P. CERIANI: SERMÓN DEL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

Epístola (Filipenses, IV, 4-7): Alegraos en el Señor siempre; otra vez lo diré: Alegraos. Sea de todos conocida vuestra sencillez. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino que en todo vuestras peticiones se den a conocer a Dios mediante la oración y la súplica, acompañadas de acción de gracias. Y entonces la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

La liturgia de este Tercer Domingo de Adviento (Domingo Gaudete) celebra la alegría que produce la llegada de los tiempos mesiánicos, y, ya desde la antífona de entrada, se subraya que la alegría es la idea dominante en ese Domingo: Alegraos en el Señor siempre; otra vez lo diré: Alegraos… El Señor está cerca…

La espera de la venida del Señor debe, pues, ser motivo de gozo. El tiempo de Adviento, aunque sea penitencial, no debe vivirse con tristeza, sino con el júbilo que produce la venida del Salvador.

El Apóstol nos exhorta a regocijarnos, pero a regocijarnos en el Señor y no en el mundo. Porque, como enseña el Apóstol Santiago, ¡Adúlteros!, ¿no sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Cualquiera, pues, que desee ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios.

Y así como no se puede servir a dos señores, tampoco se puede encontrar alegría en el mundo y en el Señor al mismo tiempo. Son dos cosas demasiado diferentes; incluso totalmente contradictorias. Y cuando ponemos nuestra alegría en este mundo, no la ponemos en el Señor, así como no la ponemos en el mundo cuando la ponemos en Dios.

La alegría del cristiano tiene su fundamento en Dios; por eso Santa Teresa dice: “Es un cielo, si le puede haber en la tierra, para quien se contenta con sólo contentar a Dios y no hace caso de contento suyo. En queriendo algo más lo perderá todo; y alma descontenta es como quien tiene gran hastío” (Camino de perfección, 13, 7).

San Pablo no dijo que el reino de Dios consiste en la alegría de una manera general y absoluta, sino que precisa que se trata de una alegría o gozo en el Espíritu Santo. Él sabía de sobra que existe otra alegría, una alegría reprensible de la cual está escrito: El mundo se alegrará ¡Ay de vosotros, los que ahora reís, porque lloraréis!

Por lo tanto, que la santa alegría triunfe sobre la alegría profana hasta que ésta sea aniquilada; que la primera crezca siempre y que la segunda disminuya siempre hasta su completa extinción.

No se trata de que no debamos experimentar alegría mientras estemos en este mundo; se trata de que, estando todavía en el mundo, debemos regocijarnos en el Señor.

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¿Qué es gozarse en el mundo?

Es gozarse en la maldad, en la liviandad, en cosas que deshonran. En todas estas cosas encuentra el mundo su gozo.

¿Cuál el gozo del mundo?

La alegría del mundo consiste en la maldad impune. En que los hombres se entreguen al derroche, a la fornicación, a las bagatelas de los espectáculos; que se encharquen en borracheras, se mancillen con la lujuria, no sufran mal alguno… Ved, pues, el gozo del mundo…

Además, que ninguno de los males mencionados sea castigado con el hambre, o el temor de la guerra o algún otro espanto; ni con ninguna enfermedad o cualquier otra adversidad; antes bien, haya abundancia de todo, paz para la carne y seguridad para la mente perversa… Ved aquí el gozo del mundo.

San Gregorio Magno enseña que “Perdemos la alegría verdadera por el deleite de las cosas temporales”.

Y San Agustín agrega que “Nada hay más infeliz que la felicidad de los que pecan”.

La Sagrada Escritura enseña: Alegraos en el Señor y exultad, justos. Si los justos se alegran en el Señor, los injustos no saben alegrarse más que en el mundo.

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Este es el primer enemigo que hay que vencer: primero hay que vencer al placer y luego al dolor. ¿Cómo puede superar la crueldad del mundo quien es incapaz de superar sus halagos?

Este mundo halaga prometiendo honores, riquezas, placeres; este mundo amenaza sirviéndose del dolor, la penuria y la humillación.

