuerzos para unirlas entre sí. También a este respecto, hay que decirlo bien claro, existen en la Biblia libros históricos, y nada impide —al contrario, es oportuno— que sean estudiados con el más severo criterio de la crítica histórica.
Pero, como sería ridículo el que dividiese a Dante en mil expresiones y perdiese de vista la unidad del poema; como sería una tontería matar a un hombre y destrozarlo en pedazos para examinar cada fibra, cada célula, cada átomo, sin llegar a descubrir la vida en ese montón de partes muertas, así también es necia la pretensión del historicismo, que olvida la profunda verdad escondida en la Biblia y no busca en ella sino una sucesión de fenómenos encadenados de tal manera que los fenómenos precedentes determinen los subsiguientes. Deteniéndose en la superficie y destrozando un organismo viviente, es evidente que el historicista no hallará a Dios en la Biblia, como el astrónomo no encuentra a Dios en las estrellas con el telescopio. Pero ¡ay! tampoco con el microscopio se descubre el pensamiento en la línea que se lee, y sin embargo, el pensamiento es la razón y el motivo de las palabras. No se da cuenta el historicista que, mientras charla de historia, pasa por alto en la Biblia la verdadera historia, o sea, la que nos descubre el significado profundo de todas las vicisitudes de la humanidad y las sintetiza. ¿Qué decir, por lo tanto, de aquél que ciñéndose al estudio pseudo-histórico de la Escritura, se basa en el criterio extraviado de la imposibilidad de los milagros y de las profecías, y excluye, a priori, la intervención divina en las cosas humanas?
Si el verdadero sentido de la Biblia se halla en la relación de unión sobrenatural de Dios y del hombre, resulta evidente que Dios debe intervenir en la historia, no sólo con medios naturales, sino también con medios que superan las fuerzas de la naturaleza.
c) El MÉTODO FILOSÓFICO, el cual, confundiendo la revelación con la razón, busca en la Escritura un sistema de filosofía, y en virtud de este criterio incompleto y errado, llega a descartar de la Biblia lo sobrenatural, y la reduce a una teoría moral.
Para él, Cristo es un sabio, un filósofo, al igual de Sócrates o de Marco Aurelio; su doctrina se reduce a una moral seductora. Mas ¿con qué derecho se divide en dos partes la figura de Cristo —el obrador de milagros por un lado y el maestro de la caridad por otra-— el que enseña la existencia del fuego eterno del infierno y el que proclama la necesidad del perdón?
En cambio, sabiendo que lo sobrenatural eleva, pero no destruye a la naturaleza, y que la Revelación no elimina, sino eleva a la razón, no nos extrañaremos de que en la Biblia se contenga una moral y una doctrina superior a todo otro sistema filosófico; pero al mismo tiempo, no cerremos los ojos ante la finalidad principal de la Sagrada Escritura, que no pretende darnos solamente una regla de vida humana y un conjunto de ideas racionales, sino que, además, nos revela la divinización de nuestra actividad y la elevación sobrenatural del hombre a la dignidad de hijo de Dios.
d) El MÉTODO CIENTÍFICO que confunde la Biblia con un tratado de física, de química, de astronomía, etc., olvidando —como lo dice el Cardenal Baronio— que la Biblia nos fue dada, no para enseñarnos cómo gira el cielo, sino cómo se va al Cielo, o sea, cómo se obtiene la posesión sobrenatural de Dios.
En resumen, la ignorancia de los rudimentos de la religión y sobre todo de la distinción del orden natural y sobrenatural, hace a muchos estudiosos de la Escritura, semejantes al enfermo de cataratas, que no le permiten ver sino sombras pálidas, imprecisas y desvanecidas. El arte, la historia, la filosofía, la ciencia deslumbran la débil vista; pero el ojo de la fe no se detiene sobre estas flores, sino que abarca todo el jardín, donde, esperado por los patriarcas, vaticinado por los profetas y saludado por el arpa de los salmistas, avanza Jesús y triunfa.
Amemos la Biblia. Que todos la traten como algo sagrado. Repitamos las hermosas palabras con que el Cardenal Maffi recomendaba su lectura en una de sus Pastorales:
«Náufrago en el mar tempestuoso —así escribe el docto purpurado— el pobre Camoens con una mano golpeaba las ondas y con la otra levantaba fuera del agua el manuscrito de los Lusíadas que lo iban a hacer inmortal. Sobre las ondas que se elevan y que me envuelven, está el poema de Dios, que apretaré y levantaré en alto. En él mi guía, en él mi esperanza, en él mi salud»
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RECAPITULACIÓN
El libro que, más que ningún, otro, nos revela la presencia de Cristo en la Historia, es la Biblia.
1. Está divinamente inspirada; y la Inspiración consiste en el influjo de Dios sobre el entendimiento y la voluntad del hagiógrafo, para que conciba rectamente y escriba fielmente la verdad, y en la asistencia especial que Dios le concede.
2. Siendo la Biblia la carta que el Padre nos dirige a nosotros sus hijos, debemos leerla y meditarla como hicieron siempre los cristianos fervientes. Es necesario, sin embargo, que el texto que usamos no esté envenenado por errores como sucede en las ediciones protestantes de la Biblia, sino esté aprobado por la Iglesia, única depositaría e intérprete autorizada por Jesús,
3. El pensamiento fundamental de la Biblia, a la luz del cual debemos leer el Antiguo y el Nuevo Testamento, es la unión sobrenatural del hombre con Dios, mediante la gracia. Es ésta desgraciadamente la idea que descuidan los estetas, los históricos, los filósofos y los sabihondos, que niegan o prescinden de lo sobrenatural.