Quien no desprecia lo que él promete, ¿cómo puede vencer sus amenazas?

Las riquezas causan su propio deleite; ¿quién lo ignora? Pero la justicia lo tiene aún mayor.

Cuando se presenta una tentación de este género, es decir, cuando se juntan ambas cosas: las riquezas y la justicia, y no podemos quedarnos con ambas, de forma que, si echamos la mano a las riquezas, perdemos la justicia, y si nos quedamos con la justicia, perdemos las riquezas, es el momento de elegir y de luchar; es el momento de ver si no dijimos sin motivo: Alegraos en el Señor y exultad, justos.

En efecto, Dios piensa de manera distinta al hombre; uno es el pensamiento de Dios y otro el del hombre.

Por tanto, hermanos, estad alegres en el Señor, no en el mundo: es decir, alegraos en la verdad, no en la iniquidad; alegraos con la esperanza de la eternidad, no con las flores de la vanidad. Alegraos de tal forma que, sea cual sea, la situación en la que os encontréis, tengáis presente que el Señor está cerca; nada os inquiete.

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Jesucristo declaró bienaventurados a los que lloran, e infelices a los que ríen… ¿Qué significan entonces estas palabras de su Apóstol: Alegraos siempre en el Señor? ¿No contradice a su Maestro?

De ninguna manera. Jesucristo proclama desgraciados a los que ríen con esa risa mundana, que se basa en las cosas de este mundo; y proclama bienaventurados a los que lloran, pero no aquellos que lo hacen por alguna razón humana, como la pérdida de una posesión terrenal, sino aquellos que tienen contrición cristiana, llorando por sus miserias, expiando sus pecados e incluso los de los demás.

El gozo aquí recomendado, lejos de ser contrario a las legítimas lágrimas, brota de su fuente pura y fecunda. Llorar por las propias miserias y confesarlas es generar gozo y felicidad para uno mismo. Además, es perfectamente permisible gemir por los propios pecados y regocijarse en la gloria de Jesucristo.

Los filipenses estaban sufriendo duras pruebas, como se los recuerda el Apóstol: Porque a ustedes se les ha concedido no solo creer en Jesucristo, sino también padecer por Él. Por esta razón, añade: Alégrense en el Señor. En otras palabras: Vivan de tal manera que experimenten una alegría plena. Mientras nada les impida avanzar en el servicio a Dios, alégrense en Él.

Esta expresión demuestra la confianza de San Pablo, y con ella muestra que, mientras uno confíe en Dios, siempre puede y debe estar alegre, incluso si uno se ve abrumado o afligido en todo sentido.

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Les repito: ¡Alégrense!… El apóstol tenía razón al reiterar esta recomendación; la naturaleza de los acontecimientos exigía tristeza; pero esta repetición de palabras alentadoras les impone el deber de regocijarse, a pesar de las circunstancias.

En cuanto al gozo espiritual, describe cómo ha de ser nuestro gozo e indica cuál es su causa.

El Apóstol pone las condiciones del verdadero gozo, que son cuatro:

1ª) cuando uno se goza del bien propio del hombre, que no es cosa creada, sino Dios. Por eso dice: «en el Señor».

2ª) que sea continuo; por lo cual dice: «siempre»; que entonces lo es cuando no lo interrumpe el pecado. Algunas veces lo interrumpe una tristeza temporal, y eso significa imperfección; pues cuando uno está perfectamente alegre, no se le interrumpe el gozo; que poco se le da de lo que poco dura. Por eso dice: “siempre”.

3ª) que sea multiplicado. Si nos alegramos en el bien propio, debemos hacerlo también en el bien ajeno; y si nos gozamos por lo presente, hemos de gozarnos por lo futuro; por lo cual dice: «vivid alegres, os lo repito».

4ª) que sea moderado, es a saber, que no termine en disolución, como sucede con la alegría mundana; razón por la cual dice: «sea vuestra modestia patente a todos los hombres»; como si dijera: sea vuestra vida tan recatada en lo exterior que a quien que la contemple le cause escándalo.

Porque el Señor está cerca. Aquí da la razón del gozo; porque al hombre le alegra la cercanía del amigo.

San León Magno, predicando sobre la Primera Venida de Nuestro Señor, la Navidad, dice: “Nuestro Salvador ha nacido hoy; alegrémonos. No puede haber, en efecto, lugar para la tristeza, cuando nace aquella vida que viene a destruir el temor de la muerte y a darnos la esperanza de una eternidad dichosa. Que nadie se considere excluido de esta alegría, pues el motivo de este gozo es común para todos; Nuestro Señor, en efecto, vencedor del pecado y de la muerte, así como no encontró a nadie libre de culpa, así ha venido para salvarnos a todos. Alégrese, pues, el justo, porque se acerca la recompensa; regocíjese el pecador, porque se le brinda el perdón; anímese el pagano, porque es llamado a la vida”.

Ciertamente el Señor está cerca por la presencia de su majestad; asimismo por la vecindad de la carne; y también por su gracia que habita en nosotros, y por su clemencia en oír nuestros ruegos y para retribuir a cada uno según sus obras.

Por sobre todas estas cosas, el Señor está cerca por su Advenimiento…

No os inquietéis por la solicitud de cosa alguna. Da a entender con esto que hemos de tener el alma tranquila, porque el Señor está cerca, y Él os lo dará todo; no hay, pues, por qué inquietarse.

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En contrapartida, los Doctores espirituales enseñan que hay dos clases de tristeza.

Unas veces se origina al contener los brotes de la ira, y es consecuencia de un daño que alguien nos ha inferido o, también, de un deseo contrariado.

Otras veces surge de una irracional ansiedad o abatimiento del espíritu.

Los Doctores aconsejan que en aquellos a quienes el pesar de sus pecados pasados les tiene sumidos en la tristeza y desazón, derramemos en su alma la alegría de la ciencia espiritual, sembremos aliento en esos corazones apesadumbrados, llenándolos con la palabra de salvación, no sea que, acosados por la mortal desesperación, sucumban a la excesiva tristeza.

Mas de aquellos que viven en el tedio y la negligencia, sin tener en el corazón el más leve remordimiento, he aquí cómo habla la Escritura: El que se da buena vida y no sabe de dolores, vivirá siempre en la indigencia (Prov 14, 2).

Por eso San Beda agrega que “Quien despreciando los mandamientos de Dios anda vagando siempre con su concupiscencia, no puede llegar nunca a la alegría”.

Y sobre la tristeza, San Basilio aclara que “No hay cosa que necesite más de la moderación y del freno de la razón que las lágrimas, es decir, por quiénes se debe llorar, cuánto, cuándo, y cómo”.

San Agustín, por el contrario, enseña que “Piadosa es esa tristeza y, en cierto modo, dichosa compasión sentir pena por los vicios ajenos y no estar implicado en ellos; dolerse, y no unirse a ellos; encogerse con el dolor y no ser arrastrado”.

Y San León Magno, explicando las bienaventuranzas, dice que “El llanto, al que aquí se promete el consuelo eterno, nada tiene que ver con la tristeza de este mundo; sino que la tristeza religiosa es la que llora los pecados propios o bien las faltas ajenas”.

Los Santos Padres enseñan que la tristeza es áspera, impaciente, dura, llena de amargor y disgusto, y le caracteriza también una especie de penosa desesperación. Cuando se apodera de un alma, la priva y aparta de cualquier trabajo y dolor saludable.

Y dicen que el hombre triste se porta mal en todo momento.

Y lo primero en que se porta mal es en que contrista al Espíritu Santo, que le fue dado al hombre para alegrarlo.

En segundo lugar, comete una iniquidad, por no dirigir súplicas a Dios ni alabarle; y, en efecto, jamás la súplica del hombre triste tiene virtud para subir al altar de Dios.

Por eso ya había dicho Santa Teresa que “Esta fuerza tiene el amor, si es perfecto: que olvida más nuestro contento por contentar a quien amamos. Y verdaderamente es así, que, aunque sean grandísimos trabajos, entendiendo contentamos a Dios, se nos hacen dulces”.

Y antes que ella, Santo Tomás dijo que “El amor produce en el hombre la perfecta alegría. En efecto, sólo disfruta de veras el que vive en caridad”.

Mientras que para San Juan Crisóstomo “En la tierra hasta la alegría suele parar en tristeza; pero para quien vive según Cristo, incluso las penas se truecan en gozo”.

San Beda explica que, durante la Transfiguración, Nuestro Señor “En una piadosa concesión, les permitió gozar a los Apóstoles durante un tiempo muy corto la contemplación de la alegría que dura siempre, para hacerles sobrellevar con mayor fortaleza la adversidad”.

En efecto, si tenemos fija la mirada en las cosas de la eternidad, y estamos persuadidos de que todo lo de este mundo pasa y termina, viviremos siempre contentos y permaneceremos inquebrantables en nuestro entusiasmo hasta el fin. Ni nos abatirá el infortunio, ni nos llenará de soberbia la prosperidad, porque consideraremos ambas cosas como caducas y transitorias.

San Agustín hace hincapié en que “El gozo en el Señor debe ir creciendo continuamente, mientras que el gozo en el mundo debe ir disminuyendo hasta extinguirse. Esto no debe entenderse en el sentido de que no debamos alegrarnos mientras estemos en el mundo, sino que es una exhortación a que, aun viviendo en el mundo, nos alegremos ya en el Señor”.

Y aclara que, si bien en el Cielo, “la alegría será plena y perfecta, el gozo completo, cuando ya no tendremos por alimento la leche de la esperanza, sino el manjar sólido de la posesión; con todo, también ahora, antes de que esta posesión llegue, podemos alegrarnos ya con el Señor, pues no es poca la alegría de la esperanza, que ha de convertirse luego en posesión”.

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Resumiendo, amamos la alegría porque es un bien, y amamos la felicidad de la cual la alegría es un fruto. También Dios quiere que estemos alegres pues Él «Ama al que da con alegría».

Existen dos clases de alegría:

Una, la de aquellos que encuentran alegría donde tendrían motivo para entristecerse, esto es, en el pecado.

También la de quienes, aunque no ponen su alegría en el pecado, pero sí se deleitan en los honores, en las riquezas, en las comodidades de la vida y en todo aquel cúmulo de frivolidades que un refinamiento insaciable va acumulando sobre los grandes caminos del progreso.

Esta alegría, aún la menos culpable, es frívola, falsa, momentánea.

Es frívola porque satisface más a los sentidos que al alma.

Es falsa, parece alegría, pero no lo es; llena el corazón por breves momentos, pero pronto lo deja vacío y descontento.

Es momentánea, fugaz. La vida del ser humano es muy breve y con frecuencia regada de lágrimas.

Los bienes materiales no pueden damos la felicidad.

La otra clase de alegría es la Cristiana, y es muy distinta porque más allá de las sombras del misterio y tras el velo de las lágrimas, alcanza y saborea un gozo verdaderamente tranquilo, veraz y duradero, como los bienes en los que se funda; pues la tranquilidad de conciencia, la amistad con Dios, la justa apreciación de los bienes de esta vida, la paciencia en las adversidades, la esperanza de los bienes eternos, son fuentes inagotables de indecible y sólida alegría.

No hay fuerza humana o de acontecimientos que pueda arrebatar esta perfecta alegría que anida en las íntimas profundidades del alma y que se identifica con el amor de Jesucristo.

Como la invocamos en las Letanías, María Santísima es Causa de nuestra alegría porque nos dio a Jesús, el Verbo Encarnado.

Jesucristo fue y es causa fundamental y primera de nuestra alegría. María es causa secundaria e instrumental.

Madre Nuestra, Causa de nuestra alegría, a los que estamos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre…, alegría de los Ángeles y Santos…